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Rosa Navarro Durán

Los tesoros de nuestra poesía áurea (I)



En este número de PoesíaDigital nos hemos asomado a la poesía de nuestro Siglo de Oro de la mano de una de sus mejores estudiosas, Rosa Navarro Durán, catedrática de Literatura Española en la Universidad Central de Barcelona. Ella, a través de su conocimiento especializado de la literatura española de los siglos XVI y XVII, que ha enriquecido siempre con su lectura y crítica de autores contemporáneos, nos explica ahora muchos de los secretos que ayudarán a cualquier lector de poesía a disfrutar de verdad con nuestra lírica clásica. Entre sus libros figuran obras de gran amplitud temática, como La mirada al texto (1996), Por qué hay que leer a los clásicos (1996) o Mitos del mundo clásico (2002), junto a otras de tema monográfico y un sinfín de cuidadas ediciones de autores del Siglo de Oro. En los últimos años, además, ha realizado adaptaciones de obras del Siglo de Oro para jóvenes lectores, que conjugan el rigor filológico con una experimentada pedagogía de la literatura.


Por la amplitud del tema y por la lucidez con que Rosa Navarro nos replantea cuestiones de tan hondo calado, hemos preferido dividir la entrevista en dos partes: una parte primera, introductoria, que luego se centra en los grandes poetas del XVI; y una segunda parte, que publicaremos en el próximo número, donde aborda cuestiones sobre poetas del XVII y añade unas reflexiones finales.




¿En qué medida puede interesar a un lector contemporáneo, educado bajo el signo de la originalidad, una poesía tan comprometida con la tradición y los modelos clásicos como la de nuestro Siglo de Oro? 

El concepto de "originalidad" depende de los conocimientos que tenga el lector, porque sólo se puede advertir la dependencia que una obra literaria tiene con la tradición si se conoce muy bien ésta. Si leemos "Hermosísimo invierno de mi vida", que es el comienzo de un espléndido soneto de Quevedo, nos puede parecer una creación originalísima; sólo si partimos de la fosilización del retrato de la dama, que es siempre muy bella y cruel, podemos llegar a "descifrar" esta metáfora y ver la recreación que hay en ella de lo constante: la dama es desdeñosa, es fría como el hielo para el yo poético enamorado, es, por tanto, hielo; y como la estación del frío, del hielo, es el invierno, ella pasa a ser "invierno" en la vida del yo poético, pero "hermosísimo".

Es evidente que el conocimiento intensifica la belleza de la creación, pero el verso en sí mismo, sin descifrar, es enormemente sugestivo. Podríamos hablar de niveles de lectura, según la riqueza lectora atesorada en la persona
Es evidente que el conocimiento intensifica la belleza de la creación, pero el verso en sí mismo, sin descifrar, es enormemente sugestivo. Podríamos hablar de niveles de lectura, según la riqueza lectora atesorada en la persona; y esto es válido para toda buena poesía, no sólo la de la Edad de Oro, sino también para la contemporánea. La originalidad de esta también hunde sus raíces en la tradición literaria, porque no se puede pretender hacer buena poesía desde la nada, sin referencias, sin asumir la herencia literaria. No es posible pretender ser uno mismo una isla que encierre un paraíso, porque no sólo es una absoluta utopía, sino una solemne tontería. Es iluso aspirar a ser gusano de seda, pero no a ser abeja que liba de las flores, es decir, de las obras literarias. Los clásicos advertían que el camino de la imitación de las hormigas, acarreando materiales ajenos, no llevaba a la creación genial propia.

Volviendo al comienzo, yo diría que el problema para gozar o no de la poesía áurea no reside tanto en que su fundamento no esté en la originalidad, ese concepto romántico que nos obsesiona, sino que arranque de un acervo cultural que hoy se desconoce y que a veces impide incluso llegar a entenderla (¡Por qué no se enseñará mitología e historias bíblicas en la escuela!). No es puro azar que fuera la Generación del 27, la de los poetas cultos, la que descubriera a Góngora; y la labor de glosa de Dámaso Alonso ayudó mucho a esfumar la niebla que rodeaba los dificilísimos poemas del cordobés.

Leer la poesía de la Edad de Oro implica entender el juego cultísimo que ellos llevaban a cabo, el arte de la dificultad: cifraban sus poemas para que el lector culto gozara al desentrañarlos. Esa es la gran barrera para el lector contemporáneo: la comprensión de un mundo de referencias. Pero una vez se conoce este y se maneja el proceso de asociación metafórica, se descubre la perfección de la codificación poética. Son auténticos rompecabezas cultos y tienen una eficacia estética, y también emotiva, absoluta.

Cito de nuevo un soneto de Quevedo, que es un apóstrofe al Amor, "Si tu país y patria son los cielos", donde le dice el yo poético al dios Amor: "si tu deidad blasona por abuelos / herida deshonesta y la blancura / de la espuma del mar". No hay duda alguna de que tener como abuelos una herida deshonesta y la blancura de la espuma es lo más sorprendente y “original” que nadie pueda imaginar; sin embargo, esa espléndida creación tiene una clave que la hace diáfana: el nacimiento de Venus. Venus es la madre del Amor, por tanto, los abuelos de este serán los padres de la diosa; y ella nace porque los órganos sexuales de Urano, cortados por Cronos, caen al mar, y su semen hace fructificar la espuma del mar, de donde nace la bellísima diosa. Desaparece la originalidad de lo que se dice, pero el lector se asombra entonces con la que percibe en esta forma ingeniosísima y musical de decirlo.

El gozo estético permanece o se acrecienta. Si durante unos años alimenté la ilusión de que la cultura no fuera patrimonio de una minoría, ahora tengo que aceptar que sí lo es, y que sólo con el esfuerzo individual un buen lector podrá acceder a ella.

Y, una vez leídos los grandes poetas áureos (Garcilaso, Fray Luis, San Juan de la Cruz, Góngora, Lope, Quevedo…), ¿qué pueden aportarnos los otros poetas coetáneos; por ejemplo, aquellos que escriben bajo el magisterio de Garcilaso o de Góngora?

Si es un buen poeta, siempre nos aportará algo, porque puede ahondar en el camino elegido o encontrar soluciones nuevas, sorprendentes. El innovador genial es siempre uno, luego otros poetas tienen que reafirmar la senda hallada. Y el tiempo es el mejor cedazo para que se advierta la calidad literaria. Bien es cierto que a veces los hallazgos de un poeta se centran en un número reducido de poemas, pero basta haber escrito uno solo para poder figurar en el Olimpo de los grandes creadores (es el caso de la maravillosa "Epístola moral a Fabio").

El caso de san Juan de la Cruz es completamente distinto, porque él escribe una poesía sin códigos, que no podía tener seguidores, y no los tuvo. Se adelantó cuatro siglos a la creación de la imagen irracional, aunque él lo hacía desde la libertad lírica absoluta conquistada al ampararse en la experiencia mística
Por otra parte, en algunos casos, somos los filólogos los que nos empeñamos en clasificar, en agrupar los poetas en supuestas escuelas. El ejemplo de la división entre conceptismo y culteranismo es muy claro; es muy fácil decir que tal poeta es culterano y tal otro conceptista si escogemos bien el poema en el que apoyarnos; pero se pueden invertir los términos si la elección recae en otro, y así Quevedo puede ser tan culterano como Góngora, o este tan conceptista como Quevedo, porque son procedimientos distintos que ambos utilizan. En lugar de ser instrumentos para la comprensión, las etiquetas se convierten en clasificaciones inamovibles que desorientan.

El caso de san Juan de la Cruz es completamente distinto, porque él escribe una poesía sin códigos, que no podía tener seguidores, y no los tuvo. Se adelantó cuatro siglos a la creación de la imagen irracional, aunque él lo hacía desde la libertad lírica absoluta conquistada al ampararse en la experiencia mística. Usaba la lira que había introducido Garcilaso (que había a su vez imitado la estrofa de la oda horaciana a través de la adaptación italiana que había hecho Bernardo Tasso), y además se inspiraba en el Cantar de cantares bíblico y mezclaba imágenes de la poesía tradicional y tomaba de ella el yo femenino, una gran innovación. Como hablaba el alma en su Cántico espiritual y en castellano esta palabra es femenina, exigía esa voz en el poema; pero el yo de la poesía italianizante es siempre masculino (salvo cuando se le da la palabra a un personaje femenino mitológico).

Es tal la novedad de los tres grandes poemas de San Juan (los otros no sobresalen de la medianía) que lo alzan hasta el cielo poético universal. Y una revolución tan inmensa no podía tener seguidores. Fue sólo a partir de la ruptura lógica de la asociación metafórica, con la entrada de lo irracional, de lo onírico en la lírica, con las vanguardias, cuando se pudo advertir esa inmensa cima de libertad poética que constituyen los tres poemas de san Juan: el "Cántico", la "Noche" y la "Llama".

Los estudiosos de la poesía de nuestro Siglo de Oro habéis realizado un esfuerzo enorme por identificar los tópicos y motivos comunes de toda la poesía de esta época, lo cual nos permite leerla en una perspectiva mucho más cercana a la intención original de estos poetas. ¿Hasta qué punto es necesario conocer con detalle esos tópicos para disfrutar de esta poesía y apreciar sus méritos con justicia?

Sólo con la comprensión del juego estético que llevaban a cabo los grandes poetas de la Edad de Oro se puede llegar a gozar a fondo de su poesía. Y esa comprensión llega al compartir con ellos una serie de conocimientos: los mitos, la geografía, los animales y plantas literarios y sus atributos. Si Lope dice "águila soy, a salamandra aspiro", no hay manera de que te guste el verso a menos que sepas que el yo poético mira a la hermosísima dama, que es pura luz, sol, y por eso él es águila, el único animal que puede mirar fijamente al sol. Pero el yo poético aspira además a ser salamandra porque, según los bestiarios, ese animal podía vivir en el fuego sin quemarse, que es lo que desearía el enamorado: mirar al sol, a la dama, y vivir en el fuego amoroso sin perecer abrasado por su intensísimo sentimiento.

No toda la poesía áurea tiene la misma dificultad; pero es indiscutible que algunos poemas no pueden entenderse sin el conocimiento de las referencias culturales que hay en ellos.

¿Y cómo se hace compatible el prestigio que supone recrear unos tópicos de la tradición con la autenticidad, la sinceridad vital que la lírica está llamada a transmitir?

Es pura perspectiva. ¿Por qué tiene que ser más bello, más intenso, más emocionante algo que refleje una realidad vivida por otra persona que palabras que sean puramente ficticias, literarias, pero que nos ofrezcan una intensidad de sentimientos con la que podamos identificarnos? No hay que olvidar dos cosas: que el yo del poeta que sufre hoy no es el mismo que goza o que sufre de nuevo mañana. Todo poeta está formado por una sucesión de yoes, y el hecho de que uno de ellos en un momento haya vivido una experiencia intensísima en emociones no es garantía para que logre emocionarnos.

La emoción está en el lector, y este puede identificarse, hacer suya la experiencia que atrape su alma, sea real o literaria, porque en cualquiera de las dos posibilidades no será suya en el momento de la creación, pero sí en el de su vivencia. A mí me emociona mucho más profundamente Quevedo que muchos poetas que han sufrido en carne experiencias traumáticas, pero que a mí no me dicen nada porque la forma en que las expresan no lleva anzuelos para mi alma, para mi sentir. Es la palabra lo que importa, no la vida del poeta, que no tendría interés alguno para nadie si no hubiera fructificado en la creación literaria.

En el caso de Garcilaso, ¿crees que hay una historia amorosa real que unifica todos sus poemas?

De ninguna manera. Es absurda la búsqueda de la figura de una o muchas damas detrás de sus poemas, y según las épocas e interpretaciones es una u otra la que supuestamente asoma en ellos. Puede emocionar a un adolescente una historia de amor imposible (la que, con apenas dato alguno, se imaginaba que vivió el poeta con Isabel Freyre, tantas veces mencionada), pero a un lector formado no tiene que importarle lo que tal vez fuera real, sino lo que aparece en el texto y su poder emotivo. Garcilaso escribe poemas amorosos y tiene unos modelos literarios, y eso es lo que cuenta; no lo que vive o dicen que vivió. Detrás de muchos de sus versos está Petrarca, y Ausias March, y Virgilio y Ovidio y otros grandes poetas. Las historias amorosas vividas por el maravilloso poeta toledano forman su vida, no su poesía. Pero hay una larga tradición de crítica biográfica que sólo busca historias tras los poemas, y no debe ser así.

En la poesía áurea hay una única historia amorosa, la que forma "el argumento de amor" (en palabras de Fernando de Herrera), y es la que "viven" en la poesía todos los yoes poéticos: el de Garcilaso, el de Aldana, Góngora, Villamediana o el de Quevedo, da lo mismo
Voy a añadir un curioso ejemplo de un texto en prosa, del Buscón, porque en él hay un homenaje a Petrarca, una de las grandes admiraciones de Quevedo, como muestra su poesía. Pablos, el Buscón, se hace llamar señor del Valcerrado y Vellorete, y las notas a las ediciones dicen que es un señorío inexistente. Es cierto, pero de pronto un día me di cuenta  de que "Valcerrado" es "Valchiusa", donde nació Laura, y enseguida se me hizo diáfano el "Vellorete", que es "Bel Oretta", es decir, la propia amada del inmenso poeta toscano. Es Petrarca el que debe verse detrás de muchas afirmaciones del yo poético de Quevedo, como sucede en el "Hoy cumple amor en mis ardientes venas / veinte y dos años, Lisi".

En la poesía áurea hay una única historia amorosa, la que forma "el argumento de amor" (en palabras de Fernando de Herrera), y es la que "viven" en la poesía todos los yoes poéticos: el de Garcilaso, el de Aldana, Góngora, Villamediana o el de Quevedo, da lo mismo. Y esa historia tiene dos protagonistas: el yo poético, que es un yo sintiente, sin perfil físico, pero con un ámbito interior para el sufrimiento, ("y bosque son de flechas y guadañas", como dice Quevedo de las "entrañas" del yo); y la dama, bellísima y desdeñosa ("la belle dame sans merci"). Él la ama desesperadamente, sin esperanza alguna; y ella lo fulmina con su desdén. Esa es la vivencia auténtica que hay tras toda la poesía amorosa áurea, y no el sufrimiento provocado por damas concretas. Cuando se me recuerda el caso de Lope para el que amar y hacer versos era lo mismo, yo digo que algunos de sus poemas amorosos los dedicó a dos de sus amadas y lo hizo con muy pocos retoques.

La vida propia fluye por cauces distintos a la poesía amorosa que escribe el poeta de la Edad de Oro.

¿Cómo se explica esa sublimación de la música que se produce en la poesía de Fray Luis, la cual llega a anticipar la concepción romántica del Arte con más de dos siglos de distancia?  

Todos los grandes genios son precursores; como he dicho, el más grande fue san Juan de la Cruz, porque no hay nada comparable a la ruptura de la asociación metafórica, de imágenes que introduce él en la lírica. Fray Luis, tan horaciano, es un poeta perfecto, mesurado, de una armonía maravillosa, y la emoción a la que nos llevan sus versos tiene ese cauce que me indicas. Sólo desde el lento aprendizaje que nos da el tiempo acumulado podemos llegar a advertir la genialidad de los grandes y emocionarnos con sus creaciones desde otro lugar distinto a aquel en que ellos se situaban. Pero hay que advertir lo bien que fray Luis se conocía a los clásicos, lo bien que tradujo a Virgilio, a Horacio, a los salmos, el Cantar de los cantares: esa es la clave que, junto a su genialidad, da una trascendencia a su creación en el tiempo y en el espacio.

¿Tiene sentido (literario, se entiende) hacer una lectura no religiosa de la poesía de San Juan de la Cruz, como se ha pretendido muchas veces, sin perder algunos elementos esenciales de su significado?
 

No voy a negar a un lector la posibilidad de leer de otra forma la poesía de san Juan; pero digo "leer" y no interpretar. La poesía está para ser experiencia renovada en cada acto de lectura; y si el lector está enamorado, puede "vivir" a su modo esa poesía; yo lo he hecho siempre que lo he necesitado. Ahora bien, san Juan escribe poesía amorosa desde la vivencia mística, y no se puede escribir un ensayo interpretativo de su obra sin tenerlo en cuenta, porque será un puro disparate. Nuestro punto de mira nos hace a menudo ver mal la realidad, o, lo que en este caso es lo mismo, interpretar erróneamente la obra de un escritor. Como es de sentido común, no se trata de forzar en la lectura a que los grandes escritores vivan nuestros sentimientos y vivencias, sino al contrario: nosotros podemos adaptar la lectura a nuestras "necesidades" al vivir la experiencia única que es cada lectura de un poema.

¿Por qué un poeta tan original como Francisco de Aldana ha sido tan poco leído hasta el siglo XX? 

Es algo que me duele profundamente. He intentado varias veces que editoriales me acepten la edición de una antología selecta de sus poemas, pero ha sido en vano, porque me han dicho que no la iban a vender, ya que era un poeta muy poco conocido. Pero yo me digo que, si no se divulga, seguirá siendo un desconocido, y seremos siempre muy pocos los que conocemos su forma de imaginar el cielo y anhelamos que también sea la nuestra:

    Iríame por el cielo en compañía
del alma de algún caro y dulce amigo,
con quien hice común acá mi suerte;
   ¡oh qué montón de cosas le diría,
cuáles y cuántas, sin temer castigo
de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!


Ahora hemos entrado ya en el tiempo de silencio de los clásicos, porque la enseñanza de la literatura ha desaparecido prácticamente del tiempo esencial de la formación de la persona (no hay más que una asignatura compartida con Lengua en la ESO), y ya no hay manera de transmitir esa riqueza inmensa que es nuestra literatura. ¡Cómo vamos, por tanto, a pretender que se sepa que Francisco de Aldana fue un poeta maravilloso!

En mi desesperación, al ver que está desapareciendo la posibilidad de transmitir ese tesoro que son nuestros clásicos, me he puesto a adaptarlos para los niños, para los estudiantes. Pero necesito la ayuda de padres y profesores; sin ellos mi lucha para preservar esa riqueza como lectura viva, y no sólo como suma de nombres vacíos, no tiene futuro alguno. Confío en que padres y profesores vean cómo esa lectura de los clásicos a la medida de niños y jóvenes son caramelos con vitaminas en su interior: son lecturas apasionantes y divertidas que a la vez enriquecen, porque son ellas mismas nuestra cultura, nuestra herencia literaria.
                  
 Carlos Javier Morales









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