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George Alexander Portillo

Jorge Galán es el pseudónimo de George Alexander Portillo, nacido en San Salvador en 1973 y ganador de la 60 edición del Premio Adonais con el poemario Breve historia del Alba. "Siendo un estudiante de primer año en la Universidad Jesuita de San Salvador, gané mi primer premio nacional de literatura en 1996. En 1998 y 1999 obtuve galardones similares, y Concultura en 2000 me concedió el título de Gran Maestre de Poesía Nacional.  En 2004, gané el premio Hispanoamericano de Poesía de Quetzaltenango, Guatemala, un viejo premio con más de medio siglo de antigüedad. Ese mismo año gané el premio Nacional de Novela de mi país con Unos ojos sombríos.  En 2005 gané el premio Charles Perrault de Cuento Infantil, certamen organizado por la Alianza Francesa, con Una primavera muy larga. Ese mismo año también obtuve el premio nacional de teatro infantil con El hechizo del mago.  En 2006 he ganado el premio nacional de novela de mi país con El sueño de Mariana".

Los tres poemas que publicamos a continuación forman parte del libro premiado que se editará en los próximos meses en Rialp. El jurado destacó de Breve historia del Alba "su dominio de los recursos expresivos que sirven a una rica visión de la naturaleza y a una voz intensa y reflexiva". El primer poema ha sido seleccionado por el director de la colección Adonais, Carmelo Guillén Acosta. La aparición de los otros dos se debe a una recomendación expresa del autor, que nos complace seguir.

 

 

Acto Primero

La tarde es su crepúsculo. Sobre los pinos altos,
ancianos como el mundo, la tarde es femenina
y en su espalda es que brilla una melena de óleo
donde el rojo más puro declina hasta el dorado,
algo más tarde al sepia, después hasta lo oscuro.
Poco antes de la sombra es que halla su belleza.
Nada es lo que parece: cuando joven su cuerpo
no posee el misterio que invita a poseerla,
pero agoniza y crece dentro de ella un deleite
que brilla entre los rostros que ella misma negrea.


Transeúnte

Parado en la acera, a la orilla de esta calle
situada a su vez al norte de esta ciudad
donde puede morir un hombre y su muerte
tendría la misma importancia
que la aspiración de una pequeña dama
que percibe un leve aroma blanco que jamás
podría ser el aroma de la nieve.
La muerte no vale mucho aquí,
solo un poco más que el árbol que se derrumba
sobre sí mismo en la profundidad del bosque,
                                            sin que nadie le note,
pero debería tener un valor similar al de esa torre
que se derrumba por el sonido incalculable
de un millar de trompetas.
Lo gritos aquí, lo mismo que palomas oscuras,
penden de los aleros o llegan a morir a los techos
de edificios y casas donde el ratón y el musgo se conocen.
El viento es el único abrigo aquí, el único edredón.
Los autos pasan como mínimas olas a mis pies.
Atrás de mí los transeúntes y la noche son lo mismo.
Los faroles se han encendido como ojos repentinos
que recobran la vista.
La muerte es la única abundancia cotidiana.
Vuelvo a moverme, camino en línea recta,
ni a izquierda ni a derecha volteo,
la sombra de un muchacho se enreda a mis pies
como algún día un niño lo hizo en las piernas de una madre
cuyos ojos no miraban el mundo sino la oscuridad.
Mi paseo me lleva hasta una esquina. Me detengo.
Pienso que las estaciones andan y se detienen en ese lugar
donde debían de llegar y que jamás se equivocan de sitio.
Quisiera ser el invierno estacionado en esta esquina distante,
la femenina primavera o el enfebrecido verano me interesan muy poco,
el otoño solo le interesa a mis ojos y unos ojos no pueden ser un alma,
si mi alma fuese un martillo yo mismo sería un yunque y el martillo que golpea ese yunque,
si fuese un animal sería una lombriz que repta en recónditos lugares,
cavernas parecidas a la inmensidad antes de la creación;
si fuese un árbol no sería un árbol sino una multitud de bambúes,
amarillos y esbeltos como las uñas de algún enfermo inútil.
Me siento, me recuesto en el piso, veo la noche establecida,
los astros que no puedo leer y la negrura que no puedo explicar ni poseer.
Quienes me observan prefieren ver un cuerpo tendido y no la eternidad
que se abre en el cielo como unos brazos llenos de amor en torno de otro cuerpo,
                                                                                                 poco antes de cerrarse;
prefieren ver la ingenuidad colmando el rostro de la inerte inmundicia,
el hambre dibujando unos pómulos que algunas vez fueron manzanas frescas,
prefieren observar la palidez de lo insano y el orgullo de la demencia
antes que el mapa de la creación que sobre cada una de sus cabezas baja
como lo haría una corona interminable y espléndida sobre la cabeza de un rey. 

Me siento. Me levanto. Cruzo una calle. Me detengo en la acera,
en esta acera donde podría morir y no doblaría una campana anunciando mi muerte
ni se doblaría una rodilla ni caería una lágrima ni se oiría una oración.
Los automóviles son relámpagos en la oscuridad que se reafirma.
Me doy cuenta de que soy el sedimento de esa oscuridad y me sonrío y creo
saber que he descubierto la importancia de una existencia,
el fin absoluto de la misma, el motivo por el que un hombre fue creado.
Debiera de haber ángeles abrazando mis pies.
Debiera de haber una docena de bellísimos niños besándome las manos.
Debiera de haber un millar de mujeres humedeciéndome el cabello con perfume finísimo.
Debiera de haber música de panderos a mi espalda y al frente.
Debiera de ser esta una playa flanqueada por palmeras y no una triste calle.
Debo decir que mi aliento me ha descubierto a veces el olor de la muerte.
Y pensar que fui bello como el cachorro blanco de un León poderoso.
Atrás de mí los seres y la noche no pueden ni deben ser distintos.
Mi discurso es la niebla que baja de los árboles.


Súbita


                                                                            para Roxana Elena

Despierto y me sorprendo porque la luna sigue en la ventana
sobre los árboles aún jóvenes, los más verdes del año.

El frío cae como un abrigo blanco sobre las pálidas montañas.
No hay pájaros aquí, solo un silencio extraño y profundo
que se mueve como un alma nefasta sobre el cielo de oriente,
y tú, que vienes como otro frío extenso,
que entras en mí igual que el bosque en los cerros lejanos,
más auténtica que toda esta tristeza,
y te alojas en mí como la claridad repentina se aloja en el relámpago.

Me hablas, dices todo mi nombre, tus palabras son hojas
que caen sobre un piso oscurecido por mi sombra.
Veo el mar en tus ojos, un horizonte oscuro o quizás casi oscuro.
Cierto sabor lentísimo baja por mi garganta siempre que vuelves súbita.
Te has convertido en el milagro que he comprendido apenas
como comprende el niño la existencia del fuego.













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