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Eloy S�nchez Rosillo

Una maravillosa naturalidad

 

Recientemente hemos tenido ocasión de charlar despacio con Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948), un poeta tan cercano y cordial que parece ajeno a toda elaboración poética, al menos si la entendemos como oficio que modifica la palabra espontánea de la vida corriente. Pero, desde luego, la palabra espontánea, sin más, no conseguiría transmitir la intensidad de vida que nos hace disfrutar su obra, que consta hasta el día de hoy de siete libros publicados. Los cinco primeros están incluidos en el volumen Las cosas como fueron (Poesía completa, 1974-2003), editado por Tusquets. En la misma editorial y colección han aparecido los dos siguientes: La certeza (2005), que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica, y Oír la luz (2008).

Hemos hablado de la maravilla de su poesía y de su vida, aparentemente tan naturales y de cada día. He aquí los momentos de la conversación que más pueden interesar a los lectores de PoesíaDigital.


¿Fue muy larga tu "prehistoria" poética (como tú la sueles llamar), teniendo en cuenta que publicas tu primer libro en 1978, con treinta años?

En realidad, tenía 29 cuando apareció, pues yo cumplo los años a finales de junio y Maneras de estar solo salió muy a primeros de 1978. El libro, por otra parte, lo había terminado el año anterior, a mis 28. Hecha esta aclaración, he de decir que efectivamente no fui un poeta precoz en cuanto a mi salida primera, y la verdad es que me alegro mucho de haber tenido una prehistoria poética larga. Siempre se arrepiente uno de cosas de su primer libro, aunque lo publique casi a los treinta años; conque fíjate en los que publican a los veinte o antes: ésos tienen toda la vida por delante para arrepentirse. Mi prehistoria se prolongó durante casi una década: puede decirse que comienza en 1965, cuando tenía 17 años, y termina en 1974, pues los poemas de este año y los siguientes entraron ya en Maneras de estar solo.

¿Y cuál fue el proceso hasta publicar ese libro?

En realidad empecé a escribir poemas a los 14 años, pero muy intermitentemente y sin saber bien lo que hacía; escribía porque necesitaba expresarme y nada más. A los 17 fue cuando verdaderamente descubrí mi vocación, con la vehemencia febril que algunos descubrimientos pueden llegar a tener en la adolescencia. Y asumí aquella vocación como algo maravilloso, que ya me llenaba la vida del todo en ese momento y que deseaba y soñaba que me la llenara de la misma forma para siempre, como así ha sucedido. De lo mucho que escribí con tanta ilusión (y con tantos sinsabores por mi inexperiencia) desde entonces hasta 1974, en cerca de diez años de aprendizaje, nada di por fortuna a conocer, si exceptuamos algunas cositas en revistas perdidas de las que por supuesto no voy a facilitarte el rolex replicas nombre. En su momento destruí todos aquellos "borradores silvestres" que había ido acumulando, para evitar (no sé si con cierta presuntuosidad en mi actitud) que alguien pudiera tener la tentación de sacarlos a relucir en el futuro. Ya se sabe que a los críticos y a los estudiosos lo que más les gusta es dar a conocer los trapos sucios de los escritores y, si les es posible, hasta las "obras" que éstos hicieron antes de su primera comunión. De 1974 a 1977 escribí los poemas de Maneras de estar solo. Cuando el libro estuvo concluido lo envié al premio Adonais, pues para alguien que vivía en provincias, sin relaciones y ajeno entonces por completo a los ambientes literarios, no había otro camino que el de obtener algún premio para darse a conocer. Las cosas salieron bien y el libro ganó aquel premio, que fue fundamental para mí en su momento.

En su momento destruí todos aquellos "borradores silvestres" que había ido acumulando, para evitar (no sé si con cierta presuntuosidad en mi actitud) que alguien pudiera tener la tentación de sacarlos a relucir en el futuro. Ya se sabe que a los críticos y a los estudiosos lo que más les gusta es dar a conocer los trapos sucios de los escritores y, si les es posible, hasta las "obras" que éstos hicieron antes de su primera comunión.

¿Qué impresión te producía a finales de los sesenta y primeros setenta esa replica watches uk poesía culturalista y de tendencia irracional que, bajo el rótulo de "novísima", parecía la única manera de estar poéticamente al día por entonces? ¿No te sentiste fuera de tu tiempo con tu primer libro?

Escribí ese primer libro mío como pude, sin tener en cuenta las tendencias y modas del momento. Trataba de hacer algo que a mí me produjera cierta satisfacción, estuviera o no en la onda de lo que se hacía. Mis modelos no eran, por supuesto, los poetas más o menos de mi edad, sino todos los poetas del pasado, españoles y no españoles, que había ido leyendo fervorosamente desde la adolescencia. La poesía que hacían los poetas de mi propia generación, por lo demás, la conocía muy poco. En aquellos momentos a los novísimos no se les había prestado mucha atención todavía ni habían tenido difusión considerable. Con la perspectiva que dan los años, acaso se puede ver que algunos de los poetas de mi generación que no nos precipitamos a la hora de publicar por primera vez supusimos un giro considerable respecto a los que publicaron más tempranamente, es decir, los llamados novísimos, que habían empezado a sacar sus primeras cosas a principios de los setenta. Se puede decir que existían ya en nosotros otros intereses, otra manera de escribir. Las diferencias estaban sobre todo en nuestra intención decidida de podar el exuberante ramaje culturalista de los novísimos. También nos diferenciábamos de ellos en que prestábamos atención relevante a las emociones, lo que suponía una rehumanización de la poesía. La poesía de los novísimos era muy colorista y muy decorativa, sí, pero vacía por lo general de emociones. Nuestra propuesta, al menos la mía, ofrecía en cambio desde el principio una mirada emocionada y cordial sobre el mundo. No concibo una poesía que no sea emocionante, que no sea capaz de conmover. Y, para terminar de responderte, la verdad es que ni siquiera me dio tiempo de sentirme aislado en mis comienzos, pues con aquel libro primero, como te he dicho, tuve la suerte de ganar el premio Adonais (muy importante todavía entre los poetas jóvenes), y aquello digamos que me puso enseguida en circulación.

Tu primer libro, Maneras de estar solo, tiene en algunos poemas una musicalidad arrebatadora y entusiasta, con imágenes que se acumulan con gran intensidad. ¿Por qué evolucionaste tan pronto hacia ese sobrio clasicismo, de ritmo mucho más pausado, de las siguientes obras? ¿Tuviste conciencia enseguida de ese cambio? ¿Fue un hecho voluntario en algún sentido?

Aunque en mi primer libro no hubiera exhibición culturalista ni nada de eso, sí se respira en algunos poemas un cierto e inevitable aire de época con respecto a la utilización de imágenes de tipo irracional. Esto sólo ocurre, como te digo, en algunos poemas. En muchos otros está ya el germen de lo que vendría después. En Páginas de un diario, mi segundo libro, la atmósfera es muy distinta, desde luego. La evolución fue muy rápida y sin duda fui consciente de ella, claro. Lo que no tengo es la sensación de que hubiera en ese cambio ningún voluntarismo; simplemente es que veía ya las cosas de otra manera y sabía mejor lo que hacía. En mi poesía ha habido muy desde el comienzo un constante proceso de despojamiento, de depuración de lo que ya no me servía. Sin caer en exageraciones minimalistas, claro está. Aunque sobria, mi poesía creo que ha conservado siempre la sensualidad y la plasticidad.

Al leer tu poesía tiene uno la sensación de estar leyendo con gran fidelidad lo que el yo-real de Eloy Sánchez Rosillo ha vivido y ha sentido. ¿Qué hay de verdadero y de ficticio en los episodios vitales que nos cuentan tus poemas?

Creo que mis libros son un reflejo, o mejor, una continuación de mi propia vida. En mí el hombre que vive y el hombre que escribe no son diferentes: le interesan a los dos las mismas cosas, son el mismo hombre. En ese sentido puede decirse que mi poesía es muy autobiográfica. Pero, claro, esto no implica que los hechos de mi vida, sin más, pasen a mi poesía. Siempre hay una reelaboración importante e imprescindible para que lo que fue verdad en la vida alcance también su verdad en el poema. De esta manera lo particular y privado se objetiva y se universaliza y puede ser asumido como propio por cualquier lector. Quienes me conocen de cerca saben que mis poemas son un trasunto fiel de mi vida, que no hay en ellos nada "inventado", pero a la vez, y debido a esa transformación necesaria de la que te hablaba, son ya algo que está en el mundo por sí mismo, al margen de mí, y dispuesto a acoger a quien quiera acercarse.

¿Cómo es posible producir un efecto emocional tan intenso con un lenguaje poético en apariencia tan normal y corriente, sin grandes construcciones imaginarias ni llamativos experimentos rítmicos?

Escribir poesía es siempre dificilísimo y uno no sabe bien cómo consigue lo que consigue, si es que llega a alcanzar algo. Esa intensidad a la que te refieres, si existe en mi poesía, ha surgido naturalmente, no porque yo lo decidiera. Por otro lado, nunca me he propuesto ser un poeta de estilo claro y transparente, nunca me he propuesto nada de lo que he hecho en poesía. Mi poesía no es una premeditación. Las cosas han ido sucediendo así y nada más. Pienso que es la poesía la que me ha hecho a mí como poeta y no al revés. Es decir, ella es la que ha ido tejiendo mi personalidad, lo que yo soy en el mundo. Siempre he vivido la poesía como una aventura en la que, al igual que sucede en cualquier aventura, no conoces bien el principio ni el desarrollo ni el final. Ocurre lo que ocurre por no sé qué misteriosos motivos y has de tratar de resolver las cosas que te salen al paso de la mejor manera posible. Pero lo que va a suceder, tanto en tu vida como en tu poesía (siempre que escribas con autenticidad), no puedes predecirlo. Si fuera posible hacerlo, no habría ninguna aventura en el hecho de escribir, sino tan sólo el ir ajustando con paciencia y aburrimiento de relojero las piezas de un triste mecanismo. El poeta, como he dicho en otras ocasiones, es sólo el hilo conductor de la poesía, y no el dueño y señor de todo lo que ocurre durante el proceso de creación. La poesía, que es una potencialidad preexistente, se manifiesta a través del poeta y se transforma sobre el papel en tal o cual poema concreto. Es decir, que la poesía como un todo está antes que el poeta; él sólo la recibe y la trae al papel, a la luz, en la forma que adopta en cada particular ocasión. El poeta, pues, a mi juicio, no es más que un colaborador, alguien que ayuda a ser a la poesía con entusiasmo y con fe, pero también con humildad, y sin tener que creerse por lo que hace un ser casi divino. La poesía es un suceso maravilloso que se manifiesta a través de un hombre normal, de carne y hueso, aunque poseedor de un don que lo distingue de otros seres, que es el de poder ser en ocasiones el catalizador de la poesía.

Siempre he vivido la poesía como una aventura en la que, al igual que sucede en cualquier aventura, no conoces bien el principio ni el desarrollo ni el final. Ocurre lo que ocurre por no sé qué misteriosos motivos y has de tratar de resolver las cosas que te salen al paso de la mejor manera posible.

Toda tu obra poética se articula en torno a la vivencia del Tiempo, que es lo que nos hace sufrir y gozar. Sólo que si hasta La certeza (2005) predominaba el efecto destructor del tiempo, en ese libro y en el último por ahora, Oír la luz (2008), el tiempo suele ser anuncio de un misterio que ya no se puede entender dentro del tiempo y que promete una plenitud del existir. ¿Este cambio de visión poética guarda alguna relación con algún cambio espiritual en tu vida?

Por supuesto. Un cambio importante en la obra de un poeta responde siempre a un cambio en el espíritu de ese poeta, a no ser que el poeta en cuestión sea un farsante. La famosa frase de que "el poeta es un fingidor", que tantos han usado a su conveniencia, no tiene nada que ver con que el poeta sea un mentiroso. No estamos en la vida, ni en la poesía, para mentir. El cambio de visión paulatino al que te refieres comienza a producirse efectivamente en La certeza, se confirma y se amplía en Oír la luz y se profundiza y llega a terrenos antes desconocidos para mí en el libro que estoy escribiendo ahora. Con la edad, mi concepción del tiempo (y por tanto, del existir en toda su misteriosa amplitud) ha cambiado. Antes tenía una concepción lineal del mismo: las cosas llegaban, te pertenecían un instante y después te abandonaban y desaparecían. Como consecuencia, todo era pérdida. En la actualidad veo y siento el tiempo como algo unitario y no fragmentado, como tiempo entero en el que el presente, el pasado y el futuro están sucediendo a la vez y para siempre en el sueño enigmático del vivir. Ahora bien, al igual que he afirmado al hablar de otras cuestiones, puedo decirte que yo no me he propuesto que en mi poesía, en la que antes predominaba la elegía (aunque en realidad siempre ha habido en ella una mezcla de elegía y celebración), aparezca ahora más decidida y plenamente la celebración. No. Mi concepción del mundo ha ido evolucionando con el paso de los años y lo único que ocurre, como consecuencia, es que ahora mi manera natural de expresarme es esa. Digamos que ha sido la propia vida la que me ha llevado por ese camino.

¿Crees que hay alguna relación entre tu sobriedad expresiva, la morosidad con que disfrutas de los buenos instantes de la vida, por una parte, y el hecho de vivir en una ciudad más bien pequeña o de pasar mucho tiempo en ámbitos rurales, por otra?

Vivo, efectivamente, en Murcia, que no es ya una ciudad tan pequeña, pues tiene más de medio millón de habitantes. Por otra parte, quiero hacerte la aclaración de que por desgracia no es cierto eso de que en la actualidad pase yo mucho tiempo en el campo; lo pasaba en la niñez y la adolescencia (todos mis largos veranos de entonces eran rurales). El campo que aparece en mi poesía casi siempre está hecho con los recuerdos del campo que viví y que ahora añoro. Y respondiendo ya a lo que me preguntabas he de decirte que, en mi opinión, un poeta escribe como escribe porque le ha caído en la vida ese destino, el ser como es, y en esencia escribiría igual aquí que en Sebastopol. Digo "en esencia", porque lo que sucede en el entorno influye sin duda en lo que uno hace, claro, lo colora o lo tiñe de una determinada manera. Pero yo creo que, aun llegando a admitir que el entorno moldea y conforma hasta cierto punto, mi poesía sería fundamentalmente la misma en cualquier lugar. En realidad, los poetas de cualquier época y de cualquier latitud han hablado siempre, en lo profundo, de lo mismo. Su decir verdadero no tiene que ver demasiado con la historia ni con la geografía. De vivir yo habitualmente en Noruega, variarían por supuesto los decorados de mi poesía, y en donde ahora aparece una palmera o una mañana de sol aparecería un abeto en una extensión inmensa de nieve. Pero, aun teniendo su importancia, eso no es lo fundamental en la obra poética de uno. La palabra poética surge en el hombre que la escribe por una necesidad ajena a lo accesorio, a lo epidérmico, y la escribe de determinada manera porque fatalmente ha de escribirla así. No importa cuándo ni dónde escribas: lo importante es que hables con autenticidad y con verdad. El mundo está en todas partes, tanto en el siglo pasado y el anterior como en el que ahora transcurre, tanto en la Quinta Avenida de Nueva York como en la calle más humilde de Torrelodones. El hablar en tu obra de lo que ves y respiras, de lo que tocas, es lo más natural, indudablemente, y si huyes del artificio es más probable que logres expresar mejor tu verdad. Por eso el entorno de mi poesía es el propio de la zona mediterránea en la que resido. Resultaría muy raro que yo, un poeta que vive en Murcia, escribiera siempre de paisajes nevados (sobre todo si hiciera un poema en esta tarde de julio en la que estamos hablando, con los insufribles 38º C que nos están cayendo encima).

En realidad, los poetas de cualquier época y de cualquier latitud han hablado siempre, en lo profundo, de lo mismo. Su decir verdadero no tiene que ver demasiado con la historia ni con la geografía. De vivir yo habitualmente en Noruega, variarían por supuesto los decorados de mi poesía, y en donde ahora aparece una palmera o una mañana de sol aparecería un abeto en una extensión inmensa de nieve. Pero, aun teniendo su importancia, eso no es lo fundamental en la obra poética de uno. La palabra poética surge en el hombre que la escribe por una necesidad ajena a lo accesorio, a lo epidérmico, y la escribe de determinada manera porque fatalmente ha de escribirla así.

¿Cómo es posible dar clases de literatura sobre muy variados autores y mantenerse tan fiel, tan coherente con la propia poética?

Pues porque la fidelidad para con uno mismo es también la fidelidad para con todo lo demás. Uno no es nada aisladamente, sino en comunión ininterrumpida con los otros. El único peligro que le veo a ser a la vez poeta y profesor es que te puedas llegar a contaminar como poeta de un cierto envaramiento profesoral, porque las maneras académicas son muy contagiosas. Pero creo que en mi caso el hecho de ser profesor universitario no debe de haber influido para nada en mi poesía, sobre todo porque yo no soy —lo digo con toda claridad— un profesor vocacional. Y que conste que el ser profesor universitario es algo que me parece muy respetable (además de muy cómodo, pues no conozco profesión que deje más tiempo libre). Empecé a trabajar en la Universidad hace casi treinta y cinco años, pues de alguna manera hay que ganarse la vida. Pero docencia y poesía son en mí intereses por completo separados. Trato de realizar mi trabajo de la manera más honrada posible, y mis relaciones con las sucesivas generaciones de alumnos han sido siempre magníficas y muy enriquecedoras para mí. Aun así, el dar clase no es lo que más feliz me hace en este mundo. Al cabo de tantísimos años, todavía no he terminado de acostumbrarme a subirme a la tarima.

¿Te gustan también otros poetas muy diferentes a esa tradición elegíaca que, en la poesía española moderna, tiene antecedentes tan señeros como Machado, Cernuda, Brines y Gil de Biedma?

Indudablemente. El poeta se afirma en lo auténtico que le parece afín, pero quizás todavía más en lo que, siendo igualmente auténtico, es diferente a él. Los maestros de un poeta no pueden ser sólo aquellos que él siente como de su misma cuerda. Hay que beber en sitios muy distintos, siempre que en ellos el agua sea verdadera y pura. Toda la poesía está ahí para eso; no hay por qué limitarse. En cualquier sitio que no sea un camelo es posible aprender y enriquecerse. Siempre que me preguntan que qué maestros son los míos, pienso que, más que dar unos pocos nombres, lo natural sería decir que uno no ha tenido maestros, sino una sola maestra: la Poesía, entendida como totalidad indivisible. El poeta, desde que surge hasta que acaba, está siempre formándose, y tiene la necesidad imperiosa de conocer a fondo todo lo que se ha hecho en poesía antes de que él llegara a tomar la pluma, y no sólo en su lengua o en su época, sino en la poesía en general. A esa inmensidad maravillosa es a la que en verdad podríamos denominar nuestra maestra. Ahí, en la poesía toda, están los grandes nombres de las diversas tendencias, claro. Pero a veces sucede que algo que llegará a ser fundamental en tu poesía (porque en ti alcanzará un peculiar desarrollo) no lo aprendes en los grandes nombres, sino en alguien lateral o más pequeño en el océano que es la poesía en su conjunto. La poesía acoge también a ese poeta lateral que no es Homero ni Juan Ramón, pero que, aunque más pequeño, es tan verdadero como ellos y puede enriquecerte de una forma especial. Aprende uno constantemente aquí y allá y cada día. Mi poesía se ha formado de los grandes nombres que están en la tradición, y también de los medianos y de los pequeños, de los de un color y de otro. Pero quiero decirte, además, que no me alimento como poeta sólo de estricta poesía. El mundo es mucho más ancho y complejo. Tanto como los poetas han influido en mí los músicos, los novelistas, los pintores. Y no sólo eso, sino también la vida en su conjunto, como puedes deducir de todo lo que llevamos hablado en esta conversación. No soy un poeta libresco, o que proceda sólo de la literatura o el arte. La tradición poética forma parte de la vida, es vida verdadera e intensa ella misma, y todo lo que está en el tejido de la vida es lo que a mí me ha hecho ser quien soy como hombre y como poeta.

Javier García Clavel










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