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Pasear es una obra maestra

Carlos Oroza camina, camina por Vigo sin cesar. A veces toma autobuses, recorre Galicia, lee algunas veces, no muchas. La poesía, a Oroza, se lo exigió todo. Habiendo sido el único beat, el gran poeta desconocido, el juglar, resiste a todas las clasificaciones; con su paseo eterno por Vigo huye de cualquier nombre que pueda reducirlo. La vocación de Oroza es la unión con los hombres y el paisaje, la expansión, el encuentro, el milagro. Dice Oroza, como nadie se atreve ya a decir, que la poesía se paga con la vida, que la poesía te coge y no te suelta. Se sabe poco sobre él: que nació en Viveiro en 1931, que vivió en Madrid en los años setenta y ochenta y después volvió a Vigo, donde vive desde entonces, aunque nadie sepa donde está su casa. De Oroza no se puede hablar únicamente como un poeta excéntrico, se debe hablar como un poeta central, único, autor de un solo poema corregido y reescrito hasta el infinito, al estilo de Herberto Helder. Ay, si algún día llegasen a encontrarse, Oroza y Herberto, desde Cascais a Vigo... Durante años Oroza se resistió a publicar porque para él la poesía debe ser dicha, cantada, como una oración: hay que conseguir que se memorice, que resuene. En el año 2000 la Diputación provincial de Pontevedra editó su poesía casi completa con el título de En el norte hay un mar que es más alto que el cielo. Son poco más de cien páginas. Este título se volvió a publicar, revisado, hace unos tres años, pero es prácticamente imposible de encontrar. Otro de sus libros importantes fue Cabalum, publicado en las míticas Ediciós do castro. En el sótano del Café Gijón hay un poema suyo escrito a mano, quizá ese es el mejor lugar para leerlo.

Carlos Oroza es muy delgado y muy pequeño, siempre vestido muy elegante, sobrio y humilde. Sus lecturas son, como imagino yo, las de Dylan Thomas. La voz del poeta, el canto que hace que las cosas sagradas se vuelvan humanas, o más bien, que consigue volver lo humano sagrado; elevar las vidas, animar los objetos
Carlos Oroza es muy delgado y muy pequeño, siempre vestido muy elegante, sobrio y humilde. Sus lecturas son, como imagino yo, las de Dylan Thomas. La voz del poeta, el canto que hace que las cosas sagradas se vuelvan humanas, o más bien, que consigue volver lo humano sagrado; elevar las vidas, animar los objetos. Consigue unir el idioma de su tierra al de los antepasados, y que las palabras suenen para vivos y muertos, que convoquen, que reúnan, que transformen. Oroza no renuncia a la magia del sonido y a la voz, sabe que los hombres están deseando tocar lo sagrado, reunirse, oír el canto, y comprenderlo. Desean estar en la poesía, conocer a sus poetas verdaderos, a los que han trabajado la palabra como si fuera un metal, porque las palabras en la voz de Oroza, son un metal, son resistentes, están hechas, maduras.

Hay muchas leyendas sobre Oroza y quizá todas sean verdad. Fue ganador de un importante Premio Internacional de Poesía Underground, leyó sus versos con Nico, de la Velvet Undergrond; fue amigo de Ginsberg y Corso. En 1975, en un recital en Pontevedra, después de que leyese el poema más antifranquista que se haya escrito nunca, dos amigos suyos fingieron llevárselo detenido, haciéndose pasar por policía secreta. Oroza siempre se ha mostrado insobornable al poder, ha trabajado por dejar un mundo mejor, leyendo para los jóvenes que siempre lo hemos buscado, queriendo dejar un idioma de palabras limpias y sagradas.

Oroza entra en la historia del siglo veinte, en la ruina del ser humano, en el lenguaje mutilado, y de este modo se inventa la sintaxis, inventa palabras, da el paso del habla a la canción
Dylan Thomas no escribió en gaélico, pero tomó toda la tradición de los bardos de Gales. Oroza no escribe en gallego, pero recoge toda una herencia de los trovadores galego portugueses, Eu resido nun mar que foi escrito, escribió Mendiño en el siglo trece. Ese paisaje marítimo, de grandes extensiones de agua y arena, es el que el poeta ama: espacios libres donde reunir a los hombres para que se canten, para que se oigan, para que llamen juntos a los dioses nuevos, para reunirlos alrededor del milagro. Oroza nos hace entrar en el bosque, nos suelta en medio de la noche atlántica, nos arroja a los pájaros hambrientos. En el norte encontró el paisaje de su mente, una naturaleza cruel, dura, pero auténtica, de aves y hombres dispuestos a hacer cualquier cosa para sobrevivir. Partiendo de un paisaje reconocible, Oroza entra en la historia del siglo veinte, en la ruina del ser humano, en el lenguaje mutilado, y de este modo se inventa la sintaxis, inventa palabras, da el paso del habla a la canción. En esta poesía hay barbarie, hay guerra, hay años de silencio y dictadura, hay seres perdidos y reencontrados. Hay la historia de un pueblo que se fue en los barcos y que, cuando volvió a casa, sólo trajo dinero y casi nunca ideas. Hay el lamento por unos seres que sufrieron tanto que sólo quisieron trabajar y agotarse, pero que no pudieron decidir su destino, que no fueron capaces de entender que juntos podrían con todo, que no se levantaron contra el poder. Oroza es como un Bernhard lúcido en Galicia, sabe que sólo quien se siente parte de un pueblo y lo conoce, puede amarlo y criticarlo hasta conseguir su transformación, aunque tenga que pagar por ello con su vida. Contra esa decepción histórica Oroza pasea y decide su destino cada día. Hasta conseguir crear la conciencia de un pueblo y arrastrarlo a las últimas playas. Porque el pueblo sigue al que sabe cantar. 
 
La antología de poetas raros, realizada por José María Parreño y José Luis Gallero y publicada por Árdora en el año 1992, es, con toda su imperfección, una puerta de entrada a la otra historia de la literatura española, la de los poetas a los que no se les dejó entrar, o simplemente decidieron no entrar
Leí por primera vez a Oroza en la impagable Antología de poetas raros. Allí decía, por ejemplo: En realidad, mis lecturas han sido siempre de literatura inglesa y norteamericana. Me siento bien con Joyce, con la Beat Generation, con Hopkins, con Eliot, con Dylan Thomas. No estoy próximo al mudéjar, a la filigrana. Los poetas mediterráneos cultivan el malabarismo, la lírica, pero yo pertenezco al bosque, a las hadas, a la música. Soy un poeta nórdico que, ya lo he dicho, codicia lo lejano, la luz. No sólo la luz del sol, si no también la luz del pensamiento, del fósforo, del rayo en el bosque, la luz de la imaginación (…) La poesía te coge, te escoge como víctima. Echa la mano a quien más le gusta y le martiriza. El ejercicio de la poesía te consume. Desembocas en ti mismo, es decir, en un misterio, y ahí estás, comiéndote. Pasas los días aislado de todo el mundo, incluso de ti. Es un verdadero desastre, no se lo recomiendo a nadie. La antología de poetas raros, realizada por José María Parreño y José Luis Gallero y publicada por Árdora en el año 1992, es, con toda su imperfección, una puerta de entrada a la otra historia de la literatura española, la de los poetas a los que no se les dejó entrar, o simplemente decidieron no entrar. La historia de Oroza, pero también la de Teresa Gracia, Blai Bonet, Eduardo Scala, Carlos Edmundo de Ory, Francisco Pino, Miguel Labordeta, Juan Eduardo Cirlot, Ferrer Lerín, Costafreda, Luis Feria, Aníbal Núñez, Vicente Núñez, o Uxío Novoneyra, por nombrar algunos poetas centrales de la modernidad en España. Cada uno desde su lugar, desde su historia, casi siempre desde la provincia, inició una verdadera trayectoria poética, por encima de las circunstancias históricas, aunque sin olvidarlas. Seres desvinculados del poder, nada sospechosos, que se atrevieron a hablar del aislamiento como una de las pruebas de la integridad del ser humano. Todos ellos esperaron el momento de la poesía, se resistieron a normalizarla y a democratizarla, entendieron que toda experiencia poética es experiencia en el lenguaje. Casi todos ellos son poetas de obra vasta, difícil de asimilar por los grupos generacionales con los que se sigue haciendo la historia literaria. Miguel Labordeta escribía en la revista Espadaña, en el año 1950: ¿Va a alguna parte nuestra poesía actual? Vista así, a través de las capillas oficiales y subvencionadas, creo que la contestación adecuada es un: ¡No! Rotundo. No, no va a ninguna parte; pues esta poesía subvencionada, excelentemente perfecta (insoportablemente perfecta), está absolutamente estancada y ya nos comienza a corroer su putrefacción. Está haciendo mucha falta que nuestros poetas planten sus tiendas de campaña entre las cuatro esquinas de la estupidez burguesa o del analfabetismo plebeyo y eleven sus voces antiguas y futuras, como profetas que son, a través de la oscuridad multitudinaria y griten las verdades eternas del hombre de hoy al mundo entero, sin contemplaciones.(...)
Es preciso, pues, una poesía revolucionaria, (incluso con las limitaciones que esta palabra, tan manida, tiene) y que ardientemente se encare con la terrible faceta contemporánea, con desparpajo, con desvergüenza santa, con rabia y amor y asco, y además con esperanza. (...) Necesitamos una poesía catártica, depurativa, en que el poeta se dé por entero en holocausto verídico
. En cualquiera momento, pero sobre todo hoy, estas palabras tienen sentido.
 
La historia es la historia, pero conviene señalar que hay obras que empezaron a tomar forma en la dictadura, que no participaban del furor realista, pero que resistieron con su trasgresión del lenguaje y las ideas. Obras prácticamente desconocidas a las que se puede volver, que no caducaron con su tiempo, que fueron escritas con discreción pero con firmeza, con el dolor de saber que no serían entendidas ni aceptadas hasta que pasaran años, como fue el caso, por ejemplo, de Antonio Gamoneda.

En las entrevistas Carlos Oroza habla con claridad y convicción porque sabe que nada de lo que tiene —las playas, el mar, el bosque— le puede ser arrebatado. Habla como quien no tiene nada que perder, y se atreve aun a pensar lo impensable, a decir lo que no se dice, a tocar lo intocable. Porque como él explicaba, él viene de la selva, ha visto a los hombres matarse, ha visto América, ha visto los puertos del mundo, las grúas y las gaviotas, ha expuesto su vida, la ha entregado y no se la han quitado. Y eso le hace amar su vida más que ninguna otra cosa.

Oroza camina, trasciende el deseo y va en busca de un nuevo orden de las cosas y de las palabras, es decir, buscando la poesía. Pasea como gran protesta, como huelga humana; pasea hasta encontrar el mundo de otra forma, porque cuando alguien pasea y mueve el aire, algo va detrás de él, y arrastra consigo un pueblo, una ciudad
Oroza camina, trasciende el deseo y va en busca de un nuevo orden de las cosas y de las palabras, es decir, buscando la poesía. Pasea como gran protesta, como huelga humana; pasea hasta encontrar el mundo de otra forma, porque cuando alguien pasea y mueve el aire, algo va detrás de él, y arrastra consigo un pueblo, una ciudad. El hombre que pasea por Vigo lleva sobre él una verdad, y quienes ven su cara lo saben, y por eso lo siguen en silencio. Oroza se siente bien en donde está, amando y criticando profundamente el lugar que conoce, la porción de tierra gris del norte, haciendo del caminar una obra maestra. Al igual que los paseos de Richard Long o de Hamish Fulton, tan distintos entre sí, los paseos de Oroza son una obra de arte, son los pasos que lo llevarán al poema, son el lugar de la espera y de la revelación que puede llegar en cualquier calle, en cualquier playa. Camina desde Vigo hacia América, camina por encima del mar y regresa, se va con los barcos y vuelve nadando. Los nombres de ciudades lejanas, los nombres de los barcos le hacen respirar, esperando que el mar esté guardando nuestra dignidad para entregárnosla algún día. Todo eso está en el poema continuo de Carlos Oroza.

Hay poetas que dignifican una ciudad, igual que Saba en Trieste. Viendo pasear a Oroza por Vigo, vemos la historia de Vigo, los años ochenta, pero también Madrid, toda nuestra historia reciente. En ese paseo extraviado y a la vez recto de Oroza está la utopía de un mundo que no fue, la decepción con todos los que no supieron estar a la altura y, sobre todo, entregaron sus fuerzas a causas menores. Hay muchos seres diferentes, pero utopía sólo hay una, y eso el poeta lo sabe desde el principio.

La poesía es un ejercicio físico. Oroza se mantiene en forma porque camina siempre más allá. Es esta la poesía que la ciudad exige para habitarla con dignidad, exige ser conocida y recorrida, porque habitar no es fácil, habitar es estar, permanecer, salir a la calle, ver lo que ocurre, ser visto, la ciudad exige una conciencia plena, la conciencia de las personas que viven y trabajan en un mismo lugar
Poeta es aquel que decide a quién o a qué entrega su fuerza y su talento, aquel que tiene conciencia de su potencialidad. Seguramente él no estaría de acuerdo en ser el símbolo ni el emblema de nada, pero para muchos lo es. Vigo, ciudad obrera, difícil, llena de pájaros y peces, es el escenario de este paseo circular. No hay cansancio para él: del Calvario a La Guía, llega a la estación y baja por Alfonso XIII hasta la cafetería del Hotel Atlántico; allí para, después va hacia el puerto y continúa por Orillamar hasta Bouzas. La poesía es un ejercicio físico. Oroza se mantiene en forma porque camina siempre más allá. Es esta la poesía que la ciudad exige para habitarla con dignidad, exige ser conocida y recorrida, porque habitar no es fácil, habitar es estar, permanecer, salir a la calle, ver lo que ocurre, ser visto, la ciudad exige una conciencia plena, la conciencia de las personas que viven y trabajan en un mismo lugar. Y cuando esta conciencia llega la ciudad te deja entrar, te deja amarla, revela sus secretos, su verdadera historia,

Cada poeta hace de su ciudad el centro del mundo, porque, como supo Chéjov, sólo hablando de nuestra aldea podemos hablar del universo. Salir de la rosa y entrar en el barco o El mar / la consecuencia del costado de un barco son versos claves para entender la obra de Oroza, porque en el mar está el sonido de las olas, el canto de las mareas, la oración. El mar ha limpiado los cuerpos, los ha devuelto a la vida, los ha traído a la infancia. Escribía Eielson en un poema que hubiera firmado el propio Oroza que Tal vez la única diferencia entre nosotros y ellos / era el mar. El paisaje atlántico es el que da forma a toda su poesía: es un mar salvaje, de invierno, de niebla y naufragios, de mareas vivas, donde el hombre es obligado a contar con la naturaleza, con las tormentas y la lluvia, donde el hombre necesita tener la levedad del pájaro, y la libertad del pez. El poema de Oroza invita a nadar, a caminar, a subir a los árboles, a entrar en la materia. En muchos poemas nos habla de los pies, los pies llenos de luz y llenos de heridas, donde la vida se ha ido acumulando. Toda la poesía de Oroza está en los pies. Es la imagen última de quien va hasta el final,  y hace de su paseo, de su presencia, una obra maestra. El idioma de Vigo es su idioma inconfundible, sube y baja. Desde Cabo Home a las Cíes, desde los astilleros del Berbés hasta la playa de Barra.

Preguntado en una entrevista por su huida de Madrid y su vuelta a Galicia respondió: —Lo abandoné todo. Decidí salir de ese mundo, de ese desierto emocional y penetrar en la esencia de las cosas, en busca del poema y la sinfonía. Así que regresé. Y el lugar más parecido a mi idea infantil de Galicia es Vigo, y aquí estoy. La poesía exige una renuncia total. Yo he dejado todo por esto, pero esto es mucho más placentero y digno. Decidí perder para ganar. Soy un romántico. Ya lo escribí: "Todas las tardes paseo mi derrota por las calles de Vigo, alguna vez me paro en la orilla y espero algún barco".


América

Me he despertado en este trozo oscuro y estoy inmerso en esta oscuridad
Y es más inmensa aun la noche inmensa y casi muerta la noche arrastro con su voz tremando

Por eso cuando ibas por la carretera y te desviaste hacia el mar
Y me contaste que habías visto salir de debajo de las aguas brazos.
Brazos trepando Trepando hacia la arena
Comprendí que eran seres Miles de seres que el mar había rescatado.
Miles de años de seres de América escapada

América estaba al lado del mar tratando de subir por una inmensa cuesta blanca arriba
De arena blanca hasta llegar al blanco fronterizo con la carretera

Era toda América crucificada a la orilla    Toda la América insalvada y fija.
Brazos saliendo del mar crucificados avanzando brazos pájaros sin cabeza
Brazos voces sumisas en la orilla

Y Poe estaba americando Y Poe llevaba un bicho que había salido por su boca
Y era Poe Poe Poe
Poe haciendo ruidos con el agua
Poe besando por el alma de la playa

Y toda aquella gente que venía suspendida por la carretera
No se daba cuenta de nada porque no tenían la costumbre de mirar la oscuridad
Ni en sus ojos estaban habituados a la noche
Eran los ojos oriundos los ojos de una infinita estepa sedienta y soleada

Y fue horrible enfrentarse con "aquello". Enfrentarse con la carretera y bajar al mar.

América estaba crucificada a la orilla. Toda la América hundida. La América errante
Y los brazos se alzaban Se alzaban y se hundían
se hundían y se alzaban
Se alzaban gateando hasta llegar al blanco fronterizo entre la carretera y el mar
Era América crucificada América hundida que trataba de llegar a la carretera.

Aquella noche en la playa cruzaste. Tocaste aquellas manos
Y las manos se soliviantaron. Empezaron a levantarse y a rechazarte
Empezaron a golpear en el mar a sublevar las olas
A devolver al aire al cielo al techo la lluvia que había secado
Y tú has tocado   Has dado con las manos en el aire
Has dado con las manos en el agua y estás golpeando  
Golpeando de nuevo en el agua

Y Poe estaba americando. Y Poe llevaba un bicho que había salido por su boca
Poe haciendo ruidos con el agua
Poe besando por el alma de la playa.

Y América ya no recibía calor. América estaba crucificada
Y no había conseguido avanzar ni un milímetro tan solo.

Penetraste aún más. Llegaste al pie del agua te transformaste
Y querías atraer las cosas. Atraerlas a la carretera y llevarlas a la noche inmensa y seca
Y había miles y miles de kilómetros y ellos estaban estancados
Estaban estampados por la espalda y por el pecho
Estaban estampados en la arena y contra el agua.

Y Poe estaba americando. Y Poe llevaba un bicho que había salido por su boca.

Y era Poe Poe Poe
Poe haciendo ruidos con el agua
Poe besando por el alma de la playa.

Y América estaba crucificada a la orilla
Y no había conseguido avanzar ni un milímetro tan solo
Desesperadamente de amaramer mi alma se multiplicaba
Y se engendraba buscando canales para salvarse
Y no podía ser. Tropezaba contra la carretera y no podía avanzar
Y volvía formando círculos a incrustarse en los dedos de América.

Y Poe estaba americando. Y Poe llevaba un bicho que había salido por su boca
Y era Poe Poe Poe
Poe haciendo ruidos en el agua
Poe besando por el alma de la playa.


Pablo Fidalgo Lareo









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