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Pere Ballart

Habíamos visto el libro en Valdeska (Valencia) hace unos meses. Valdeska es de las librerías donde puedes encontrarte con la dicha de un libro de hace dos años, como el que no quiere la cosa. El contorno del poema (Acantilado, Barcelona, 2005) era un ensayo donde un profesor de Teoría de la poesía de la Autónoma de Barcelona se explicaba el verso. Eso merecía una explicación y, después de todo este tiempo, es la que le hemos pedido al profesor como alumnos en esta entrevista. Se explica en el prólogo de este ensayo que el autor no pretende explicar el poema sino rondarlo, dibujar su perímetro, poner sitio a la plaza y dejarla al asalto del lector. Un ejercicio de circunvalación cuya lectura resulta altamente enriquecedora.

Escribes este libro como "converso a la poesía" y se puede decir que se trata de un manual para todos los lectores de prosa que han mirado de refilón a la poesía. ¿Por qué crees que es importante acercar la poesía al lector culto de prosa? ¿Cómo se logra la conversión a la poesía? ¿Es necesaria algún tipo de gracia divina, como en cualquier conversión?

Creo que la "iluminación" no llega hasta que uno no decide creerse que la poesía lírica, por muchas que sean las diferencias que la apartan de una novela o de una obra de teatro (esas otras formas en las que tan poco nos cuesta aceptar la convención de que nos van a explicar el destino de unos cuantos personajes), en el fondo no persigue nada distinto a lo que buscan esos otros géneros: construir una ficción capaz de dar algún sentido a nuestra condición humana: a eso que, si no es desde la distancia de una representación, no llegamos nunca a comprender del todo. Sería pues una lástima (tal fue mi caso durante mucho tiempo) estar habituado a apreciar un buen relato o una velada teatral memorable y no darse cuenta de que la virtud que da valor a esas manifestaciones es la misma que adorna al poema. Cuando uno, pues, deja precisamente de esperar que eso de la poesía sea algo parecido a un éxtasis místico, que debe recibirse con los ojos en blanco, y se pone en serio y con calma a leer buscando entender y enlazar cosas, es difícil que el milagro, tarde o temprano, no se acabe produciendo.

Eres profesor de Teoría de la poesía en la Autónoma de Barcelona. Como señalas en el libro, siempre te había desanimado leer los estudios sobre poesía, llenos de lenguaje abstracto y fórmulas matemáticas. ¿Cómo se puede entonces enseñar la poesía?

Pues justo perdiéndole el miedo o, mejor aún, el respeto. Quiero decir: abandonando la idea peregrina de que la poesía sólo habla de cosas bellísimas pero muy lejanas a nosotros, abstracciones perfectas pero a años luz de nuestros intereses, de nuestras pasiones y nuestros temores más cotidianos. Demostrando, pues, que lo que el poeta cifra en palabras escogidas y con voluntad simbólica (cosa que va a asegurarle que le pongamos atención, y que queramos recordar lo que nos dice) no son ni más ni menos que las ideas y los sentimientos que cualquiera de nosotros experimenta a diario. Porque el poeta es el fondo una persona cuya sola cualidad no ordinaria es, como decía Auden, un renovado y permanente enamoramiento del idioma. Es siempre el cómo y nunca el qué de lo que dice aquello que va a distinguirle (y en el mejor de los casos, a hacerle único e inmediatamente reconocible) del resto de los poetas.

Defiendes en El contorno del poema la importancia extraordinaria de la relectura de poesía. Sin embargo, es prácticamente imposible saber qué se está editando ahora –con los cientos (¿miles?) de títulos de poesía anuales- y tener tiempo para releer con calma. Supongo que no es cuestión de dejar de editar libros. ¿Sería la solución tener muchos menos en la estantería?

Desde luego la desazón por no poder estar al corriente de todo lo que se publica no es la mejor compañía si se quiere leer poesía. Si hay que escoger entre llegar a apreciar de verdad a unos pocos poetas a base de frecuentarlos asiduamente o bien leer en diagonal cuanto se publica, bueno y malo, tan sólo para poder decir que se está a la última, me quedo desde luego con la primera de las dos opciones. Máxime cuando, al margen de las novedades, tampoco es tan fácil disponer de ediciones bien hechas de muchos de los grandes poetas del pasado. Además, con el tiempo uno descubre que no son tantos los poemas a los que uno vuelve una y otra vez, seguramente a las horas más feas.

Los poemas te parecen, directamente, buenos, espléndidos, malos o mediocres. En este libro intentas explicar por qué, algo que casi nadie se atreve a hacer ahora mismo, en este tiempo en que lo mejor que se suele decir de la belleza es que es inexplicable. ¿No te parece en cierto modo revolucionario este intento de definir lo que sí y lo que no es un buen poema? ¿No se mata el misterio cuando se despieza un poema?

La más alta misión a la que puede aspirar la crítica es la de explicar esa belleza, pero justamente para redoblarla, y decir dónde está y dónde no.

¿Por qué nadie se escandaliza si alguien pretende explicarle cómo está hecha una novela? ¿Por qué nadie piensa que eso va a privarla para siempre de su eficacia, o de su valor? ¿Y por qué, entonces, esos reparos acerca de la misma operación si en cambio se trata de un poema? La más alta misión a la que puede aspirar la crítica es la de explicar esa belleza, pero justamente para redoblarla, y decir dónde está y dónde no. Diseccionar la rana mata a la rana, pero desmontar el poema no hace sino que, recompuesto de nuevo, nuestra admiración ante la maravilla de ese raro artefacto —que ahora sabremos además cómo funciona—, sea todavía mayor. Quien quiera misterios que los busque en la metafísica o en la religión; de momento en la poesía, para lo que han servido más a menudo ha sido para enmascarar y dar impunidad, o falso prestigio, que aquí es lo mismo, a muchos poetas no precisamente geniales. ¡Qué flaco favor le hace a la poesía un exceso de reverencia, que nos aleja de la buena y nos impide denunciar la mala!

Hablas también de la importancia del marco para delimitar la poesía, los espacios en blanco que rodean al verso. ¿Dónde se puede situar entonces nuevos procedimientos poéticos, como la performance, el videoarte o el spoken word?

En el lugar que les corresponde, que es el de esta vaporización de los géneros y de sus cauces de transmisión que tan bien ha explicado Yves Michaud en su libro El arte en estado gaseoso. De todos modos, que las artes plásticas se escapen del marco de madera y el poema del espacio en blanco de la página para volver, por ejemplo, a la oralidad más primitiva, no supone ningún problema desde el punto de vista teórico. En la emisión de esas palabras, en el formato que sea, subsiste siempre una u otra forma de umbral (como el silencio antes de una recitación o la pantalla en negro previa al clip), que aísla aquello de lo que vamos a ser receptores estéticos y que nos recuerda su excepcionalidad, su diferencia respecto del continuo de la realidad.

En la concisa historia del quehacer poético que ocupa uno de los capítulos del libro podemos vislumbrar que se repiten –la historia cíclica y todo lo demás- atenciones e intenciones. Siguiendo la lógica, ¿qué vendría ahora en poesía?

Es tan difícil como pretencioso formular predicciones en materia artística, pero yo me resistiría a creer en ese fatídico eterno retorno al que aludes; no creo además que la historia haya sido completamente cíclica. Sobre que los tres o cuatro grandes temas genéricos de la poesía van a seguir siendo los mismos, no tengo ninguna duda; ahora bien, desde Baudelaire por lo menos asistimos a una apuesta por la objetividad del poema en permanente y simultáneo debate a propósito de su eficacia comunicativa, que el horizonte de las nuevas tecnologías, con su democratización de la producción y recepción literaria, necesariamente habrá de condicionar.

Como citas en el libro, Baudelaire mostró el alma del poeta arrojada al lodo de los bulevares parisinos. ¿Cómo crees que se define hoy el estatus del poeta?

[El escaso reconocimiento social del poeta le regala] la libertad del outsider, su condición de observador lúcido y deslenguado.

De hecho, lo que rueda por el barro en su poema es la aureola, aquel predicamento antiguo que había hecho del poeta poco menos que un mago o un sacerdote. Y Baudelaire es muy explícito acerca del ridículo de quienes (todavía hoy hay quien lo hace) se agachan a recogerla toda enlodada y se la ponen, ávidos de exhibirse en público con ella. Es tan ridículo como reconocer que el prestigio social del poeta sigue siendo (y ya va para unos cuantos siglos) muy escaso; algo que quizá despierte nostalgia en más de uno, pero que, como creador, regala al poeta la libertad del outsider, su condición de observador lúcido y deslenguado. Y, por otra parte, después de pensar en gente como Eliot, Montale, Wallace Stevens o Jaime Gil de Biedma, no creo que esté nada mal que se pueda disociar perfectamente una actividad profesional y otra literaria: no siempre es el maldito quien escribe los mejores versos.

Siguiendo con el estado de la poesía actual, hay dos frases en el libro que me gustaría que pusieras en discusión con el panorama poético contemporáneo. Es decir, cuál es, a partir de ellas, el análisis o la autopsia resultante. Son:

a)"Una buena parte del éxito de toda empresa artística reside en la sabia administración de sorpresas y seguridades".

y b)"Aquella cualidad divina de la buena poesía lírica [es] la combinación del máximo de subjetividad con el mínimo de individualidad" (cita de Joan Crexells tomada de Notas dispersas, de Pla).

Nada de autopsias, por favor: el muerto está muy vivo, afortunadamente, y por muy minoritaria que vaya a seguir siendo la poesía, pocos géneros disfrutan de un público que, aunque reducido, sea más fiel ni entusiasta. Celebro que menciones esas dos frases, porque son dos ideas que tomo prestadas nada menos que de Ernst Gombrich y de Josep Pla. La primera nos recuerda que en un mensaje artístico a los lectores nos molesta tanto una previsibilidad total (el hartazgo de la poesía de la experiencia más banal sería un muy buen ejemplo) como una sorpresa mayúscula sin atisbo alguno de sentido (y aquí podemos pensar en la familiar incomodidad que produce alguna poesía experimental, de nulo fundamento más allá de su gesto transgresor). Perdura pues, desde luego, quien sabe dosificar en sus creaciones lo familiar y lo desfamiliarizado. 

Y en cuanto a la segunda afirmación —ya me he referido antes en parte a ello—, creo que define bien por qué los mejores poetas consiguen a la vez ser originales, inconfundibles incluso algunas veces, y escribir sin embargo unas cosas que nos den la impresión (y lo descubramos al leerlas), de que son las que nosotros siempre habíamos pensado, aun sin ser conscientes de ello. Que acertemos a creer en esa ilusión, la de que la voz que hemos escuchado en los versos ha podido ser la nuestra, no parece desde luego poco mérito, si el poeta lo logra. Y por eso, me parece, la identificación con otro yo que puede darse en la poesía es mucho más estrecha y duradera que la que admite cualquier otro de los distintos géneros literarios.

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