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Jesús Beades

Jesús Beades es un poeta español, nacido en Sevilla en 1978. Ha publicado tres libros hasta la fecha, Tierra Firme con el que obtuvo el Premio Gerardo Diego 1999, Centinelas con el que se inició la colección "Vandalia Nova" de la Fundación José Manuel Lara, y La ciudad dormida con el que se le concede el áccesit del Premio Adonáis de 2004, además de una plaquette, Mano de música, con algunos poemas de juventud.

Ha sido incluido en las antologías La búsqueda y la espera (2001) y Alzar el Vuelo (2006). También ha colaborado en las revistas Ágora, Nadie parecía, Renacimiento, Clarín o Númenor, de cuyo consejo de redacción forma parte.

Los cuatro poemas que aquí se publican pertenecen al próximo libro del poeta sevillano.

 

Soria negra

Hay unas huellas en la nieve sucia,
unas huellas descalzas en la nieve.
Entre el barro y la nieve se retiran
hacia la fronda oscura, unas pisadas.
Resuenan como yendo hacia el futuro
y borran tras de sí todo vestigio,
toda carne esculpida en los portales.
El rumor que acaricia los portales
es Soria recordada en blanco y negro,
abismado confín, allá en el río,
escenas ahogadas, fotos falsas,
y el olmo viejo que ya no resucita.
Y Soria ya no existe en ningún mapa,
el mapa era yo mismo y lo he matado.
Tú misma te mataste hace ya tiempo
y te suplanta una figura extraña.
 


Petición de mano 

Y como si la vida
no fuera más que un juego de palabras,
anduvimos un tiempo sobre la superficie leve de las cosas,
sin tomarnos en serio,
a lomos de una risa y de unos libros,
como una fresca espuma de champán.

Dame la mano, niña,
y entremos en el Bosque de las Hadas
donde todo tendrá su consecuencia.

Aleluya al buen Dios de las cosas reales,
más duras y cortantes que el acero,
más frías que la aurora, y aún más bellas.
 


Elegía y plegaria por Hilario Camacho

La muerte es una música al revés,
un desdecir el mundo hasta quedarse sordo,
un reloj que no dice la verdad, un mástil roto
de guitarra que espera
con herrumbrosas cuerdas en una casa sola.
Esta mañana calla la oficina.
Están callados todos los autobuses agrios.
En la Plaza Mayor se calla hasta el oxígeno
mientras los hospitales se despintan de azul.
Y los acordeones invisibles
que habitan las esquinas, están callando a gritos.
Y, sin embargo, tienen que ir a clase,
con sus cuerpos de ola, las muchachas,
tiene que abrirse un bar, abrirse un libro,
tienen que irse abriendo los claveles
poco a poco, sin prisa, ir afinando,
pues Madrid amanece.

Atónito y disperso, pido al Cielo
que tengas veinte años para siempre.
Que escuches la canción secreta que Dios hizo
y que lleva tu nombre.
 


Meditación sobre la orquesta

Oigo la orquesta que se eleva y canta,
cómo atacan las notas los primeros violines,
y cómo les responden los segundos, las violas,
y el timbal que subraya la frase, reclamando atención.
La violinista rubia de la primera fila
está tan concentrada que ya no piensa en Mozart.
La madrugada incierta, las tostadas veloces,
los niños a medio vestir y el café con leche desnatada
se deslizan ligeros por sus manos
confiriendo un extraño temblor al ataque del re,
una sutil caricia que sin embargo es triste,
que esconde su divorcio y sus pastillas
en la masa orquestal, que la transmuta en aire y armonía.
El hombre del bigote que abraza un contrabajo
por el contrario siente veneración por Mozart,
desde que vio Amadeus en el cine Alameda, con sólo nueve años,
y lo apuntaron al Conservatorio. Mientras avanza el Kyrie,
la ciudad se confunde con un sueño,
multicolor y rápido y gozoso, y no recuerda
la hipoteca, el coche en el taller, ni su alopecia
y ni siquiera ve, en la cuarta fila,
a sus hijos que escuchan orgullosos.
La chelista, el tenor, y las sopranos,
todos vienen de un sueño que es su vida,
hasta este despertar en medio de la música,
más real que el metal y la madera, que el sudor y los focos.
Una desilusión amorosa se torna
un acorde de sol disminuido. Un aprobado
en la cadencia ágil que resuelve una frase.
La muerte de una madre,
en esa disonancia que reclama un sentido. Poco a poco,
se desteje la vida en hilos sueltos
y se tejen de nuevo
y forman el amén que cierra el coro.
El director, con gesto concentrado
se inclina ante nosotros.
También calla su yo y sus circunstancias
que mueven la varita cada noche.
Y señala a los músicos, dirigiendo el aplauso para ellos.
Y aplaudimos. Y aquellas vidas
son bendecidas por una partitura
que me bendice a mí, y a todo el público,
y al resto de la vida que, al salir del concierto,
reanuda su Obertura, como siempre.













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