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Adam Zagajewski

Por qué la belleza ahora: una apuesta de lectura por Zagajewski


No es nuestra época la más apropiada para el romanticismo. Sin embargo, los espíritus de época siempre encuentran periódicamente a alguien empeñado en contravenirlos. Lo más enervante no es que tales sujetos existan, sino la naturalidad de su proceder. Adam Zagajewski es un poeta natural, naturalmente romántico, aunque alguien –seguramente francés- responderá que todo, incluso la naturalidad, es retórica. Sí, pero hay retóricas más legítimas que otras.

Zagajewski pertenece a esa tradición que si no nació a la sombra de un plátano en un camino ateniense del siglo V a.C., al menos ahí conoció un momento de su itinerario fundacional. Cuenta Platón que el joven Fedro atisbó la auténtica belleza en tales circunstancias asistido por Sócrates, que no casualmente era hijo de comadrona. La belleza le sacaba a uno del tedio, la belleza estaba fuera, junto con la salvación, porque de algún modo entusiasmante la belleza era la salvación. Zagajewski nos lo ha recordado en sus poemas y sus prosas, oponiendo un terco romanticismo al dicho sartriano de que el infierno son los otros. El poeta nos viene a decir –coincidiendo con el título de su obra memorialística- que la belleza es ajena, chispea más allá de nosotros y a su encuentro vamos en pos de una misteriosa redención.

Para este poeta polaco que vivió la disidencia del régimen comunista, la vivencia personal ha aportado una hebra de oro a su vocación creativa. No vamos a caer en la equivocación de asumir que las condiciones sociales troquelan al escritor –de otro modo estaríamos rodeados de genios, o de analfabetos-, pero qué duda cabe que haber sido polaco o judío en el siglo XX -habiéndolo ejercido con una mínima apostura-, revierte en autoridad moral. La autoridad moral no hace poemas excelentes, es cierto, pero añade unos armónicos a la lira poética que, en el momento justo, son imprescindibles para lo que el oído estético reconoce como una gran composición.

Zagajewski venera a sus mayores, a la pléyade de escritores heroicos que imposibilitaron cualquier movimiento pendular reactivo en la generación siguiente –como hubieran querido los cánones filohegelianos-, pues ¿cómo podían los jóvenes soñar una contestación a los que les debían la persistencia de la cultura, su propia vocación literaria, bajo las duras condiciones del totalitarismo? Milosz, Herbert, Wat, Gombrowicz, Czapski, Stempowski y el más antiguo Norwid son las principales figuras del panteón mítico. En este punto nuestro poeta es clásico antes que romántico, pues ejerce la virtud de la pietas, aunque más que como un Eneas que carga a escape con su padre Anquises de una Troya incendiada, la ejerce presentándose él mismo como el rescatado por esa nómina de semidioses.

El propio poeta recuerda que la disidencia política a finales de los 60 en Polonia era algo de estricta obligación moral, y no se arrepiente de las consecuencias en su propio trabajo poético. Pero ya en el exilio y con una mirada más distanciada sabe ahondar en los quehaceres más consustanciales a la lírica: ¿dónde queda la poesía después de todo el activismo? Esa sensación de que la poesía seguramente está en otro lugar, o que, como mínimo no puede ser desatendida en la vivencia cotidiana, le han llevado a replantear unas antinomias de cuño romántico que ayudan a sacudir las conciencias occidentales adormecidas. El yo y la comunidad, la vida pública activa y la meditación, la visión extática y la ironía, lo histórico y lo eterno, son pares difíciles que no encuentran en Zagajewski –como en sus ancestros románticos- una conciliación cumplidamente perfilada. Pero, como a cualquiera que tiene el valor de ponerlos sobre la página y al contraluz de la vida, le dignifican y le familiarizan la mirada con el misterio de la existencia.

Esa persecución del misterio -el fugaz, el inefable, el que provoca el asombro y fecunda la creatividad-, es otra de las reivindicaciones centrales de nuestro poeta. Sabe que pertenece a esa tradición que cree que la experiencia estética está llamada a la autotrascendencia, y por lo tanto no debe evitar el paso a otras esferas con las que está naturalmente emparentada, como el conocimiento, la reflexión moral traída por la dicha y la pérdida, lo auténticamente meta-físico o el valor de la persona. Es de esa tradición que habla sin rubor de la belleza, y que cree en los raros momentos de visión –los “spots of time” de William Wordsworth- que nos deberían encontrar preparados –como aquel magnífico poema, “Aviso de caminantes”, de Sánchez Rosillo-. La fealdad no puede ser la última palabra, parece repetir Zagajewski en cada adjetivo, haciéndole un eco -que él nunca llamaría intertextualidad- al dictum de John Keats sobre la circularidad de la belleza y la verdad. Volvamos a decirlo: pertenece a esa tradición que desconoce los afanes postmodernos de escribir inagotablemente sobre la infinita inestabilidad de los significados en un paroxismo de extremada lucidez –porque se puede ser extremadamente lúcido y estar extremadamente equivocado: hay una verdad del corazón que entre tanta lucidez se pierde-. Es emocionante el elegante y noble ajuste de cuentas con Nietzsche –léase “Nietzsche en Cracovia”, en En defensa del fervor.

A muchos, los poemas nos suenan familiares, como si hubieran sido escritos por un “poeta de la experiencia” algo ácrata, con una ironía asordinada y nunca estridente, imaginista pero alejado de irracionalismos, creyente en la trascendencia, aunque sea entre la niebla.

A muchos, los poemas nos suenan familiares, como si hubieran sido escritos por un “poeta de la experiencia” algo ácrata, con una ironía asordinada y nunca estridente, imaginista pero alejado de irracionalismos, creyente en la trascendencia, aunque sea entre la niebla, como Machado. Casi diría que algún poema podría ser felizmente firmado por Miguel d’Ors, sobre todo en el título –como “Mística para principiantes”, “Diccionario biográfico polaco en la biblioteca de Houston”-, o por Martínez Mesanza –“Bárbaros”-, si no fuera porque la traducción le priva inevitablemente de la pujanza de nuestro metro clásico, la filigrana de la naturalidad rítmica con que nuestros poetas peninsulares urden la prosodia de sus versos. Si en poesía sólo a veces se hace lo que se quiere, en traducción de poesía sólo a veces se hace lo que se puede. Con todo, el rendimiento es notable: aceptada la ley universal de que la infantería fónico-rítmica es lo primero que cae en todo desembarco cuando la traducción quiere tomar la playa enemiga -sobre todo si estamos hablando de una playa polaca-, hay que señalar, sin embargo, que la imaginería y la dicción, en este caso, han poblado un ancho solar, y han plantado su bandera y sus gallardetes. Mérito de Xavier Farré y Elzbieta  Bortkiewicz –Deseo y Poemas escogidos, respectivamente.

Habría que pensar si después de Zagajewski podemos creer con Foucault que el lenguaje “va a crecer sin punto de partida, sin término, sin promesa”. Habría que pensar si después de Zagajewski es lícito seguir afirmando lo que Adorno afirmaba sobre el sinsentido de la poesía después de Auschwitz. Afortunadamente, pese a todo, la belleza puede vencer a lo deprimente, el bien puede vencer el mal, como ha señalado otro insigne polaco del siglo XX. Afortunadamente, la fascinación del mal, esa espinosa faceta no resuelta de la Modernidad, ha sido vencida muchas veces por el entusiasmo del espíritu, aquél que salvó al muchacho Fedro en el diálogo platónico, trocando la fascinación por el entusiasmo. Hagamos pie por enésima vez en la frase de Dostoievski: ¿es que se puede dudar de que es la belleza lo que, una vez más, está salvando al mundo?

Lo decíamos al principio, hay retóricas más legítimas que otras. Hay retóricas que salvan.

José Manuel Mora Fandos










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