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Jaume Vallcorba

Hablar con Jaume Vallcorba es como recorrer el catálogo de Acantilado, la editorial que fundara en 1999: encontrarse de pronto con una nutrida y nada excluyente nómina de autores, con una visión de la literatura capaz de mezclar con éxito las vanguardias europeas, la lírica griega y la poesía más actual. Autor asimismo de diversos ensayos sobre estética y poesía, Vallcorba es ante todo un ejemplo en conjugar la edición de más alta calidad con sus gustos personales, y un conversador apasionado de estos temas, como demuestran las constantes recomendaciones que hace en esta entrevista.
 
Su catálogo, dentro de un editorial general que publica narrativa y ensayo como es Acantilado, se encuentra ya atravesado por un buen número de libros de poesía, que lo aleja de la mera anécdota. ¿Cuál es el interés que le lleva a publicar poesía dentro de ese marco y no, por ejemplo, en una colección especializada como parece que viene siendo habitual?

Siempre he pensado que los géneros literarios no son más que islas de un mismo archipiélago. Cuando empecé Acantilado, todos ellos se publicaban en una sola colección “El Acantilado”, en rojo y negro: allí cabía tanto la poesía como la narrativa, breve o larga, la poesía, el ensayo o la autobiografía. Más adelante, y a petición de algunos libreros, inicié una colección de narrativa, “Narrativa del Acantilado”, con una franja de color amarillo. Pero no quisiera tener que iniciar nuevas colecciones por géneros. Habrá observado que en los “Cuadernos del Acantilado”, de nuevo se encuentran la poesía, la narrativa y el ensayo. Es por eso que no creo que Acantilado acabe teniendo una colección específica para la poesía.
 
Desde clásicos como los líricos griegos o los metáfísicos ingleses a la obra de autores como Ritsos, de Campos o Fonollosa. ¿Con qué criterios se detiene su ojo de editor de cara a elegir unas tradiciones u otras, unos libros y no otros?

En la medida de lo posible, he publicado autores que han marcado mi experiencia lectora: los trovadores (ahí está Arnaut Daniel), Ritsos (leí hace muchísimos años, en edición francesa, La casa muerta, un libro que aún me acompaña y que pronto saldrá en edición española), los metafísicos ingleses (en la misma edición de Mauricio y Blanca Molho que recuperé), etcétera. Juan Ferraté había traducido a los líricos griegos arcaicos, y su traducción estaba desde hacía tiempo descatalogada. Una traducción que me había hecho conocer y estimar a ese grupo de poetas desde mis tiempos de estudiante en la Universidad Autónoma de Barcelona. Dante y su Comedia sería otra (pero ya está editada en una muy buena traducción de Crespo), o Petrarca (al que no renuncio). Me gustaría que se incorporaran a mi catálogo todos los poetas europeos del siglo XVI, empezando por aquella Louise Labé (que ahora parece ser que fue invención de Maurice Scève) que descubrí hace años en una magnífica edición de Insel, en texto original y traducción alemana en verso de Rilke. Los poemas los está traduciendo para Acantilado Aurora Luque, que ya hizo una maravillosa Safo. El próximo libro de poemas serán las Cartas a Lou de Apollinaire, que me regaló hace más de treinta años Francisco Rico en la edición de Gallimard, y que ahora verán la luz en español en Acantilado traducidas por Marta Pino.
 
Como en el caso de literatura polaca, con los libros Zagajewski  (Deseo, Antenas) y la intención de publicar la obra de Zbignew Herbert, que ha acercado al público español, ¿a qué literaturas habría que prestarle más atención, o han sido peor tratadas editorialmente aquí? ¿Cuáles le interesan personalmente a Jaume Vallcorba?

Se me haría muy difícil hablar de “literaturas” y, en cambio mucho más de “poetas”. Pero, en cualquier caso, y aunque haya hecho algunas incursiones en la poesía japonesa o china, la literatura en la que me siento en casa es aquella que nace en Grecia, sigue en Roma (a Catulo lo publiqué en catalán en Quaderns Crema [la otra editorial que dirige, fundada en 1979]) y renace, con excepcional fuerza, creatividad y rendimiento en los trovadores, que llegan a nuestros días aún perfectamente visibles, incluso después de la honda remodelación que supuso el romanticismo. Pero es que no hay que olvidar que Enrique de Ofterdingen, el poema romántico por excelencia inventado por Novalis, es un trovador.
 
Pues hablemos de “poetas”. Ha publicado los libros de poemas de Bolaño, de Argullol o Masoliver Ródenas. Pero me parece más significativo el paso dado en los últimos años al publicar a autores jóvenes como Javier Vela o Andrés Neuman. ¿Se trata de casos aislados o ve interés en publicar las muestras poéticas de las generaciones más recientes?

Lo fundamental, a mi entender, es que esos autores contemporáneos puedan dialogar con fluidez con los antiguos.

El trabajo de editor, tal y como yo lo concibo, debe poder aunar la recuperación de autores importantes del pasado con autores contemporáneos, españoles o extranjeros. Lo fundamental, a mi entender, es que esos autores contemporáneos puedan dialogar con fluidez con los antiguos.
 
Dígame, ¿es tan problemático –tan poco rentable, vamos- publicar poesía como todo el mundo dice? ¿Qué proyectos se le han podido “caer” de su catálogo, qué libros de poesía que le interesan considera difíciles de publicar?

Nunca he dejado de publicar un libro de poesía que me haya parecido importante por cuestiones económicas.

Publicar poesía no es, desde luego, un gran negocio. Pero nunca he dejado de publicar un libro de poesía que me haya parecido importante por cuestiones económicas. Piense que mis dos primeros libros como editor (en Quaderns Crema de nuevo, hace ya treinta años) fueron las poesías completas de Ausiàs March, en una edición preparada por Juan Ferraté, un volumen gordo y difícil, y El preludi, de un nuevo poeta, Antoni Marí.
 
También ha editado la obra completa de J. V. Foix, una importante labor y un proyecto de considerable magnitud. ¿Qué diferencias se dan al editar poesía y al editar otros géneros?

J. V. Foix es uno de los poetas más importantes de nuestro patrimonio. De manera que se imponía editarlo con la corrección que merece.

Publiqué la obra de Foix porque Foix me lo pidió. Hasta entonces, sus libros de poemas estaban llenos de erratas y de errores de todo tipo, que se pusieron de manifiesto al irle a ver para aclarar algún punto que se me hacía oscuro en su poesía y que resultó ser un error de transmisión. Trabajé con él mano a mano durante mucho tiempo, y poder asistir en directo a su corrección de los textos para la edición que quiso definitiva, comprenderá que es un privilegio. Y, claro, Foix es uno de los poetas más importantes de nuestro patrimonio. De manera que se imponía editarlo con la corrección que merece. Editar es siempre un riesgo. Uno nunca sabe cómo va a reaccionar el público. Bueno, se sabe más si uno edita obras de receta, pero aún así la duda persiste: ¿se venderá? ¿no se venderá? Por lo general, es un misterio.
 
Y usted, ya sólo como lector, ¿cómo se “enfrenta” a la lectura poesía? ¿Qué es lo que más puede apreciar en un poema?

Depende del momento. Tan pronto podré disfrutar enormemente con el barroquismo de la sextina de Arnaut Daniel como con la profundidad metafísica de Zagajewski. Sucede como con la música, con la gracia alada de una melodía de Mozart o la gravedad de la sonata 111 de Beethoven. Pero siempre estimaré la construcción y la capacidad de decir algo importante sobre lo compartido en la condición humana.
  
¿Le apetece hacer alguna recomendación, algún libro de poemas que para usted haya sido significativo y que le gustase compartir con otros lectores?

Le hablaba en esta misma entrevista de Apollinaire y sus cartas a Lou. A mis veinte años fue un auténtico shock. Creo que hoy sigue siéndolo.

Paul Viejo

 

 










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