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Rubén Martín Díaz

Como todos los años, Ediciones Rialp nos concede el permiso para publicar algunos poemas del último Premio Adonáis, aún inédito, aunque a lo largo de este mes de febrero estará ya en todas las librerías. En este caso el autor es Rubén Martín Díaz (Albacete, 1980), que ha obtenido el Premio por su libro El minuto interior.

A pesar de su juventud, Rubén Martín Díaz publicó el año pasado su primer libro, Contemplación, ganador del II Premio Nacional de Poesía para Jóvenes Poetas, organizado por la Fundación Siglo Futuro y patrocinado por la Caja de Guadalajara. Si los tres poemas del nuevo libro, que han sido escogidos por el autor, representan bien la vibración poética de toda la obra, estamos ante un poemario de gran calado, de esos que se leen y releen independientemente del premio y de la juventud del poeta. Como podrá comprobarse enseguida, si uno se asoma al mundo de Rubén puede encontrar, a primera vista, un "decorado" familiarizado con la obra de Francisco Brines, y especialmente con su primer libro, Las brasas, que también obtuvo el Adonáis en 1959. Entre otras cosas, ambos poemarios se hallan traspasados por un fuerte sentimiento de la temporalidad subjetiva. Pero ese parecido sólo está en el "decorado" de la casa: el habitante es bien distinto, tanto por el sentido que da espontáneamente a sus percepciones (portadoras de una venturosa serenidad y de una revelación de lo más íntimo de sí para luego darse a los demás), como por la inocencia del hablante y del protagonista poemático, muy diferente al lúcido y experimentado anciano de Las brasas. Y es que a Rubén Martín Díaz se le pueden encontrar muchas filiaciones de la mejor tradición (otra sería la de Claudio Rodríguez, tan propio y tan distinto a Brines), pero esa continuidad no ha sido un lastre sino un punto de partida hacia una aventura interior llena de sorpresas.

Ahora sólo queda leer el libro entero, que este mismo mes ya tendremos a mano.



La casa vacía

Nadie más en la casa.
Un frío, un silencio que prolonga
las paredes. La luz ardiendo
al fondo de la sala. Una mesa
con varios libros
                            —todos de poemas—.

Se sienta. Abre
el de todos los días, acaricia
con sus dedos la página. Lo cierra.

Se pone en pie. Pasea. Redescubre
las estancias vacías,
la oscuridad que nubla los objetos.
Ciegos, como él, ciegos.

Escucha
la nada tan de cerca,
la voz del miedo,
el tic tac de ningún reloj,
la ausencia,
el ruido de las sombras.

Vuelve por el pasillo
—un destello de nadie
atraviesa la ventana, la luz
es frágil un momento—. Cruza
el umbral de la puerta del salón,
avanza hacia la mesa. Coge
el mismo libro de poemas. Busca
la misma página de antes.

Mientras recita
con su apagada voz,
una lágrima vierte
como sombra nacida de otra sombra.

                               Nadie le escucha.



El minuto interior

He prendido las ascuas
y ya me siento a descansar un poco.
Una ligera bruma
ocupa los espacios descuidados
visibles entre encinas,
y sólo el frío,
que desciende del norte,
traspasa las paredes del silencio.
El cielo pinta
un paisaje nublado,
el aire desdibuja los caminos,
la luz flaquea
y estremece las formas.
No obstante,
parece la mañana
un apacible oasis alejado en el tiempo.
Nadie vendrá
—es enero profundo,
la gente no abandona sus hogares—,
y es mejor que así sea:
quiero pensar a solas
al lado de este fuego que enardece
los instintos del hombre.
Necesito escuchar mi propio pulso
como si fuera mío de verdad,
vivir este minuto prodigioso,
este tiempo interior en la quietud,
donde todo respira a través de mi cuerpo.
Y sospecho un fervor
que fluye de mis manos e ilumina,
en un lugar remoto de la Tierra,
la vida y sus asuntos.



 


Lluvia

Ha vuelto a casa con la luz del día.
Ligeras láminas
de lluvia
han borrado las huellas que sus prisas,
unas horas atrás,
dejaron en el patio.
Ahora el agua cae con más fuerza
que nunca, es un ruido
bastante peculiar el de la lluvia
cuando golpea
estrepitosamente la mañana.
Es un sonido extraño, sin igual,
un sonido que crece
y que amaina por pura complacencia,
es un sonido terco
pero a su vez relaja.
Y ella duerme desnuda sobre la cama,
duerme, vive en un sueño.
Cuando despierte,
el cielo campará por estas calles.












    Comentarios

    1

  1.  

    Víctor Manuel Jiménez Andrada 04-02-2011 |

    Estoy disfrutando de El Minuto Interior y de tanta luz que se desprenden de sus versos. Gracias Rubén por este libro que se derrama sobre las sombras del alma.

  2.  

    Víctor Manuel Jiménez Andrada 04-02-2011 |

    Estoy disfrutando de El Minuto Interior y de tanta luz que se desprenden de sus versos. Gracias Rubén por este libro que se derrama sobre las sombras del alma.

  3. 1
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