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El vientre de la contradiccin. In memoriam Alda Merini y Angel Campos Pmpano

Es difícil estar a la altura de la vida de Alda Merini, la última poeta mística. Murió a finales de 2009 en Milán, después de una vida entregada a la poesía y a la locura. La muerte de Alda Merini cierra la historia de la poesía italiana del siglo veinte. Como ante la poesía de Panero, uno se pregunta: "¿Cómo es posible mantener la lucidez en la locura? ¿En qué consiste realmente su locura?" Merini es la historia de Italia, su decadencia, la provocación en la historia. Estaba dispuesta a defender con su cuerpo y con sus actos cada uno de sus versos: arrojó el cuerpo a la lucha, como quería Pasolini, e hizo de su cuerpo su propia religión. Inició un nuevo misticismo que desarrolló en la vejez, y que apunta hacia una belleza distinta que se aloja en los manicomios de las afueras. Por otro lado, en Italia Merini se convirtió en una estrella. En los últimos años han aparecido muchas reediciones de sus obras, así como libros de fotos de la autora. En muchas de esas fotos se ve a Merini, ya mayor, desnuda, leyendo sus poemas. En su rostro vemos la luz y la sombra de una vida marcada por el don de la poesía y la locura, y se intuye, al mismo tiempo, un fin de raza, el final de un modo de entender la poesía.

Los manicomios son reales, están a las afueras de las ciudades, y allí suceden cosas. Merini llama al manicomio la tierra santa, el lugar de los locos, de los heridos. Ese amor por la pobreza o por los marginados, un amor ya antiguo, toma en la modernidad otra forma. Ese amor, ese compromiso, es más que un amor: es una forma de entender el mundo, de legitimar otras formas de vida y de relación. Merini presenta en sus poemas otras relaciones tocadas al mismo tiempo por lo divino y lo terrenal, y es precisamente esto lo que las hace verdaderas. En efecto, la belleza no se encuentra en cualquier sitio, sino que se encuentra donde menos se la esperaba, y allí es donde se nos revela, donde consigue iluminarnos. Una belleza que no es nunca pasiva, sino que está en tránsito, en trance, en diálogo interminable.

Merini presenta en sus poemas otras relaciones tocadas al mismo tiempo por lo divino y lo terrenal, y es precisamente esto lo que las hace verdaderas. En efecto, la belleza no se encuentra en cualquier sitio, sino que se encuentra donde menos se la esperaba, y allí es donde se nos revela, donde consigue iluminarnos
Me pregunto cómo será llegar a viejo después de una vida rozando la locura. Su vejez fue lúcida, fue el periodo de mayor creatividad de su vida. Quizá en esa vejez llegó para ella algo parecido a la estabilidad. Entendía el poder revolucionario de la vejez, del cuerpo por el que ha pasado el tiempo. El cuerpo y la lengua de un viejo, amenazadores. No sólo no escondía su cuerpo, sino que se hizo esas fotos desnuda para dar testimonio real de las marcas del tiempo. En un mundo que quiere hacer desaparecer la diferencia, la vejez, la infancia, la locura, la experiencia de Merini es un canto a la fe, una lección de cómo sobrevivir a ese tiempo, de cómo aproximarse y tocar las cosas esenciales. En un mundo que lo quiere hacer desaparecer todo —los procesos, los movimientos, las energías— la misión de la poesía es hacerlo reaparecer. Ella es fuerza y lucidez, la necesidad de pertenecer, de creer, de amar y de entregarse sin condiciones.

Lo que da forma a sus últimos libros es la fidelidad de Merini al impulso poético, a su visión, a su locura, a lo extraño. Su persistencia en que sólo afuera, en los límites de la vida o de la ciudad, podemos encontrar la vida, la tierra santa. Sólo ella sabe lo que llegó a ver, lo que llegó a estremecerla; por eso esa poesía escrita en el límite, está siempre cerca del silencio: siempre tiene algo que callar. Esa nada de inagotable secreto, como escribió Ungaretti. Merini inicia otra comunicación con Dios, otro tipo de oración. De algún modo ella decide conversar y dirigirse no sólo a Dios sino también a la historia de la religión, a Jesús y a María. Esta imagen es la que tengo de sus poemas: un viejo que ve a Dios, se estremece ante él, pero conserva la serenidad para hablarle cara a cara, para decirle todo lo que sabe.

Alda Merini lo vivió todo: el amor difícil, la locura, la maternidad, la vida literaria y un silencio editorial de veinte años. La poesía de La tierra santa sale de un largo silencio, de una larga conmoción en que las cosas requieren nuevas palabras, nuevas formas de acercarse a ellas. Existen lugares y personas donde todo es más auténtico, donde todo existe con otro peso, con otra gravedad. Pasar por esos estados y lugares extremos hizo crecer su fe, una fe no concreta: fe en el mundo, en lo que está más allá, en los ángeles y en las noches, en todo lo invisible. La fe es una mano que te ayuda a parir, dice Alda. La fe en la libertad.

Esta poesía es una llamada al amor con todo el cuerpo, a la rabia, a la rebeldía, a la resistencia. Merini llama a otra vida, a otro orden de las cosas. Intenta narrar su historia para no mentir sobre su dificultad, para mantenerse de este lado de la vida. En esa contradicción vive: sin un amor total nunca conseguirá definirse, y sin definirse nunca conseguirá un amor total. Alda Merini invita a recorrer los hospitales, los manicomios, los lugares donde las personas sufren, donde siempre suceden cosas, donde nada es cotidiano. Ya explicaba Bernhard que un escritor debe darse un paseo por un hospital al menos cada dos meses.

En la vejez, cuando todos los recuerdos se mezclan, cuando la enfermedad nos ha conquistado, se vuelve a esperar por el gran amor, como si nunca hubiera llegado. "Si mi gran amor no llega ahora en la vejez ¿para qué he continuado hasta aquí?" Así es la lucidez radical de Merini
Sólo donde cualquier diferencia es aceptada —y en el espacio del hospital lo es inevitablemente— puede darse la verdadera libertad del cuerpo, de cada uno, para unirse con quien desea y como desea. Libertad extraña y herida, pero libertad absoluta. Tierra santa de la unión libre. Libertad que resiste todas las definiciones, pero que ha sido puesta en práctica como sus poemas nos revelan uno por uno. Ella usa el encierro, la condena, para convertirte en otra cosa, para atravesar lugares e historias. Existe en la vejez una juventud más, un nuevo acercamiento al principio, una posibilidad ultima de educarse y entrar educado en la muerte. En la vejez, cuando todos los recuerdos se mezclan, cuando la enfermedad nos ha conquistado, se vuelve a esperar por el gran amor, como si nunca hubiera llegado. "Si mi gran amor no llega ahora en la vejez ¿para qué he continuado hasta aquí?" Así es la lucidez radical de Merini. Al mismo tiempo que se formula esto, existe la certeza de que ese amor ya no va a llegar, de que no va a existir el milagro, y sin embargo renuncia a vivir del pasado: la vida siempre está por delante. Lo que ella busca es ese amor que va del fin al principio, que empieza en la vejez y acaba en la juventud, una inversión del tiempo y de las reglas.

Alda Merini está publicada en castellano. Pre-textos publicó La tierra santa, La poesía Señor Hidalgo publicó Baladas no pagadas, y en Vaso Roto ha publicado Cuerpo de amor, La carne de los ángeles y Magnificat, siempre en traducción de Jeannette Clariond, que ofrece unas versiones brillantes, y prólogos reveladores. Vaso Roto seguirá publicando a Merini en el futuro, empezando por El polvazo de Manganelli.

Alda Merini desafió la lógica del mundo, redefinió lo sagrado y lo profano, el cuerpo y el alma, la locura y la cordura. Recogió en su cuerpo una herida universal, asumió toda la complejidad y la diferencia, asumió lo que era, la contradicción, la naturaleza inestable de la vida. Merini vivió todo en su propia piel, porque la piel (¿cuántas veces lo diremos?) es lo más profundo, la piel permanece siempre fiel a nosotros. A veces, en poesía, las palabras salen solas, a veces todo sale bien. Hay poemas de Merini impecables, perfectos, naturales. Cuando se está totalmente abierto, todo fluye y se entra en diálogo con la historia, con la religión, con la propia fe. Su poesía, como la de Adonis, o como la de Darwish, está tocada por lo divino, es poesía pura en estado puro. Pero al mismo tiempo sólida, nacida de la fe en el ritmo, en la música, en el diálogo del hombre con las cosas.

Todo empieza en su cuerpo, ella es la madre que lo asume todo, que lo comprende todo. El cielo y la tierra, todo cabe en ella. Merini nos remite a otro mundo, a otro espacio, un espacio que ella encarna y que su cuerpo asume por completo. Vientre vasto y absoluto. Hay sitio para la palabra y los hijos, para la luz y la oscuridad. Hay sitio para la alegría y la tristeza. Y hay tiempo para una gestación que dure todo el tiempo del mundo, para una gestación infinita. Ese es el vientre que nos une y que nos separa, que nos iguala y nos diferencia, el vientre de la contradicción donde todo pudo unirse, donde la convivencia y el amor habrían sido posibles. Donde está el grito y el susurro. Y donde la muerte no existe.

Esta fue su lección: no era tan difícil responder al cielo, y a la tierra, y a Dios. No era tan difícil seguir amando sin dejar de estar alerta. No era tan difícil amar al mismo tiempo a los padres y a los hijos. No era tan extraño haber sido iluminado. No era tan
difícil responder al fuego.

"Yo no fui engendrada /  mas surgí prepotente / de las tramas de lo oscuro / para asirme a toda confusión".

ESPANTO DE MARÍA

Una voz como la Tuya
que entra en el corazón de una virgen
y lo espanta,
una voz que no se ve,
un hijo mío y del árbol
un hijo mío y del prado
un hijo mío y del agua
un hijo solamente:
el Tuyo.
¿Cómo no asustarme
y huir lejos
si no fuera por el ala de ese hombre
que parecía ángel?
¿Pero en realidad, mi Dios,
quién era?
Uno que implora,
uno que me pide que calle,
uno que no calla,
uno que dice un misterio
y lo divulga a todos.
Yo sola, pobre joven hebrea
que debo creer y por ello temo, Señor,
porque la fe es una mano
que aprehende tus entrañas,
la fe es una mano
que te hace parir.



YO  SÉ
que el hijo mío y Tuyo
nadie lo verá
y todos lo verán.
Pero a José
¿qué le diré?
¿A él, quien llora oculto en una lágrima,
en un canto?
¿Qué le diré?
¿Que Tú antes que él
viste mi soledad
y con ella hiciste un cuerpo?
¿Qué le diré a José mi esposo?
¿Le diré que le fui infiel?
¿Le diré que lo he traicionado Contigo?
Pero, ¿cómo se puede traicionar a un hombre
que es en esencia divino?
¿Qué diré a José, Señor?

Esa tarea ingrata,
esa duda atroz,
todos los hombres la llevarán en su corazón
cuando vean a una virgen preñada
de Tu Propia Palabra.



***

Angel Campos Pámpano nació en Badajoz el 10 de Mayo de 1957 y murió en la misma ciudad el 25 de Noviembre de 2008. Flaubert escribió que la provincia es el mal supremo, pero que solo en esa opresión puede crearse la obra suprema. En la provincia el silencio es distinto. La poesía de Ángel Campos está ligada a un margen no sólo geográfico, sino a los márgenes del idioma, allí donde las palabras son otra cosa. Una obra, en definitiva, ligada a la frontera. Ángel Campos fue uno de los más importantes traductores de poesía portuguesa. Su amor por Portugal va a ser decisivo en la creación de toda su obra desde su segundo libro, titulado La ciudad blanca, que tomó de una hermosa película de Alain Tanner. Ángel Campos tradujo a todos los grandes poetas del Siglo Veinte como Pessoa, Eugenio de Andrade, Carlos de Oliveira, Sophia de Mello Breyner, Ramos Rosa, Carlos de Oliveira o Al Berto.

Ángel Campos tendió un puente entre los dos idiomas, entre dos formas de vida muy iguales y muy distintas, la española y la portuguesa. Y sobre todo, entre dos formas de entender la poesía, porque hay que decir que Angel Campos fue, antes que nada, un amante de la poesía de los demás, y todos sus libros están plagados de referencias, de herencia. Su obra se podría enmarcar en una línea de la poesía española que va de Machado a Cernuda, de Valente a Gamoneda, de Anibal Núñez a Andrés Sánchez Robayna. Pero, sobre todo, en su obra está presente la melancolía y la mirada y la alegría de los poetas que más tradujo, desde la complejidad de Pessoa a la transparencia de Eugenio, desde el viaje interno (aunque también externo) de Sophia a la soledad irremediable de Al Berto. Esos poetas tienen dentro una infancia que les hace incurables, pero al mismo tiempo los hace libres. Hacen una poesía de la limpidez, de la pobreza, de la casa, la madre, el pan, el sol. Todo esto está en la poesía de Ángel Campos, que también fue un poeta lúcido y triste. Triste porque comprendió temprano la tragedia, y la melancolía es a veces una forma de ser responsable. Esa herencia de la poesía portuguesa es la que le hace perseguir también la luz del verano, la naturaleza, la belleza de los cuerpos, de los gestos, de la propia imaginación.

Murió también en una edad en la que iba a escribir sus mejores poemas. De hecho, La voz en espiral y La semilla en la nieve, sus dos mejores libros, tenían una escritura tan rigurosa como los primeros; pero mucho más liberada, que iba y venía, que empezaba a recogerlo todo. Iba a ser un poeta de madurez, igual que Valente o Gamoneda. Ese lenguaje transparente es en la vejez donde adquiere un significado propio y absoluto, es ahí donde estremece. Ángel fue un obrero del verso, comprendió temprano que la verdadera poesía comienza en la búsqueda personal de un lenguaje propio, de una individualidad, de esa diferencia que es finalmente lo que permite llegar al otro. Ahogó su grito para entregar en cada libro un susurro lleno de dolor, y comprendió que a veces la tristeza, la rabia, la soledad, valen más y cobran sentido y vuelan cuando son contenidas, cuando son acalladas.

Su poesía tiene también una pureza que nos hace pensar en los haikus y en la poesía oriental, que tan cerca han estado siempre de la poesía portuguesa. El hombre es uno con las cosas, es uno con la naturaleza, pertenece a ellas: la vida, el cuerpo, la naturaleza, no son entonces más que espacios plásticos donde todo se puede modificar si se toca. Pero hay que tocar, y quien toca no queda indemne: se mancha, se hace culpable, se señala a si mismo. Su poesía es clara para mostrar la belleza del mundo, la belleza de los nombres de las cosas, la exactitud del idioma y del mundo. Porque la poesía, claro, es la ciencia más exacta de todas, ya lo dijo Rilke; es el arte que exige más precisión, y esa es una lección que Ángel Campos llevó hasta sus últimas consecuencias. Nombrar ya lo es todo. Decir Lisboa es decir ya muchas cosas, decir río, decir nieve, decir luz, no es sólo una decisión, no es sólo una palabra: es renuncia, es el infinito. Esa belleza y esa serenidad la encontraba Ángel Campos en las calles de Lisboa, en el fluir del Tajo, o en el acto de la escritura y la lectura.

Ángel fue un obrero del verso, comprendió temprano que la verdadera poesía comienza en la búsqueda personal de un lenguaje propio, de una individualidad, de esa diferencia que es finalmente lo que permite llegar al otro. Ahogó su grito para entregar en cada libro un susurro lleno de dolor, y comprendió que a veces la tristeza, la rabia, la soledad, valen más y cobran sentido y vuelan cuando son contenidas, cuando son acalladas
Cada poema suyo se levanta como una arquitectura en el desierto, en un espacio blanco e ilimitado. Es decir, para que las palabras no caigan, es necesario una construcción sencilla y perfecta. Buscó esa extraña paz que encontraba en la literatura y en el idioma portugués, e intentó traducirlo y entenderlo todo de ese país. Y parece que lo consiguió.
Parece que allí encontró su casa, su paisaje interior, su espacio soñado. La escenificación de su creación. Porque Portugal para él no fue sólo un sitio al que huir, sino un lugar que habitaba desde dentro, que había habitado siempre, y que la poesía y la traducción le permitieron conquistar. Llama la atención también su trabajo sobre artes plásticas, todos los poemas escritos sobre pintura, la variedad de formas utilizadas en sus poemas, desde el poema en prosa a los tankas japoneses. Todo persiguiendo su propia voz, atreviéndose con todo. En este mundo breve, de alguna forma, está todo. Arquitectura, pintura, palabra, danza, y representación. Y sea cual sea la forma que adoptan sus poemas, siempre logra modificar la naturaleza de esa forma y convertirla en algo nuevo. Ese es uno de sus grandes hallazgos. Formalmente Ángel Campos es un poeta fuerte.

Angel Campos fue un poeta a la intemperie, descubierto, íntimamente expuesto al viento y a la lluvia y a la nieve, pero también a esas palabras que siempre que nombró se quedaron ya a su lado, las que nunca abandonó, las más emprendedoras, habría dicho él. Su dolor no viene del deseo de otro lugar, sino simplemente de no aceptar la naturaleza de la vida y la muerte. Y ese no comprender la muerte es una resistencia lúcida. El idioma surge aquí siempre como última esperanza, con sosiego y dulzura; surge con extraña paz, con extraña culpa. Portugal, como decíamos, fue para él la escenificación de un paisaje mental, de un inconsciente. La poesía de Ángel Campos es precisa y elegante en su diálogo con la tradición y en su afirmación de la poesía como forma de vida, como forma de mirar. Porque la mirada es clave para comprender esta obra. Una mirada fuerte que consigue transformar las cosas. Una mirada que lee los signos del paisaje, los accidentes, la pobreza; una mirada en la que todo cabe. Aquí sí esta la experiencia que es siempre experiencia en el lenguaje, en los otros, en la totalidad. Vida y lenguaje llevados hasta sus últimas consecuencias. Hasta la conciencia de la pérdida, de todo aquello que es imposible de recuperar.

Esta poesía renuncia a contar una historia para contarlas todas, renuncia a la comunicación inmediata para trascender lo cotidiano, para entrar en la historia del espacio y el tiempo. Trabajó una por una las palabras e hizo memoria para que nada quedara sin nombrar, para que todo tuviera su sitio y su luz en un país en que demasiados muertos y demasiadas cosas habían quedado sin nombrar
Todos los libros centrales de la obra de Ángel Campos, y también la mayor parte de sus traducciones, fueron publicados por Pre-textos. Su poesía completa la editó Calambur muy poco antes de su muerte, con el título de La vida de otro modo. Siempre cuidó mucho las ediciones de sus libros, especialmente los libros de artista en colaboración con pintores. La edición de Calambur es un libro muy bello, donde los poemas habitan la página. Esta es una poesía plástica que hace del blanco de la página un lugar donde existir. Así que esta poesía completa nos permite ver la coherencia de la obra de Ángel Campos desde el principio hasta el final. Por otro lado, su última traducción del portugués fue el libro de Carlos de Oliveira publicado por Calambur, otro libro imprescindible y editado también con mucho gusto.

En cada uno de los poemas de Ángel Campos parece haber una historia no contada, un paisaje derrotado. Algo se ha empezado, algo hay que continuar, algo hay que preservar. Esta poesía renuncia a contar una historia para contarlas todas, renuncia a la comunicación inmediata para trascender lo cotidiano, para entrar en la historia del espacio y el tiempo. Trabajó una por una las palabras e hizo memoria para que nada quedara sin nombrar, para que todo tuviera su sitio y su luz en un país en que demasiados muertos y demasiadas cosas habían quedado sin nombrar. Y demasiadas historias sin terminar. Nombrar, nombrarse, llamarse, no es un acto cualquiera: es el acto poético por excelencia, porque desde él se da un nuevo significado a las cosas, se crea idioma en cada gesto, en cada acción. Una vida vivida de verdad para dar un nuevo significado a la muerte. Sus palabras son ya imprescindibles.

Dos poemas de Ángel Campos:


Cercano a lo que importa

Acerca tu mirada a este paisaje. Que tus ojos recojan todo el verde profuso que lo habita, la luz azafranada que da vida al silencio, la plenitud posible, exuberante, del volcán, la de la luna llena… Que descubran tus ojos la vigencia vegetal que se despliega e inunda su verdor entre los cardos, a ras de tierra. Y en la hora del sol en lo más alto, un aroma en el aire que perfila la misma pulsación de la mañana. Acerca tu mirada, y que tu boca contemple este paraje, abigarrado y profundo, colmado de chumberas y de cactus y de granadas solas. Que tanta floración no es un engaño ni tampoco un misterio, sino tan sólo un modo de sentirse desmedido, cercano a lo que importa, por fin libre.



A veces sólo un gesto es suficiente
para salvar el día.

Y escribir tal vez es ese gesto
que prolonga el latido de los pulsos
hasta la sed secreta de los párpados.

Escribir tal vez sea extraviarse en el canto
más oscuro, en la memoria extrema
de la noche adentro, donde el hombre
ignora su derrota, las formas del cansancio,
el cuerpo del amor que ya no reconoce.

Escribir tal vez sea comparecer ante los otros
con los ojos más limpios, indefenso,
y vacías las manos, sin dispersar la voz,
respirar con sosiego bajo el agua.

No hay otro modo de mirar las cosas
sin perderlas del todo.


                        Pablo Fidalgo Lareo












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