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Silvia Grijalba

Estamos en Kosmópolis. El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona ha acogido su cita bianual con la nueva literatura, con la que puede ser la punta de lanza de la flecha de la literatura, y en una de sus actividades encontramos a Silvia Grijalba. Se trata de una mesa redonda sobre el futuro del slam. Silvia Grijalba es narradora, poeta y artista, y publicó recientemente en la Fundación Jose Manuel Lara la antología Poetas del rock, donde recoge los versos de los mejores letristas españoles, desde la movida para acá. Además, Grijalba organiza cada año el festival internacional más importante de spoken word de nuestro país. Por su formación profesional y por su vida artística puede hablar, con el mayor conocimiento de causa, de slam, spoken word, polipoesía, música y poesía tradicional.


En la mesa sobre el futuro del slam en el que has participado, en el marco de Kosmópolis 08, se habló del spoken word. ¿Cuáles crees que es la finalidad del spoken word? ¿Se trata de recuperar la tradición oral medieval, o de un intento por abrir la poesía al público?

Sí, creo que lo que hace básicamente el spoken word es abrir la poesía y la narrativa a todos los públicos. La narración oral medieval, los cuentacuentos, la literatura transmitida oralmente, perdió su sentido cuando se traspasó al papel, convirtiéndose de alguna forma en un producto para la “élite”. Por medio del spoken word y la polipoesía (transmitir la poesía de formas diferentes, con el apoyo del audiovisual, por ejemplo) se logra desacralizar la literatura para llevarla a todos los públicos, quienes decidirán entonces si quieren o no leerla.

Barcelona ha dedicado su espacio al spoken word en el espacio del CCCB. En Madrid será Arrebato libros quien en unos días organizará un encuentro de poetas diferentes, donde también tendrá cabida el performance y donde asisten representantes de editoriales independientes. ¿Crees que esta nueva poesía oral se está moviendo sólo en circuitos alternativos? ¿Tiene un público predilecto, diferente al de la poesía tradicional?

El spoken word, y me refiero ahora al que viene de las tradiciones de la generación beat, surgió en espacios underground y ése va a ser siempre su hábitat natural, su espíritu. Los temas de las obras de autores como Giorno, Patti Smith o Ginsberg han estado desde el principio relacionados con la contracultura, con las drogas, con la aceptación de la homosexualidad. En eso se diferencia de otras vertientes del spoken word como las vinculadas con el hip hop o con la escuela puertoriqueña. Pero los temas de los que he hablado antes, aquellos que eran tratados por la generación beat, son temas inherentes a circuitos marginales y a públicos marginales. Se dirigían a oyentes que no iban a asustarse jamás de lo que escuchaban.

Cuando se habla de competiciones de slam siempre se dice que los auditorios se llenan. ¿Es cierto que no hay crisis de oyentes de poesía, aunque sí de lectores?

En realidad, no soy afín al slam tal y como se practica actualmente en España, donde sobre todo se ha identificado con las peleas de gallos [tipo de competición de rap de uno contra uno basado en la improvisación]. Estoy más próxima a trabajos como los que puedan surgir del entorno de El Cangrejo pistolero, por ejemplo. Efectivamente, este tipo de poesía oral llega a un mayor público, y la razón es simplemente que divierte más. Las lecturas poéticas en este tipo de ambientes, a diferencia de las tradicionales, se programan para llegar al lector, para atraer al público. El poeta o narrador oral hace un esfuerzo para el lector, recitando sus poemas sobre la base de un trabajo sobre el cuerpo, sobre la puesta en escena. Y, como es lógico, se logra llegar así a mucha más gente.

¿Se diferencian el poeta oral del poeta que sólo escribe? ¿Tienen referentes literarios distintos?

Creo que no tienen por qué diferenciarse: lo esencial sigue siendo el texto. Ahora bien, el poeta que sabe que la transmisión de su obra va a ser fundamentalmente oral, se preocupa de esa transmisión de forma especial. Pero al margen de esto, no debe haber grandes diferencias. Lo importante es que el texto sea bueno y pueda leerse. Esto mismo puede aplicarse a la narrativa oral.
 
Ha habido que esperar a los últimos meses para encontrar por primera vez la poesía traducida de John Giorno, en DVD. ¿Qué relación crees que tiene la poesía oral con la industrial editorial?  ¿No crees que quizá se les considera letristas o estrellas del espectáculo, más que poetas? ¿Sería sólo una cuestión de encontrar el canal de distribución adecuado?

Es importante no olvidar que todos estos autores de spoken word son escritores minoritarios que vienen de la escena underground, como he dicho antes. Es verdad que los que estamos dentro de este movimiento notamos que hay una creciente aceptación, pero tenemos claro que su razón de ser ha sido siempre minoritaria. Por ejemplo, el festival de spoken word que organizamos en Sevilla (y desde el año pasado también en las sedes de Gijón y Mallorca) cada año llega a unas dos mil personas. Eso significa que de toda España hay dos mil personas interesadas en spoken word, y eso es ser minoritario. Claro que queremos que deje de ser minoritario, pero la realidad ahora, y en la historia, es esa.

Todas las editoriales deberían asumir en su trabajo diario con autores y textos las estrategias propias del marketing musical.

La edición de Giorno ha venido precedida por el interés inusitado de los medios cada vez que el poeta norteamericano venía en los últimos años a este país. Además, el hecho de haber sido publicado por DVD también es sintomático: es una editorial que hace una labor magnífica con este tipo de literatura cercana a la música, a la oralidad y a las nuevas tendencias. Como he dicho siempre,  todas las editoriales deberían asumir en su trabajo diario con autores y textos las estrategias propias del marketing musical. Sin embargo, la sacralización a la que me refería antes, esta especie de visón del artista como dios alejado de lo mundano, siempre ha prohibido la explotación de estas vertientes de difusión y distribución propias de la industria discográfica. Desde mi primera novela tuve claro cómo tenía que llegar al gran público, y la forma era seguir las pautas de las estrellas del mundo de la música. Pero nunca me hicieron caso; les parecía un disparate. Afortunadamente, ahora parece que comienza a trabajarse esa línea desde las editoriales, y tenemos ejemplos magníficos, como el lanzamiento de la última novela de Fernández Mallo. Parece que esta vez la industria sí estaba preparada; no ocurrió lo mismo cuando Ray Loriga publicó su primera novela, en cuya portada aparecía la fotografía del propio autor, posando como posan los cantantes en los discos. Se levantó en ese momento una polémica que le ha afectado hasta hoy. El libro es una industria y tiene que darse cuenta de que ha de asumir estos métodos de difusión si quiere llegar al público.

Recientemente has publicado un libro con la Fundación José Manuel Lara, Palabra de rock. En el prólogo hablas de letristas, poetas y cantautores. ¿Qué les diferencia? ¿Cuál es tu experiencia personal como creadora?

Letristas, poetas y cantautores escriben, y ese es el denominador común. Una poesía no tiene por qué ser una buena letra de canción. Lo que habitualmente hace un cantautor es partir del texto para, sobre él, componer una música. Sin embargo, un letrista lo que hace es crear un texto que encaje con la música, con la acentuación que obliga la melodía. El letrista se ciñe al corsé de la métrica, ya prácticamente olvidada por la poesía contemporánea, para escribir las canciones. El poeta, sin embargo, no piensa en la música y puede crear con total libertad. Como digo en el libro, Pablo Guerrero y Luis Alberto de Cuenca son poetas que en un momento determinado también escriben letras, y saben cada vez qué herramientas tienen a su disposición, qué normas deben asumir. En mi trabajo de composición ocurre lo mismo. Junto a Javier Colis escribimos sobre la música compuesta por él las letras de las canciones. De hecho, ha habido ocasiones en que aunque había escrito un buen texto he tenido que dejarlo de lado por no adaptarse a la música.

Alfredo Taján titula el epílogo del libro con la frase: La letra con música entra. ¿Es posible que sean las letras del rock y del pop la forma de devolver el interés por la poesía en los escolares?

Cuando cantan de memoria canciones enteras no se dan cuenta de que están estudiando poesía, de que han perdido el miedo a la poesía.

Sí, sin duda se trata de una buena forma de introducir la poesía en los jóvenes. Cualquier alumno coge manía a un poema cuando le obligan a estudiarlo. Sin embargo, cuando cantan de memoria canciones enteras no se dan cuenta de que están estudiando poesía, de que han perdido el miedo a la poesía. Además, los artistas que siguen de cerca les pueden llevar a otros autores. Cada artista tiene unos referentes y son muchos los que en las letras de las canciones nos conducen a otros escritores o artistas. Por ejemplo, si escuchas canciones de David Bowie y te das cuenta de que cita a Genet, es fácil que, por “recomendación” de Bowie, leas a Genet. O puedes escuchar The Doors y encontrar que el nombre proviene de un texto de Huxley, y leas a Huxley.

En el libro hablas de la relación entre poetas y estrellas del rock, citando la gira de Dylan, en la que invitó a Ginsberg. Según se cuenta de esa gira, era llamativo comprobar el afán de celebridad de Ginsberg. ¿Crees que los poetas echan de menos llenar estadios, mover a las masas?

Muchos poetas actualmente tienen ese afán de notoriedad, y me parece bien. Es cierto que la música es sentimiento, emoción, y por ello se comprende perfectamente que pueda mover estadios, pero también la poesía tiene parte de ese poder. En los poetas de la generación beat había ese punto de narcisismo, la misma pulsión que se podía encontrar en las estrellas de rock. Ese ego grande, ese afán de llegar a la masa y ser reconocido por ella, es conveniente para cualquier artista. En el libro que cito de Sam Sephard se llega a ridiculizar, efectivamente, esa forma de comportarse de Ginsberg. Sin embargo, creo que se trata de una imagen, como un modelo, de cualquier artista. Por supuesto que todo artista quiere ver cómo cincuenta mil personas están pendientes de sus palabras.

En la selección que haces de letristas has tenido que dejar a varios en el camino. ¿Podrías recomendar algunos de la última década?

En el proceso de selección que he hecho una de las cosas que he tenido en cuenta es la originalidad del autor. Es decir, en los años 90 y en la última década encontramos buenos letristas, pero si su forma de escribir ya se encontraba en autores de los ochenta me he quedado con estos últimos. De todas formas, sí cito a letristas importantes actuales como Astrud, Nacho Vegas o Pauline en la playa. Creo que son representativos de lo que se está escribiendo ahora. Está claro que si la lista pudiera ampliarse, tendríamos que citar a Sergio Algora, por ejemplo, o las chicas de Nosoträsh.

Entre los autores seleccionados citas algunos que son poetas, además de letristas, como Pablo Guerrero, Luis Alberto de Cuenca o Corcobado. ¿Crees que podríamos ver pronto libros de poesía de Nacho Vegas, Andrés Calamaro, Sergio Algora o Pau Debon (de Antònia Font)?

Creo que es un proceso casi natural, aunque no obligatorio. Los letristas son autores que escriben, y del mismo modo que se pueden encontrar libros de Guerrero o Corcobado pueden publicarse pronto libros de Algora. Hay un caso paradigmático de esto en la trayectoria de Richard Hell, un icono punk que ha pasado a la historia de la música. Él comenzó escribiendo las letras de las canciones y ahora tiene publicadas novelas y poemarios. Es una trayectoria que veo repetida en muchos de los artistas que invitamos cada año al festival de spoken word. Vienen a actuar pero también traen sus libros, o nos hablan de proyectos de edición próximos.

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