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Clara Miranda

Clara y Claudio

 

En este año en que se ha cumplido un decenio del fallecimiento de Claudio Rodríguez (Zamora, 1934-Madrid, 1999), además del "Documento" de Jorge Rodríguez Padrón, que hemos publicado en nuestro número 42 (julio-agosto de 2009), hemos tenido ocasión de charlar con Clara Miranda, su esposa, que lo acompañó desde su primera juventud hasta su muerte (y a quien, por lo que sabemos, no le gusta que la llamen viuda). Aunque Clara es poco dada a intervenir en actos públicos y en homenajes escritos en honor de Claudio, ha tenido la generosidad de conversar con Carlos Javier Morales, lo cual le agradecemos muy sinceramente, también en nombre de nuestros lectores.

Podríamos empezar por la viudez. ¿Por qué no te gusta, Clara, que te llamen la "viuda de Claudio Rodríguez"? 

Porque yo no soy viuda de Claudio; soy su mujer: es lo que me considero. Además, la palabra viuda no me gusta nada. Por eso siempre digo "la mujer de Claudio", nada más. Quizá sea una forma de tenerlo más presente.

Cuando uno lee el primer libro de Claudio, Don de la ebriedad (1953), publicado con dieciocho años, uno parece estar leyendo a un genio, tanto por la precocidad como por la hondura de ese libro. Tú le conociste por esa época. ¿Se notaba esa genialidad en su vida diaria?

No. Yo conocí a Claudio en la Facultad, donde ambos estudiábamos Filosofía y Letras. Recuerdo que por aquel entonces le habían dado el premio Adonais y la noticia era muy comentada, porque en esos años había pocos estudiantes y todo se sabía enseguida. De todas formas, éramos muy jóvenes y no nos dábamos mucha cuenta de todo aquello. Además, en aquellos años yo no era una gran lectora de poesía y, de hecho, no sabía ni lo que era el premio Adonais. Así que conocí a Claudio como compañero, en las típicas excursiones organizadas desde la Facultad. Por eso yo no me planteaba si era un genio o no, porque yo no vivía su primer libro de esa forma, es decir, no me sentía capaz de hacer un juicio crítico muy riguroso. Sabía, sí, que era un premio muy importante y que a eso se añadía el hecho de ser él tan joven. También me llegaba el eco de poetas importantes que decían que era un libro muy bueno, pero nada más.

Ese libro sale en pleno auge de la poesía social. A pesar de eso, ¿se apreció favorablemente su poesía?

Sí. Precisamente de eso estábamos asustados los dos, de la gran acogida que estaba teniendo.

¿Y Claudio estaba seguro de haber escrito un gran libro?

No, Claudio nunca estaba seguro de lo que había escrito, porque, una vez publicado, lo dejaba como apartado, como si ya no fuera suyo; de manera que el éxito que tenía entre lectores y críticos le llenaba de asombro. La verdad es que es una pregunta complicada, ahora que lo pienso, porque Claudio era también orgulloso y no sé hasta qué punto se creía todo lo que decían de él.

Por lo demás, en aquella primera época nosotros no hacíamos vida con escritores y poetas. La vida universitaria de entonces era muy diferente de la que se vive hoy. Además, no había un mundo literario tan organizado como ahora: por ejemplo, no había lecturas poéticas, ni se presentaban los libros. Se publicaba el libro y sanseacabó. Sí había críticas, muchas; pero no las tenemos, porque Claudio lo rompía todo.

¿Y recuerdas si Claudio había escrito más poemas antes de Don de la ebriedad?

Sí, y están publicados. Además, entre ellos hay varios poemas que  tienen contacto con Don de la ebriedad y que han sido muy valorados. En la Revista Hispánica Moderna, de Nueva York, los publicó Philip Silver, en 1996. Los que se conservan son como ocho o nueve poemas, que los tenía un íntimo amigo suyo de Zamora, Miguel Gamazo, que es quien los ha dado a conocer. A eso hay que añadir un poema que tengo sólo yo, escrito en su época del colegio y que es malísimo. Es una nana al Niño Jesús. También tengo un poema al Cristo de las Injurias... Son cosas que se hacían en los colegios para las procesiones de Semana Santa... Claudio nunca supo que yo los tenía, porque me los encontré en casa de su madre y me los guardé. A él no le gustaban; pensaba que eran tonterías.

La poesía de Claudio irradia un profundo optimismo, aunque su entusiasmo ante la vida no esconde la experiencia del dolor. ¿Qué experiencias dolorosas pudo haber sufrido cuando publicó su primer libro? ¿Cómo llegó a conquistar su optimismo y su entusiasmo?

Sí, él tuvo muchas experiencias dolorosas desde que era un niño, cosas de las que no quiero hablar, pero que son las que le hicieron escribir. Un lector de su poesía puede encontrar versos y poemas enteros donde se refleja eso. Por ejemplo, el que se titula "Como el son de las hojas del álamo", de Alianza y condena, que empieza diciendo:

       El dolor verdadero no hace ruido:
  deja un susurro como el de las hojas
  del álamo mecidas por el viento,
  un rumor entrañable…

Hay más, por supuesto; pero los hechos dolorosos que están detrás no quiero recordarlos ni yo misma. Él fue un niño muy sensible y desde muy pequeño pasó por cosas que le hicieron sufrir, por cosas muy tristes.

¿Y por qué ese sufrimiento no se volcó en una poesía amarga o escéptica, sino llena de compresión?

Porque Claudio era así. Él era muy vital. Pensaba que la vida era maravillosa y estas cosas las dejaba de lado. Él decía que todo era salvación: salvaba las cosas.

En esos años 50, ¿qué poetas le apreciaban especialmente? ¿A quiénes conoció por entonces y quiénes reconocieron su talento poético?

Sobre todo Vicente Aleixandre y Carlos Bousoño... Y los poetas de su generación que escribían junto a él, como José Ángel Valente o Paco Brines, aunque Paco empezó a publicar un poco después. Lo que ocurre es que Claudio, al poco tiempo de terminar la carrera, se fue a Inglaterra, y allí estuvimos viviendo cinco años. Ese lapso de tiempo nos apartó un poco de nuestro grupo de poetas amigos. El contacto lo seguimos manteniendo, especialmente con Vicente Aleixandre y Carlos Bousoño. Además, cuando volvíamos a Madrid, íbamos a las tertulias, como la que dirigía Rafael Montesinos en Cultura Hispánica (y que ahora dirige su hijo), y allí renovábamos viejas amistades. La verdad es que todos los poetas de su generación le apreciaban muchísimo y se notaba que disfrutaban con su poesía, a pesar de que Claudio, por entonces, sólo había publicado dos libros.

Y, dentro de los poetas vivos en los años 50 y 60, ¿cuáles eran los más apreciados por Claudio?

Vicente Aleixandre y toda la generación del 27. Conoció a muchos de ellos: a Alberti, a Guillén... De los inmediatamente anteriores a él, estimaba especialmente a José Hierro y a Carlos Bousoño. De su generación apreciaba mucho a Valente, Brines, Jaime Ferrán, Manuel Padorno, Luis Feria...

¿Por qué su obra poética es tan magistral y, a la vez, relativamente breve? Tengamos en cuenta que desde la publicación de Alianza y condena (1965) hasta la de El vuelo de la celebración (1976) pasan once años; y quince años más hasta la publicación de su siguiente libro, Casi una leyenda (1991). ¿Por qué esa brevedad?

En primer lugar, porque él decía que la poesía no era vitalicia y que el escribiría cuando le apeteciera. La realidad es que siempre escribía, aunque fueran unos versos sueltos. Iba con unas libretas –de las que conservo muchas– donde anotaba cosas; también escribía sobre las servilletas de papel de los bares. Luego releía mucho, retocaba mucho los textos. Y también tenía períodos de sequedad, claro. La gente le preguntaba por qué no escribía más, y siempre hablaba del carácter no vitalicio y caprichoso de la poesía.

A través de su poesía, Claudio reconoce que todo lo bueno de este mundo es un don para el hombre, algo que está por encima de sus méritos. ¿De dónde creía él que le venía la inspiración poética, el don de esa ebriedad tan lúcida y optimista? ¿Creía en una iluminación religiosa, en algún tipo de revelación mágica, o no le encontraba ninguna explicación?

Él pensaba que existía una iluminación, una luz que misteriosamente hacía obvias todas las cosas. Claudio no era un hombre confesional, pero sí religioso. La Biblia era uno de sus libros de cabecera; también Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, los místicos... A mi juicio, ésas eran las fuentes literarias que más hondamente alimentaban su poesía.

Le gustaba fijarse en el modo de hablar de cada uno y –siempre con discreción– tomaba nota sobre palabras o expresiones que le llamaban la atención. En un bar, por ejemplo, observaba lo que decían mientras jugaban a las cartas, y luego, en casa, apuntaba algunas frases sugerentes. Ese mundo de la gente sencilla le interesaba muchísimo e hizo muchos amigos. A su entierro vinieron personas de los oficios y condiciones más variados, aunque no hubieran leído su poesía. Más que como poeta, mucha gente lo apreciaba como una persona buena, que es de lo que más orgullosa estoy yo.

Ha trascendido la imagen de un Claudio Rodríguez amigo de la gente sencilla y amante de la conversación con personajes del campo y de la clase trabajadora. Esta familiaridad con la gente corriente y las circunstancias cotidianas parece inspirar su poesía, donde el hombre ha de responder al don de la vida entregándose fraternalmente a su prójimo, pues sólo en esa entrega, en esa desposesión generosa, alcanza la verdadera libertad. ¿Hasta qué punto le bastaba la vida diaria como fuente de inspiración y en qué medida crees que influyeron los libros de otros poetas en su visión del mundo y en su modo sublime de expresión?

En la vida diaria le gustaba mucho alternar con esos amigos: el carnicero, el panadero… Le gustaba fijarse en el modo de hablar de cada uno y –siempre con discreción– tomaba nota sobre palabras o expresiones que le llamaban la atención. En un bar, por ejemplo, observaba lo que decían mientras jugaban a las cartas, y luego, en casa, apuntaba algunas frases sugerentes. Ese mundo de la gente sencilla le interesaba muchísimo e hizo muchos amigos. A su entierro vinieron personas de los oficios y condiciones más variados, aunque no hubieran leído su poesía. Más que como poeta, mucha gente lo apreciaba como una persona buena, que es de lo que más orgullosa estoy yo.

Te voy a contar una anécdota divertida. Todos los veranos hemos ido a Zarautz, donde yo he veraneado desde pequeña. A Claudio le encantaba, y allí podía jugar al frontón con los amigos, que le gustaba mucho. Cuando le dieron un premio importante, todos le felicitaron y muchos pensaron que el premio era por ser buen jugador de frontón. Nadie sabía allí –no lo supieron hasta muy tarde– que Claudio escribía ni que era un gran poeta. Eso sería alrededor de los años ochenta, cuando recibió el Nacional de las Letras. Él bromeaba y decía: "Ojalá me hubieran dado el premio por ser el mejor pelotari…"

¿Podrías contarnos algunos recuerdos de su vida que dieron lugar a uno o varios poemas?

Puede que haya imágenes, pero un poema entero… no recuerdo ahora. Claudio trasladaba a muchos poemas cosas que hemos vivido juntos, aunque no las mencionara expresamente. Uno de los casos que recuerdo ahora es el poema "Una aparición", de El vuelo de la celebración. Estábamos en Zamora, una noche de agosto, todos los amigos. Hacía un calor tremendo. En la plaza del mercado descargaban mercancía para el día siguiente. Serían las tres o las cuatro de la mañana. El caso es que entramos a tomar una copa en uno de los pocos bares abiertos y allí había un hombre con una especie de caja, un buhonero, con muchos platos y con un cigarro especial de una hierba rara. Con el  humo del cigarro dibujaba en los platos rosas, margaritas, muchas cosas… Nos impresionó y nos quedamos viendo cómo lo hacía.  A Claudio todas estas cosas medio mágicas le volvían loco. Entonces le preguntó al señor quién era y él contestó: "Yo soy el rey del humo". Por eso el poema acaba así y habla de eso. Todavía existe esa taberna.

A veces los críticos han reconstruido las anécdotas de una manera distinta, o han sacado interpretaciones de los poemas que a Claudio le asombraban. En esos casos solía comentar: "Esto no es lo que he querido decir, pero me alegro mucho porque han descubierto una nueva faceta mía".

Detrás de los poemas más duros también hay una vivencia real, pero de esas cosas dolorosas no quiero hablar, porque me duelen y porque él tampoco quería hablar de eso. Todos sabemos cómo ha sido la vida de Claudio.

¿Ha dejado poemas inéditos que puedan publicarse en un futuro próximo?

Sí hay, y ya se han publicado, pero como curiosidad. Es una edición facsímil de Luis García Jambrina, en un volumen titulado Aventura, que tiene un formato muy amplio. Lo publicó en 2005 la editorial Tropismos, de Salamanca.


¿No se piensa en publicarlos con un formato más accesible a cualquier lector?

No se considera obra de Claudio, porque están sin terminar. Son poemas del mismo estilo del último libro, muy difíciles. No son como la poesía que se lleva ahora, la poesía clara de estos amigos tuyos. El libro es bonito e incluye los poemas manuscritos. Cuando se lee, se pueden comprobar las distintas versiones que hay de cada poema y los infinitos retoques de muchos versos.


Los ensayos críticos que se publicaron hace cuatro años, ¿los escribió por encargo?

Sí, todos por encargo. Por cierto, ahora va a salir un libro en Palma de Mallorca. Un profesor, Juan José Lanz, está recopilando en un libro  ensayos de diversos escritores, y entre ellos está  uno de Claudio, un texto sobre la antología que publicó José Batlló en 1968, en la colección "El Bardo": , donde figuran muchos poetas de su generación. Recuerdo que esa antología se preparó estando aún nosotros en Inglaterra. Bueno, pues en ese libro editado por Juan José Lanz  aparecerá otro ensayo de Claudio. Me dijeron que saldría pronto.

¿Cómo reaccionaba Claudio ante los muchos premios y reconocimientos que recibió por su poesía, desde el joven Premio Adonais al Príncipe de Asturias o al Reina Sofía?

Pues le agobiaban muchísimo y desaparecía. Se metía en casa, no cogía teléfonos ni quería recibir a nadie. Era horroroso, porque todos le llamaban. Claudio, oficialmente, nunca estaba en casa. Yo tenía que mentir constantemente: "no está", "ha salido de viaje"… Hay mucha gente que pensará que realmente nunca estaba. Cuando recibió el Príncipe de Asturias, que nos cogió realmente por sorpresa, yo estaba trabajando en la Biblioteca. Me llamó Ruth Bousoño y me dijo que estaban llamando a casa y nadie cogía el teléfono. Yo le dije que pensaba que se lo iban a dar a Carlos, pero a Carlos ese año le dieron el de las Letras. Entonces llamé a Claudio y comunicaba. Luego él me llamó y me dijo: "Clara, fíjate qué horror: haz el favor de venir corriendo, que me están llamando sin parar porque me han dado el Príncipe de Asturias". Nunca lo había imaginado. Cogí un taxi y estuvimos agobiadísimos, aunque contentos. Pasó todo y, a los diez o quince días… ¡le dieron el premio Reina Sofía! Claudio se quedó en casa y sólo salíamos de noche. Le advirtió al portero que, si preguntaban por él los periodistas, dijera que no estaba en Madrid. Fue en el 93. Para mí fue un año triste. No lo pude celebrar porque mi madre murió. A ella le habría encantado ver la concesión de los dos premios, porque estaba muy orgullosa (como toda la familia) de su quehacer poético. Pero murió en marzo, sólo unos meses antes.

Para él los premios eran un problema tremendo. Le agobiaban. Siempre se preguntaba si se los merecía. Era muy generoso y siempre pensaba que había otros a los que se podía haber premiado. Jamás movía un dedo por reconocimientos.
Por lo que sé, Claudio era muy querido por muchísima gente; también por los poetas de su generación. Esta circunstancia adquiere un valor especial una vez que se ha sabido que entre ellos no había una relación tan buena como se pensaba. ¿Por qué Claudio sí se llevaba bien con todos?

Porque era una persona que hablaba con todo el mundo. Eso debía de gustar a la gente. Hacía caso a todos los poetas, a los amigos, a los que le entrevistaban… Recibía a la gente en casa y nunca ponía inconvenientes. Por eso le querían, y porque era una persona buena. Nunca hablaba mal de nadie: todo le parecía bien, no se metía con nadie. Trataba a todo el mundo, fuera de la clase social que fuera, y no se le subía a la cabeza ningún premio.

Fue un ejemplo para todos. Cuando le descubrieron el cáncer y era ya irreversible, a mí me dijeron que no duraba más de un año. Fue de repente, porque no había sentido ninguna molestia. Le operaron, pero ya tenía metástasis y no se podía hacer nada. Él no supo que en un año podía morir, pero sí que estaba mal y que le habían operado de cáncer. La verdad es que se encontró muy bien todo el tiempo, hasta el último momento, el 22 de julio.

¿Cómo vivió Claudio su última enfermedad y la conciencia de una muerte cercana?

Estupendamente. Fue un ejemplo para todos. Cuando le descubrieron el cáncer y era ya irreversible, a mí me dijeron que no duraba más de un año. Fue de repente, porque no había sentido ninguna molestia. Le operaron, pero ya tenía metástasis y no se podía hacer nada. Él no supo que en un año podía morir, pero sí que estaba mal y que le habían operado de cáncer. La verdad es que se encontró muy bien todo el tiempo, hasta el último momento, el 22 de julio. Fue a casi todas las sesiones de la Academia, excepto a las últimas, porque estaba muy cansado. Siguió dando clases en la Complutense y nosotros, la familia y los íntimos, sabíamos que se moría. Se hacía sus controles y ecografías y, como se encontraba bien, seguía un ritmo de vida muy normal. Incluso prohibió que se hablara de su enfermedad y ni siquiera quería tratar de eso conmigo, hasta el punto de que, cuando nos entregaban los análisis, yo no se los daba ni le comentaba nada a él, sino que los dejaba por ahí, por la casa.

Estoy segura de que, en el fondo, él sabía muchos detalles; y lo sé por muchas cosas que me han contado sus amigos y por frases que decía o me decía a mí. Por ejemplo, cuando veía los libros, me decía: "Clara, todo lo que tengo que leer y no me da tiempo, no me da tiempo…". Para mí era horrible, porque yo sabía perfectamente que no le iba a dar tiempo; pero tenía que decirle que no, que no dijera tonterías.

Leía mucho en la cama, por la noche, mientras yo me quedaba viendo la televisión. Una noche, cuando volvía a la cama, le vi con el libro medio cerrado, mirando al techo. Le dije: "¿Qué haces? Lee o apaga la luz, pero no te quedes sin hacer nada". Y él me contesta: "Sí hago, estoy pensando, pensando en muchas cosas; pero no te las puedo decir". Y seguía ahí, mirando al techo.

Tuvo una muerte ejemplar. No se quejó de nada. Siempre le decía a la gente que le veía en la clínica –pocas personas– que estaba bien, y repetía: "Resignación, resignación". Murió con mucha paz, dormido y sin dolor. Con molestias, pero sin quejarse. Nunca quiso hablar de que se iba a morir.

El último verano estuvimos dos meses y medio en Zarautz. Tenemos muchas fotos y estaba estupendo. Le dio por comprar cosas y regalos y, entre eso y que casi siempre cenábamos fuera, gastamos un dineral tremendo. Además, invitaba a todo el mundo. Estaba feliz. Por las noches, en casa, escribía. A veces, me iba a pasear con mi hermano Javier y le preguntábamos si quería venir con nosotros. Él decía que no, que prefería quedarse en casa. En esos paseos con mi hermano yo lloraba mucho, porque sabía que era el último verano con Claudio.

A pesar de lo genérico de esta pregunta, ¿qué cosas de tu vida, de tu forma de ser y de pensar, has aprendido directamente de Claudio?

He aprendido a vivir en todas las condiciones. Claudio me ha dado esperanza y me ha dado amigos. Me ha enseñado mucho y, si no es por él, yo sería otra persona distinta: estoy convencida. Todas las amistades de Claudio son mis amistades, las de verdad. También sigo con amistades antiguas, claro, pero no es lo mismo. Me enseñó la esencia de la vida. La vida es bella. Me horroriza pensar en lo feo, lo negro, lo oscuro. Es verdad que hay cosas así, y que somos humanos; pero la vida es bella. Claudio era un vitalista. Lo veo recitando poemas y dando saltos, subiéndose a los bancos de la calle a decir: "Unos cuerpos son como flores, otros como puñales". Recitaba de memoria versos de Cernuda, de Guillén, de Machado, de Dylan Thomas, de Lorca…

La gente habla de que Claudio era un bebedor. Y sí, bebía; pero cuando estaba con gente que no le interesaba. Además, le encantaba que la gente que no le conocía tuviera de él un concepto oscuro. Esos mismos son los que decían que se perdía, pero yo digo lo de siempre: que si Claudio se hubiera perdido no habría escrito esos cinco libros ni habría sido Premio Príncipe de Asturias ni Académico. Sin embargo, yo lo digo y la gente sigue opinando… Ya no me importa, porque la realidad es que quien conoce a Claudio soy yo; y los amigos, claro. Claudio era bebedor como toda la generación del 50 (a la que llamaban la generación de los alcohólicos). Bebía, pero tenía otras cualidades, hacíamos otras cosas y no todo era estar bebiendo. Íbamos al cine, a conciertos, nosotros solos o con otros amigos… Son cosas que no vas diciendo por ahí, porque es la vida normal: era la vida nuestra.

Hemos tenido épocas muy malas, como para tirar nuestro matrimonio. Pero todos los problemas de estos cuarenta años –algunos muy duros, muy difíciles– se han superado. Yo he olvidado lo negativo y pienso en lo positivo, que son muchas más cosas. De hecho, de las cosas malas nunca hablábamos: sucedían, las sufríamos y las superábamos.

Carlos Javier Morales










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