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Jaime Siles

En febrero del año pasado, después de cuatro años de proyecto, se publicó finalmente en edición de la Institució Alfons El Magnànim la segunda antología del poeta valenciano Jaime Siles. La selección y compilación ha sido dirigida por la profesora Rosa Navarro. Mirar todos sus libros en perspectiva es el motivo de esta entrevista, que hacemos con tiempo por delante una tarde lluviosa. Como no podía ser de otra forma, ponemos sobre la mesa la formación clásica, la métrica, la crítica literaria y la generación de poetas jóvenes.


Hace unos meses la biblioteca Alfons El Magnánim editó una antología de tu obra, que ya fue reseñada en su momento por Poesía Digital. No sé si esto debe preguntarse, pero me gustaría conocer tu opinión sobre la elección que se ha hecho de los poemas. ¿Habrías hecho otra antología?

Posiblemente sí, porque cada uno tiene la antología de sí mismo, que es más o menos la que lee cuando le invitan a una lectura poética. Pero uno no lee unos poemas determinados porque sean los mejores, ni porque piense que son los mejores, sino porque tiene una especial relación con ellos. Sobre esta antología que ha preparado Rosa Navarro, sí es posible que yo hubiera incluido otros poemas, pero eso no quiere decir que el resultado hubiese sido mejor. Yo creo que los demás pueden ver otras cosas que el autor  en su propia obra no ha visto y  por ello, me parece  bien que sean otros, y no él, quienes  hagan libremente su propia selección de la obra de él. De hecho, prácticamente no he puesto ningún reparo. Sólo alguna vez, cuando ha quedado marginado un poema que a mí me parecía que era importante dentro de mi evolución, he hecho alguna observación, razonando las causas. Pero no es el caso de ésta, porque Rosa Navarro es una filóloga excelente.

La siguiente pregunta se dirige precisamente a esta evolución a la que te acabas de referir. Una vez que está hecha la antología, parece más sencillo marcar una línea bien definida de tu recorrido poético. ¿Cómo explicarías tú las etapas de esa trayectoria?

Creo que hay varias partes. Hay una etapa que llega aproximadamente hasta Música de agua y  que comienza  con el que se puede considerar mi primer libro, Canon. Estos dos libros, junto a Alegoría, constituyen  un bloque, compuesto por una poesía que está dentro del minimalismo, la poesía pura o de purificación del lenguaje o de la poética del silencio. Al terminar Música de agua había llegado a una especie de  punto cero, identificable con la más absoluta transparencia, e intenté una reconstrucción del sujeto poético a partir del sonido, no del silencio. Aparecen por eso las estrofas clásicas, que están en Columnae, en Poemas al revés y en el El Gliptodonte y otras canciones para niños malos, un libro de poesía infantil. A continuación, esa poesía -digamos clásica- de Columnae evoluciona a una poesía postmoderna pero con voluntad vanguardista e innovadora que es la que se encuentra en Semáforos, semáforos. Ahí termina el segundo bloque. Por último, hay -creo- un tercer bloque, que se inicia con Himnos tardíos, sigue con Pasos en la nieve y no ha terminado todavía.

¿Cómo se podría definir ese nuevo espacio?

Como el espacio de la madurez temporal. Aunque en algunos poemas de Semáforos, semáforos aparece la meditación del tiempo, donde se analiza el tiempo como vivencia es en Himnos tardíos. Y lo que es tiempo en Himnos tardíos se convierte en espacio releído, espacio vivencial releído, en Pasos en la nieve. En esta nueva línea tengo preparados dos o tres libros inéditos, que son largos y cuya articulación definitiva estudio en estos momentos.
 
Una de las cuestiones que surge cuando se habla de Jaime Siles es el tono clásico y la métrica.

Sí, pero en realidad esas características son propias sólo de la segunda etapa de mi obra. No están ni en la tercera ni en la primera.

Respecto a la métrica, y según tu experiencia personal, ¿no crees que puede limitar en exceso la creatividad de un poeta joven, aún sin el dominio del vocabulario suficiente para poder expresarse con sinceridad en unas medidas determinadas?

No sé si es buena o mala opción, porque en poesía  nada es bueno o malo en sí. Todo depende de la necesidad que de ello se tenga. Si para un poeta joven la métrica o la rima se convierten en algo necesario para su creación y como tal lo siente, el uso de éstas será bueno para él y su obra. Si no, no. Yo utilicé la métrica siendo un poeta aún joven, con 32 ó 33 años, pero las causas que me llevaron a ella son muy claras, y las he expuesto en un librito donde se recogen 22 sonetos y que acaba de publicarse en Córdoba bajo el título de Propileo. En el prólogo, explico mi teoría del soneto y la razón que  me llevó a utilizarlo. Pero en mi etapa de juventud  no me interesaron ni la estrofa ni casi tampoco la métrica. Digo casi porque, en realidad, cuando escribimos en castellano siempre utilizamos la métrica, y así aparecen, aunque no queramos o no nos demos cuenta, endecasílabos, heptasílabos o alejandrinos más o menos camuflados. Creo que verso libre en castellano hay muy poco. Eso Borges lo sabía muy bien y lo decía muy bien.

Yo soy de una generación que quiere investigar en el lenguaje, que necesita experimentar con él. Investigar el lenguaje y la forma es la manera de investigar el yo y, por tanto, la realidad.

Pero volviendo a la pregunta inicial, en mi caso fue una circunstancia biográfica la que me hizo volver a la métrica. Yo me encuentro, en primer lugar, transterrado a las Islas Canarias, cuando llego a allí como Catedrático de Filología Latina de la Universidad de La Laguna en el año 1982 y siento que aquel espacio geográfico carece  de referencias culturales para mí, a diferencia de otros lugares donde había vivido, como Centroeuropa, el Mediterráneo o Salamanca, que sí  las tenían. La única forma de encontrar referencias en las Islas  Canarias era haciendo un mitologema de ese espacio, estudiando a los poetas canarios y los pintores que, en el cambio del XIX al XX, habían hecho esa misma operación. Esta investigación en el modernismo que inundaba a esos autores entroncaba con la poesía barroca que yo había estudiado, así que podía encontrar un enlace entre el barroco y la cadena simbólica de ese espacio. De ahí fui a Viena, donde seguí enlazando con el modernismo, pero donde, claro, se hablaba alemán. La forma de defender mi lengua era llenar la lengua de métrica y ritmo y por eso utilizo ambos en esta época. Yo soy de una generación que quiere investigar en el lenguaje, que necesita experimentar con él. Investigar el lenguaje y la forma es la manera de investigar el yo y, por tanto, la realidad. Este proceso de investigación en la métrica y el ritmo se mantiene en cuatro libros, desde Columnae hasta Semáforos, semáforos. Pero el resto de mis libros no se pueden definir como poemarios de métrica, en sentido estricto. En Himnos tardíos sí hay rima, pero no hay estrofa, y en Pasos en la nieve hay estrofas y algún soneto, pero no demasiados, aunque ocupan una posición muy singularizada.

Como se ve, mi uso de la métrica ha venido impuesto por la necesidad de él que he sentido como poeta. La métrica no hay que utilizarla o dejar de utilizarla: está ahí, para quien la  haya menester.

Una vez que un poeta considera que la métrica es necesaria para expresarse, ¿no crees que ceñirte a vocales o sílabas puede dificultar la expresión?

En absoluto. Yo creo con Vicente Gaos que un soneto no encadena, sino que desencadena. Estoy absolutamente de acuerdo con Miguel Ángel cuando dice que dentro de una piedra hay una forma y que hay que picarla hasta encontrarla. Lo mismo pasa  con la palabra. Lo otro es impericia, incultura, falta de profesionalidad.

¿Cómo influye tu labor de investigación clásica en tu faceta poética?

Hay momentos en que ha influido más que en otros. Aunque tengo una formación clásica, siempre me he sentido un hombre de mi tiempo y he conocido la poesía contemporánea en distintas lenguas y tradiciones. Toda la modernidad me parece, eso sí, una continuidad del clasicismo. Y, claro, ayuda por supuesto haber leído a los grandes poetas griegos, latinos, a los italianos,  a los catalanes, a los portugueses, a los alemanes, a los franceses, a los ingleses... Pero no creo que haya que ser un filólogo o investigador para leer un poema o entenderlo. Lo que sí creo es que conocer distintas lenguas y tradiciones ayuda mucho a tener una idea de la poesía, y sobre todo de la literatura y de la lengua en sí.

De todos modos, mis investigaciones -exceptuando algunas que hice en mi  juventud sobre las lenguas y escrituras prerromanas de la Península Ibérica- han sido hechas en función de las necesidades que tenía como creador. No las he hecho como un profesor que investiga un tema que le viene dado porque sí, sino que he investigado cuestiones de poética y lingüística que necesitaba para resolver un problema que mi propia creación me planteaba.

¿Han cambiado tus maestros en treinta años?

No, porque no ha cambiado tanto la literatura. Sí ha cambiado la relación con ellos, especialmente con algunas partes de su obra. Hay partes de Aleixandre o de Guillén o de Paz que antes me interesaban más y ahora menos, y al revés. Lo mismo me ha ocurrido con Rilke, Mallarmé o Eliot. Puede decirse que la tradición es como un fondo de armario: uno lo abre y, según el día que haga, coge el paraguas o no, se pone un jersey o no, o se viste  de esmoquin o  se coloca unos  “vaqueros”. Pero la tradición está ahí: hay que conocerla, hay que tener fondo de armario. Lo que no se puede -aunque en literatura es casi imposible estar al margen de la tradición- es ir desnudo y dormir a la intemperie.
 
Y de la generación del  50 para acá, ¿cuáles podrían ser los maestros?

Para nosotros los grandes maestros terminaban en el 27, y para mí siguen terminando ahí. Hay poetas posteriores que estimo mucho y que supongo que para la generación siguiente ocuparán el lugar que ahora ocupan para mí los poetas del 27. Pero eso tiene que ver más con una percepción y una perspectiva temporal. Lo que sí había en los 50 era grandes poetas, que uno veía y admiraba siendo aún muy jóvenes: Brines en la elegía, Gil de Biedma en el monólogo dramático, Valente en la poesía intelectual y, como gran poeta, en el sentido clásico, Claudio Rodríguez. Son poetas importantes sobre los cuales no se ha modificado mi visión positiva. Luego hay otros poetas del 50 que han ido emergiendo o por lo menos clarificándose con el tiempo y que estimo, como Corredor-Matheos, César Simón o Antonio Gamoneda.

Hace dos años participaste en una encuesta sobre la traducción que publicamos aquí. Quizá podría hacerse una similar relacionada con la crítica. Una primera pregunta de ese posible cuestionario, podría ser la siguiente: ¿qué exiges a un primer poemario?

Eso lo deben responder los críticos militantes. Yo he hecho crítica de teatro -ahora acaban de  publicarse, en dos tomos, en la Universidad de Murcia las reseñas que hice para Blanco y Negro- pero no de poesía. Lo que hago desde hace muchos años es dar cuenta de aquellos libros que han sido traducidos al español. Lo que se me pide es dar a conocer un autor extranjero, situándolo en unas coordenadas de espacio, tiempo, lengua y tradición, y al mismo tiempo hablar de la calidad de la traducción. Hay veces que esta crítica sólo puede ser descriptiva, pero creo que lo importante en cualquier caso es la transmisión, señalar que ese poeta ya está disponible en nuestra lengua. No he hecho apenas otro tipo de crítica, así que creo que no soy el más indicado para contestar a esta pregunta.

Y cuando un poemario no te parece interesante, ¿crees que la mejor forma de reseñarlo es con el silencio?

Cuando leo un libro y, por lo que sea, no conecto con él, no pienso que la culpa sólo la tiene el libro: también la puedo tener yo. Es una pregunta que me suelo hacer. Hay veces que el problema es del libro, pero otras veces es de uno, por su edad, por su gusto,  por su estética o por su formación. Por otra parte, esto es lo que favorece la existencia de cambios; si no,  la literatura no cambiaría nunca, sería una balsa de aceite, sin ninguna  innovación. Creo que Pound tiene mucha razón cuando dice que no todos los hombres que viven en el mismo tiempo viven el mismo tiempo. Hay gente que va avanzada, otros retrasados, y los hay que viven en su propio tiempo mientras otros son ácronos.

Este no comprender a los poetas, ¿es una sensación que tienes con los poeta jóvenes?

Creo que no. Hasta José Luis Rey y Joaquín Pérez Azaústre los he seguido de cerca. Lo que ocurre con la generación más joven es que ha producido menos y por eso es más difícil estar al tanto. Pero me interesa, claro, lo que hacen Carlos Pardo, Elena Medel (aunque por edad podría entrar en una generación más joven), Javier Vela, Pablo García Casado...

Lo que sí hago mucho es seguir las revistas. Creo que en ese espacio los poetas jóvenes se defienden mejor -lo he observado con el tiempo- que en los libros, donde es difícil que todo el poemario tenga una homogeneidad, y suele haber poemas que influyen negativamente sobre el resto. Aún así, lo que está claro es que, mientras en mi época leyendo treinta libros uno estaba a la orden del día, ahora abarcar todo es prácticamente imposible. No digo leerlo, que quizá sea posible, sino sistematizarlo. Admiro a los que lo intentan.

En la crítica también se habla de la formación académica que debe tener un crítico. ¿Tienes una serie de manuales de referencia, subjetivos, al leer un libro?

Yo creo que cada libro tiene una poética, y esa poética debe generar una gramática y una retórica. Si tiene esos tres elementos habrá un libro.

No, porque eso sería intentar que dentro de mis esquemas cupiera el libro. Yo creo que cada libro tiene una poética, y esa poética debe generar una gramática y una retórica. Si tiene esos tres elementos habrá un libro. Si sólo puede tener uno, no (aunque si al menos tiene retórica ya es algo). Cuando leo un libro, me pregunto: ¿Adónde quiere llegar este autor?, ¿Qué medios utiliza?, ¿Son los adecuados para los fines que persigue?, ¿Lo logra?, ¿Cuándo sí y cuándo no?, ¿Por qué? Esas son las  preguntas que como lector siempre  me he hecho y todavía me hago. Pero no tengo un a priori, aparte del único a priori posible: considerar el libro como unidad. Creo que carecer de prejuicios es el respeto máximo que se puede tener al texto y al autor. Ni siquiera se pueden tener ideas establecidas sobre un autor. Aunque nos sea fácil encasillar a un poeta e intuir, incluso antes de leerlo, dónde lo vamos a clasificar y si nos va a gustar o no -porque conocemos su anterior trayectoria-, no debemos dejarnos llevar por esa inercia, que es comodidad, porque hay ocasiones en que el autor evoluciona, a veces a favor de sí mismo y a veces en contra.

¿Qué no perdonas en un próximo libro de un autor?

Creo que cuando un autor es maduro debe ser ante todo cauto. Un poeta no debe tener miedo a equivocarse, debe ser audaz -como decía Alberti- pero nadie te pone una pistola para que publiques y eso significa que has debido tener todo el tiempo del mundo para decidir si publicar o no. Hay veces que lo mejor es escribir para uno mismo  y guardárselo, porque no pasa absolutamente nada por ello.

De todas formas, esa tesis de Juan Ramón de animar a los jóvenes y atacar a los maduros es una táctica,  una estrategia, pero no un método crítico. Muchas veces el peor poema de un buen poeta es mejor que el mejor de un poeta malo. Incluso en los maestros del 27 que hemos visto llegar a una edad muy avanzada y -aunque no hayan añadido nada más a su calidad, ya sobresaliente- se han mantenido muy bien, como Aleixandre o Rafael  Alberti o, en fecha más reciente, un maestro del 50 como Ángel González.

Poesía Digital
Fotografía de Vicent Bosch











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