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Jos�-Miguel Ull�n

Pensemos en un género de ciencia ficción: un periódico de poesía. Un diario de tirada nacional en el que pudieran destacarse las noticias más importantes de la poesía atendiendo al presente y a la actualidad. Es decir, donde pudiera incluirse una extensa entrevista a José-Miguel Ullán con motivo de la publicación de Ondulaciones (Galaxia Gutenberg), su obra poética reunida.

Ahora olvidémoslo y pensemos simplemente en las limitaciones de cada género. Un breve extracto de esta entrevista salió en Público: era actualidad. No fue poco, pero había mucho más: el presente. Aquí sigue.

Acaba de reunir en un solo volumen todos sus libros de poesía publicados a partir de 1968. Y en él caben los cambios permanentes: sequedad y derroche, dolor y juego, clasicismo y ruptura. Al ver agrupada tanta diversidad, ¿qué ha sentido?

Algo muy parecido a un desconcierto, aunque todavía no he pasado de mirar el volumen de reojo y, además, a prudente distancia. Porque la verdad es que me había acostumbrado a la fragmentación de cada aventura, a ese modo insistente de manifestarse los poemas por entregas aisladas, como sucesión discontinua de aerolitos, de órganos dispersos... Hay, pues, perplejidad de entrada. Pero, en fin, supongo que acabaré por asomarme a esa reunión para observar cómo dialogan entre sí todos esos puntos de escucha, cómo se rozan o se repelen. De momento, lo que me tranquiliza es que el libro al completo esté al amparo de estos versos románticos: Desolación. No es lámpara ni estrella / la luz que hemos seguido: es un candil. Después de todo, interiorizar la expresión ajena, acompañarla hasta las últimas consecuencias, es impulso del que no pueden prescindir ni el escritor y el lector.

Para usted, máximo experimentador de la poesía española, ¿qué ha ocurrido con la vanguardia?

Lo que cada cual haya logrado hacer con ella. Por regla general, sus historiadores suelen ser personas retrógradas, que acumulan fichas y cronologías con el alivio de sentir que manejan una materia clausurada y que, por fortuna, los creadores de la misma desaparecieron hace mucho del mapa y ya no pueden escupirles a la cara. La vanguardia, al igual que la tradición, que a veces es vanguardia asimilada, es un instante más. Piense en los años veinte del pasado siglo, en el furor de movimientos tales como el dadaísmo, el surrealismo, el futurismo, el vorticismo... ¿Qué ha sido de ellos? Han fermentado en otras escrituras, han dado pie a la reflexión, han modificado nuestra percepción del arte; por otro lado, siguen también cosechando insultos y desconfianza a raudales, al tiempo que hublot replicas se ha ido popularizando de manera grotesca su dudoso existir.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, cuando un locutor deportivo, por el simple hecho de que en un momento dado coincidan dos balones en un campo de fútbol, va y exclama: “¡Qué situación tan surrealista!” Por ahí andamos: en la cultura del fútbol. Ésa que se fija en el rostro huraño de Luis Aragonés cuando va perdiendo la selección nacional y vocifera por el micrófono: “¡Su cara es un poema!”. Eso a Louis Aragon seguro que no le haría ninguna gracia, pero me parece que sí a Benjamin Péret. La vanguardia, en definitiva, es un hormiguero de diversidades: comunistas, fascistas, bohemios, caraduras, locos, vitalistas, suicidas, prepotentes e indefensos. Sólo la hacen uniforme sus detractores y los especialistas.

Usted se ha atrevido con todo: poesía visual, en prosa, discursiva, lírica con ecos populares, haikus... ¿Se ha sentido más cómodo en algún registro?

Cuando me he sentido demasiado cómodo, he cambiado enseguida de registro. No con la voluntad de fabricar un muestrario, sino con el propósito de asumir la complejidad desde las más variadas perspectivas. De hecho, el registro no es lo predeterminado, sino la consecuencia de un nuevo enfoque.

Una de las cualidades de sus poemas -una cualidad viva- es el oído extremado para sacar las frases hechas de su contexto y conceptualizarlas. ¿Es ese extrañamiento ante el idioma la función de la poesía?

Remover las palabras, jugar con ellas o sacarlas de sus casillas es darles y, por consiguiente, darnos otra oportunidad, otro enfoque.

Puede formar parte de su enigma. Porque el lenguaje no es un bien más del ser humano: es el bien esencial. De ahí mi atención obsesiva a todos los lenguajes: no como prótesis programadas para alcanzar la percepción, sino como materia oscura y esencial de ésta. Remover las palabras, jugar con ellas o sacarlas de sus casillas es darles y, por consiguiente, darnos otra oportunidad, otro enfoque. En consecuencia, escuchar debería ser la tarea cimental de todo escritor. Retener lo dicho, desplazarlo a nuestro interior, otorgarle distintos contextos, conservar su tonalidad y enfrentarlo a otros decires desinteresados son funciones naturales, a la vez que misteriosas, de la escritura.

En su huida de los tópicos, ha roto con el poema como un paseo previsible que desemboca en algún tipo de máxima moral. Sus poemas parecen carecer de centro de gravedad. ¿Por qué?

Tal vez por su estructura de remolino, que es algo que Miguel Casado resalta en el estudio prologal. En ocasiones, descentrar las cosas, liberarlas del consenso, no es sino trasladar violentamente el meollo al exterior, al cascarón.

¿Por qué el título para su poesía reunida es Ondulaciones?

Me imagino que por el carácter inestable o fluctuante del proceso. Al retenerlo, me acordé de las figuras onduladas que forma el viento sobre la arena en el desierto de Atacama, en Chile; cuando estuve allí, literalmente hecho polvo, me pasé muchas horas contemplándolas. Invitan al tacto, pero, si cedemos a esa tentación, se desvanecen. No es que no sienta próximas a la escritura las ondulaciones del agua y del fuego, pero tengo predilección por las originadas por el aire, capaces de modificar las anteriores.

Otro de los tópicos que se carga es el de una vanguardia higiénicamente cosmopolita. En sus libros aparece España: lo pedestre, las frases populares, la tierra.

Hay que apiadarse de lo que nos ha tocado en suerte.

Ha practicado muy a menudo parodias. Casi se puede decir que su naturaleza es la máscara...

Espero que transparente, al revés que lo parodiado.

Así y todo, en el poema “Unidad”, usted se pregunta: ¿Qué es esto que yo no he sido?

No sólo me lo pregunto ahí, teniendo por escenario la Raya con Portugal desde una y otra orilla, sino en múltiples circunstancias. No hay balance “realista” que no entrañe extrañeza.

Otro de los clichés de la poesía académica es el que identifica la forma con el contenido -“el nombre exacto de las cosas”-, pero en cambio para su poesía todo es ambiguo y descompensado.

El escéptico, para no abismarse, debe ser sensible a las cualidades cambiantes de las cosas, a la imposibilidad de reducirlas a un solo nombre. Las palabras, a tientas, suelen dar fe de esas transformaciones e incluso las alientan, participan de la hibridez movediza de todos los fenómenos, se ocupan del continuo vaivén del pensamiento, de lo voluble de nuestras emociones.

Su poesía parece reclamar un privilegio para el humor. Su propia lectura de la tradición española la universaliza mediante este gusto por el humor más disolvente de jerarquías. ¿Qué cualidades tiene el humor?

[El humor es, entre otras cosas], un antídoto contra el patetismo, la solemnidad, la cursilería, la humildad destinada a ser rentable, la morralla de lo inefable...

Entre otras, la de ser un antídoto contra el patetismo, la solemnidad, la cursilería, la humildad destinada a ser rentable, la morralla de lo inefable... Hasta el mismísimo trance místico, cuando no es la impostura del presente, necesita sus gotas de ironía. Hablamos de  humor, claro, no de graciosería. El humor que tuvieron Kafka, Swift, Edward Lear, Valle-Inclán... Esos autores que tejieron, como diría Reverdy, una inmensa tela de araña sobre toda la extensión del inmenso horizonte y, sin embargo, supieron que ellos no eran la araña, sino la mosca. Hablábamos antes de vanguardia. Volviendo a ella, tal vez convenga recordar con cuánta insistencia pedía Tzara “un gran trabajo negativo”. Pero hay que estar dispuestos a ser las víctimas sonrientes de esa negación radical.

¿A la búsqueda de un sentido?

Sí, el sentido de la desorientación.

¿No hay en ello un peligro de aislamiento?

No mayor que en el de orientación. A este propósito, hace un momento, cuando cité a Reverdy, me acordaba del homenaje que le dedicó Luis Cernuda cuando murió. Habla en él de un poema en prosa del poeta francés, cuyo recuerdo dice que le persigue como símbolo de su autor. Es un poema donde un hombre que parece buscar cobijo encuentra una puerta en mitad del campo. Una puerta exenta, sin paredes a los lados ni habitación en el interior. Pues bien, ese hombre abre la puerta y se refugia detrás de ella como sintiéndose al fin protegido. Con ese hombre emparenta Cernuda al poeta: alguien que se siente protegido con cualquier cosa ante el terror y de  la atracción del mundo. Y esa solución desesperada no deja de tener su ración de humor, aunque precisamente Cernuda fuera poco proclive a él.

¿Echa de menos algo en la poesía española actual?

Echo de más los soniquetes consabidos, el costumbrismo de las confesiones domésticas no solicitadas, los disfraces progresistas para la dicción más rancia, los productos acicalados (...).

Echo de más los soniquetes consabidos, el costumbrismo de las confesiones domésticas no solicitadas, los disfraces progresistas para la dicción más rancia, los productos acicalados, la ignorancia de la tradición en los que más la invocan y, entre otras muchas cosas, que se confunda de continuo la claridad con la obviedad. Sobre esto, un escritor como Ramón Gaya, con frecuencia tomado como baluarte para defender lo tradicional, fue así de rotundo: “Expresión es darle precisamente forma –forma, no luz- a una oscuridad. Por eso el arte que lo revela todo, que lo expresa todo, no nos aclara nada”.

Usted ha prestado mucha atención, tanto en su escritura como en las tareas de edición, a la poesía hispanoamericana. ¿Cree que seguimos sin tener ni idea de lo que sucede en nuestro idioma al otro lado del Atlántico?

Creo, desde luego, que la escritura de poetas fundamentales no ha germinado entre nosotros. Pienso en Jaime Saenz, Martín Adán, César Moro, Eielson, Gorostiza, Owen... Y en autores aún vivos, como Nicanor Parra, Lorenzo García Vega, Orlando González Esteva, José Kozer, Gerardo Deniz, Coral Bracho o Eduardo Milán.

¿Le parece que queden en penumbra también otros poetas españoles no asimilados?

Por supuesto. Pienso en Cirlot, Francisco Pino, Manuel Padorno o Luis Feria, e incluso en el olvido obstinado en torno a Blas de Otero. Y pienso en coetáneos míos como Aníbal Núñez, Agustín Delgado, Jenaro Talens o Pedro Provencio. Por ello me sorprende gratamente que un libro espléndido como Y todos estábamos vivos, de Olvido García Valdés, haya alcanzado justa resonancia.

Y, para no desperdigarnos, el grupo de El signo del gorrión: Miguel Casado, poeta riguroso amén de crítico excelente, Ildefonso Rodríguez, Miguel Suárez, Esperanza Ortega, Tomás Salvador, Carlos Ortega... Uno a veces no los nombra, por el pudor que impone la amistad, pero ya empieza a parecerme injusto.

Pienso, asimismo, en gente más joven como Eloísa Otero, Mariano Peyrou, Marcos Canteli, Mercedes Cebrián y Eli Tolaretxipi.

 

Ahora hacia atrás. ¿Podría resumirme en cuatro nombres su tradición escogida?

No podría. En cuanto nos dijéramos adiós, le llamaría por teléfono para modificar la relación. Puedo, eso sí, detenerme en lo que en este instante me viene a la memoria: la poesía árabe pre-islámica, la trovadoresca, Fray Luis, Villamediana, Rimbaud, César Vallejo... Y ya van más de cuatro. Aun así, lo ausente no dejará de remorderme la conciencia. ¡Con lo gruñón que es Ezra Pound!

Carlos Pardo
Fotografía de Manuel Ferro
                 










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