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Carlos Marzal

Carlos Marzal (Valencia, 1961) es uno de los poetas españoles más valiosos de nuestro tiempo. A lo largo de cinco libros de poesía (El último de la fiesta, 1987; La vida de frontera, 1991; Los países nocturnos, 1996; Metales pesados, 2001, Premio Nacional de la Crítica y Premio Nacional de Poesía en 2002; y Fuera de mí, 2004) ha construido un mundo muy personal, marcado por el lamento ante la fragilidad de la vida y el asombro ante su insistente invitación al goce. En 2005 publicó una novela monumental titulada Los reinos de la casualidad, llena de pasión por la vida y la literatura, cada cual más inexplicable en sus aventuras y fracasos.

Su próximo poemario, que llevará por título Ánima mía, será publicado por Tusquets en este primer trimestre del año.

 

Podemos comenzar haciendo una panorámica rápida de tu obra poética. Tu poesía más elegíaca y desesperanzada coincidía con un lenguaje más meditativo y una alusión más concreta a tus hechos biográficos. ¿Crees que tus libros posteriores, a partir de Metales pesados, centrados en una celebración de la vida, necesitaban ese cambio tan notable de lenguaje?

Nunca me he planteado de forma consciente ningún cambio en mi escritura: ni temático, ni estilístico, ni conceptual. Los cambios son evolución, crecimiento, deterioro, pérdida de unas cosas y adquisición de otras. Igual que sucede en la vida propia. Nadie se propone envejecer, madurar, perder memoria, ganar confianza: son cosas que suceden al hilo de la vida, al hilo del tiempo. Creo –es mi caso- que escribimos lo que podemos a medida que lo vamos haciendo. La escritura es descubrimiento de la propia escritura. Sorpresa de la palabra mientras la palabra se nos presenta, traída por la imaginación, por el azar, por nuestro conocimiento de la tradición próxima y lejana. Me aburriría mucho ser capaz de escribir aquello que me propongo escribir antes de hacerlo. Un escritor no es un escribano de sí mismo, sino una suerte de explorador en el territorio desconocido de su mundo.

¿Hasta qué punto crees que ha cambiado tu visión del mundo desde Los países nocturnos (1996) a Metales pesados (2001)?

Me parece que ahora profeso una suerte de fe desesperanzada en nuestra vida en ruinas, lo que algunos filósofos han denominado pensamiento del realismo trágico. Una fe que es absoluta, de amor incondicional, a pesar de los pesares.

Con la visión del mundo (una expresión que encierra siempre una hipérbole, porque nadie tiene una visión del mundo, sino, todo lo más, un vislumbre de su mundo cercano) ocurre lo mismo que con otros asuntos, según creo. Existe un núcleo que más o menos es siempre el mismo, una apreciación instintiva hacia las cosas, una simpatía o un rechazo que nacen a primera vista, que son obra de nuestro carácter. Después, lo que hacemos es añadir rasgos a ese acercamiento de nuestro temperamento con respecto a la existencia nuestra. Creo que sigo viendo las cosas de forma parecida, aunque las trato de manera diferente, porque sé que he cambiado en lo formal, aunque no sepa cómo ni por qué, y que he añadido miradas de mí mismo a lo que ya veía. Sigo desconfiando del funcionamiento de lo real, que es, por otra parte, en lo único en lo que podemos tener confianza, por más escurridizo y cambiante que sea. Por lo demás, me parece que ahora profeso una suerte de fe desesperanzada en nuestra vida en ruinas, lo que algunos filósofos han denominado pensamiento del realismo trágico. Una fe que es absoluta, de amor incondicional, a pesar de los pesares. Con la edad uno aprende a no quejarse tanto y saber apreciar lo que tiene, aunque lo que tenga sea casi nada.

Ese cambio de percepción y de expresión se ha producido de modo análogo –aunque cada uno a su modo— en otros poetas de tu generación, como Vicente Gallego, Álvaro García o José Mateos. ¿Crees que se trata de una necesidad de los tiempos o de un agotamiento de la estética realista conocida bajo el polémico rótulo de "poesía de la experiencia"?

La llamada poesía de la experiencia nunca me ha parecido una ni uniforme. Al principio, todos los autores jóvenes de todas las generaciones se parecen bastante, participan de un aire de época, aunque siempre, también, las voces más maduras sobresalen con su entonación propia. Luego cada cual se marcha a su obra y a su propia voz definitiva en marcha. Eso es lo que ha pasado en muchos de los poetas de los 80: han ido, por inercia de su vida y de su poesía, hacia otros lugares. Esa evolución no es una señal de agotamiento, sino todo lo contrario: de crecimiento y fecundidad. Agotamiento sería que hubiesen perseverado en lo mismo, o que hubiesen dejado de escribir.

¿Hasta qué punto crees hoy que una poesía puede ser verdadera y, a la vez, ser "clara", tratando de llegar a los lectores normales y corrientes, como proponían los impulsores de la "poesía de la experiencia" en los años 80?

No creo que los poetas de los 80 tuviesen un credo uniforme, como he dicho. Las poéticas, además, sirven para muy poco, por no decir nada. Sólo valen de algo los poemas: los buenos poemas concretos, sigan o no las ideas poéticas de sus autores. La claridad creo que debe ser una aspiración primordial de la literatura. Es la cortesía de los filósofos y de cualquiera que pretenda poner palabras una detrás de otra. La cortesía, y la manifestación de que se posee una cabeza ordenada. La realidad ya es lo bastante oscura como para añadirle oscuridad. El arte ha de ser un fanal, una vela: lo que arroja es luz. Ahora bien, a veces las cosas no se pueden decir, o no se saben decir, o no se quieren decir con absoluta claridad. También creo –más hoy que antes- en la niebla del sentido. En que hay formas de cierta oscuridad que dicen mucho, tanto o más que las de la luz. Existen hermetismos locuaces. Y también mucha cháchara travestida de oscurantismo forzoso que es un puro dislate. La oscuridad ha de merecer la pena y ha de saber abrirse paso, diciendo, en la mente del lector. En cualquier caso, donde no logro entender nada, o apenas nada, no encuentro nada con lo que emocionarme.

Los lectores de poesía no son lectores normales y corrientes: son lectores, no público. Son devotos, gente que está dispuesta a esforzarse, a perseguir los libros que desea leer y a perseguir el sentido de esos libros que lee. Los lectores de poesía formamos parte de una secta: una secta grande, enorme (más de lo que se cree), pero una secta al fin y al cabo.

¿Cómo ha surgido en ti la vocación de novelista, como demuestra tu ambiciosa novela Los reinos de la casualidad? ¿Había cosas que no podías decir en un poema?

Con la poesía uno jamás tiene esa idea: obra como un copista, como un mediador entre su cabeza, la inspiración y el poema. La poesía parece caída del cielo, aunque sea del cielo raso de nuestra cabeza en ebullición.

Me gustan todos los géneros y me gusta practicar casi todos. Escribo artículos, poemas, cuentos, novelas, aforismos, ensayos. Me gusta variar y no aburrirme. Cuando uno anda metido en un proyecto durante largo tiempo, echa de menos otros ámbitos, tiene nostalgia de otras guerras y eso hace que se sienta vivo, con apetito de cambio. Siempre he sido lector de narrativa y he aspirado a la novela. De hecho, empecé queriendo escribir una que nunca conseguía terminar, me imagino que por inmadurez. Pienso que en esos intentos fallidos aprendí a escribir lo que hoy escribo. La prosa es una aventura enormemente intensa, y la única forma de sentirse escritor. Con la poesía uno jamás tiene esa idea: obra como un copista, como un mediador entre su cabeza, la inspiración y el poema. La poesía parece caída del cielo, aunque sea del cielo raso de nuestra cabeza en ebullición. Los poemas se escriben con una cierta condición de hallazgo, de regalo, pero la prosa nos obliga a convertirnos en galeotes, en oficinistas que sienten el paso de las horas sobre su escritorio.

En la citada novela, Carlota, la protagonista, prefiere no indagar más en la vida de su marido difunto, sino disfrutar compulsivamente de su única herencia: la pasión por la literatura. ¿Crees que la literatura puede perfeccionar la vida de una persona? Parece que el marido de Carlota no consiguió esa mejora…

No creo que la literatura nos convierta en mejores personas, si no éramos buenas personas antes. La literatura no obra milagros. Esa no es su función, pero sí hace más intensa la vida de cada cual. A su manera, cada cual ama más el mundo, creo –incluso bajo la forma del denuesto, de la infamia- en aquello que lee, por aquello que lee, con aquello que lee, y podríamos seguir añadiendo preposiciones a esta enumeración. Los personajes de mis novelas son enfermos de literatura entendida como una forma de vida, como una prolongación, como una suplantación, y algunos son felices y otros no. Algunos son felices a veces y otras veces no. Como nos sucede a todos en nuestra vida y en nuestra literatura. Con todo, los personajes son lo que son: criaturas que nacen de la cabeza del autor, pero que en ocasiones piensan y hacen lo contrario que el autor hace y haría en su vida propia.

¿Ha sido para ti compatible escribir poesía y novela al mismo tiempo?

Algo he dicho de eso más arriba. Como la novela es un tomo de la guía teléfonica y me tiré siete u ochos años escribiéndola, de vez en cuando me daba un respiro, unas vacaciones y escribía poemas. En mitad de la redacción de Los reinos de la casualidad escribí Metales pesados y Fuera de mí, y artículos, y conferencias, y traduje, y un poco de todo. Trato de mantenerme entretenido.

¿Cómo valoras la poesía española más joven?

Me parece que los más jóvenes están haciendo bien su labor, que es mantener en alto la espléndida tradición de la poesía española del XX. Hay muchos escritores y de la cantidad, con el poso de la lengua, acaba por salir la calidad. Me gustan mucho poetas como Juan Manuel Romero, Josep Maria Rodríguez, Lorenzo Plana, Ana Gorría, Andrés Navarro, por citar a unos cuantos, y seguro que me dejo a otros que también me gustan. En cualquier caso, existe un grupo numeroso de poetas que garantiza la continuidad de la buena poesía.

Ya son muchos los jóvenes que deben su afición a la lectura y su gusto por la poesía al magisterio que has ejercido en las aulas y que sigues ejerciendo a través de tus obras. ¿Con qué futuro literario sueña Carlos Marzal cada día al levantarse?

Sueño con tener tiempo para escribir el uno por ciento de los miles de proyectos que tengo en la cabeza. Sueño con no decaer. Sueño con escribir mejor. Sueño también con escribir a la altura de los mejores de mi lengua, de los mejores de la literatura. En literatura está permitido soñar, es una obligación ser ambicioso. De puertas para adentro de uno mismo, uno puede, incluso, ser un megalómano de sus ambiciones.

Anunciaste en Ávila la aparición en febrero de un nuevo libro de poemas, Ánima mía, que versará "sobre lo carnal, lo concreto y lo real". ¿Se trata de un camino de retorno ante lo inexplicable del mundo?

Todos mis libros son un retrato en poemas del autor a la altura del tiempo en que se escriben. En Ánima mía procuro dar una vuelta de tuerca más a lo de siempre: el amor, el paso del tiempo, la perplejidad ante la vida, la maravilla de la lengua española. Es un libro en el que la confianza y la desconfianza ante lo real se dan la mano. El alma, en la que no creo, también es una herramienta, un objeto para estar en el mundo, para cobijarnos. El cuerpo alma, como se titula un poema.

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