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Julieta Dobles

Julieta Dobles (Costa Rica, 1943) es una de las grandes figuras vivas de la poesía hispanoamericana. Abierta a todos los temas e inquietudes, su poesía siempre nos hace reconocer un timbre de voz personalísimo, ya trate de cuestiones sociales, amorosas, existenciales o metafísicas. Su obra nos ofrece de continuo una visión armónica del mundo que no es fruto de un idealismo escapista o ingenuo, sino de una lucha constante contra las fuerzas destructoras que amenazan al hombre cada día. Armonía y optimismo lúcidos, que pretenden palpar (poseer con el alma y con el cuerpo, con todos los sentidos) el inmenso esplendor del mundo: del gran Mundo y del pequeño mundo cotidiano de la autora, que en sus poemas son uno y el mismo. De ahí que su derroche sensorial e imaginario no sea fruto de una fantasía bien entrenada, ni un recurso literario más o menos elaborado; sino la consecuencia natural de no poder imaginarse la felicidad en abstracto, sino siempre en carne viva; como tampoco puede imaginar su destino trascendente sin contar con las cosas bellas y corpóreas de este mundo. De esta manera, la verdad y el bien aparecen siempre esencialmente unidos a la belleza; y el deleite asombrado ante las maravillas de la vista o del tacto es un acto moral que purifica su alma y la de todos los lectores.

Su primer libro, Reloj de siempre (1965) se ha visto continuado por otras muchas entregas: El peso vivo (1968),  Los pasos terrestres (1976), Los delitos de Pandora (1987), Amar en Jerusalén  (1992) y Hojas furtivas (2007), entre otros títulos imprescindibles. Julieta Dobles sigue escribiendo con la misma necesidad de siempre. Desde su país nos ha mandado estos seis poemas de un futuro libro.


Cedro de gracias

Un cedro de sabana florecido,
tal es la vida, y su solícito esplendor.

Con sus crespos copones rosa y blanco,
se recuesta en el telón azul de un cielo
que no sabe de nubes,
donde el verano redondea
en la luz su prodigio,
tan breve, y tan eterno en tan inmensa brevedad.

Lo ves y sólo sientes
un sobrecogimiento de beatitud y gozo
por tanto fulgor incomprendido,

Así la vida, nuestra vida,
punto de inflexión del universo.
La vida que se abre en esplendores,
Y que tiene sus veranos titilantes,
sus inviernos verdes e iridiscentes,
sus desnudeces dolorosas
en el mutar y vuelta
de cada temporada incierta y frágil.

Un cedro de sabana florecido:
pulso de diosa en medio de la fiesta
interrogante.

Como ignotos pasajeros de asombro
en este breve viaje,
sólo podemos musitar:
¡gracias por tanto don!,
... y compartirlo.

 


El tiempo y su sazón

Somos tiempo.
Notas que se mueven o cuelgan,
o sangran, o deliran
en sus indiferentes pentagramas.

La diminuta cópula de dos semillas
que inició nuestra vida
cuelga de algunas horas.
El sigilo del embrión que fuimos
se nutre de semanas.
Y nuestro oscuro afán
en la gruta cerrada, tibia y suave
donde la vida nos enraizó,
se incuba en pocos meses.

En nuestro nacimiento
el tiempo nos amó.
Se hizo impulso, grito, temor
y ciego abrazo.

Los primeros tropiezos,
los balbuceos hermosos,
como frutos tempranos
de la dicha.
Los primeros sabores,
distanciados por meses,
años, correrías, travesuras
descubrimientos que nos hacían crecer.

Y el tiempo, nuestro padrino siempre,
trasmutando en personas
a aquellos que crecieron
demasiado de prisa.

Después, la madurez.
Ese sentir espléndido del cuerpo
en su lozano brío.
Y olvidamos que el tiempo
sigue marcando el ritmo.
 
Y cuajan los afectos y los hijos
y los aprendizajes.
Los años nos van dando la sazón.
Los afectos perdidos,
los fracasos sin nombre, 
las apuestas que nunca completamos,
van urdiendo sus redes con el tiempo.
Y aquella juventud que parecía eterna,
llama y fragor,
incendio desatado,
se va volviendo clara, serena, sosegada.
en esa red finísima del tiempo
donde somos profetas, o magos,
o simplemente sabios.

¿Somos tiempo o prodigio?

 


Lección indispensable

Deja así las almohadas,
no las cubras.
Ni despereces la colcha y su jardín
de estampados ansiosos.
En él hemos jugado a ser eternos,
a recoger las mínimas migajas del placer
con que la vida quiere agasajar
nuestra bella osadía.

No importa que lo sepan:
tú yo hemos pasado
dos horas de eterno regocijo,
y nos hemos amado
como si el tiempo nos perteneciera.

Ahora llega la noche.
Te bañas y despides,
con esa sonrisa que amo tanto,
placentera, feliz, cómplice, mía.
Aquí, donde nos hemos dado tanta luz,
uno en el otro.
Yo, fundida a la ternura.
Tú, con el halago tierno
de quien se ha vuelto experto de caricias.

Conmigo has aprendido
esa alta ciencia mutua del placer
y eres converso aventajado 
en esta hermosa devoción del gozo.

Vuelve mañana, amado.
Que tenemos aún mucha materia
para aprender despacio y dulcemente.

 


Llanto de niño

El llanto de un solo niño
desata en mí todos los llantos
de los niños del mundo.

El del niño golpeado por la mano
que debería salvarlo.

El del pequeño huérfano de guerra
que se refugia en las ropas sangrientas
de su madre yacente,
llamándola y llamándome.

No lo soporto ya, y se me vuelve
castigo cruel, punto doloroso,
inflexión de violencia
que transforma mi oído
en un tronar de aceros.

El de la niña violada por su guardián,
transformado en verdugo.

El del niño que no entiende por qué
no llega a su boca el mínimo alimento.

El del escolar que debe trabajar
en las horas de clase que a diario
le usurpa la pobreza.

El de la hija del sida
que recoge todo
su ciego sufrimiento
en una cama de hospital.

El del hijo del alcohólico
que espera, agazapado y temblando,
el próximo golpe sin sentido.

El del pequeño que no tiene juguetes,
ni palabra confortante,
sino sólo la venganza materna
por un padre ausente y disoluto.

El hijo de la pobreza espiritual,
de la casa sin pan,
del día sin amor,
de la droga sin paz, ni inteligencia,
de la extraña noche de los humanos
que oscurece la vida
hasta diluirla en una pesadilla.

Es por eso, y no, no lo soporto,
que el llanto de un solo niño
atraviesa mi paz.
Y se me vuelve llanto total,
desesperado grito
para seguir luchando.

 


Mar adentro

Aunque lejos del mar,
tengo un trozo de mar entre mis ojos
que azulea hacia adentro.

Apenas un perfil, un horizonte
recogido y vibrátil
que me llama y me llama
con su presencia clara
de amigo, amante, amado.
Y con su seno turbio o refulgente
donde ahondar la mirada
y todos sus cansancios.

Todos los días al despertar lo bebo
como a una dulce droga.
Adivino en su color el futuro del día.
Me mezo en su lejano movimiento,
me sumerjo en su luz,
cortada por la niebla
en pálidos islotes,
Y es más real y más mío
que todos los océanos
que no cabrían en mí.

Cuando alguien dice:"¡el mar!",
es mi trozo de mar
quien le contesta.

Cuando alguien dice:
"¡El horizonte es plata!",
estoy segura que es mi mar su mina.

Enmarcado en mis árboles
que el otoño enrojece cada día con más saña,
se me abre dulcemente
y me cuenta de patria, de ciencias,
de beatitud, de amor,
de playas lejanísimas,
de niños que se ríen,
de ciudades feroces
y de profundidad de peces
como ideales,
sorprendidos y agrestes.

Cuando una barca lo parte en dos,
me lanza el brillo doliente de su espuma
en la distancia.
Y cuando la tormenta lo oscurece e irrita,
me deslumbra con su terrible fuerza
de oleajes iracundos.

Va cambiando su rostro y su color
conforme avanza el día.
En el amanecer es brumoso y lejano,
como si el sueño lo envolviera también.
Por la mañana surge, azul y gloria,
trompeta de alegría
que asciende hasta la playa y la desborda.
A mediodía es cobalto y hondísimo,
pues el cielo se ha caído sobre él.
A la tarde se me va diluyendo,
fulgente y neblinoso,
como si en la otra orilla lo esperara
una cita de amor.
Y por la noche, sólo su hondo retumbo permanece ,
acompasando el sueño y el vacío.

Siempre quise tener un mar en mí.
Cuando niña, este mar
hubiese sido el regalo perfecto.
¡Tantas veces lo soñé mío, bajo la cama,
envuelto en húmedos reflejos,
lleno de gracia y de salobre espuma,
tan sólo para mí!

La vida me ha ayudado a construirlo.
Sólo cierro los ojos,
y allí me está esperando,
Líquido, dulce, vago,
como un sueño de infancia
que de repente
nos salta entre las manos.

 


Sabiduría del patriota

El patriota sabe
que las raíces terrestres que nos nutren
son las hondas raíces de la Patria.

Sabe que nuestra infancia y sus prados
son irrenunciables,
que nuestra juventud y sus campanas
no tienen precio,
y que la madurez y todos sus frutos
duramente aprendidos,
no pueden negociarse.

Que el paisaje que las ha cobijado
es parte de ellas mismas,
es nuestro nutriente y nuestro gozo
y se indigna ante quien,
ignorándolo todo,
profanándolo todo,
hace mercancía
la tierra, el mar, el aire
y sus linderos victoriosos
en el cautivo vientre de la Patria.

El patriota valora
que somos muchos,
todos hermanos con derecho
al abrazo seguro
de una tierra que canta.
Y que nadie podrá,
so pretexto de gobernar,
ahondar las diferencias,
empobrecer las vidas,
despedazar los sueños ciudadanos
para erigirse en dueño y mercader.

             
El patriota medita
que después de su tiempo
la Patria seguirá.
Y ella nos necesita,
brazo sobre el abrazo,
fiero abrazo
del yo y el tú enlazados.

El patriota conoce
que el hoy marca el mañana.
Que los actos de aquellos
que dieron a esta tierra
su sabio aliento solidario,
claman por nuestro esfuerzo
para dejar a todos los que hoy nacen
una Patria en que la vida
merezca ser vivida.

El patriota está en pie.
Firme, sereno, solidario,
vigilante,
... y resiste.
Ya llegará la hora luminosa en la Patria.

 













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