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La especial intimidad de la poesa

                                Poned atención:
                                un corazón solitario
                                no es un corazón.


                                Antonio Machado


En su novela Olvidado rey Gudú, Ana María Matute nos cuenta la historia de un rey a quien su madre hechiza en su nacimiento para que sea incapaz de amar y pueda guiarse sólo por su inteligencia, de manera que no sucumba ante las exigencias de ninguna amistad ni al amor de su esposa y de sus hijos, y así expanda su reino hasta hacerlo el más poderoso de la tierra. Pero esa incapacidad de amar provocará la desconfianza y la enemistad entre los suyos, que acarrean la división de su vasto territorio, la desaparición del reino y la caída irreparable en el olvido de la Historia.

El fracaso político y la ruina moral de Gudú es el fracaso de todo ser humano que no tenga corazón o que pretenda obrar como si no lo tuviera, si es que tal conducta pudiera realizarse establemente. El hombre escindido entre su cuerpo, su memoria, su inteligencia, sus deseos y sus sentimientos no es un hombre: puede ser, como mucho, un mecanismo más o menos sofisticado para cumplir alguna función en la sociedad, pero estará condenado de antemano a una radical confusión sobre su identidad y, por ende, a la autodestrucción como persona, por cuanto resulta incapaz de coordinar lo que sabe en abstracto con lo que recuerda, con lo que quiere y con lo que siente, de manera que su vida como unidad carece de sentido. Y la intimidad de una persona se refiere precisamente a esto: a esa esfera interior de nuestro ser que no se manifiesta externamente de golpe, pero que congrega todas las fuerzas esenciales para dirigir la existencia en un sentido o en otro, o para despojarla de todo sentido y dejarla caer en el abismo.

Tener intimidad es ser persona. Si alguien desarrollara una actividad profesional muy brillante, o tuviera una relación erótica satisfactoria, o incluso cumpliera las normas de una moral exigente que le propiciaran una vida externa más o menos ordenada, pero careciera de un espacio y de un tiempo para apreciar qué relación guarda ese éxito (profesional, erótico, conductual...) con los distintos niveles de su ser y los diversos ámbitos de su vida, al poco tiempo acabaría actuando como una máquina y percibiría su vida como inútil, cuando no como una gran mentira o un total desgarramiento. La intimidad es, pues, el ámbito central del ser humano, el espacio donde una persona coordina o intenta coordinar todos sus actos en orden a la felicidad, a un objetivo único que colme todas sus aspiraciones.

La intimidad es lo que diferencia a cada persona de todas las demás: es el santuario de su identidad, el lugar donde se reconcilian o se disgregan las energías vitales de un modo que sólo es válido para esa persona, pues todas las demás, aun guardando caracteres similares, tejen y destejen la trama de su vida de un modo muy diverso
Antes de entrar definitivamente en nuestro terreno específico, añadiré que la intimidad es lo que diferencia a cada persona de todas las demás: es el santuario de su identidad, el lugar donde se reconcilian o se disgregan las energías vitales de un modo que sólo es válido para esa persona, pues todas las demás, aun guardando caracteres similares, tejen y destejen la trama de su vida de un modo muy diverso, condicionado por un cuerpo distinto, por una memoria singularísima, por una sensibilidad también diferente, por una inteligencia con unas capacidades determinadas, por unas metas y deseos no exactamente iguales, por unas relaciones con otras personas que son únicas con respecto a las relaciones de cualquier otra… La intimidad es el dormitorio de uno mismo, el lugar donde se debate todo lo que afecta a la vida personal en su conjunto: un lugar al que sólo tiene acceso el yo y, por supuesto, la persona amada.

¿Cómo es posible penetrar en mi intimidad si no dedico tiempo a saber lo que deseo y lo que consigo? ¿Y cómo penetrar en la intimidad de otro sin tratarlo continuamente y sin saber dónde está el secreto que gobierna o desgobierna sus diversas actuaciones? Ya se ve que es una cuestión de tiempo, de mucho tiempo, y de tiempo que debe ser compartido: sólo quien comparte su tiempo con el de otra persona podrá reconocerse a sí mismo entre el anonimato universal y trazarse un destino acorde con su ser.

Lo propio de la fascinación actual por la intimidad es su interés exclusivo por uno solo de los ámbitos de una persona, normalmente el más excéntrico o morboso, cuando lo cierto es que la intimidad propiamente dicha está en la integración de todos esos ámbitos en la unidad natural del ser y en el curso de una misma existencia
Vivimos, ciertamente, en una época de obsesión por las intimidades, una obsesión que nada tendría de anómalo ni de nocivo si verdaderamente nos interesara la intimidad real de las personas y los personajes (da igual que sean reales o de ficción). Pero mayoritariamente, y por desgracia, lo que interesa de la supuesta intimidad de las personas —"famosas", si es posible— no es precisamente intimidad: es un ámbito de su vida poco conocido, que puede ser el de las relaciones más o menos externas con otros miembros de su familia, o bien el de sus éxitos o fracasos en el terreno puramente erótico, que no amoroso en su plenitud de sentido; o bien el de sus creencias religiosas tomadas en abstracto, o el de su salud psíquica… Lo propio de la fascinación actual por la intimidad es su interés exclusivo por uno solo de los ámbitos de una persona, normalmente el más excéntrico o morboso, cuando lo cierto es que la intimidad propiamente dicha está en la integración de todos esos ámbitos en la unidad natural del ser y en el curso de una misma existencia.

Si la poesía, como bien enseña Octavio Paz (y en esto, por fortuna, resulta poco original), es la revelación de la condición humana, concretada —precisaría yo— en el acontecer de una o algunas personas singulares, queda claro que la poesía es la que nos descubre al hombre, a cada hombre concreto, al hombre que habla o del que habla un determinado poema. Y a ese hombre nos lo presenta en cuerpo y alma, en la tensión de todas sus fuerzas y de todos los ámbitos de su existir, aunque tal vez en un poema no aparezcan todos explícitamente. Esto, que lo hacen también la narrativa de ficción y el teatro (la literatura, a fin de cuentas), lo hace la poesía de un modo mucho más sintético e inmediato. En dos o tres versos podemos acceder al dormitorio de una persona, al lugar de sus sueños y sus insomnios, al centro de las decisiones definitivas, al lecho —solitario o acompañado— del amor que justifica su existencia.

Y si acceder a la intimidad de un persona es descubrir un mundo nuevo e irrepetible, ¡cuántos mundos podremos descubrir a través de la poesía!, ¡cuánta luz irradian esos mundos sobre el tuyo o el mío! La verdad es que sólo la poesía (y la novela y el teatro, aunque de modos ciertamente distintos) puede revelarnos la intimidad de una persona, al menos si exceptuamos ese conocimiento real de la intimidad que nos viene directamente por el amor, por la mutua entrega de mi vida y la tuya, por el desnudamiento de nuestros espacios más ocultos para que sean todos tuyos y todos míos. Y es que si la intimidad sólo se revela en la vida, y en la vida compartida, el único modo de conocerla sólo puede ser el amor real y, como un sustituto, la experiencia poética del autor y del lector, pues la poesía es el único conocimiento que surge compartiendo vidas distintas, aunque sólo sea por unos instantes; el único que supera las inevitables abstracciones de la filosofía, la psicología y todas las ciencias humanas.

Sólo el amor, en cuanto conocimiento y comunión con el otro, puede vencer la radical soledad de un ser humano y, por tanto, cumplir todas sus aspiraciones vitales: sin la experiencia del amor, sea del tipo que sea, ningún conocimiento puede otorgar la plenitud del bien humano —la felicidad— que toda persona necesita para percibir su existencia como una vida lograda
Llegando aún más al fondo, debo ya decir que, en el conocimiento de la intimidad, la poesía no es sólo un sustituto o un representante vicario del hombre de carne y hueso, sino que sólo ella puede revelarnos un tipo de intimidad que, si bien no es tan necesaria inmediatamente como la intimidad propia del amor, sí que penetra en unas realidades trascendentes al sujeto a las que no podríamos llegar de otra manera. En efecto, sólo el amor, en cuanto conocimiento y comunión con el otro, puede vencer la radical soledad de un ser humano y, por tanto, cumplir todas sus aspiraciones vitales: sin la experiencia del amor, sea del tipo que sea, ningún conocimiento puede otorgar la plenitud del bien humano —la felicidad— que toda persona necesita para percibir su existencia como una vida lograda. Ahora bien, entre todos los conocimientos que no son absolutamente imprescindibles para la felicidad de cada hombre —pero sí para el progreso de todo el género humano—, la poesía ocupa un lugar de privilegio, muy por encima de las ciencias. Y, más concretamente, en lo que concierne al conocimiento de la intimidad, la poesía nos proporciona un saber sobre el centro vital de una persona al que ni siquiera la experiencia amorosa podría llegar.

Me refiero a ese saber del mundo que cada hombre o mujer lleva dentro de sí y que se distingue del saber del mundo que tienen todos los demás hombres: esa sabiduría que va adquiriendo uno por ser quien es y por todo lo vivido de una determinada manera; esa sabiduría capaz de abrir nuevos horizontes a uno mismo y a todos los demás que, mediante la poesía, puedan acceder a mi santuario. Se trata de una sabiduría latente, inconsciente, pues el poeta que la transforma en palabra resulta ser el primer sorprendido de ese saber que llevaba dentro de sí. Y es que toda personalidad, todo lo que una persona tiene como exclusivo suyo y que se manifiesta plenamente en sus relaciones íntimas, no sólo contiene deseos, recuerdos, sentimientos o impresiones más o menos concretos sobre la vida personal. Junto a todos esos imperativos que afectan a su vida y a la de su entorno más cercano, todo individuo, en su continuo afán de trascenderse —de salir de sí, de abandonar su angustiosa soledad para llegar al otro, al — también siente la necesidad de llegar a él, a lo que no somos ni tú ni yo, a las verdades que dan razón del mundo y que permiten explicarnos una parte de su misterio (otra cosa, por supuesto, es que todo los hombres lleguen igual de lejos en esa búsqueda de las verdades fundamentales).

Ninguna intimidad es un saber sólo de mí y de ti, sino que aspira a construir una peculiar visión del mundo, más o menos inconsciente, que sirva a la persona para desenvolverse por ese mismo mundo
Lo curioso es que el descubrimiento de las verdades universales que el hombre reclama no depende sólo de unas capacidades intelectuales determinadas, que podrían ser compartidas por algunos o muchos individuos. Tales verdades también dependen del modo propio de ser de una persona y de las tensiones entre las distintas fuerzas vitales que esa persona libra dentro de sí. Del modo peculiarísimo en que el cuerpo de un hombre se compagina con su memoria, su inteligencia, sus deseos, su sensibilidad y todas sus relaciones con el otro y los otros, nace un espacio interior determinado, lo que hemos llamado intimidad, que también configura el modo propio de acceder a la Realidad en su conjunto, y que influye hasta en los mismos contenidos de verdad que esa persona adquiere precisamente por ser ella y no otra. Ninguna intimidad es un saber sólo de mí y de ti, sino que aspira a construir una peculiar visión del mundo, más o menos inconsciente, que sirva a la persona para desenvolverse por ese mismo mundo. Y es el poeta —y el lector de poesía, que también es poeta— quien consigue sacar a la luz, hacer conscientes, visibles, esas verdades sobre el mundo que llevaba dentro, caldeadas por el fuego de su intimidad, y que antes de la escritura no se habían manifestado ni aun sospechado. Esa luz sobre el yo, sobre el tú y sobre el Universo; esa que podríamos llamar intimidad trascendental, y que tan necesaria es para la vida de todos los hombres, sólo se nos otorga por la poesía, a través del drama íntimo que experimentan los personajes de cada poema.

Esa luz sobre el yo, sobre el tú y sobre el Universo; esa que podríamos llamar intimidad trascendental, y que tan necesaria es para la vida de todos los hombres, sólo se nos otorga por la poesía, a través del drama íntimo que experimentan los personajes de cada poema
Hiperión, el protagonista de la homónima novela lírica de Hölderlin, no puede desligar su amor por Diótima de su amor por la Naturaleza, por el Universo en su conjunto, concebido de forma panteísta. Y en un momento de exaltación amorosa, exclama: "¡Santa Naturaleza! eres la misma en mí y fuera de mí. No tiene que ser tan difícil unir lo que está fuera de mí con lo divino que hay en mí" (trad. de Jesús Munárriz, Madrid, Eds. Hiperión, 1982, 5ª ed., p. 93). Aparte de la identificación analógica Yo-Mundo que es propia del Romanticismo germinal, lo que cualquier lector puede compartir es esa conciencia de que la Naturaleza ha sido hecha para ser conocida por mí, y que de ese conocimiento personal y vital, indisociable de todos los demás incidentes de mi vida, saldrán a la luz verdades que sólo yo puedo aportar a los otros, pues las he recibido, en buena parte, gracias a la luz que está en lo más oculto de mi ser. Y esas verdades, además, habré de transmitirlas de un modo que sólo para mí está reservado.

Verifiquemos estas reflexiones a través de la lectura de dos poemas de autores contemporáneos que han construido mundos distintos, nunca contrapuestos. En primer lugar, propondré la lectura del poema LXXVIII de Antonio Machado, perteneciente a Soledades. Galerías. Otros poemas (1907), cuyo especial interés para nuestro caso reside en el íntimo espesor emocional que nos transmite a pesar de no aludir a ningún hecho concreto de la biografía del poeta o de un supuesto personaje ficticio. Ningún morbo, por tanto. Lo asombroso es que, sólo por su modo de expresarse, el hablante de este poema interpela amorosamente a un como sólo él pudiera hacerlo, como una persona singularísima; y al expresar esa inquietud íntima, el yo-poético nos está situando ante la verdad más dramática que, de un modo más o menos imperfecto, experimenta toda persona enamorada y, por eso mismo, todo ser verdaderamente humano:
       
                               LXXVIII

              ¿Y ha de morir contigo el mundo mago
     donde guarda el recuerdo
     los hálitos más puros de la vida,
     la blanca sombra del amor primero,
              la voz que fue a tu corazón, la mano
     que tú querías retener en sueños,
     y todos los amores
     que llegaron al alma, al hondo cielo?
              ¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
     la vida vieja en orden tuyo y nuevo?
    ¿Los yunques y crisoles de tu alma
     trabajan para el polvo y para el viento?

El poema se dirige a un que tanto puede ser un desdoblamiento retórico del hablante poemático como un realmente distinto de sí. En principio, por lo que se dice, parece que el hablante se interroga sobre la misma posibilidad de su desaparición total y definitiva, a pesar de todo lo que su ser significa por sí mismo y, en especial, a pesar de la inmensa cantidad de dones que ha ido recibiendo y acumulando a lo largo de toda su vida. Es más: esto último, la experiencia de la vida, parece primar sobre el puro hecho de existir, de modo que lo más doloroso no es perder el ser, sino todo lo que el ser ha conquistado junto a los otros. De todas formas, puesto que Antonio Machado no se desdobla en un por motivos puramente retóricos o expresivos, sino que con ese diálogo trata de vencer poéticamente su radical soledad, también pueden entenderse estas palabras como dichas a la persona amada, cuando el amante se plantea el hecho de la muerte total y definitiva de aquélla, lo cual sería también la muerte del hablante enamorado. En esta segunda lectura el poema alcanza una significación ciertamente distinta, aunque no contradictoria de la anterior. Y en esta significación doble y complementaria radica gran parte del misterio del poema.

Pero lo que me interesa aquí, al fin y al cabo, es verificar cómo la realidad de la muerte y la incertidumbre sobre el destino ultraterreno, tema universal donde los haya, han surgido al calor del profundo espacio íntimo de Antonio Machado. Y esa singular intimidad, manifestada en los elementos mencionados y en la misma música de su voz, han acercado al poeta hasta unas verdades, enunciadas en forma de cuestiones (por ejemplo, qué permanece en la vida y en la muerte de los amores primeros y de todos los amores pasados), a las que otra persona no hubiera podido llegar, al menos con esa singular complejidad y riqueza de matices.

Por último, leamos un poema de Francisco Brines con un argumento bien distinto. Se titula "Muerte de un perro" y pertenece a su libro Palabras a la oscuridad (1966). Veamos cómo la morosa narración de un episodio violento contra un perro nos revela, por vía indirecta, el dolor propio de toda muerte, más aún si ésta se debe a un acto violento y despiadado. Veamos cómo la intensidad y la peculiaridad de este dolor no pertenecen tanto al perro como al poeta-contemplador que vive íntimamente este horrendo episodio. Veamos, sí, cómo es su personal intimidad la que ha hecho posible la adquisición de una verdad mucho más atroz de lo que cabría esperar en un principio:


                MUERTE DE UN PERRO

                                                             A Jacobo Muñoz

              Llegando a la ciudad
     pude ver que asaltaban los muchachos al perro
     y le obligaban, confundidos los gritos y el aullido,
              a deshacer el nudo con el cuerpo del otro,
     y la carrera loca contra el muro,
     y la piedra terrible contra el cráneo,
     y muchas piedras más.
     Y vuelvo a ver aquel girar
     de súbito, todo el espanto de su cuerpo,
     su vértigo al correr,
     su vida rebosando de aquel cuerpo flexible,
     su vida que escapaba por los abiertos ojos,
     cada vez más abiertos
     porque la muerte le obligaba, con su prisa iracunda,
     a desertar de dentro tanta sustancia por vivir,
     y por el ojo sólo tenía la salida;
     porque no había luz,
     porque sólo llegaba tenebrosa la sombra.

              Allí entre los desechos
     de aquel muro de inhóspito arrabal
     quedó tendido el perro;
     y ahora recuerdo su cabeza yerta
     con angustia imprevista:
     reflejaban sus ojos, igual que los humanos,
     el terror al vacío. 

El poeta, desde su personal intimidad, no nos habla sólo de sí mismo. El verdadero poeta, aunque parezca que nos está hablando sólo de sí mismo, nos está revelando la Realidad, la única realidad que nos concierne a todos. Y esto es lo que libra a la intimidad poética de todo impudor y de toda curiosidad enfermiza. Al fin y al cabo, lo más asombroso es que si el poeta no nos hubiera invitado a su santuario privado, jamás hubiéramos accedido a esa verdad universal.



Carlos Javier Morales







    Comentarios

    1

  1.  

    Chinca Coromoto Salas Rodriguez 03-02-2011 |

    Extraordinaria explicacion de la Intimidad poetica, sin embargo cuando se escribe sobre lineas muertas se hace con el alma muerta, el corazon vacio, experimentar el frio de los muertos, el pasaje onirico y la satisfaccion de lo mas intimo de los secretos, poner a un lado la moral y la norma cuando se esta en el rincon sagrado del lecho y disfrutar del momento sublime del desprendimiento del espiritu cuando llega el orgasmo multiple, morimos en cuestion se segundo y volvemos a la vida para recibir el espiritu cargado de lo mas hermoso que tiene el ser humano EL ALMA sin perder la identidad, sin perder el mundo extremo de la realidad, goce de la intimidad mas ordenada; sobre el acercamiento de las intimidades depende de como sean las verdades, el rompimiento del espacio intimo y ver como se desvirtua y se transforma luego en morbo, es entonces nocivo para cualquier personaje sobre todo si es real. La poesia nos lleva placeres, el romance profundo, rompimientos crueles, dolorosos donde los duelos se transforman en caminos espinosos, viendo luego los sueos oniricos como un momento placentero, completamente satisfactorio y ver la plenitud de la felicidad cargada sobre la piel suave despues de la entrega sobre el lecho. La psiquis equilibrada nos encamina a contemplar la armonica de nuestros pensamiento, el atentado a la cordura y la locura en un momento de nuestra corta existencia, interesantes los poemas, me gustaron muchisimo. Un abrazo fuerte y sincero

  2. 1
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