
Alberto Blanco es actualmente uno de los más importantes poetas hispanoamericanos. Nació en la Ciudad de México en 1951. A partir de la publicación de su primer libro, Giros de faros, en 1979, ha publicado 25 libros de poesía en México y varios más fuera del país, además de diez libros con sus traducciones de otros poetas, libros de ensayos sobre las artes visuales y algunos libros para niños. En 1995 la editorial de Lawrence Ferlinghetti, City Lights, publicó en San Francisco una antología bilingüe de su obra, Dawn of the Senses. En 1998 el Fondo de Cultura Económica publicó en Letras Mexicanas El corazón del instante, su primer ciclo de doce libros de poesía. El segundo ciclo de doce libros de poesía, La hora y la neblina, se publicó allí mismo en el 2005. Su obra ha sido traducida a más de doce idiomas. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores en 1977, y recibió la Beca Fulbright en 1991 y la Beca Octavio Paz de Poesía en 2001. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
Los cuatro poemas inéditos que publicamos a continuación pertenecen a un libro en formación que lleva por título El libro de las plantas.
Fotografía de Dana Blanco
El liquidambar
A veces, cuando los pájaros cantan
con gran arte, lo mismo en las altas notas
que en los largos silencios
entre las ramas del liquidámbar
Y un perro ladra a la distancia
en respuesta a otros perros
todavía más distantes
aquieto mi respiración y escucho
Mi mundo da la vuelta y se hace uno
como fue, es, y ha sido siempre
por miles y miles de años: el pájaro
el árbol, el perro, el viento… mis hermanos
Y mi alma se convierte entonces en un mirlo
un liquidámbar, un labrador, un viento del sur
que regresa a casa para hacer una pregunta
que yo no puedo todavía contestar
La jacaranda
Detrás de las ventanas
hay una jacaranda en una esquina:
las batallas en su tronco
son más del sueño que de la vigilia
Con viento o sin viento contrario
una sola cosa es cierta:
en ese jardín cerrado le di jaque
a los sueños de mi infancia
Con una piedra en la mano izquierda
lista para lo que pudiera ofrecerse
y con la mano derecha libre
para mover las piezas
El tercer ejército fue siempre el mío:
un reloj, un silencio y una nube
entre los cuerpos dispersos
de las flores caídas
Los colorines
Estandartes
los troncos
desnudos
de los colorines
Evocan
en el invierno
una batalla
en el desierto
En las puntas
de sus ramas
late sangre
de otra era
Vainas
venenosas
al filo de
la eternidad
El encino
El encino nos recibe
con parsimonia
en su jardín de piedras
y corrientes de aire
No hay nada en el encino
que nos haga pensar
en el harem de aromas
de las rosas
Ni en las hijas más blancas
de la camelia o la magnolia
ni en la evanescente
belleza del jazmín
El encino es un anciano
que de aquella belleza
sólo recuerda la amargura
de las bellotas