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José Ramón Ripoll

José Ramón Ripoll (Cádiz, 1952) ha venido combinando desde su juventud la dedicación a la música y a la literatura en sus más variados frentes. Escritor y periodista de Radio Nacional de España, es conocida su labor como programador a través de Radio Clásica, donde conduce varios espacios destinados a la difusión de la música en todos sus géneros y facetas. Desde su fundación en 1991, dirige RevistAtlántica de poesía, publicación dedicada a difundir especialmente la literatura iberoamericana e internacional.
Ha publicado varios libros de poemas, entre los que destacan La tarde en sus oficios (1978), La Tauromaquia (1980), Sermón de la barbarie (1981), El humo de los barcos (1984), Las sílabas ocultas (1991) y Niebla y confín (2000). Bajo el título de Música y pretexto (1990) llevó a cabo una selección de su obra poética hasta esa fecha.  Entre los premios que ha recibido destaca el Rey Juan Carlos I, en su primera convocatoria, en 1983, Guernica (1979) o Tiflos (1999). Niebla y confín, que configura el final de un trilogía con El humo de los barcos y Las sílabas ocultas, ha sido rescrita  y publicada en la colección Visor bajo el título de Hoy es niebla (2002).
Es también autor de varias monografías  literarias y musicales, como  Bethoven segúnus Liszt, Vistas al mar: apuntes sobre los compositores catalanes del 27El mundo pianístico de Chopin. Pasión y poesíaVariaciones sobre una palabra (La poesía, la música, el poema), Cuarenta años sonando: la Orquesta de RTVE, etc.

I

De todo ese rumor que configura
la playa, el firmamento, el mar, su orilla,
sólo un guijarro entre las manos
asevera quién soy
más allá de los dedos que lo tocan
y acarician su mineral sustancia.
En la fusión imperceptible
de mi huella en la piedra
se escribe cuanto he deseado
y no ha podido ser.
Devuelvo el tiempo al agua
y continúo escuchando su sonido.
Lo demás es paisaje y una deuda
que me ha ocultado la mirada.

 

XVI

Entre el jaspe y el iris cae la tarde.
Si el crepúsculo ardiera sin ser visto,
ni tu extraña visita,
ni este encuentro,
ni la insistencia de mis ojos
tendrían sentido ahora.
Toda esta causa reproduce un susurro
que se hace música al mirar.
Del recuerdo ondulado de esta tarde que cae
se forma una palabra que la nombra
y así vive,
entre el jaspe y el iris.


XVIII

En la tarde,
la rojiza hendidura que el sol deja
entre el cielo y el mar
nos remite al principio de un rumor obstinado.
Escucha, no el sonido del aire,
no el batir de las olas contra la línea imaginaria
que separa cuanto sueñas y vives,
sino el constante crepitar del silencio
que más allá de su propia insistencia
te desdice y aprieta entre su nada,
la hiriente indagación del miedo
precipitándote al vacío.
Escucha el zumbido de quien eres
como un eco lejano que ha dejado de ser.
Escucha ese otro cántico que entona
la miserable oscuridad del día
que viene cada tarde a rescribirte
en su roja hendidura.

 
XXII

¿Quién amarró mi cuerpo a este madero
que en la playa se pudre lentamente
tras los inviernos solitarios?
¿De quién soy prisionero
y quién vigila la eternidad de esta condena?
Ciego de tiempo están mis ojos,
anclado ya en el mar mi pensamiento
y todo lo que queda entre las cuerdas
es nombre y voz vacía,
hueco del ser y la costumbre
de alcanzar en la espera
la clemencia de la disolución.
¿Quién borrará los signos
de haber sido palabra
y el monótono ritmo de esta herida?
 

XXIV

Como un río me recorre
este clamor interno
y dibuja el contorno
de la limitación.
Su ruido es balbuceo,
ni siquiera palabras
que digan o desdigan:
Son ascuas de una lengua
condenada al vacío,
el principio que brota
porque ha sido final.
En su terca costumbre
de ser materia viva,
ingrávida resuena
su voluntad de nada.
Ordena sus silencios
como una rosa abierta
y entona el contrapunto
de la luz y del viento.
Llama a la noche y entra
en el oscuro reino
de las sombras perpetuas
y allí se reconoce:
es el eco de un nombre,
la tinta de un escrito,
la huella de unos pasos
que ni vienen ni van.
Como un río me recorre
este clamor que nada
dice de mí, ni sabe,
ni le importa mi música.
Suena en el cuerpo, acalla
las eternas preguntas,
diluye el pensamiento
en su propio torrente
y borra mi figura.
Por la memoria esparce
su crepitar, quemando
la hojarasca que cubre
la conciencia y su valle.
Se apodera del tiempo,
hace suyo el paisaje
de mis días. Resuena
ya sin mí.





 










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