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Rosa Navarro Durán

Los tesoros de nuestra poesía aúrea (y II)



Ofrecemos en este número de junio la segunda parte de la conversación que hemos mantenido con Rosa Navarro Durán, Catedrática de Literatura Española de la Universidad Central de Barcelona, sobre la grandeza y la vigencia de la poesía española del Siglo de Oro. En esta segunda parte nos centramos en los poetas señeros del siglo XVII y en algunas cuestiones de gran actualidad para los lectores jóvenes que quieran acercarse a este inmenso tesoro de poesía.
                   




¿Crees que la anécdota biográfica, tantas veces explícita en la poesía de Lope de Vega, es un síntoma de modernidad, de adelantarse a lo que supondrán el Romanticismo y sus herederos? ¿Es éste un mérito de su talento genial, o se trata, sin más, de un rasgo tan meritorio como el ocultamiento bajo los mitos antiguos? 


En primer lugar, a menudo somos nosotros los que vemos biografía donde hay literatura. Lope escribe sus novelas porque dice que Marcia Leonarda (o Marta de Nevares) le ha rogado que lo haga, y las escribe para ella sola, en diálogo con ella en el propio texto. Pero en realidad lo que está haciendo Lope es seguir el modelo de La vida de Lazarillo de Tormes, que es una declaración de Lázaro destinada a una sola persona, a "vuestra merced", a una dama, como se dieron cuenta tanto Lope como Quevedo (por eso cambió el comienzo del Buscón, y Pablos pasó a hablar a una dama). Es el modelo literario el que asoma en las novelas de Lope, y, en cambio, siempre se han visto como relatos contados a su amada Marta porque ella le había rogado que los escribiera. Es cierto que el propio Lope dice a Lupercio Leonardo de Argensola:

          ¿Qué no escriba decís, o que no viva?
        Haced vos con mi amor que yo no sienta,
        que yo haré con mi pluma que no escriba.


Y antes afirmaba "El mismo amor me abrasa y atormenta / y de razón y libertad me priva", y todos sabemos muy bien que la misma vida de Lope no responde a lo que dice tan bellamente al modo de los enamorados sin esperanza que protagonizan toda la lírica áurea. Es cierto que a ratos asoman sus vivencias, pero sólo a ratos, no nos engañemos; y suele ocurrir en las epístolas, que es replicas hublot donde la vida cotidiana se cuela en la lírica de cualquier poeta áureo.

A mí uno de los poemas sobre la vida de Lope que más me emocionan no es del propio Lope, sino de José Hierro. Es "Lope. La noche. Marta", que acaba así:

        Y luego, sosegada, le contaré, para dormirla,
aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de rumbos marinos,
de lugares vividos y soñados: de lo que fue
y que no fue y que pudo ser mi vida.

        Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.


Ese para mí es el gran poema de amor de la vida de Lope, pero no lo escribió él. Él escribió maravillosos poemas de amor y aunque jugaba a que los sentía, hablaba desde el mismo lugar en que lo hacían los poetas contemporáneos suyos, desde la literatura. Y evidentemente José Hierro también lo está haciendo desde ella en ese emotivo poema.

Góngora estaba intentando dar a la lengua castellana, la lengua romance, la misma dignidad que la latina, con la que estaba compitiendo en ese momento, y por ello llevaba a su límite el arte de la dificultad en la creación poética
¿Por qué la dificultad de Góngora, que supone todo un desafío intelectual para el lector, puede considerarse un valor propiamente poético en sí mismo y no una técnica más o menos elaborada? ¿Tenía razón Antonio Machado cuando criticaba la artificiosidad de la poesía gongorina?

Objetivamente no tenía ninguna razón don Antonio; es como si yo ahora me empeñara en decir que alguno de sus poemas es excesivamente superficial y simple, ¡tampoco la tendría yo! Son concepciones distintas de la poesía y hay que enmarcarlas en su tiempo. Góngora estaba intentando dar a la lengua castellana, la lengua romance, la misma dignidad que la latina, con la que estaba compitiendo en ese momento, y por ello llevaba a su límite el arte de la dificultad en la creación poética. Seguía la senda que había iniciado Garcilaso con la revolución de la poesía al itálico modo, e intensificaba, como lo hacían también Quevedo y otros poetas, los recursos utilizados. Ambos poetas llegaron a la cima, y a partir de ellos se tuvo que buscar otro camino, y la poesía anduvo desorientada siglos.

Antonio Machado quería devolver la naturalidad a la poesía, quería quitarle un ropaje ampuloso, se negaba a decir "los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa" (dicho con exageración paródica, claro está) y quería escribir "lo que pasa en la calle". Y está muy bien, era en ese momento una ruptura; pero también lo fue la gongorina en su tiempo, y por ello quedó envuelto en el olvido y en el desprecio durante siglos.

Son dos formas distintas de enfrentarse al hecho poético, en dos momentos muy diferentes y partiendo de concepciones opuestas. Ambos son grandes creadores, y cada lector puede disfrutar con las dos obras literarias o con una u otra. Es cuestión de gustos y también de momentos. Hay ratos en que apetece un Machado, y hay otros muchos en que se goza con un Góngora. Para gustar un Machado se puede ir ligero de equipaje, como él decía; en cambio, para saborear un Góngora hay que ir bien pertrechado literariamente. Que cada uno elija en cada momento lo que quiera siempre que esté preparado para elegir.

Admirar a Góngora, asombrarse ante su inmenso dominio del arte poética, no quiere decir imitarle, sino sólo reconocer lo que es indudable y tal vez aprender de él algunas imágenes. Lo que sucede es que leerlo exige un considerable esfuerzo, supone adquirir conocimientos para poder entenderlo y descubrir la belleza e intensidad con que cifra lo que dice
Pero, si esa diferencia de concepción poética (que es también una diferencia de varios siglos) le hace a Antonio Machado despreciar la obra de Góngora, ¿cómo puede un lector actual, que vive una distancia temporal aún mayor y una concepción muy diversa de la poesía, apreciar con justicia la obra de Góngora?

Antonio Machado no fue contemporáneo de los poetas del 27 y, por tanto, no pudo enriquecerse a tiempo con la reivindicación razonada que hicieron del gran poeta cordobés, con la lectura crítica de su obra, con la glosa de sus grandes y dificilísimos poemas; pero sería imperdonable que nosotros, lectores cultos, ignoráramos su inmensa creación. Admirar a Góngora, asombrarse ante su inmenso dominio del arte poética, no quiere decir imitarle, sino sólo reconocer lo que es indudable y tal vez aprender de él algunas imágenes. Lo que sucede es que leerlo exige un considerable esfuerzo, supone adquirir conocimientos para poder entenderlo y descubrir la belleza e intensidad con que cifra lo que dice. Ya no podemos imitar a la zorra diciendo que las uvas están verdes, porque sabemos la fábula; el problema está en nosotros y en lograr alcanzarlas.

Pero tampoco me cabe la mínima duda de que es arte para pocos, para una minoría culta. Sin embargo, si los que podemos penetrar en el arte de la dificultad de los grandísimos escritores barrocos (no sólo Góngora, sino Quevedo y Villamediana), decimos que preferimos leer a Antonio Machado sin preocuparnos de más, acabaremos dejando la poesía de don Antonio para leer la de José María Gabriel y Galán, que es el poeta preferido aún por muchos lectores de poesía fácil, popular.

Uno de los grandes poetas actuales que me entusiasman es el estadounidense John Ashbery, y su poesía es también una difícil construcción, aunque sus referentes sean otros. Hay que leer toda la buena poesía, la de Góngora y también la de Antonio Machado y, antes que él, la del espléndido Bécquer, que habían saboreado muy bien tanto Salinas como Cernuda.

Pero si un lector no tiene el bagaje suficiente para ahondar en la poesía barroca, no pasa nada, ¡que lea la lírica que pueda asumir! Si ese lector se siente además poeta y quiere escribir poemas, puede hacerlo para sí y para sus amigos; pero que no pretenda alcanzar cimas de perfección o belleza. Para subir ese ochomil es condición indispensable haber leído a todos los grandes líricos, sólo así podrá beber de la corriente literaria las aguas que más le gusten a su paladar poético.

La poesía de Blas de Otero está muy alejada de la de Góngora y, sin embargo, el poeta vasco hace un homenaje al cordobés en su título Ángel fieramente humano, que toma del soneto "Suspiros tristes, lágrimas cansadas". El título de La voz a ti debida de Pedro Salinas es un homenaje a Garcilaso; y el de Donde habite el olvido de Luis Cernuda, a Bécquer.

Yo animo a la lectura de  los sonetos de Góngora, por ejemplo al de "Con diferencia tal, con gracia tanta". En él se habla de un ruiseñor inolvidable, porque el yo poético, escuchando su llanto, sospecha "que tiene otros cien mil dentro del pecho". Todos los grandes poetas —y Góngora y Quevedo y Lope y Aldana y Villamediana lo son— enriquecen la forma de ver el mundo con creaciones inesperadas que se convierten en nuestras en cuanto las descubrimos; sólo así, leyendo y leyendo, podremos escribir poemas nuevos y valiosos. Y si no somos poetas, como es mi caso (no he escrito un solo verso en mi vida, cosa realmente insólita viviendo con y entre ellos), con ese bagaje podremos enfrentarnos a la realidad cotidiana para descubrir en ella matices nuevos a cada instante.

En Quevedo el artificio queda oculto a menudo por la intensidad expresiva, que actúa como ropaje del sentimiento. Tal vez resida ahí su enorme eficacia. Yo he sido y soy continuamente "víctima" gozosa de ella
Parece que Quevedo ha sido el poeta más frecuentado por los autores contemporáneos. ¿A qué se debe esa vigencia abrumadora? ¿Consideras que es el más genial de todo nuestro Siglo de Oro? 

No quisiera decir que sí porque hay poemas geniales de otros grandes poetas, pero no puedo más que asentir porque es "mi" poeta amoroso y "mi" poeta existencial (y en este campo está junto a Aldana y a Villamediana).

Y Quevedo es el mejor ejemplo de lo que he estado diciendo. No parece que tuviera una vida amorosa llena de profundos sentimientos, y, en cambio, es quien supo expresar mejor la pasión amorosa. Se vive intensamente con la lectura de sus poemas. Yo sé muy bien cuán literario es el verso: "ser dios y enfermedad, cómo es decente", porque el Amor, si es un dios, no puede ser la fiebre, la enfermedad que consume al yo póetico; y si así es, falta a su decoro de dios, no es "decente". Y sin embargo, cuando lo leo, me llega al alma.

En Quevedo el artificio queda oculto a menudo por la intensidad expresiva, que actúa como ropaje del sentimiento. Tal vez resida ahí su enorme eficacia. Yo he sido y soy continuamente "víctima" gozosa de ella. Góngora nunca me ha "conmovido" como Quevedo; sí me admira, sí me asombra y me da mucho gusto descifrarlo a mis alumnos a partir de las referencias culturales; pero es Quevedo quien me tiende continuamente los puentes para la vivencia de sus maravillosos poemas amorosos.

¿Cuáles son los otros poetas de estos dos grandes siglos que lees y relees con mayor entusiasmo? 

Ya los he nombrado: Quevedo, Aldana, Villamediana, Garcilaso, san Juan de la Cruz. Y comento en clase a Góngora, a fray Luis, y a Luis Carrillo y Sotomayor, que fue un joven poeta con una intuición espléndida (lo leyeron tanto Góngora como Quevedo). Y hay poemas extraordinarios de otros grandes poetas áureos (Acuña, Cetina, Herrera, Figueroa, los Argensola, Arguijo, Medrano, Rioja…) que tengo en mi antología personal vivida, en mi carpeta de lecturas, en mis sueños de palabras puestos en el alma.

La buena literatura te permite salir de ti mismo y ser muchos otros; es la gran lección que nos dio don Quijote al comienzo de su andadura ("sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia…"). Y te aseguro que sólo saliéndose de sí mismo se puede mantener cierta cordura gozosa en este mundo
¿Cómo puede un lector joven de hoy sintonizar con el mundo de unos autores cuyas convicciones religiosas y morales son tan distintas de lo que hoy transmite la mentalidad dominante?

La belleza no supone convicción moral ni religiosa alguna. Lo bello es bello siempre. Quevedo tenía unas creencias muy distintas a Virgilio, Horacio y Ovidio y, en cambio, los leía y admiraba. Lo mismo nos ocurre hoy. Y ojalá fuera cierto lo que te lleva a formularme la pregunta, porque a veces resuenan en la calle palabras que defienden conductas atávicas y me entra el pánico a que nada haya cambiado o que se pueda volver al pasado. Siendo mujer como soy, tiemblo al pensarlo. Hablando en broma, yo a veces le digo a Quevedo: "Don Francisco, los tiempos han cambiado; por eso una mujer como yo comenta con una admiración sin límites sus poemas". Y me río pensando en la cara que hubiera puesto en su tiempo, y sé, en cambio, que, como fue persona inteligente, sabría muy bien entender cómo esa gran revolución del siglo XX que nos ha dado a las mujeres acceso libre a la cultura ha sido un acto de justicia absolutamente necesario.

Y no entro en las creencias religiosas porque los seres humanos siempre buscan una supuesta verdad (y la verdad se asienta a menudo en el coro multitudinario) para torturar a los demás con ella. Yo recomiendo siempre la lectura de Calígula o de Los justos de Albert Camus como antídoto contra los fundamentalismos de todo tipo.

Volviendo a nuestra senda literaria, te diré que, cuando tengo el día trágico (me refiero anímicamente sólo), me identifico con Dido y leo la Heroida que le escribió a Eneas, o escucho su lamento en la ópera de Purcell. Pero a veces soy también Larra mirándome al espejo, y escuchando lo que le dice su criado borracho ("in vino veritas"), y, como él, recuerdo lo que le decía Sganarelle al don Juan de Molière.

La buena literatura te permite salir de ti mismo y ser muchos otros; es la gran lección que nos dio don Quijote al comienzo de su andadura ("sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia…"). Y te aseguro que sólo saliéndose de sí mismo se puede mantener cierta cordura gozosa en este mundo. El infierno a veces son los otros, como decía Sartre, pero también puede serlo uno mismo.

¿Consideras que los poetas jóvenes de hoy prestan a estos grandes autores una atención suficiente?

No se debe nunca hacer una afirmación al tuntún. Algunos poetas jóvenes se conocen muy bien la poesía áurea, y otros no tanto. Todo está en relación con el derrumbe de la enseñanza por culpa de sucesivos planes de estudios absolutamente lamentables. No se puede insistir como se insiste en que no hay que transmitir conocimientos sino destrezas y aptitudes, porque así los jóvenes no van a saber nada de nada. Destrezas las puede enseñar un diestro en algo, por ejemplo, en esgrima; conocimientos sólo el que sabe. Y me da la sensación de que esta es la raíz del problema. Si no se ponen puentes para llegar a la lectura de los clásicos, nuestros jóvenes poetas (o escritores) van a creer que es posible escribir poesía con lo que te sale de dentro. Si no se enriquece nuestro interior con lecturas y más lecturas, no puede salir de él nada de nada.
   
Si el sistema educativo está fallando (y no por culpa de los abnegados profesores que luchan vanamente con imposiciones políticas), no queda más remedio que el camino de la búsqueda personal de la cultura, del conocimiento. Hay que ser autodidacta, y hacer que los libros vuelvan a ser libros leyéndolos. Tener un Don Quijote en casa y no haberlo leído hace que no sea más que un volumen impreso, no un Don Quijote. Tener la poesía completa de Francisco de Quevedo lujosamente encuadernada queda bien para la estantería, pero no se distingue como objeto de adorno de una bella porcelana. En cambio, será un auténtico libro cuando, abierta una de sus páginas, diga el lector, sintiéndolo en su yo real o en su yo literario (¡qué más da!):

        Sólo no hay primavera en mis entrañas,
        que habitadas de Amor arden infierno,
        y bosque son de flechas y guadañas.


En ese momento se alza en pie la palabra poética, el poema cobra vida. Sólo los lectores lo pueden hacer posible. Y hay lectores, hay lectores…
                   

Carlos Javier Morales









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