Este mes vamos a releer tres poemas de Paul Celan, poeta de lengua alemana nacido en 1920 en Czernowitz, que por entonces era una ciudad búlgara. De familia judía, experimenta los sufrimientos de su pueblo durante la Segunda Guerra Mundial, en la que mueren sus padres; así como los distintos avatares políticos de su región natal, la Bukowina. Después de iniciar sus estudios de Medicina, que abandona al comienzo de la Guerra, estudia Filología Románica y Alemana, estos últimos ya en París, donde vivirá desde 1948 hasta su muerte, que acontece por suicidio en 1970.
En medio de una vivida repleta de crueles vicisitudes familiares, sociales y existenciales, la poesía de Celan fluye con un ritmo absolutamente inesperado y rebosante de imágenes, buscando ansiosamente la esencia permanente de la Naturaleza y del Hombre en medio de sus incesantes cambios. El amor —eminentemente el amor erótico— y la comunicación humana son los dos grandes puentes (si no son el mismo) con que el poeta cuenta para salir de su soledad y unirse a la armonía secreta del Cosmos. En ese intento por comunicar su pena y su hambre de armonía, la palabra poética se le ofrece como el camino más andadero y consistente. Una palabra siempre frágil (como la existencia que intenta representar), pero capaz de ofrecernos un trasunto de ese esplendor del Mundo que a diario no vemos.
Sus libros poéticos son Amapola y memoria (1952), De umbral en umbral (1955), Reja de lenguaje (1959), La rosa de nadie (1963), Cambio de aliento (1967), Soles filamentos (1968), Compulsión de luz (1970) y Parte de nieve (1971). El lector de habla hispana los puede encontrar en el volumen de sus Obras completas (Madrid, Ed. Trotta, 1999), con una excelente traducción de José Luis Reina Palazón. De ese volumen extraemos los tres poemas siguientes, en su versión española.
Fuga de la muerte
Negra leche del alba la bebemos de tarde la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche bebemos y comemos cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines silba a sus judíos hace cavar una fosa en la tierra nos ordena tocad a danzar
Negra leche del alba te bebemos de noche te bebemos de mañana a mediodía te bebemos de tarde bebemos y bebemos Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete Tu pelo de ceniza Sulamit cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho
Grita hincad los unos más hondo en la tierra los otros cantad y tocad agarra el hierro del cinto lo blande son sus ojos azules hincad los unos más hondo las palas los otros seguid tocando a danzar
Negra leche del alba te bebemos de noche te bebemos a mediodía de mañana te bebemos de tarde bebemos y bebemos vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete tu pelo ceniza Sulamit juega con las serpientes
Grita que suene más dulce la muerte la muerte es un Maestro Alemán grita más oscuro el tañido de los violines así subiréis como humo en el aire así tendréis una fosa en las nubes no se yace allí estrecho
Negra leche del alba te bebemos de noche te bebemos al mediodía la muerte es un Maestro Alemán te bebemos de tarde y mañana bebemos y bebemos la muerte es un Maestro Alemán su ojo es azul él te alcanza con bala de plomo su blanco eres tú vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete azuza sus mastines a nosotros nos regala una fosa en el aire juega con las serpientes y sueña la muerte es un Maestro Alemán
tu pelo de oro Margarete tu pelo de ceniza Sulamit
(De Amapola y memoria, 1952)
Lo sé
Y tú, tú también: ya crisálida. Como todo lo que mece la noche.
Este batir, volar de alas en redor: ¡yo lo oigo – no lo veo!
Y tú como todo lo liberado del día: ya crisálida.
Y ojos, que te buscan. Y mi ojo entre ellos. Una mirada: un hilo más que te envuelve.
Esta tardía, tardía luz. Lo sé: los hilos fulgen.
(De De umbral en umbral, 1955)
Flor
La piedra. La piedra en el aire, a la que seguí. Tu ojo tan ciego como la piedra.
Éramos manos, vaciamos las tinieblas, encontramos la palabra que remontó el verano: flor.
Flor – una palabra de ciego. Tu ojo y mi ojo: proveen el agua.
Crecimiento. Pared a pared del corazón se acumulan las hojas.
Una palabra aún como ésta y los martillos cimbran libres.