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Tomás Segovia

La luz cotidiana

A sus casi ochenta y dos años, y después de mucho más de medio siglo publicando libros de poesía con una emotividad y clarividencia siempre crecientes (primero en México, donde vivió desde 1940 hasta 1984; luego en España y en México a la vez), Tomás Segovia sigue escribiendo y hablando de poesía con la misma pasión de un aprendiz y con la lúcida experiencia de un maestro. Su obra poética la puede encontrar el lector en el volumen Poesía (1943-1997), publicada en Madrid por el Fondo de Cultura Económica (1998), al que hay que añadir la antología En los ojos del día (Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, 2003), varios libros posteriores aparecidos en la Editorial Pre-Textos (Valencia) y en Sin Nombre (México). Siempre todavía (2008) es el último de sus volúmenes poéticos publicados a día de hoy, aunque en prensa está ya Aluvial. Recientemente Pre-Textos ha sacado a la luz el primer tomo de sus cuadernos, El tiempo en los brazos (Cuadernos de notas, 1950-1983).

En tus primeros libros (La luz provisional, Luz de aquí y El sol y su eco, de los años 50) asistimos al hallazgo casi espontáneo de la armonía, tanto en la contemplación del mundo como en la percepción de tu propia vida. Todo parece ocupar su sitio justo. ¿Esa armonía era fruto de la creación poética o la sentías ya en tu vida real?

A mí se me hace difícil deslindar mi vida de mi poesía, porque una se alimenta de la otra, o más bien son una sola cosa: escribo por una necesidad vital y, en sentido inverso, la vida que hago fuera de la escritura poética se nutre también de lo que he escrito y he leído. Por lo demás, yo no he creído nunca en el Poeta con mayúscula, es decir, en ese ser superior que, al margen de las inquietudes de la vida corriente, puede escribir desde una posición privilegiada, no contaminada por los asuntos y afanes diarios.

Siempre he escrito poesía porque me he sentido obligado a encontrar un sentido a mi vida, un sentido que tiene que ver con la palabra. Y es que la palabra, sobre todo cuando se emplea con esa significación originaria, creadora, tan propia del poema, te descubre a dónde has ido y a dónde debes ir. Yo creo que los lingüistas deben colaborar más con los filósofos, los psicólogos y los poetas para descubrir en qué medida el lenguaje de una persona refleja su conocimiento sobre el mundo y su modo de sentir la realidad de cada día.

Con catorce o quince años, los chicos de mi edad se interesaban por la música de moda y por el cine. Yo me inclinaba más a disfrutar de la música clásica y de la literatura: me urgía la necesidad de encontrar en ellas un sentido para mi vida.

Ese valor de la palabra lo sentí desde muy joven. Con catorce o quince años, los chicos de mi edad se interesaban por la música de moda y por el cine. Yo me inclinaba más a disfrutar de la música clásica y de la literatura: me urgía la necesidad de encontrar en ellas un sentido para mi vida. Claro, los otros, la mayoría, tenían más éxito con las mujeres, porque dominaban unos temas de conversación y unas formas de divertirse más cercanas a las de cualquier adolescente. Yo no tuve ese éxito con las chicas siendo tan joven, pero creo que, en cambio, pude encontrar un significado a lo que veía y sentía. Y esa claridad, esa paz con el mundo, es lo que trato de reflejar ya en los primeros libros.

¿Qué lecturas habías hecho cuando escribías esos primeros libros, con veinte o veintipocos años: lecturas escogidas personalmente o proporcionadas por el mundo académico?

La mayor parte de lo que leía lo escogía personalmente, aunque también me dejaba aconsejar por profesores de la escuela u otros maestros que me inspiraban confianza. De todas formas, ten en cuenta que yo estudié un año en Casablanca, antes de llegar a México, y allí empecé a familiarizarme con la literatura en lengua francesa, que para mis compañeros de México era muy poco conocida; todo lo cual me llevó a ser un poco autodidacta en mis lecturas. Por lo demás, debo reconocer que los profesores españoles que nos daban clase en el exilio mexicano tenían una gran categoría como docentes. Gracias a ellos y a mi amistad con Emilio Prados, a quien tuve la suerte de conocer desde los quince años, empecé a familiarizarme con lo que entonces se consideraba como las dos épocas doradas de la poesía española contemporánea: la generación del 98 y la del 27. Eran las dos grandes referencias para un lector español de poesía y, por supuesto, para cualquier joven poeta.

En cuanto a las clases,  recuerdo que un día, con trece o catorce años, un profesor de literatura, al leer una redacción mía, les dijo a mis compañeros: "En esta clase tenemos un escritor". Eso me ayudó, sí; pero creo que si ningún profesor me hubiera reconocido así, y si nadie hubiera apreciado nunca mi poesía, yo hubiera escrito lo mismo. Porque realmente no me movía lo que dijeran los demás de mis poemas, sino la necesidad que tenía —y he tenido siempre— de escribir para aclarar el norte de mi vida.

¿Por qué en esos primeros libros hay una especie de pureza poética, en cuanto que no aludes a anécdotas o experiencias biográficas? ¿Había una voluntad de huir de la poesía comprometida o testimonial, tan en boga por aquellos años?

En cualquier caso, por mucho que respete la implicación del poeta en la marcha de la sociedad, nunca he defendido la literatura comprometida al modo de Sartre. Creo que esa posición acaba constituyéndose en un dogmatismo inaceptable para el verdadero poeta.

Realmente no sentí ninguna necesidad de introducir en mis poemas los problemas sociales de entonces. Pienso que esto era lo que sentían los poetas de la generación anterior, que habían vivido lúcidamente la guerra civil y las consecuencias de esa guerra. Sin embargo, los españoles que vivimos la guerra como niños y nos fuimos al exilio siendo prácticamente niños, no teníamos esa percepción de las cosas. Para mí, haber terminado con aquella guerra y haber podido huir de la España franquista, me transmitía el optimismo de haberme liberado de un peso abrumador. Además, aunque hubiéramos perdido la guerra, poco después los aliados ganaron la segunda guerra mundial, y eso nos hacía creer que  Franco iba a durar poco en España, que enseguida llegarían tiempos de libertad... En eso claramente nos equivocamos, pero por entonces nuestra posición ante la sociedad española y la mundial era bastante optimista. Hablo, claro, de los poetas españoles exiliados en México; porque los propiamente mexicanos sí que se interesaban por la poesía comprometida con la injusticia social. Arrancaban de un pasado distinto al de los jóvenes exiliados de España. En cualquier caso, por mucho que respete la implicación del poeta en la marcha de la sociedad, nunca he defendido la literatura comprometida al modo de Sartre. Creo que esa posición acaba constituyéndose en un dogmatismo inaceptable para el verdadero poeta.

La memoria es un tema central en tu poesía y un instrumento esencial del conocimiento. Anagnórisis (1967) es el testimonio de una caída en el mar del Tiempo hasta llegar, por fin, a tu patria de origen, a la inocencia. ¿Por qué hay que volver una y otra vez a esa inocencia? ¿Nunca se recupera para siempre?

No, nunca, porque vivimos en el Tiempo, y eso exige luchar continuamente por el paraíso perdido. ¡Ojo!: el paraíso lo hemos perdido para siempre y, ante eso, lo único que cabe es intentar recuperarlo. Si al menos lo intentamos…

Por eso en la vida es tan importante tener un sentido del valor y de los valores, precisamente porque el paraíso en sí es inaccesible y seguiremos arrojados en el Tiempo. De todos modos, yo creo que eso también es bueno: es lo que constituye en aventura el hecho mismo de vivir. El niño, aunque inocente, no tiene conciencia de la inocencia. La mía, aunque siempre imperfecta, será una inocencia más lúcida. Todo está en seguirla buscando.

¿Por qué tu poesía tiene un fondo tan optimista? Lo digo en cuanto que la memoria ha sido purificada de todo sentido destructor, de todos los dolores de la vida.

Sí que hay dolor en mi poesía, pero lo que ocurre es que la memoria, si se la cultiva con un sentido positivo, si se vive con unos valores, sabe extraer lo mejor de cada momento y convertir el sufrimiento en una experiencia vital constructiva. Vivir es trágico y maravilloso a un tiempo: trágico porque se puede sufrir, y de hecho sufrimos; pero maravilloso porque podemos siempre amar, y porque la vida, sea como sea, es lo único que tenemos.

Lo importante para que la memoria no te aplaste, sino que te eleve, es que uno sea responsable de sus actos y reconozca sus culpas; algo que exige, ¿cómo no?, una buena dosis de esfuerzo, y hasta de valentía.

Sí, a eso es a lo que me refería: a que el dolor, en tu poesía, no es culpa de otro, sino de ti mismo.

Pues eso me parece que es fundamental: hacerse responsable de la propia vida y saber que el fracaso es culpa propia, no de nadie.

¿Qué influencia ha tenido tu condición de exiliado en esta visión de la vida como viaje hacia fuera, hasta volver a la tierra de origen?

No sé hasta qué punto el exilio ha condicionado mi percepción de la vida, porque uno no es totalmente consciente de esas cosas. Lo que sí sé es que, cuando trato de volver al paraíso perdido, me refiero al útero, al origen del ser, al lugar donde realmente había inocencia. Nunca he identificado ese paraíso con el terruño, ni siquiera con una nación. Ese localismo no me ha interesado nunca, porque es un lamentable empequeñecimiento del espíritu. Para demostrarlo con hechos, he de decirte que no volví directamente a España desde México. Primero me fui a vivir al sur de Francia, y luego, por circunstancias personales que ahora no vienen a cuento, me trasladé a Madrid. Y aun así, continúo pasando largas temporadas en México.

Mi nostalgia es la de una tierra que sea para siempre; y ésa no es precisamente la de mi pueblo natal ni la de mi nación.

Por tu poesía los años han pasado para bien. Tus nuevos libros, escritos con más de cincuenta años desde el primero, siguen ganando en lucidez y hondura. ¿Cómo es posible mantener ese grado de intensidad poética durante tanto tiempo? ¿Es cuestión de azar, de una inspiración gratuita, o es tu forma de vivir la que ha propiciado esa fecunda lucidez a lo largo de tantos años?

Primero permíteme corregir un error que dijiste al principio: mi primer libro se titula La triste primavera. Es verdad que, al publicarlo, cambié ese título, porque un amigo me dijo que era un título cursi; ahora no me lo parece en absoluto y he preferido restituirlo en la edición de mi poesía completa.

Por lo demás, no sé bien cuál pueda ser el secreto de esa intensidad tan larga y creciente que ves en mi poesía. Si algo seguro puedo decir, es que yo siempre he concebido la poesía como una forma de vida, como una consecuencia de tu forma personal de vida. Eso me ha hecho escribir sólo lo necesario: puede que, comparado con la obra de otros, sea mucho; pero te aseguro que nunca he escrito por otras razones que la necesidad vital. Lo cierto es que, si no escribes porque lo necesitas, fabricarás productos falsos y empeorarás inevitablemente.

Por eso creo en algo que puede escandalizar a muchos poetas y a otros escritores: creo que el poeta debería pagar para que le publicaran.

Para mí, el simple hecho de poder expresarme en poesía ya es el mayor privilegio. Por eso creo en algo que puede escandalizar a muchos poetas y a otros escritores: creo que el poeta debería pagar para que le publicaran, porque el editor te hace un gran favor difundiendo tu voz poética, dándote la ocasión de que otros lean lo que necesitabas expresar. Sé que esto se puede matizar mucho, pero lo esencial del fenómeno editorial en poesía lo concibo así. Eso de los premios no me parece respetable.

Y eso ¿por qué?

Pues porque quienes te premian son las tres o cinco personas que forman el jurado; nadie más. No es que no me parezcan respetables los premios: es que el respeto que se les da me parece muy relativo, porque un premio no es otra cosa que la consecuencia de la opinión de un pequeñísimo grupo de lectores, los del jurado. Por otro lado, si el premio lo convoca una editorial, lo presumible es que ese jurado defienda la línea editorial del convocante. Y si lo da una institución pública, hay una línea política que condiciona mucho el parecer del jurado. Por ejemplo, un ministro del PP no creo que estuviera interesado en premiarme.

¿Se conocía en España tu poesía mientras vivías en México? ¿A qué se debe ese reconocimiento tan tardío (y, por lo demás, indiscutido) de tu obra poética?

No, no se conocía en absoluto, salvo en un pequeñísimo círculo de amigos. Recuerdo que, por sugerencia de Octavio Paz, José Luis Cano me pidió un ensayo para su revista, Ínsula, aunque me advirtió que tendría que pasar la censura oficial. Yo, en esas condiciones, decliné la invitación. Lo primero que publiqué en España fue una antología editada por Ocnos, en 1982. Pero es una mala antología, porque sólo pude incluir los poemas que entonces tenía a mano, cuando vivía en Francia.

En este sentido, insisto en que el poema y la poesía son un todo, como la vida: no puedes —o no debes— manejarla por intereses de ocasión, y menos si no estás de acuerdo con quien te impone esos intereses. Por eso siempre he publicado en editoriales marginales, salvo cuando se ha tratado de mi poesía completa o de una antología. En España, publico mis libros en Pre-Textos (que entonces, cuando empecé a trabajar con ellos, a principios de los 80, era una editorial marginal, aunque ya no lo sea), y en México, en la Editorial Sin Nombre. De manera que ese tardío reconocimiento en España, del que hablas, ha sido fruto del comentario de un lector a otro, y nada más; porque nunca he escrito nada que fuera directamente encaminado a buscar lectores.

Parece que tu poesía es leída y apreciada a pesar de ti: no porque te opongas a su difusión, sino porque tampoco haces grandes gestos para que se te conozca…

Yo no me opongo a nada. Voy a lecturas, sí, porque quiero que lo que he expresado en palabras llegue a toda persona interesada en oírlo; pero no hago gestos, no es mi estilo. Entre otras cosas, no quiero que el reconocimiento poético me cambie la forma de vida, no quiero dejar de ser yo: un hombre que vive y escribe con calma y con paciencia, porque también me dedico a la talacha, la palabra mexicana que sirve para llamar a un trabajo largo y fatigoso. Sé construir y reformar casas, fabricar muebles, arreglar coches…

Desde la luz provisional que da nombre a tu primer libro al siempre todavía con que se titula el último, siempre se percibe un algo más que está por venir, una luz definitiva que no cabe en el poema. ¿Cómo concibes esa luz? ¿En qué consiste?

Es la luz de la vida, que te ayuda a mirar las cosas con la mayor claridad posible: las que han pasado sin enterarte, las que te esperan sin tú saberlo, las que te han ocurrido y ya no recuerdas. Es una luz que nunca podemos aprovechar del todo, pero totalmente necesaria para saber quién eres y qué quieres en este mundo.

Carlos Javier Morales










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