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Joven poesía venezolana (1980-2008)

Un primer acercamiento a la poesía venezolana publicada desde los años noventa hasta la actualidad plantea la necesidad de un breve balance de las propuestas poéticas más relevantes de la década anterior, con el fin de ver en qué medida pueden trazarse o no continuidades, derivas, rupturas, devenires entre los períodos en cuestión.

Si bien los años ochenta están marcados por la emergencia, en la escena poética venezolana, de los grupos literarios Tráfico y Guaire, que intentaron acercar la poesía a la cotidianidad más inmediata, apelando a la calle, a la ciudad, al habla coloquial como gesto de ruptura respecto al tono solemne, hermético, "nocturno" de la poesía de los setenta, la crítica parece reconocer en sus propuestas más "una reformulación de la tradición inmediata que (...) una ruptura" (1), hecho que conduce a muchos de sus integrantes a insertarse de manera muy personal, es cierto "en la tradición que criticaban" y hasta a oponerse a los postulados concretos de los manifiestos que habían circunscrito (2).

Además de los grupos mencionados es importante reconocer, a lo largo de la década de los 80, la presencia de otras propuestas y tendencias caracterizadas por una postura crítica en relación al lenguaje, que conduce a una escritura más escéptica y menos confiada en las posibilidades del acto poético. Esta idea de la creación poética como proceso-en-proceso, en tanto espacio de proliferación del sentido donde se cuestiona el propio obrar de la palabra como fundadora de verdades absolutas, constituye, desde mi lectura, la herencia más importante de los poetas que aparecen en la escena literaria venezolana desde los noventa hasta la actualidad.

Las diversas "crisis" que marcan el fin de siglo XX la crisis de la identidad, de la ideología, de la religión, de la representación, entre otras causan, en lo que respecta al ámbito literario venezolano y latinoamericano, el surgimiento de estéticas que sospechan de los relatos totalizadores, de la omnipotencia del sentido, de la confianza en la institución literaria, y que abren camino para otros acercamientos a la escritura, más conscientes de la derrota y el fracaso del lenguaje en su intento de representar la experiencia del mundo, del amor, de la cotidianidad, de la poesía. Lo que llama la atención de esta estética es su carácter inconforme en relación a sus mismas limitaciones, lo que se traduce en la disponibilidad de los escritores a la aventura, a la experimentación, al ensayo de y sobre el sentido; en un impulso, quiero decir, en revertir la negatividad del fracaso en potencialidad y positividad críticas.

Sin ningún propósito de exhaustividad voy a aproximarme a algunas de las poéticas de los años noventa y de la década en curso, a sabiendas de que no existe la suficiente distancia temporal para calibrarlas críticamente, sobre todo en el caso de autores que apenas han publicado un libro y cuyos derroteros futuros son difíciles de prever. Lo que pretendo es simplemente apuntar algunos aspectos que han sobresalido en mi lectura de este corpus.

La orfandad y el desencanto

Hay una primera tendencia en la poesía de este período, reconocible en la mayoría de estos poetas: me refiero a la orfandad y el desencanto como formas de habitar el mundo y de enfrentarse al hecho poético. El yo que habla en estos textos ha abandonado toda aspiración épica y se tambalea en la cuerda floja de la cotidianidad tratando de capturar destellos de asombro y perplejidad en medio de las ruinas diarias. El desvío, la errancia, la errata, la perplejidad, la extranjería, la intemperie, constituyen su proceder en el mundo. Su saber es el saber de lo precario, de lo roto, de lo fragmentario. Su idioma: el balbuceo, la mudez, la aproximación inconforme a la palabra que intenta decir desde la conciencia de que no hay certezas ni verdades que revelar sino, más bien, intentos de la palabra poética como ejercicio de interrogación y duda.

Por encima de las diferencias existentes en cada caso, la poesía de este período asume la pérdida y la derrota como dimensiones estructurales del ser y no como efectos del deterioro que el tiempo les imprime a las cosas. La falta, la falla, la grieta, forman parte de la experiencia misma, están en la médula de todo intento de construcción, de modo que se hace necesario saldar cuentas todo el tiempo con su fantasma. "El trayecto de un lugar a otro", decía Hanni Ossott, "no significa una extensión ni el proyecto de un ininterrumpido deshacerse" y la conciencia de este devenir no acumulativo ni sumatorio sino más bien deficitario pareciera instalarse como una certeza en la poesía de las décadas en cuestión.

En estas voces no hay lamentación, ni tampoco resignación; más bien hay una mirada que reta esa precariedad para descubrir la promesa que allí se esconde, el sentido potencial que la palabra poética hace estallar desde los posicionamientos más disímiles: la "ironía seria", el cinismo, el escepticismo, la introspección, la elaboración filosófica, la confesión, el desencanto, la melancolía, la distancia crítica.

La cotidianidad y el afuera

Un segundo aspecto, que se desprende del anterior y que reconozco como motivo común en estas dos generaciones, es la referencia a la cotidianidad y el afuera como espacio de introspección; más exactamente, el reconocimiento de que en el espacio de lo ordinario la casa, el baño, la ducha, la calle, el gato, el parque, el desayuno, la pareja, los hábitos del día a día aparece una dimensión extraordinaria, ese asombro que causan las "ocasiones" poéticas y que conduce a diversas exploraciones: de la propia identidad (individual y/o colectiva), de las raíces (familiares, nacionales), de la pertenencia, de los afectos; del ser, la existencia, el tiempo, la memoria, el amor, el cuerpo, la mujer; del lenguaje y sus formas; o a desplazamientos, reales y/o imaginarios por tiempos y espacios disímiles que conviven, se confunden, se solapan y transfiguran la identidad del sujeto poético mostrando su disponibilidad a la máscara, a la pluralidad de rostros, voces, referencias culturales.

Sin lugar a dudas hay que reconocer el lugar destacado que ocupan en la escena literaria venezolana poetas como Alberto Barrera Tyzska (1960) y Luis Pérez Oramas (1960) pertenecientes al grupo Guaire, Patricia Guzmán (1960), José Antonio Yepes Azparren (1960), Alicia Torres (1961), Sonia González (1964) y Jacqueline Goldberg (1966), quienes, a principios de los noventa, ya tenían una trayectoria sólida y habían esbozado sus primeras propuestas poéticas, a las que se afiliarán poetas posteriores.

Como observé más arriba, una vertiente importante de la poesía de estos años es la que explora la cotidianidad para reescribirla y releerla a partir de los hallazgos que el poeta encuentra en el desgaste que la "labor" diaria imprime a las cosas. Se trata de una aproximación nostálgica y melancólica de los espacios que habitamos a diario, un registro de esa "épica mínima" en palabras de Márgara Russotto que pasa desapercibida porque se vuelve rutinaria, y de la que Arturo Gutiérrez Plaza (1962), autor de Al margen de las hojas (1991), Principios de contabilidad (2000) y Pasado en limpio (2006), es sin duda una de las voces más contundentes. A esta misma tendencia se afilia también Alfredo Herrera Salas (1962), autor de Cinco árboles (1997), Parque (1999) y La tarde alcanzada (2002), libros donde la cotidianidad se vuelve absurda, se transfigura en imágenes surreales y oníricas; donde una nevera, una bicicleta, un perro, abren paso a la reflexión sobre cómo "tocar lo que se piensa" desde la inmediatez de la experiencia. Luis Enrique Belmonte (1971) es otra referencia fundamental del panorama poético actual: en sus libros Cuando me da por caracol (1996), Cuerpo bajo lámpara (1998) y Paso en falso (2004) representa el "desastre" de lo cotidiano, esa "geografía que se desploma" y que da lugar a un paisaje residual, poblado de objetos inservibles de los que su palabra se adueña para asignarle otros usos y sentidos: "No aspirar más que al pellejo" es lo que el poeta desea alcanzar.

Un lugar destacado en esta misma vertiente lo ocupa Luis Moreno Villamediana (1966), autor de Cantares indigestos (1995) y Manual para los días críticos (1997), para quien el espacio de lo cotidiano, en sus dimensiones más domésticas y menos atractivas, es el lugar propicio para la revelación de las máscaras, los desdoblamientos, las muecas, las contradicciones y las contorsiones del yo que el poeta observa con ojo divertido y afilado. También Alexis Romero (1966), en sus numerosos libros, usa el recurso de lo cotidiano para una reflexión ontológica y filosófica del ser, de sus fantasmas, de sus afectos, a partir de la observación de la naturaleza los pájaros, los árboles, las relaciones afectivas el amor, la paternidad, la familia, el acto de la creación poética.

Gabriela Kizer (1964), autora de Amagos (2000) y Guayabo (2002), construye una suerte de contraépica de la cotidianidad: el recurso del poema largo sirve para abordar el desconcierto que causa la pérdida de las cosas más pequeñas, ese "paisaje en ruinas que se guarda dentro del pecho": "Quién dijo que la palabra fin era comprensible?", dice el yo poético que va perdiendo la voz porque sabe que nada está a salvo de ese "deshacerse" del que habla Ossott y que, como Belmonte, asume la necesidad de conformarse con el "apenas" que nos constituye sin cancelar el reto de seguir intentando el trabajo con la palabra: Pero ahora estoy de pie / Precariamente de pie como lo estamos todos / para decir siempre las míseras palabras / que no alcanzan.

La poética del fracaso y la derrota, que tiene en Rafael Cadenas, Miyó Vestrini, Hanni Ossott, Armando Rojas Guardia y Yolanda Pantin (por mencionar algunos nombres), sus antecesores más importantes, es motivo de interés y experimentación para los poetas de la generación más reciente. La figura de Martha Kornblith (1959-1995), autora de Oraciones para un dios ausente (1995), Sesión de endodoncia (1997) y El perdedor se lo lleva todo (1997), es importante en este sentido porque muestra cómo la pérdida y la falta, más que condiciones deficitarias, son estados de lucidez y honestidad verbal que sirven para nombrar el objeto perdido y restituir su ausencia a través de la palabra.

En la estela de esta escritura de la dureza y del malestar se inscribe también Teresa Casique (1960), cuyo poemario Casa de polvo (2000) construye un escenario apocalíptico y espectral donde el sentimiento de lo irreparable domina al yo poético consciente de que no hay regreso después de las batallas del amor. Historia de un derrumbe, confesión de un desastre que no deja espacio para la compasión y el lamento sino para la compostura y la dignidad. Sonia González también participa de esta poética de la fragilidad y de la mutilación que hace de la ausencia y la pérdida su lugar de enunciación; como también la extensa obra de Jacqueline Goldberg que, a través de registros y temáticas diversas la familia, la mujer, la madre, la enfermedad, la pérdida, la muerte, la memoria, el origen, la poesía revela ese punto de quiebra, el del "último instante, el de la siempre caída" del cuerpo de la experiencia que es también cuerpo del lenguaje que se explora y se explota en sus alteraciones y expansiones.

Una deriva de esta vertiente poética de la derrota y el fracaso es la que proponen Alberto Barrera Tyzska y Vicente Lecuna (1966), que muestran una perspectiva más desenfadada y cínica, más irónica y crítica de los grandes ideales de la vida el amor, la ideología, el país, la familia, cuya precariedad se registra con ojos acuciosos, así como el joven poeta Roberto Martínez Bachrich (1977), que muestra el "desastre", la "herida", el matadero que estructuran la experiencia de la cotidianidad.

La nostalgia

Cabe destacar una tendencia en la poesía de las últimas dos décadas, que podríamos denominar nostálgica, en su más hondo y noble sentido: aquí la casa de la infancia, los vínculos de sangre, los legados familiares, las figuras tutelares abuelos, padre, madre, el regreso a las raíces, son motivo de evocación constante para muchos autores. Por un lado, existe una tradición en nuestra poesía sobre el tema de la casa y de la familia: Vicente Gerbasi, Pepe Barroeta, Enriqueta Arvelo Larriva, Luis Alberto Crespo, Antonia Palacios, Hanni Ossott, Eugenio Montejo y Yolanda Pantin son algunas de las voces más emblemáticas de esta vertiente poética. A esto se suma el hecho de que vivimos en una época en la que los vínculos afectivos están marcados por la brevedad y el olvido, en que las relaciones se construyen a partir de "otros modos de estar juntos" que no pasan necesariamente por el hecho de compartir físicamente las experiencias o por pertenecer a un mismo lugar o cultura, lo que impulsa hacia una relectura del origen y de las herencias familiares sin la pretensión de restituir ese pasado sino, más bien, de asumirlo como espacio inconcluso y problemático, abierto a la reescritura. Carmen Verde Arocha (1966), desde Magdalena en Ginebra (1994) hasta el último poemario Mieles (2003), construye un recorrido por el pasado a través de la evocación de los ancestros, espectros y "ánimas" que pueblan el recuerdo de la infancia. Su poesía apuesta por la memoria, por el legado transmitido por los mayores y por el modo como el sujeto poético se apropia de esa palabra para testimoniar por ella. Carmen Leonor Ferro (1962) y Erika Reginato (1977), en sus respectivos libros, reconocen la deuda con la lengua y la cultura italiana, también motivos centrales en las obras de Vicente Gerbasi y de Márgara Russotto. En Ferro el viaje a Italia es la reescritura y actualización de una herencia que se vuelve experiencia a través de sensaciones y olores que restituyen, siquiera por un instante, la casa que nunca se ha tenido; en Reginato, el regreso a la casa del origen es el escenario de un desprendimiento irreparable, de un luto que no se cierra y que se prolonga en la palabra poética que se duele por el vacío que deja la figura paterna.

La experiencia del espacio

La representación de la experiencia del espacio constituye un ámbito de interés para varios poetas: Gregory Zambrano (1962), Néstor Rojas (1961), Christian Díaz-Yepes (1980), Odette da Silva (1978), Jorge Vessel (1979). En ellos el sujeto poético tiende a la movilidad, al desplazamiento, a la errancia, al viaje. No me refiero, sin embargo, al viaje como movimiento de un lugar a otro sino, más bien, a la tensión entre lugares, tiempos, ámbitos culturales diversos; a una suerte de simultaneidad de planos reales, imaginarios, virtuales que el yo ocupa y de los que entra y sale sin el asombro del viajero que se enfrenta por primera vez con lo desconocido o exótico.

No puedo dejar de leer, en esta agilidad de los nuevos poetas en recorrer espacios y tiempos diversos, el impacto de los medios de comunicación y de la tecnología, que han redefinido modos de vivir, de sentir, de habitar, al proporcionar un acercamiento virtual a culturas, lenguas y memorias que han convertido en familiar lo que antes era lejano y ajeno; de manera que han desarraigado al sujeto de su identidad y su pertenencia volviendo más conflictivo el regreso a casa.

Cabe destacar, además, la presencia, en varios poemarios del período, de imaginarios culturales ajenos y/o exóticos (el medieval, el mitológico, el bíblico), así como la presencia de la intertextualidad, la cita literaria o musical, la referencia histórica o a la cultura cibernética, que se ofrecen como una forma de reflexionar críticamente sobre la identidad, el amor, el oficio poético, la condición femenina, la cultura mediática. Así ocurre en la obra de Belén Ojeda (1961), Lourdes Sifontes (1961), Moraima Guanipa (1962), José Jesús Villa Pelayo (1962), Daniel Molina (1967), Kevork Topalian (1969), Florencio Quintero (1980).

Además, se observa la presencia del espacio de la diversión infantil el circo, el parque de diversiones, la "diosa" Barbie como motivo recurrente en las obras de algunos poetas como, por ejemplo, Edmundo Ramos Fonseca (1971) y Iola Mares (1970), que convierten este lugar en observatorios del lado más trágico y grotesco de la vida, espacio de excepción que revela la mueca y la perversión que se esconden detrás del juego.

La experiencia de la ciudad también forma parte de esta tendencia de los poetas recientes a construir espacios y geografías próximas y lejanas. A diferencia de "la calle" de los años ochenta, lugar del contacto y roce de los cuerpos y de las historias comunes, la ciudad de ahora se desintegra, se vuelve espectral, niega sus calles, se vuelve campo de batalla y trinchera, mata a sus habitantes y, a los que sobreviven, los obliga a replegarse en los recintos domésticos, para desde allí habitarla mediáticamente, o los condena al miedo y a la desesperación. En este sentido el poemario Sin freno concebido (2007), de José Tomás Angola Heredia (1967), construye un escenario urbano apocalíptico, como también el libro País de los muertos (2007) de Leonardo González Alcalá (1989) es una muestra de esta ciudad amenazada por el miedo y el hampa. Junto a esta ciudad-cadáver también se observa la presencia de la ciudad global, espacio de la simultaneidad mediática, de la velocidad, de la mezcla, de la diversidad, de la bohemia, de los bares del despecho.

La mujer

La crítica le ha atribuido un lugar central a la poesía escrita por mujeres y ha reconocido en ella uno de los aportes más significativos en lo que se refiere a la producción poética de los ochenta y noventa. La doncella, la madre, la esposa, la hermana, la abuela, la concubina, la amante, la escritora, son motivo central de los libros de Alicia Torres (1960), María Antoniet Flores (1960), Celsa Acosta (1963), Jacqueline Goldberg, Mariela Casal (1967), Karelyn Buenaño (1980). En este sentido la obra de Patricia Guzmán (1960) constituye una referencia ineludible en este ámbito por la solemnidad y compostura con que el amor, como potencia erótica, se vuelve aquí ritual y ceremonia sagrada para asumir la imposibilidad del deseo y de la palabra que lo nombra.

El lenguaje

Para concluir este rápido esbozo de la poesía venezolana de los años más recientes cabe mencionar un rasgo común de los poetas del período con la poesía de las décadas inmediatamente anteriores. Me refiero a la reflexión sobre el lenguaje: órgano de experimentación y motivo de interrogación y duda para el poeta, quien se distancia de la palabra para hacerse consciente de sus límites, sus posibilidades, sus proliferantes idiomas. Los jóvenes poetas, de las maneras más diversas y heterogéneas, muestran una actitud crítica ante la palabra poética que se asume como reto que no acaba, como aproximación insatisfecha que intenta y tantea más que decir y revelar. Willy McKey (1980), por ejemplo, en su libro Vocado de orfandad (2008), elabora una poética sobre la construcción del sentido, sobre cómo la voz, el balbuceo, la mudez, son idiomas de una lengua insatisfecha y huérfana. En este mismo ámbito quiero destacar el nombre de Eleonora Requena (1967), quien, en Sed (1998) y Mandados (2001), propone una poesía que "muerde" y, a través de aliteraciones fónicas, rimas internas, enumeraciones caóticas, imágenes encadenadas, pausas y juego con las construcciones, hace lo que dice: mastica, suda, llora como un cuerpo insaciable e insatisfecho. Por otra parte, Edmundo Bracho, autor de Hospitalario (1998) y Orilla revuelta (2003), llama la atención por su extravagancia, su extrañeza por ocupar una posición errática/al margen respecto de las otras propuestas aquí mencionadas, por retar al lector con la complejidad de sus construcciones e imágenes. Poesía polifónica donde resuena el eco de múltiples voces, personajes, mitologías, experiencias límite, delirios, angustias, referencias literarias que construyen una "orilla revuelta", desde la cual lo absurdo muestra su paradójica lucidez.

Las poéticas aquí mencionadas quieren ser sólo una muestra del estado actual de la poesía venezolana y de sus voces más jóvenes que, a través de diferentes estilos y tendencias, ponen en escena cómo la poesía sigue siendo un espacio para la reflexión sobre el sujeto, la identidad y la misma creación literaria.

Gina Saraceni

 


 

 

(1) Lasarte, Javier (1999). "Trayecto de la poesía venezolana de los ochenta: de la noche a la calle y vuelta a la noche". En Karl Kohut (ed.). Literatura venezolana hoy. Historia nacional y presente urbano. Frankfurt am Main/Madrid, Verdient, p. 280.

(2) Cfr. Isava, Luis Miguel (2000). "La desbordante pulsión de la palabra poética". Revista Iberoamericana. América Latina, España, Portugal. Ensayos sobre letras, historia, sociedad. Reseñas Iberoamericanas, (Frankfurt), 24. Jahrgang 2000, Nor. 2/3 (78/79), pp. 206-223.










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