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Rogelio Guedea

Con nuestra gratitud a Ediciones Rialp, ofrecemos aquí un adelanto del libro Kora, del poeta Rogelio Guedea, que ha sido galardonado con el Premio Adonais 2008 y que verá la luz próximamente. Rogelio Guedea, nacido en la ciudad de Colima (México) en 1974, es autor de siete libros de poesía, representados en la antología Corrección (2008) y merecedores de varios premios, tanto en su país como en el extranjero. Es también autor de ensayos literarios, de libros de relatos y de una novela, Conducir un tráiler (2008).

En su poesía ha ido construyendo un mundo propio cada vez más firme, en el que la vida cotidiana aparece trazada en su fresca inmediatez y, a la vez, en su dramática contradicción. El poeta utiliza un lenguaje en apariencia corriente y hasta coloquial, aunque, de pronto, nos sorprende con una asociación imaginaria o un quiebro de la lógica totalmente inesperado, que pone en duda todo lo anteriormente dicho y convierte las certezas del lector en una inmensa pregunta. Otras veces nos plantea sus conflictos existenciales y metapoéticos mediante un discurso entrecortado, con frases e imágenes entrecruzadas de un modo casi incontrolado, aunque de fuerte impacto emocional.


El oficio I

Las palabras no encuentran su habitación.
Pasan de una estancia a otra enredadas en una sábana blanca,
como la loca del pueblo.
Sólo les falta aullar.
Quiero decir que aúllan como las ambulancias
en las noches de la George Street.
Palidecen de insomnio.
Cambian intempestivamente los canales del televisor.
Comen pan duro: por desesperadas.
No estoy hablando del que escribe.
Yo no soy el que hace las metáforas del escribiente.
Estoy hablando de las palabras y su ejercicio de nacer.
De lo difícil que es verlas llegar a un país donde las demás palabras
conducen por la izquierda
y donde son realmente caros los abrigos de lana que podrían,
en todo caso, protegerlas del frío.

 


Reminder

Una mujer no se hace con la sombra de la primavera,
tampoco se hace una mujer como tu hombro con un trozo de la noche
que olvidaste.
Ni con el alero de una casa de campo, tampoco
con la mano que lleva puesto un guante.
Una mujer como tu cuerpo que nace no se hace cinco minutos
antes de salir al trabajo. En medio del desayuno: no.
Ni durante el almuerzo con los colegas tampoco.
Una mujer es otra cosa distinta a una espalda recargada contra un árbol.
Es una garza distinta.
Y no se hace escribiéndola día a día, o borrándola noche a noche,
ni siquiera pensándola se hace,
no es una fecha en que debamos encontrarnos
ni un pañuelo blanco largo para despedirse.
Una mujer es siempre otra cosa,
más allá de lagos o edificios está,
no le aseguran la vida un seguro de vida o una cuenta bancaria,
una jubilación o una casa en renta, 
nadie podría intimidarla con una navaja de rasurar
o enternecerla con un ramo de rosas blancas.
Una mujer no existe porque tú existes,
no se hace con lo que eres o no eres,
no te pertenece.
Una mujer es simplemente un hombre de buenos modales,
lo quieras o no, y siempre te permitirá caer, a ti primero,
en el siguiente abismo.

 


Lector en voz baja

De quién será esa voz que escuchas mientras lees ese libro que es y no es.
La voz que va reproduciendo en silencio palabras, frases, párrafos, capítulos. Voz que avanza y retrocede, agazapada o erguida, trémula o sonora.
De quién será el tono de esa voz, su tesitura, la velocidad con que pasa de una página a otra.
¿Una voz extraña o familiar?
¿Sexuada o asexuada?
¿Sola o en la compañía de ti mismo?
Una voz extraña y familiar, sexuada y asexuada, sola y en la compañía de ti mismo.
De ti: que apenas terminas de escucharla y ya eres otro.

 


V (de la sección Conversaciones)

                              Para Judith Sabines

tenía tiempo que no me asomaba por la ventana,
lo hice después de la charla de sobremesa que tuve con mi mujer,
casi antes de ver entrar en el garage el automóvil del vecino,
cuando ya los niños dormían, tenía tiempo que no hacía la sobremesa con mi mujer, y que no me levantaba para asomarme por la ventana y ver, al fondo, más allá de las ramas del sauce, el mar, vi el mar como si se tratara de una acuarela de Rembrandt, aunque en realidad no sé si Rembrandt
pintó acuarelas alguna vez en su vida, le dije a mi mujer "ese paisaje se parece a una acuarela de Rembrandt que vi aquel día en el museo de París", pero mi mujer no me escuchó o no quiso escucharme, como suele pasar, y siguió raspando el fondo del plato con la cuchara, removiendo los restos de comida, abstraída de todos y de todo, entonces, mientras miraba a través de la ventana la acuarela de Rembrandt, recordé lo que habíamos charlado en la sobremesa, habíamos pasado de temas sin importancia (lo caro del recibo de luz, el mal servicio telefónico, las jugosas naranjas de temporada) a temas más graves, y fue ahí donde mi mujer, que no había visto a través de la ventana la acuarela de Rembrandt, me dijo que hacía tiempo que ya no
me quería, como pensé que bromeaba seguí con el cuento
de las papas cocidas y el pan dulce, pero ella volvió a traer el tema
al centro de la mesa diciendo que hacía ya mucho tiempo
que no me quería, y que si la apuraba no tendría ningún inconveniente
en decirme que  en realidad nunca me quiso, y que si no quería creerle que no le importaba pero que era cierto, tan cierto como la acuarela de Rembrandt que estaba viendo a través de la ventana, una acuarela que
atisbaba un cielo raso, azulísimo, sobre un mar de lluvias, y el cielo raso, recuerdo, era como sus ojos, como los ojos de Rembrandt, cuando
miraba como yo a través de la ventana, su mano que titubeaba al trazar
el contorno de mis derrotas, su mano que fue dibujando en mi nuca,
inconmovible, todo el olvido de mi mujer. 













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