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Eduardo Vilas

"Nosotros no decimos a nadie cómo tiene que escribir"

Eduardo Vilas es el director del Hotel Kafka. Hotel Kafka es un bajo de la calle Hortaleza, en Chueca, Madrid, y un centro cultural recién nacido, joven, con una estética cuidadísima que parece nacer de la conjunción de creatividad publicitaria, diseño y grafismo. Una hora allí basta para comprobar que aquello no es un sitio donde te explican dónde poner el adjetivo: no es un taller sino una casa, un sitio donde estar, donde apetece tomar un té un rato largo. Con mucha luz que viene de la calle nos sentamos a hablar sobre Hotel Kafka, sobre una escuela de literatura que es diferente. Eduardo Vilas habla muy rápido y con apenas merodeos. Directísimo.

¿Cómo se os ocurre venir aquí, empezar en Hortaleza un centro cultural?

Desde el 97 he estado trabajando en diferentes cursos y talleres, aquí y en Barcelona, hasta que decidí crear yo mismo un centro. Pateé las calles buscando un local grande, porque queríamos construir una marca y para eso no nos bastaba con un pisito cualquiera. Andando encontré este sitio, que fue el local donde Galdós editaba sus libros. Era una ganga y después de veinte días de pensar aún estaba libre. Decidimos quedárnoslo.

¿Cuál es el sentido de Hotel Kafka, su identidad?

El objetivo de Hotel Kafka es ser una escuela sí, pero con un carácter especial. Podemos decir que hay dos tipos de talleres. Por un lado, aquellos que podemos denominar espacios de condescendencia total. Sitios donde la gente escribe y el ánimo y el aliento está desprovisto de rigor alguno. Frente a este tipo están los talleres que imparten docencia académica, anticuada, de clase magistral. El profesor es tratado como académico y desde la cátedra dicta conferencias sobre cómo escribir. El espacio que queremos ocupar es el intermedio: un taller de escritura donde haya rigor, seriedad y cercanía. Los cursos, por ejemplo, no se imparten en aulas, sino en salas de juntas.

También nos gusta hablar de un espacio mixto en el sentido de que las lecturas que proponemos no es la propia de estos talleres, textos canónicos e intachables. Creemos en una literatura más cercana a la comunicación.

También nos gusta hablar de un espacio mixto en el sentido de que las lecturas que proponemos no es la propia de estos talleres, textos canónicos e intachables. Creemos en una literatura más cercana a la comunicación. Yo cuando leo lo hago por empatía, porque me lo paso bien. Eso no quiere decir que me pase el día leyendo a Mendoza, sino que quiero prestar atención a una literatura actual joven que ha abandonado la narrativa de la escuela de los setenta (la crónica y la memoria) y transitan –con la misma calidad al menos- nuevos territorios modernos.

Esta actitud –la cercanía y la modernidad de la que te hablaba- se refleja en el staff de profesores. Tizón, Martín Casariego, Mercedes Cebrián, Julieta Valero… son gente joven pero con una capacidad docente muy generosa que saben que no van a venir y dar una conferencia, sino a volcarse –durante todo el tiempo que dure el curso- en la coordinación del taller, estableciendo con el alumno una relación de tú a tú. Se trata además de escritores con oficio, y no golpes de suerte. Son autores que han traducido, han escrito literatura, han redactado discursos políticos... Con ellos quiero enseñar a los alumnos que la escritura es mucho más que escribir un poema: es un oficio.

Y todo esto sucede en la que creo que es una de las más importantes marcas de Hotel Kafka: el centro cultural. Inscribirte a un curso con nosotros no te da derecho sólo a una silla, sino a estar aquí, a tomarte un café con los profesores o con quien quieras, a leer libros de nuestra biblioteca, a leer la prensa, a asistir a presentaciones de libros, conciertos, lecturas poéticas.

Entonces Hotel Kafka no es sólo un taller de escritura.

No, desde el principio nos hemos constituido como centro literario y de gestión cultural, donde se introduzcan en los talleres y en la marcha del centro nuevas técnicas. Por ejemplo, tenemos un curso sobre novela negra (True Crime) en el que no sólo se invita a autores a explicar sus métodos, sino a médicos, forenses y guardias civiles y donde se estudian hasta informes de balística. Con eso logramos dar al alumno las herramientas que desconocemos.

En cuanto a la gestión cultural, aunque no editamos libros sí queremos ser un espacio en el que podamos defender proyectos de alumnos. Cuando un alumno pide plaza en alguno de los talleres de Hotel Kafka ha de presentar un proyecto literario determinado. Si es admitido, se le asigna un tutor para que termine el proyecto y, una vez resuelto, nosotros movemos sin cobrar porcentajes la obra que ya defendimos en el momento de aceptarle en el curso.

¿Crees que era necesario crear otro centro cultural en Madrid? ¿Viene Hotel Kafka a cubrir una necesidad cultural?

Nosotros no decimos a nadie cómo tiene que escribir, a quién tiene que imitar. La única tarea es decir a los alumnos cómo desarrollar ese discurso que quieren realizar.

No, no creo que seamos salvadores de nada ni de nadie. Creo que Madrid es una capital donde hay espacio para todo tipo de proyectos y tendencias. Nosotros hemos propuesto este Hotel y parece que el público está respondiendo. Más que de un lugar necesario podemos hablar simplemente de un lugar amable y cómodo para los escritores. Además, en nuestra cabeza no hay una trayectoria direccional dada: ser el taller que enseñe el oficio de un autor determinado, ser el centro literario institucional de tal novelista. Nosotros no decimos a nadie cómo tiene que escribir, a quién tiene que imitar. La única tarea es decir a los alumnos cómo desarrollar ese discurso que quieren realizar.

En poesía esta pregunta adquiere tintes dramáticos, pero también se puede aplicar a la prosa: realmente, ¿se puede enseñar a escribir?

Estoy convencido. Lo importante es separar que sepamos enseñar a escribir de que sepamos cómo ser un genio de la literatura. Hay un símil que puede explicarlo: mucha gente quiere aprender a tocar el piano. Para eso, puedes encerrarte en casa con mil discos o puedes pedirle a un músico que te enseñe. Con la escritura sucede igual: puedes aprender por tu cuenta o conseguir aprender mucho más rápido y de la mano de dos escritores. Otro problema es que el sujeto en cuestión quiera ser un maestro, un Paco de Lucía de la escritura.  Ése es su problema. Yo lo que voy a hacer es darle las herramientas. Si veo que es poeta nefasto le sugeriré que su discurso es más bien novelesco e intentaré orientarle por ahí. Pero no le voy a prohibir que intente ser poeta, ni voy a conseguir que lo sea.

Escuchando motivos y curriculums de los alumnos del taller puedes hacerte una idea aproximada de cómo es el perfil del escritor o futuro escritor actual. ¿Hay tics, rasgos denominadores comunes?

La verdad es que hasta ahora estamos teniendo mucha suerte porque la mayoría de los autores que vienen tiene ya obra publicada. En los talleres pequeños podemos hablar de un cierto déficit de lectura, pero no porque los escritores sean apáticos, sino porque no saben bien qué leer, no tienen criterio lector. Una de las apuestas del taller es distanciarse de Borges o Cortázar –autores a los que, por otro lado, uno se encuentra casi por inercia- y poner delante del escritor otras lecturas, desconocidas pero en el mismo nivel de calidad: Onetti, Felisberto Hernández, Antoni Di Benedetto…

En otro grupo de escritores-alumnos están aquellos que han leído mucho, pero de manera ingenua. Sólo leen a aquellos narradores con los que se identifican, lo que convierte la lectura en un acto narcisista y naif. Nuestra intención es demostrarles que hay autores muy buenos en editoriales pequeñas y de paso que su obra, si es buena, va a encontrar un hueco.

Ahora que hablas de las editoriales pequeñas podemos entrar a la cuestión de la superpoblación libresca, una especie de lugar común ya. Es verdad que hay espacio para publicar tu libro ahora. Pero ¿crees que eso se va a vender? ¿Crees que se puede sobrevivir vendiendo cien ejemplares de cada libro que editas? ¿No crees que el exceso difumina los niveles de calidad?

El editor es un ente quejoso, de nacimiento. En el fondo, se quejan –y se quejarán siempre- de lo mismo que el frutero: de que venden poco y quieren ganar más.

A mí el que haya mucha más oferta que antes, independientemente de la demanda, me parece bien. Como lector creo que es bueno porque me obligar a estar más al día pero gano mucho a cambio. Y confío en que habrá espacio para todos, porque cada escritor encontrará su nicho de lectores, grande o pequeño. No seré yo el que obligue a un escritor a callarse porque ya haya muchos que estén diciendo cosas. Sé que los editores critican el aumento de libros y la escasez de ventas, pero el editor es un ente quejoso, de nacimiento. En el fondo, se quejan –y se quejarán siempre- de lo mismo que el frutero: de que venden poco y quieren ganar más. El trabajo del editor es un trabajo buenísimo, aunque no vayas a hacerte rico en tu vida. Viven de lo que les gusta, así que sería mejor que no se quejaran tanto.

Aquí lo importante es que la gente lea, y para eso hay que ofrecer de todo. Las editoriales pequeñas sobreviven gracias a subvenciones y porque los gastos de edición han descendido mucho. Ellas aportan sus libros al panorama, libros que se juntarán en la misma mesa con Stephen King y con Pérez Reverte. Pero eso no es malo, al contrario. Creo que es necesario que existan King y todo aquello que se ha venido en llamar literatura basura. Son la puerta de entrada más sencilla para convertirse en lector habitual. ¿Te va a gustar leer a partir del Mío Cid? ¿A partir del Lazarillo?

Una última cuestión. Como director del Hotel Kafka, seguro que te haces cada día la misma pregunta o te la hacen: ¿qué crees que es necesario para ser escritor?

Leer, leer y leer. Hablo además de una lectura que en realidad es un itinerario, un camino que recorres. Comienzas por Bukowski, de ahí a Poe, que te lleva a Baudelaire, luego Mallarmé, de él a Stevens… Es tu viaje personal, tu propia vida en la literatura.

Aparte de leer hace falta otras muchas cosas y entre ellas dos principales: una voluntad de hierro y la capacidad de autoengaño. Capacidad de autoengaño consiste en creerte que lo vas a hacer, que vas a escribir una novela extraordinaria y dejar de pensar eso una vez que la has terminado. No puedes vivir con esa sensación de superioridad por el mundo, tienes que ser normal. Churchill decía que el que se dedica a lo que le gusta tiene que vivir dos vidas.

Zúñiga dice que los libros son como los hijos: uno nunca puede saber qué hace fuera de casa.

Luego, mientras escribes, tienes que lograr no confundir literatura con mercado. La paradoja del escritor que quiere triunfar es la siguiente: tienes que escribir un libro bueno pero además tienes que hacerlo para que guste a la gente que no lee. Y, para colmo, en teoría no puedes pensar en el lector. Zúñiga dice que los libros son como los hijos: uno nunca puede saber qué hace fuera de casa. Ni siquiera debes pensar en lo que luego los críticos puedan decir de él, porque tu libro una vez que sale de ti tiene la capacidad misteriosa de convertirse en otras cosas.

Quizá lo mejor para el escritor sea simplemente buscar la propia voz y escribir con ella, porque no puedes escribir más que de esa manera. Recuerdo que me ocurrió con mi prosa al principio. Quería hacer algo lírico e intenté escribir así a conciencia, con trabajo, hasta que me di cuenta de que era absolutamente imposible. Ahora bien, no perdí el tiempo, porque estar ahí, transitando ese camino que no era el mío, me dio herramientas para escribir en mi forma natural. Así aprendes que en realidad no hay caminos malos mientras que te devuelvan, tarde o temprano, al tuyo propio.

Javier García










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