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Carta a un joven poeta

Mi querido poeta;

Por un lado está bien que me hayas pedido respuesta urgente, si no yo jamás escribiría sobre el asunto, pues no poseo el don discursivo y expositivo. De ahí deriva la dificultad que siempre tuve de escribir en prosa. La prosa no tiene márgenes, nunca se sabe cuándo, cómo ni dónde parar.

El poema, no; describe una parábola trazada por su propio impulso (ritmo); y es que no es ni un grito. Todo poema es, para mí, una interjección ampliada; algo de instintivo, cargado de emoción. Con eso no quiero decir que el poema sea una descarga emocional, como pensaban los románticos. Debe, sí, traer una carga emocional, una especie de radioactividad, cuya duración sólo el tiempo la dirá. Por eso hay versos de Camoens que nos estremecen tanto hasta hoy y hay versos de hoy que los futuros leerán con esa cara con que leemos los de Filinto Elísio. Por lo demás, la posteridad es muy prolija: me da sueño. Escribir con un ojo en la posteridad es tan absurdo como escribir para los súbditos de Ramsés II o para el propio Ramsés, si fueses cortesano. En cuanto a escribir para tus contemporáneos, está muy bien, pero ¿cómo saber quiénes son tus contemporáneos? La única contemporaneidad que existe es la de la contingencia política y social, porque en ella estamos zambullidos, pero eso compete más bien a los discursivos y a los expositivos, a los oradores y a los catedráticos. ¿Qué queda entonces para la poesía?, preguntarás. Y yo te responderé: quedas tú. ¿Que te parece poco? No me refiero a tu persona, me refiero a tu yo, que trasciende tus límites personales, zambulléndose en lo humano. El profeta dice a todos: “os traigo la Verdad”, mientras que el poeta, más humildemente, se limita a decir a cada uno: “te traigo mi verdad”. Y el poeta, cuanto más individual, más universal; pues cada hombre, cualquiera que sea el condicionamiento del medio y de la época, sólo viene a comprender y amar lo que es esencialmente humano. Sin embargo, qué difícil resulta, como sé bien, ser así de auténtico. A menudo me asalta el temor de que todos mis poemas sean apócrifos.

Querido poeta, si estas líneas te están aburriendo es precisamente porque eres poeta. Modestia aparte, las digresiones sobre poesía siempre me causaron tedio y perplejidad. La culpa es tuya, que me pediste consejo y me colocas en la misma situación insostenible en que me veo cuando esas niñas de los colegios vienen (por inocencia o por maldad de los profesores) a hacer investigaciones con preguntas así: “¿Qué es poesía?”, “¿Por qué se hizo usted poeta?”, “¿Cómo escribe sus poemas?” La poesía es una de esas cosas que la gente hace pero no dice.

La poesía es un hecho consumado, no se discute; mientras tanto, me preguntas qué orientación de trabajo seguir y qué poetas debes leer. Me encantaría ser un gran poeta para decirte cómo lo hacen. Sólo te puedo decir cómo lo hago yo. No sé cómo viene un poema. A veces una palabra, una frase oída, una repentina imagen me sobreviene en cualquier parte, en las ocasiones más insólitas. A esta imagen responden otras. A veces una rima ayuda, con lo inesperado de su asociación. (En vez de asociaciones de ideas, asociaciones de imágenes; creo que ésta ha sido la verdadera conquista de la poesía moderna.) No les opongo trancas ni barreras. Todo va para el papel. Guardo el papel, hasta que un día lo releo, ya olvidado de todo (la falta de memoria es una bendición en estos casos). Viene luego el trabajo de corte, pues noto entonces lo que estaba de más o lo que era falso. Cosas que parecían tan bonitas, pero que eran puro afeite, cosas que eran puro desenvolvimiento lógico (un poema no es un teorema) todo eso lo dejo fuera hasta que queda lo esencial, esto es, el poema. Un poema es tanto más hermoso cuanto más parecido sea a un caballo. Por no tener nada de más ni de menos es por lo que un caballo es el ser más hermoso de la Creación.

Como ves, para eso es preciso una lucha constante. La mía está durando la vida entera. Lo deshecho es siempre incierto. Me siento capaz de hacer un poema tan bueno o tan nefasto como a los 17 años. Hay en la Biblia un pasaje que no sé qué sentido le darán los teólogos: cuando Jacob se pone a pelear con un ángel y le dice: “No te dejaré ir hasta me bendigas”. Pues bien, ¿habrá algo mejor para indicar la lucha de un poeta con el poema? No me preguntes la técnica de esa lucha sagrada o sacrílega. Cada poeta tiene que descubrir, luchando, sus propios recursos. Sólo te digo que debes desconfiar de los trucos de moda, que, como máximo, pueden engañar al público y darte una efímera popularidad.

En todo caso, bien sabes que existe la métrica. Yo tuve la ventaja de nacer en una época en que sólo podíamos escribir poesía dentro de los moldes clásicos. Era preciso ajustar las palabras a aquellos moldes, cumplir con aquellas rimas. Una hermosa gimnasia, mi querido poeta, que muchos de hoy reputan, ingenuamente, innecesaria. Pero, de la misma manera que la gente primero aprendía en los cuadernos de caligrafía para después, con el tiempo, adquirir una letra propia, espejo grafológico de su individualidad, yo en verdad te digo que sólo tiene capacidad y autoridad moral para crear un ritmo libre quien haya sido capaz de escribir un soneto clásico. Verás con el tiempo que cada poema, además, impone su forma. Unas, las canciones, ya vienen bailando, con las rimas como manos juntas; otros, los dionisíacos (o histriónicos, como quieras) hasta parecen bufones. Y un consejo final: no recortes en exceso (un poema no es un esquema); yo mismo que tanto te recomendé la contención a veces me distiendo, me alargo en un poema que allá va, bajando con sus residuos, como un río en una crecida, y que me hace bien, porque el estiramiento también es una gimnasia. Disculpa si todo esto es una obviedad; pero para muchos, que tú conoces, aún no lo es. Muéstrales, pues, estas líneas.

Ahora, ¿qué poetas debes leer? Simplemente los poetas que te gusten y ellos así te ayudarán a comprenderte, en vez de tú a ellos. Son los únicos que te convienen, pues a cada uno sólo le gusta quien se le parece. Ya escribí y repito: lo que se llama influencia poética es sólo confluencia. Leí poemas de poetas de renombre universal y, más grave todavía, de renombre nacional, y a pesar de todo me dejaron indiferente. ¿De quién es la culpa? De ninguno. Es que no eran de mi familia.

En fin, mi querido poeta, trabaje, trabaje en sus versos y en usted mismo y preséntese aquí dentro de veinte años. ¿De acuerdo?

Mario Quintana

 

Publicada en Cuaderno H, 9ª. ed., Sâo Paulo, Editora Globo, 2003, pp. 136-9
Traducción de Enrique García-Máiquez para Poesía Digital










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