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Potica de Unai Elorriaga

Insectos y paraguas

Antes que la interlocutora de la rima XXI de Bécquer preguntara qué es poesía, los teóricos de los géneros literarios se aplicaban en clasificar textos en prosa y en verso, estableciendo límites y diferencias. Sin embargo, cuando milenios de escritura revelan que pocos argumentos faltan por descubrir a estas alturas, y arrojan que el valor real de un texto lo hallamos en la manera de decir, ¿es posible reinventar los géneros o, al menos, diluir las barreras entre los ya establecidos?

Es la intención de algunos escritores actuales. A este respecto debemos citar, tanto por su repercusión social como por —sobre todo— su valor literario, la exitosa Nocilla dream (Candaya, 2006), de Agustín Fernández Mallo, una obra a la que nos acercamos como libro de cuentos, microrrelatos o incluso novela —la etiqueta más recurrida—, pero que su autor asegura haber concebido como poemario, y en la que el peso de lo simbólico —la metáfora de los zapatos desparejados, colgando como frutos del árbol, se ha llegado a utilizar como anuncio en prensa— resulta capital. En el mismo año se publica Los hombres intermitentes (Hiperión, 2006), una obra de Francisco Javier Irazoki que, desde sus meros datos técnicos —aparece en la colección de prosa de una editorial de poesía—, resulta difícil de clasificar: ¿poemas en prosa, o libro de memorias con un alto contenido poético? Algo anterior, y pionera en sí, es la obra más reciente de Manuel Vilas, especialmente Zeta (DVD, 2002) y Magia (DVD, 2004), presentados como libro de relatos y novela respectivamente, pero con un alto componente poético; y también los diarios de Chantal Maillard, situados —al igual que el libro de Irazoki— en el punto justo en que se abre el delta del río antes transitado por el poema en prosa, la filosofía y la autobiografía.

En el campo de la experimentación, del riesgo formal, destaca la aportación de escritores cuya obra se desarrolla en los idiomas considerados periféricos: bable, gallego, catalán y euskera. En el primero, el autor más célebre es Xuan Bello, cuya saga en torno a la aldea de Paniceiros —novela que contiene versos, relatos, leyendas y falsa historiografía— se tradujo al castellano en la editorial Debate (Historia universal de Paniceiros, 2002; Los cuarteles de la memoria, 2003). Por su parte, la gallega Yolanda Castaño publicó Libro da egoísta (Galaxia, 2003; traducción al castellano de la autora en Libro de la egoísta, Visor, 2007), una obra construida a la manera de una colcha de patchwork, con retales de textura distinta —poemas en prosa, poemas en verso más canónico y en versículo, pequeña escena teatral, diario y carta—, y presentada finalmente con un marbete: poemario. Dentro del panorama gallego, que destaca por su inteligente —y verdadero, real— concepto de vanguardia, es también necesario mencionar a Chus Pato, cuya obra se desarrolla desde el principio —cuando, en Urania (Calpurnia, 1991), firmaba como María Jesús Pato—, subvirtiendo los géneros de todos adjetivos. Otro ejemplo, esta vez en la literatura en catalán, lo encontramos en El benestar (Premio Juegos Florales de Barcelona; Proa, 2003), de Sebastià Alzamora, que se alza como un galardón poético, pero se descubre como novela coral y fragmentaria, obra teatral o guión de cine…

De entre todos estos casos, el más particular es el de Unai Elorriaga (Algorta, Getxo, 1973): de temprano reconocimiento académico —su ópera prima, SPrako Tranbia, obtiene en 2003 el Premio Nacional de Narrativa—, inmediatas traducciones y amplia difusión de las mismas —su editorial en castellano es Alfaguara, el sello de narrativa más potente del grupo Prisa; en gallego, Galaxia, del grupo Anaya—, Elorriaga es un escritor raro. Lo que nos importa es el resto, la literatura, y en este aspecto prosiguen las particularidades, comenzando por los ecos que oímos en sus textos. La influencia principal es, desde luego, Julio Cortázar, desde el que saltamos a aquellos autores hispanoamericanos que comparten con Elorriaga el gusto por un lenguaje flexible y juguetón, al servicio de la imaginación y la alegría: pienso en Huidobro, pienso en Gonzalo Rojas, y puntos suspensivos infinitos. Fíjense: cito a poetas. No es una casualidad.

Que Elorriaga repita estructura en sus tres libros (Un tranvía en SP, 2003; El pelo de Vant Hoff, 2004; Vredaman, 2006) permite analizarlos como un todo. El inicio se establece siempre cuando la acción ya ha comenzado, facilitando al lector algunas pistas —que se mencionan de pasada, que se dejan caer— para situarlo en el contexto. Los personajes, a excepción del principal, salen y entran de la acción, no influyendo directamente en lo que ocurre —lo importante, el verdadero argumento, subyace y se oculta bajo mil historietas secundarias: nos lo topamos por decantación—, pero sí tejiendo sus propias tramas. Y se erigen en caracteres disparatados, de aficiones fuera de lo común y pasados grandilocuentes.

Pero, más allá del artefacto narrativo, más allá del qué, se sitúa el cómo: unos modos que salvan a Elorriaga del exceso y, en algunos casos, del abuso del absurdo. Comparaciones sorprendentes y personificaciones delirantes nos entregan una prosa cuidada, de orfebre, que permite imaginar a Elorriaga paseando entre calificaciones y colores, escogiendo con cuidado qué teclear: sus libros son libros para leer varias veces, para entender en lecturas sucesivas y para disfrutar con calma. Por tanto, si aceptamos que detectar el uso de la estructura clásica de la narración —compuesta por planteamiento, nudo y desenlace, y presente en sus tres obras, aunque alterada y caótica por la gracia del creador— justifica la inclusión de Elorriaga en la categoría de narradores, ¿cómo clasificar entonces su estilo? ¿Es una prosa lírica o, eliminando no sólo las oraciones puramente narrativas —las que se limitan a describir acciones concretas, físicas—, sino también las alusiones a hechos pasados, al bagaje de los personajes y de la propia historia, nos encontramos ante un texto que, exento, podríamos concebir como un poema en prosa? Abandonemos la abstracción, y tomemos un fragmento al azar de Un tranvía en SP:

Marcos abrió el paraguas y pensó que todos los paraguas son insectos. Insectos negros, naranjas, verde-rosas. Y siguió pensando, y pensó que el paraguas tenía serios problemas para taparles a los dos, a Roma y a él, que necesitarían, por lo menos, otros dos paraguas más, uno para la derecha y otro para la izquierda, sobre todo cuando el viento; que necesitarían otros dos insectos más por lo menos. Que siempre llegaban al coche con la manga izquierda mojada o con la manga derecha mojada. Y que para no mojarse se apretaban el uno contra el otro, allí, debajo de un insecto, y que para entonces cuando más cerca sentía las partes del cuerpo de Roma, aunque fuera invierno, aunque tuviera trescientas siete ropas puestas.

Y pensó todavía más mientras abría el paraguas. Pensó que la única intención de un paraguas abierto es oscurecer todo lo que queda debajo de él, y desorientar a su dueño; por mucho que sea un paraguas de colores o, incluso, un paraguas de talante amable. Su única intención es oscurecer y desorientar. Eso fue lo que pensó Marcos. Eso y cinco cosas más por lo menos. Mientras abría el paraguas.

¿Qué nos presenta, entonces, Unai Elorriaga? Tras el paladeo, juzguen, lectores y lectoras: ¿aceptamos este fragmento como poema en prosa, o lo nombramos estrofas porque responde a las normas de la prosa poética? ¿Consideramos válido el uso de ambas expresiones como sinónimas? ¿Colocamos puertas al campo? ¿Levantamos barreras y abrimos nuestra mente?

Elena Medel










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