PoesíaPoesía Digital

Francisco Brines

 

El saber del poeta




En este número de Poesía Digital tenemos el gusto de ofrecer a nuestros lectores la conversación con uno de los mayores poetas vivos en lengua castellana, Francisco Brines, nacido en Oliva (Valencia), en 1932. A lo largo de muchos años ha ido cincelando una obra poética de excepcional coherencia, impulso emocional y profundidad de espíritu, a la vez que vivamente sensorial y sensual. El lector puede acceder a su Poesía completa en la edición de Tusquets de 1997, pues hasta ahora no ha publicado ningún nuevo libro. Además, es autor de muchos ensayos, algunos de ellos recogidos en su libro Escritos de poesía española (De Pedro Salinas a Carlos Bousoño), publicado por Pre-textos en 1995. Y, aunque no recogido en ese volumen, recomendamos a nuestros lectores el siempre luminoso ensayo La certidumbre de la poesía, que apareció como estudio introductorio a su obra poética en el libro Selección propia, su personal antología publicada por Ediciones Cátedra en 1984.


En esta conversación Francisco Brines nos habla de su poesía, que para él siempre es hablar de la vida, de la que ha adquirido un saber poco común.





Tu poesía comienza con un libro de madurez, Las brasas (1960), por el que parece que no ha pasado el tiempo. ¿Cómo pudiste ponerte en la mente de un anciano con 28 años, que son los que tenías cuando lo publicaste?


A los 28 años es cuando sale el libro publicado, pero yo lo escribí un año antes, entre el verano y el otoño. He de decir que es mi único libro premonitorio: si al poeta se le llama vate, por el poder que tiene de vaticinar, esto sólo se cumple en mi primer libro. El protagonista poemático, sobre todo en la primera parte, que es la fundamental del libro, es un hombre anciano, que vive solo, en aquella casa en la que yo vivía, esperando el final. Y eso es lo que se ha cumplido: he llegado solo a este territorio, a esa casa, que es la misma de entonces, y en la que espero el final. En este sentido es un libro premonitorio, aunque es, paradójicamente,  mi primer libro. Lo escribí con veintiséis ó veintisiete años.

La poesía es el desvelamiento del sentido de la existencia humana, algo para lo que habitualmente estamos ciegos. Todo, al menos todo lo importante, es un enigma. Y ese enigma me obligaba a hacerme varias preguntas fundamentales, que venían y volvían a venir de una forma más o menos obsesiva
Pero ¿te sentías psicológicamente viejo?

Más que una edad, lo que yo veía era un destino de soledad y un destino que, aunque no lo diga allí ni aparezca en ningún momento, necesitaba de la expresión poética para su realización. Porque la poesía es el desvelamiento del sentido de la existencia humana, algo para lo que habitualmente estamos ciegos. Todo, al menos todo lo importante, es un enigma. Y ese enigma me obligaba a hacerme varias preguntas fundamentales, que venían y volvían a venir de una forma más o menos obsesiva. Y como esas preguntas, de un modo u otro, han seguido viniéndome, yo no creo que haya un cambio de personalidad.

¿Por qué están escritos en tercera persona todos los poemas de ese primer libro? ¿Era una cuestión de pudor?

Yo creo que, al fin y al cabo, hablamos desde el yo: desde el cuerpo y desde el espíritu que va con él. El espíritu vive mientras vive el cuerpo; cuando éste muere, muere también el espíritu. Así lo creo desde una posición como la mía, que es agnóstica, y de la cual no estoy contento, porque, al fin y al cabo, lo que experimentamos es la identidad de la persona, y eso es lo que querríamos que nunca se perdiera: la conciencia de la identidad, lo único que conservamos, pero sólo mientras vivimos.

Por otro lado, aunque hablaba desde el yo, nunca he considerado que un yo sea muy distinto de otro yo, sino que los hombres son semejantes. Lo que tiene de mágico la poesía es que podamos asentir a esa porción de humanidad que somos, y también a la que podríamos ser y no somos. De modo que, al leer poesía, asentimos a nuestra verdad y a la verdad del otro. Esa es la objetividad de la existencia o de la esencia de lo humano. Por eso creo que el yo no debe subrayarse tanto como lo hacemos: lo importante es el , porque para el otro no eres un yo, sino un . Creo que atender al o al él es distanciar lo que puede haber de subrayado en el yo: no para sobrevalorarlo, ni para infravalorarlo; sino para conocerlo como se merece. Pienso que el hombre es maravilloso, aunque puede ser infame. Sus posibilidades son casi infinitas, de manera que puede ser un héroe o un cobarde. Luego las circunstancias hacen que uno se decante por un lado o por otro, porque no hay destino más azaroso que el nuestro.

Sigo escribiendo como a los catorce años, por lo que nunca he tenido un poema previo, sino una emoción que necesitaba ser desvelada por la escritura. Entraba la intuición, que es inteligencia, pero no razón: inteligencia oscura que, al escribir, venía corregida o asentida por la experiencia reflexiva. Decía "esto no"; tachaba, corregía e iba haciendo el poema a medida que surgía intuitivamente
¿Había sido larga tu prehistoria poética?

Yo tenía unos precedentes de escritura desde los 14 años, años que son de aprendizaje. Entonces no había la facilidad de publicar en revistas que hay ahora, como tampoco se sentía la tentación actual por publicar. Pero sí había necesidad de escribir, y eso se dio en mí por lo mágico que es el conocimiento de la poesía. Yo, que con catorce años era un estudiante adolescente, tenía la experiencia de responder a las preguntas según lo que estudiaba. Respondía cosas que conocía por la lectura y, según mi mayor o menor facilidad para la respuesta, respondía. Pero en esos casos yo era un intermediario, un intermediario de la lectura y también de mi propia experiencia. Por ejemplo, si me preguntaban, al llegar el otoño, "¿Dónde has pasado las vacaciones?", yo contestaba: "He estado en la playa y luego he ido al monte en septiembre". Y si me preguntaban "¿Qué te gusta más y por qué?", entonces analizaba mis experiencias e intentaba explicarme a mí mismo por qué me gustaba la playa o el monte, donde estaba solo; y respondía según ese razonamiento.

Pero con la poesía sucedía algo mágico, porque lo que ahí decía no lo había leído ni experimentado: salía de mi interior y yo lo conocía sólo al escribirlo. Eso me parecía y me sigue pareciendo mágico. Sigo escribiendo como a los catorce años, por lo que nunca he tenido un poema previo, sino una emoción que necesitaba ser desvelada por la escritura. Entraba la intuición, que es inteligencia, pero no razón: inteligencia oscura que, al escribir, venía corregida o asentida por la experiencia reflexiva. Decía "esto no"; tachaba, corregía e iba haciendo el poema a medida que surgía intuitivamente. O sea que la reflexión no era el explorador, sino el colonizador: venía después. Durante mucho tiempo he escrito el poema de principio a fin, hasta que, en un momento determinado, empecé a escribir el poema dejando zonas que sabía que tendría que corregir, pero que en la primera redacción se quedaban informes, no delimitadas como antes. Ahora mismo, en el último libro, me quedan tres o cuatro poemas por corregir. No tengo impulso para hacerlo, pero espero tenerlo y acabar el libro. De todas formas, en lo esencial, mi forma de escribir poesía no ha cambiado desde que empecé a los catorce años. Las brasas, mi primer libro, más bien corto, lo escribí en aquel verano del 58, en el campo, en Elca, donde vivo ahora. Incluso leí en el Ateneo, en el aula de lectura poética que llevaba José Hierro, poemas anteriores a Las brasas.

A veces, tal vez para advertir a los ingenuos, se insiste demasiado en que una cosa es el yo-poético, la voz que habla en el poema, y otra el poeta, el autor real, que es una persona normal y corriente. ¿No crees que esos distingos, por el excesivo rigorismo con que se han aplicado por ciertos teóricos y críticos, han llevado a concebir al poeta como una persona esquizofrénica, cuando lo más sincero de esa persona normal y corriente que es el poeta está, precisamente, en lo que dice en sus poemas?


Mira, yo creo que cuando uno escribe hace autorretratos: la cuartilla es un espejo al que se asoma el poeta como a veces sucede en los sueños, en que aparecen personas a las que conoces en su concreción carnal, pero que en ese momento aparecen con un rostro distinto. En la poesía también nos asomamos al papel y nos vemos a nosotros mismos, sólo que aparecemos con otro rostro. En el poema salen a la luz aspectos nuestros que desconocíamos. Por contraste, hay otros aspectos que son muy reales, importantes y conocidos y que, sin embargo, no aparecen nunca en el poema. La poesía hace salir a la superficie zonas oscuras que se desvelan en ella, mientras otras quedan sepultadas. De alguna manera eso nos limita y también nos potencia, pero es emocionante verse a sí mismo y descubrir algo nuevo. Por ejemplo, por la escritura he hallado mi moral, una moral no formulada antes, sino que se ha ido formulando a medida que escribía. Y fíjate cuán importante es eso para la persona.

La cuartilla es un espejo al que se asoma el poeta como a veces sucede en los sueños, en que aparecen personas a las que conoces en su concreción carnal, pero que en ese momento aparecen con un rostro distinto. En la poesía también nos asomamos al papel y nos vemos a nosotros mismos, sólo que aparecemos con otro rostro
En cuanto a la pregunta que me hacías antes acerca de un libro terminal, debo decir que todos mis libros son terminales. Les he dado a todos ellos el nombre de Ensayo de una despedida. Y cada libro es una despedida, porque desde que nacemos somos ya personas abocadas a morir; y en la mayoría de los casos, como en el mío, no queremos morir, porque amamos la vida. Por eso, porque la amamos, desde muy pronto se nos hace presente este momento final. A mí me ha ocurrido en todos los libros. Las brasas ya sabemos lo que son: el incendio de la madera y del carbón, que se están apagando ya, sin llama, pero que, en medio de ese proceso de extinción, siguen aún con calor y color. El siguiente libro, Palabras a la oscuridad, son las palabras escritas que van a extinguirse más lentamente que el hombre, al menos si tienen la suerte de encontrar lectores sobrevivientes al poeta. De todas formas, esas palabras también se van a apagar, como la tierra va a ser engullida por el sol. Todo es un proceso de extinción, como, por ejemplo, ver estrellas en el firmamento que están titilando de luz y que, en realidad, están muertas. Todo es muerte y nacimiento. Y, gracias a que hay muerte, amamos tanto la vida. Vivir es gozar y padecer, ambas cosas alternando. Además, tenemos que morir para que otros reciban ese don maravilloso de la existencia humana. Aún no es la más débil afirmación que hay: es un que va hacia un no, que es la desaparición. Todos mis libros abocan a la despedida, a una despedida que no es alegre, sino nostálgica del ser expresado. Las brasas es un libro muy quevediano: ya está la muerte con el nacimiento. Por eso nos conmovemos tanto cuando un joven muere, porque vemos que el don de la vida se ha truncado sin que el cirio se haya extinguido después de haber ardido y de haberse derretido la cera. De manera que, como la muerte es el final fatal del hombre, hemos de aceptarla. Otra cosa sería ir contra nuestra naturaleza humana.   

Los poetas de tu generación, que no tenían miedo de hablar directamente de su conflictiva intimidad, insisten quizá demasiado en que los poetas son poetas a rachas, cuando acontece el milagro del poema. Y en las últimas décadas, cuando esa generación del 50 se ha reconocido como uno de los episodios estelares de la poesía en lengua española, se subraya también demasiado que el poeta es tal de un modo siempre provisional, transeúnte. Sin embargo, una persona que, como tú, ha sentido la grandeza y la poquedad del vivir humano, y ha sabido contagiar esa experiencia a sus lectores, tiene que tener una especial lucidez de espíritu, una clarividencia que no poseen todas las personas normales y corrientes. Sin perjuicio de tu sincera modestia, ¿reconoces que hay en el poeta, esté o no escribiendo hoy y ahora, una clarividencia excepcional en relación con el común de los mortales?

Eso es cierto, pero también hay mucha gente que no escribe: lectores de poesía que son como drogadictos, que necesitan la lectura de la poesía de la misma manera que el poeta. Cuando se lee poesía, el lector construye el poema, como un pianista, un violinista o un cellista, que lo que hace es crear una obra musical, hacerla audible, visible para los espectadores. Estos calibran muy bien la realización de esa página musical; y se dice de ellos que son artistas. Por otra parte, el compositor y el intérprete musical pueden no llegar a captar lo que capta quien escucha, de modo que pueden ser inferiores al espectador. Lo mismo ocurre con la poesía; sólo que la creación que hace el lector es invisible y no la podemos percibir desde fuera. Muchas veces me he encontrado a personas que han hablado maravillosamente sobre la poesía y me han provocado la curiosidad por conocer los poemas que han escrito, y es posible que parezcan mediocres. Y, sin embargo, esas personas, en cuanto lectores, son grandes poetas, grandes creadores de poesía. Además, los lectores son dependientes de poesía porque nunca se habla de poesía en una sobremesa: la poesía no es un tema de conversación en la sociedad de ningún país. Se habla de fútbol, por ejemplo, y hay gente no aficionada al fútbol, pero que sabe quién es Maradona o Casillas. Los conocen por los periódicos, por la televisión, y saben decir cosas sobre ellos, aunque sean muy generales. Pero nunca se habla de poesía, de modo que el que lee poesía lo hace como el drogodependiente: solo, en su cuarto, tal vez sin compartirla con nadie. Se trata de una necesidad de ahondar, de conocer, por medio de la palabra mágica del otro. Al fin y al cabo, si yo o cualquier poeta escribimos es porque antes hemos sido lectores, nos hemos emocionado y hemos deseado hacer algo que se pudiera parecer a eso, porque sabemos que es lo máximo que puede haber: recibir un conocimiento por medio de la poesía. Por eso la poesía también es educadora: hace que vivamos la vida con una mayor intensidad y con mayor percepción de las cosas, del paisaje, de los sentimientos… Y, sobre todo, logra que asintamos emocionadamente a lo que no sentimos por nosotros mismos, pero que otro sí siente y nos lo sabe comunicar.

Al fin y al cabo, si yo o cualquier poeta escribimos es porque antes hemos sido lectores, nos hemos emocionado y hemos deseado hacer algo que se pudiera parecer a eso, porque sabemos que es lo máximo que puede haber: recibir un conocimiento por medio de la poesía
Tengo un poema que está escrito por el agnóstico que soy, merecedor del mismo respeto que yo tuviera cuando escribía desde la creencia, porque es tan auténtica y tan posible en el hombre una cosa como la otra (aunque considere que ojalá escribiera como el creyente que fui, porque entonces no vería la vida con ese paréntesis que la cierra, sino que continuaría después. Eso es lo que yo desearía que ocurriera. Pero, en fin: creer o no es otro problema). Pues bien, señalo esto porque, si el poema es bueno, el lector asiente al poema aunque éste sea contrario a sus creencias, como una vez me sucedió en un instituto. Resultó que yo abordé esta cuestión, y al final se acercó un chico de 16 ó 17 años y me dijo que era católico, pero que agradecía mucho mi explicación, porque le parecía que era verdad y que, en ese caso, él era mejor lector. ¿Cuál es el resultado de todo esto? Que la poesía es educadora, no sólo de la sensibilidad, que hace que goces más de lo que ves o de lo que vives, sino que también te hace un ciudadano más tolerante, pues más allá de la moral estricta que hay en el poema, de la que puedes disentir o asentir, vives el poema en toda su autenticidad y llegas a tolerar y a respetar a la persona que escribe, por diferente que sea del que lee. La poesía educa en la tolerancia, ¡y eso es tan necesario! Un agnóstico, incluso un ateo, puede emocionarse intensamente con un poema místico de San Juan de la Cruz.

¿Cómo se puede expresar la intimidad con tanta precisión e intensidad utilizando un lenguaje tan natural, tan desnudo de todo adorno?


Yo creo que la buena poesía nunca es literal, aunque pueda parecerlo, por ejemplo, en la poesía narrativa. La poesía se diferencia de la prosa en su concentrada intensidad. La poesía es una fuente de sugerencias y de resonancias; de ahí la dificultad de leerla. Los que leen poesía desde la literalidad, no encuentran nada relevante, porque la poesía no tiene como finalidad decir cosas nuevas, sino hablar de cosas padecidas —hondamente gozadas o padecidas— por toda la gente. Por ejemplo, la poesía amorosa. Casi todos los hombres han sentido el amor: no sólo el físico, sino también el no carnal. Sin embargo, cuando uno lo experimenta como si fuera por primera vez, las experiencias de los demás no le sirven a uno. Sólo cuando uno vuelve a experimentarlo con aquella intensidad, alcanza a verlo en toda su grandeza. En la poesía sucede lo mismo: se está hablando de tópicos —de la vida, de la muerte, del amor, del dolor—, pero se dice de un modo que quien lo lee se siente conmovido y aprende matices de aquello, o revive una experiencia que acaso ya no vive. Por eso yo no creo que la poesía deba decir cosas nuevas para que sea valorada; es más, creo que un científico con una teoría novedosa es más eficaz si la escribe en prosa y se expresa racionalmente que si la dice en verso, porque lo que ahí busca el lector no es poesía, y si la ciencia se dijese poéticamente, el lector encontraría cosas que le estorban, que no son las que objetivamente le interesan. Esa exposición del científico exigiría una precisión y una claridad exenta de resonancias o reflejos.

Lo que necesita el lenguaje poético es la suficiente magia para decir aquello que literalmente no dice, pero que sugiere al decirlo de esa manera. Hay siempre una lectura disémica, es decir, la literal y la otra, la profunda; y entonces es cuando el lector se siente conectado al poema y puede hacerse creador del mismo. Sólo porque se puede ir más allá de la literalidad, el lector puede ser a la vez creador del poema.

¿Y no tuviste miedo a chocar con los poetas sociales, que, con su aliento épico y su exaltación de la hazaña colectiva, constituían la estética dominante al comienzo de tu escritura?


Cada uno es poeta de un modo. Hay poetas hímnicos y elevados —yo creo que Claudio Rodríguez lo es—, y hay poetas elegíacos. Yo soy un poeta más bien elegíaco, en cuanto que lo que prima en mi poesía no es la exaltación, sino la voz susurrada o confidencial, que suele ser apagada, aunque puede ser intensa. Uno se expresa como llama y otro como ceniza. Yo soy de esta segunda clase de poetas. El poeta elegíaco tiene que hablar en voz baja, susurrada, natural. El hímnico eleva la voz porque se le hace necesario, no por llamar la atención de nadie. De manera que el poema puede ser tan bueno en una vertiente como en otra. La primera gran elegía publicada en español es la de Jorge Manrique, las Coplas por la muerte de su padre. Han pasado siglos y seguimos entendiéndolo como si hablase con nosotros. La otra gran elegía, ya del siglo XX, es el llanto de Lorca por Ignacio Sánchez Mejía. Esta elegía de Lorca tiene, no obstante, momentos hímnicos, y creo que puede disfrutarse igualmente de las dos; o al menos no puede decirse que una sea mejor que otra, porque ambas son muy buenas en su carácter. Creo que la poesía de Fray Luis de León es una gran poesía, aunque sea muy directa, o tal vez por eso mismo. San Juan es un poeta que tiene una gran profundidad, religiosa, pero cuando se expresa poéticamente lo hace desde una naturalidad que nunca deja de asombrarnos.

¿Cómo es que tu poesía conecta tanto con la gente joven cuando, a pesar de su intenso vitalismo, se hace cada vez más dramática e inevitable la presencia de la nada?

La adolescencia es muy compleja y hay muchos adolescentes vitalistas, pero también los hay que a la vez son elegíacos. Ten en cuenta que (y no es que yo lo haya vivido ni contemplado) donde hay más suicidios es en la adolescencia, no en la madurez. En la adolescencia la vida posee contrastes de vitalidad y de depresión, enormes contrastes que llevan a conflictos psicológicos, a contradicciones, porque el hombre se está haciendo de una manera acelerada. Para superar esas contradicciones se necesita madurez, y cuando hay madurez ya no existe tanta comunicación con los demás. Sin embargo, el adolescente es más variado de lo que suponemos: tiene sus momentos de silencio y sus momentos de grito. Además de exaltarse, el adolescente ama el silencio y se escapa hacia la introspección, que lo dispone a oír a los demás, a oír la poesía.

Por otro lado, como la poesía refleja mundos que no son nuestros y que los hacemos nuestros porque los vivimos en el poema, un adolescente puede acercarse psicológicamente a la vejez leyendo un buen poema sobre la senectud, de igual modo que un viejo puede recobrar la juventud ya imposible por medio de la lectura poética.

Si nos dolemos de la pérdida de la vida es porque la consideramos un don. Si me duelo de perder la vida es porque la amo. Creo que el poeta elegíaco lo que hace es celebrar la vida desde la pérdida
Hay muchos poemas tuyos, en todas tus etapas, en que, frente a la lamentable fragilidad del hombre, llamado a deshacerse, hay seres de la Naturaleza o del Arte que parecen llamados a pervivir. Me gustaría traer un breve ejemplo, tomado precisamente de Palabras a la oscuridad, donde al final del delicioso poema "Isla de piedras", nos dices: Y encontrada la flor, / he mirado las luces de los cielos / con pecho consolado, / porque nunca se acaba el olor de las rosas. ¿Ese tipo de consuelo (y de lamento) no es un deseo de eternidad para el hombre, de tal forma que lo contrario sería un total sinsentido, tanto para el hombre  como para el mundo?

Totalmente de acuerdo. Si nos dolemos de la pérdida de la vida es porque la consideramos un don. Si me duelo de perder la vida es porque la amo. Creo que el poeta elegíaco lo que hace es celebrar la vida desde la pérdida. En eso es como el hímnico: lo que está afirmando es el valor de la vida y de la existencia. Por eso, yo personalmente soy —aunque muchos puedan repudiarlo— partidario de la eutanasia desde el amor a la vida. Si el hombre vive instalado en el dolor, y en un dolor irrenunciable, es decir, vive dentro de la tortura —y la naturaleza puede ser torturadora—, precisamente por amor a la vida y por la consideración que se tiene de la vida como algo noble, o que debería serlo, el hombre rechaza ese dolor. Es verdad que se debe aceptar la vida con sus dolores y con sus gozos —aunque haya más dolor que gozo, porque la vida es así—, pero sólo el dolor no nos vale. No renuncio al dolor y suelo poner un ejemplo que es asentible: si tú tuvieras un hijo o un padre en tiempo de guerra y el enemigo lo coge y lo tortura para que hable (no importa que no pueda responder o que no quiera hablar), ¿qué preferirías: que fuese torturado hasta la muerte o que muriera la primera tarde? Cuando no hay una solución benéfica, ¿por qué el dolor inmerecido de la vida humana? Esa no es la vida que amamos, esa vida permite el suicidio. Es la otra la que queremos: una vida en la que existe el dolor, pero en la que el dolor existe acompañado también por la mano suave de la dicha. La infelicidad y la felicidad. No estar sólo instalado en la infelicidad dolorosa.

En tus libros, sobre todo a partir del segundo, Palabras a la oscuridad, hablas de tus experiencias vitales en primera persona y, sin embargo, el gozo del amor y de la belleza aparece truncado por la conciencia de un tiempo destructor. ¿Significa eso que ha pasado mucho tiempo entre esa vivencia gozosa y el momento de la escritura?

Hay dos libros que, más allá de su mayor extensión, resultan muy relevantes en ese sentido: uno de mi juventud, Palabras a la oscuridad, y otro de mi madurez, El otoño de las rosas. En este último, además, hay una percepción de la existencia más positiva. Para responder a tu pregunta, puede servir el poema titulado "Los veranos", de El otoño de las rosas. En él se comunica una exaltación de la juventud y del amor de los cuerpos, valorados como algo positivo. Sin embargo, el poema está escrito en la madurez, cuando la juventud ha pasado; y aunque invito a los jóvenes a la exaltación del amor, a vivir gozosamente, en mis lecturas públicas advierto que a este poema asienten, y más fácilmente, los que ya no son jóvenes. ¿Qué ocurre? Pues que los jóvenes que viven esos momentos viven también las carencias que los acompañan. Pero como la memoria es benéfica y solemos recordar los hechos faustos y mucho menos los infaustos, uno recuerda aquellos momentos deslumbrantes de la juventud y no los momentos aciagos, por lo que el lector de edad está en la tesitura en la que yo estoy y asiente al poema inmediatamente, mientras que los jóvenes no asienten con esa misma espontaneidad. Sin embargo, Palabras a la oscuridad está escrito desde la juventud y percibe lo que de negativo hay en ella (y no porque no aprecie lo positivo, sino porque hay también una presencia muy señalada de lo negativo). Por eso los jóvenes, que viven la exaltación pero también las carencias del existir diario, asienten más fácilmente a los poemas de este libro. En El otoño de las rosas, cuando hay  una mirada hacia el pasado, se hace desde la experiencia de la madurez. Ten en cuenta que toda edad abandona cosas que considera positivas y asiste a otras experiencias que desconocía: sin ir más lejos, a mí la vejez me ha regalado cosas muy buenas, como el no preocuparme por asuntos que antes me preocupaban y que son irrelevantes. Ahora me preocupan mucho menos, y por eso creo que esta edad es, en eso, mejor: al hacerte más desprendido, te haces también más tolerante con la vida, algo que es muy necesario.

Cuando voy a escribir es porque tengo verdadera necesidad de hacerlo: nunca he versificado, nunca he escrito por tener un tema, sino por la necesidad de desvelar algo que requería ser desvelado
Tu obra, a lo largo de su evolución, amplía cada vez el marco de experiencias y de sabiduría. No obstante, puesto que el tema central es el mismo y tu estilo poético no ha cambiado nunca bruscamente, ¿has sentido miedo de repetirte o de hacer el mismo libro? Me refiero al momento de acabar cada poema, pues bien sé que ninguno de tus libros es reiterativo, al menos si por eso se entiende que es "más de lo mismo".

No, miedo no; tal vez por un defecto mío, porque soy poco diligente y muy perezoso. Cuando voy a escribir es porque tengo verdadera necesidad de hacerlo: nunca he versificado, nunca he escrito por tener un tema, sino por la necesidad de desvelar algo que requería ser desvelado. Eso hace que, dentro de la cierta cercanía que pueda haber en toda escritura, no me haya repetido del todo. Sólo escribo cuando el poema añadirá algo nuevo a la experiencia ya expresada antes. Además, si mi centro es el paso del tiempo, caben ahí tantos temas, tantas riquezas escondidas… Aunque, como he dicho, la poesía habla sobre lo que ella quiere que hablemos, no sobre cosas que le importan sólo al hombre que escribe, y no al poeta. Por otro lado, me parece que un poema siempre completa la visión sobre un tema determinado y añade algo nuevo. A todo eso hay que sumar el hecho de que las cosas no se ven igual desde una edad que desde otra, y por eso yo he sido —dentro de la unidad evidente— muchas personas a lo largo de la vida. Lo que ocurre es que hay como unos ejes, unas percepciones que nos han acompañado siempre y que nos dan el sentimiento de unidad axiológica, de modo que, además de los defectos que hemos arrastrado hasta el final, también hemos tenido continuidad en lo bueno. ¿Qué tengo yo del niño que fui? Nada. Un niño tiene que dejar de ser inocente. Es una monstruosidad que le hagan perder la inocencia, pero, sin duda, ha de perderla para poder incorporarse al mundo adulto. Un niño no inocente antes de tiempo es tan monstruoso como un hombre mayor con la inocencia infantil. A éste se le vería como anómalo y, sobre todo, muy vulnerable; por lo que a ningún ser querido podemos desearle que sea inocente a los cuarenta o cincuenta años.

¿A qué se debe tu silencio poético desde La última costa (1995) hasta hoy? ¿Ha sido y será tu "última" costa?


La razón es clara: yo no he sido un poeta incontinente, sino que entre mis libros ha habido siempre un lapso de tiempo, unos cuantos años. Pero, como he dicho, en mi poesía hay unas obsesiones determinadas y un mundo que se repite. Por eso creo que cuando esos motivos se han ido expresando, he ido sintiendo menor necesidad de volver sobre ellos. Intento no repetirme, aunque sólo sea por mero instinto de conservación poética, y por eso es natural que se espacie tanto el tiempo entre libro y libro. Si hay cosas que ya han sido expresadas, la expresión nueva ha de versar sobre cosas que completen aquellas de las que ya había hablado. Y es que temo al hombre mayor, al hombre viejo que publica a menudo, porque corre el peligro de repetirse innecesariamente. Tampoco cierro la puerta a la figura de la musa: siempre le dejo la puerta entreabierta y ella entra y sale cuando quiere, porque yo soy dependiente de ella, y no le digo "ven" o "vete". Ojalá escribiera más. Ahora tengo un libro prácticamente terminado, pero debo trabajar aún sobre tres o cuatro poemas y me falta el impulso para hacerlo. A ver si la musa me empuja y lo publico. Supongo que será el último o, como mucho, el penúltimo.

¿Y aparecerá pronto ese nuevo libro?


Espero que sí, porque tengo veintiséis o veintisiete poemas, que ya hacen un libro. No muy extenso, pero sí un libro como tal. Estoy pendiente de esos tres o cuatro poemas y de la organización del conjunto.

¿Qué esperabas de la poesía antes de publicar tu primer libro? ¿Crees que lo has conseguido?

Sí creo haberlo conseguido, aunque al principio yo escribía sólo para un lector que era yo mismo. Ahora sé que también escribo para otros. Por eso los reconocimientos públicos son una alegría, porque son respuestas de esos lectores a los que desconozco. Y luego recibo respuestas
—indirectamente a veces— que llegan a mí de modo accidental, como ocurrió en una reunión donde hablábamos de toros y se acercó al final una pareja joven con un libro mío, para que les firmara un poema. Cuando les pregunté por qué un poema y no el libro, me dijeron: "Con este poema nos casamos". Entonces te das cuenta de que ese poema, en cierto modo, ha sido fundamental, porque el hecho de que dos personas decidan vivir juntas, amándose, indica que este poema los ha confortado y los ha acompañado. Eso es una anécdota que me ocurrió. En otra ocasión —y ésta es más sorprendente— iba a leer poesía en el Palacio de los Vélez, en Córdoba. Era primavera y llovía, por lo que se decidió celebrar la lectura no en el jardín, sino en el salón de baile del palacio. Después de la lectura estuve con una chica de unos 32 ó 33 años, que vino con mi obra completa y me pidió que le dedicara un poema concreto. ¿Por qué? Me dijo que tuvo un hermano que murió a los treinta y pocos años de cáncer, y que él había querido que ese poema lo aprendiesen sus amigos y ella de memoria. Entonces pensé que ese poema había encontrado su destino, había encontrado al lector suyo, que no era yo; y que ese lector singular es quien verdaderamente había escrito el poema. Se titula "Oscureciendo el bosque" y es de Poemas a la oscuridad: estoy asistiendo en Inglaterra a una caída de la tarde en un bosque, y esa es la lectura literal; pero, por lo que se dice allí, ésa es la caída de la vida, el atardecer de la vida, cuando uno está muriendo. Es un poema muy apesadumbrado, pero al final hay dos versos que, después del desastre temporal que es el cese de la vida, dicen: Mirad con cuánto gozo os digo / que es hermoso vivir. Hay, pues, una afirmación de la vida. Y eso es lo que le estaba ocurriendo a aquel lector de poesía, al hermano de esta chica: sabía que tenía un cáncer terminal y le decía adiós a la vida desde el amor a la vida. Ahora suelo leer ese poema —antes no— para explicar cómo el texto poemático es como un mensaje que encierras en una botella y lo tiras al mar, hasta que llega a una playa y alguien lo recoge, lo lee y, aunque esté solo, siente una compañía amiga en ese texto. Ese es el poema cumplido. Y esto me ha ocurrido en más de una ocasión. Por ejemplo, en Caixa-Forum, en Barcelona, se me acercó otra muchacha que tenía un hermano enfermo terminal, pero esta vez no de cáncer, sino de SIDA. Entonces me pidió que le dedicara otro poema concreto, aunque después no he recordado cuál. 

De manera que uno escribe el poema, pero no sabe cuál será el lector ideal: queda abierto a la posibilidad de que exista ese lector. ¿Ves cuál es la utilidad de la poesía? Que un poema acompañe a un hombre en estado terminal, es mucho. Y eso es, al fin y al cabo, lo que queremos: que en los últimos momentos tengamos a alguien que nos acompañe.

¿Cuál de tus libros es el predilecto?

De la juventud, Palabras a la oscuridad, y de la madurez, El otoño de las rosas. En cualquier caso, cuando un poeta tiene potente voz (y yo no sé si la tengo), atrapa al lector por medio del libro que éste lee por primera vez. Así me ocurrió con Cernuda. Lo conocía por antologías y lo busqué hasta que encontré el primer libro exento, Como quien espera el alba. Es el libro que prefiero de él, porque fue con el que descubrí todo un cuerpo poético. Recuerdo que lo encontré en la Librería Abril, de la calle Arenal, en un cajón, a ras del suelo, tirado con otros libros. Yo venía de Salamanca, encontré el libro en Madrid y me lo llevé gozoso a casa (soy un hedonista en el sentido de que gozo con el deseo alargado, con la espera). Fui con el libro sin abrirlo, hasta que llegué a Valencia. Luego fue pasando de mano en mano entre mis amigos. Uno de ellos fue Jacobo Muñoz, entonces director de La caña gris, y gracias a este libro se hizo el homenaje de La caña gris a Luis Cernuda, en 1961, que fue la mayor alegría que tuvo este gran poeta. Poco después apareció la tercera edición de La realidad y el deseo en México. Este libro sí que ya lo encontramos en las librerías españolas. Yo no había leído la primera edición española, de 1936, que sí habían leído los poetas de Cántico, porque tenían un ejemplar y luego le hicieron un homenaje en su revista. El segundo homenaje fue el de La caña gris. Colaboraron Aleixandre, Gil-Albert, Valente, Gil de Biedma, José Olivio Jiménez, Castellet, etc. Con su poesía completa conocí al Cernuda que había llegado a la cima, y ésta era una extraordinaria altiplanicie: desde Las nubes hasta Desolación de la quimera.
   
                   
Carlos Javier Morales









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