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Poesa gallega joven

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Comenzar una panorámica sobre poesía parafraseando a Alberti no es mala señal. Preguntémonos, entonces: ¿qué cantan los poetas gallegos de ahora? Precisemos: ¿qué cantaban los poetas gallegos de los 90? Mejor dicho: ¿cómo cantaban? Este artículo no aspira a la profundización, sino que invita al lector a aproximarse a una valiosa poesía en otra lengua, tan cercana sin embargo. Nuestros límites se extienden a la poesía escrita en gallego, difundida durante los años 90, por autores nacidos —salvo justificadas excepciones— entre 1960 y 1980: veinte años con los que marcar un punto de inflexión, aportando matices a una lírica atractivísima y en constante movimiento.

[Este paréntesis cronológico me obliga a excluir a autoras cuya valiosa obra me impide ignorar: Ana Cibeira (Caracas, 1977, pero criada en Santiago de Compostela), coetánea de la xeración dos 90 pero inédita en libro; Elvira Riveiro (Cerponzóns, Pontevedra, 1971), un caso similar, pues publica su primer libro, Andar ou leu (Tambo), en 2005; y Lucía Aldao (A Coruña, 1982), cuyos modos e intenciones coinciden con el grupo, pero es unos años más joven, y carece de libro individual.]

Galicia, año 1975: la democracia estalla. Grupos poéticos como Rompente —activos desde mediados de los setenta y editores del mítico Con pólvora e magnolias, de Xosé Luis Méndez Ferrín—, Cravo Fondo o Alén recuperan el espíritu de las vanguardias, aprovechan la recién estrenada libertad para dinamitar los estereotipos y reinventar los discursos. Frente a ellos, en los años ochenta, el grupo en torno al lema De amor e desamor aboga por una lírica preocupada por el lenguaje, culta. ¿Nombres? Pertenecientes o no a De amor e desamor, Miguel Anxo Fernán-Vello —fundamental no sólo por su obra, sino también por su labor como editor, desde la imprescindible Espiral Maior—, Pilar Pallarés, Manuel Rivas, Vicente Araguas, Ramiro Fonte, Xosé María Álvarez Cáccamo, Claudio Rodríguez Fer o los ya fallecidos Lois Pereiro, Luísa Villalta y Xela Arias. También debemos mencionar a Luisa Castro, que sólo publica un libro en gallego (Baleas e baleas, Esquío, 1987), que ejerce una influencia poderosa en las poetas de los 90.

A mediados de los ochenta surge, en el ámbito universitario coruñés, un grupo heredero del espíritu de Rompente, empeñados en desacralizar mientras escribían, y acercarse a los lectores en su difusión: Ronseltz. Revistas, manifiestos, más de cincuenta recitales —más happening que poesía, apuntó con los lustros Manolo Cortés, uno de sus componentes— y un libro, Unicornio de cenorias que cabalgas os sábados (Positivas, 1994). Ronseltz prepara el escenario y enciende una mecha: poesía escrita y difundida diferente, la clave de los poetas de la xeración dos 90, que se impregnan de otras influencias —poesía en otras lenguas, música, cine, teatro, arte— y deciden acercarse a los lectores trascendiendo los esquemas clásicos de libro y recital.

Así, dos aspectos caracterizan la poesía gallega de los 90: el predominio de las mujeres en todos los recuentos, y la búsqueda de formatos alternativos para la difusión de la literatura. La amplia presencia de mujeres —que, curiosamente, no copan las antologías y los premios: la realidad más oficial refleja un equilibro injusto— llama la atención a los acostumbrados a un sistema literario machista, como el castellano: sin embargo, el máximo referente de la literatura gallega —y, de nuevo, recuerdo que con literatura gallega me refiero a literatura escrita en gallego, no así a la escrita en castellano en Galicia— es una mujer, Rosalía de Castro, y que a ella han seguido nombres ilustres como los de Luz Pozo Garza, Xohana Torres o María Xosé Queizán, que comienzan a escribir y publicar durante la dictadura y hoy continúan en activo, aunque debemos reconocer el vacío en las primeras décadas del siglo XX. Regresando a lo que nos ocupa, la xeración dos 90 es, sobre todo, la generación de poetas como Olga Novo, Ana Romaní, Estíbaliz Espinosa, Yolanda Castaño, Helena de Carlos, Marta Dacosta, Emma Couceiro, María do Cebreiro, Emma Pedreira, Lupe Gómez o María Lado, todas comprendidas en la franja de edad antes explicitada, o de autores como Chus Pato o Marilar Aleixandre, nacidas años antes pero cuyos primeros libros —o, al menos, primeros libros con una difusión amplia— se publican en los primeros años de la década de los 90, el hecho —junto a las líneas estilísticas y temáticas, que en estos dos casos coinciden con el resto de miembros de la xeración— que de verdad establece la barrera cronológica de un grupo. No están solas: añadamos los nombres de Xabier Cordal —miembro de Ronseltz—, Estevo Creus, Eduardo Estévez, Antón Lopo, Carlos Negro, Celso Fernández Sanmartín, Rafa Villar, Miro Villar, Modesto Fraga, Kiko Neves o Fran Alonso, cuyo Tortillas para os obreiros (Espiral Maior, 1996) es uno de los libros fundamentales de este periodo.

Y, como decía, otro de los aspectos más interesantes de esta generación es la forma en que difunden sus poemas. En 1992 se funda Espiral Maior, una editorial como la tradición manda; poco después Xerais abre su colección Ablativo Absoluto —hoy fenecida, y sustituida por otra colección, la genérica Poesía—, y Edicións do Castro, dependiente de la empresa cultural Sargadelos, centrada en poetas mayores y premios. No obstante, y pese a que estos sellos abren sus puertas a los nuevos autores, ya sea mediante premios —que, como veremos ahora, se muestran receptivos al cambio generacional— o sin ellos —O estadio do espello, debut de María do Cebreiro, aparece sin galardón en Ablativo Absoluto, allá por 1998—, los nuevos poetas otorgan una importancia suprema al recital —en pubs, bares y tabernas, donde “un verso vale más que esculpido en bronce”—, la plaquette —y el fanzine, y los boletines, y las hojas volanderas, con joyas como la Valdeleite que dirigieron Yolanda Castaño y Olga Novo— o la autoedición, que es sinónimo no de necesidad, sino de libertad. Gracias a ella se da a conocer, por ejemplo, una autora clave como Lupe Gómez. Libertad —para crear, para difundir— es la palabra clave, que guía a colecciones independientes e impulsadas por los propios escritores, como Positivas, Edicións do Dragón —con vocación artística en su diseño y edición: los poemas, manuscritos, se fotocopiaban en papel reciclado, e incluían en una carpeta— o Letras de Cal, un milagro de espíritu cooperativo que alcanzó los doce títulos entre poemarios individuales y antologías. En un ambiente, el literario, propenso al individualismo, no es habitual esta tendencia a lo colectivo: iniciativas grupales como las ya mencionadas, o el Batallón Literario da Costa da Morte, subrayan la peculiaridad de este periodo de la poesía gallega, hoy cerrado.

La consagración de la xeración llega, al mismo tiempo, de mano de lectores, críticos y premios. En cuanto a los galardones más oficiales y con mayor solera, Yolanda Castaño consigue en 1998 el Premio de la Crítica por Vivimos no ciclo das Erofanías, que a su vez había conseguido el Johan Carballeira, que después ganarán Emma Pedreira y Lupe Gómez. Estíbaliz Espinosa consigue en 1999 el Premio Esquío con Pan—, y Nós, as inadaptadas, de María do Cebreiro, logra un accésit del mismo en 2002. Su siguiente poemario, Non queres que o poema te coñeza, gana en 2003 el Caixanova/Pen Clube, el mejor dotado del panorama gallego. A estos premios codiciados sumaríamos una larga lista de galardones más modestos, pero también con publicación en buenas editoriales: Eusebio Lorenzo Baleirón (Emma Couceiro, Estevo Creus, Emma Pedreira), Fermín Bouza Brey (Rafa Villar, Yolanda Castaño, Emma Pedreira), Fiz Vergara Vilariño (Estevo Creus, Emma Pedreira), etcétera. Curiosidad: el premio Espiral Maior nació para apoyar a autores inéditos, ampliándose en 2003 a poetas con obra publicada y, recientemente, merced al apoyo de Ámbito Cultural, ha ampliado su dotación económica y convocatoria, aceptando también a poetas en portugués.

Con respecto a las antologías, la profesora Helena González publicó en 2001 A tribo das baleas. Poetas de arestora, un trabajo trilingüe —originales en gallego, y traducciones al castellano e inglés— con fuertes apuestas y ausencias sorprendentes. Más reciente, aunque también más irregular e incompleta, es Das sonorosas cordas. 15 poetas desde Galicia (Eneida, 2005), seleccionada por Olivia Rodríguez González; una antología bilingüe en planteamiento, pero que recoge la obra de autores que, nacidos entre 1971 y 1988 —muchos de ellos son, aún, inéditos—, y que escriben en gallego, castellano y portugués. A diferencia de A tribo das baleas, no dispone de estudio crítico inicial. De todas ellas, la antología que yo prefiero es dEfecto 2000 (Letras de Cal, 1999), que puede descargarse en culturagalega.org, y fue realizada por los propios poetas: es, en este sentido, amplia y, hasta cierto punto, objetiva; muy útil, desde luego. También en Internet puede visitarse luagris.net, portal dirigido por Eduardo Estévez, y la muestra de poetas jóvenes gallegos —nacidos entre 1965 y 1979— que Noelia Sueiro preparó para Enfocarte.

Resulta de utilidad el trabajo crítico de la ya mencionada González, centrado —sobre todo, aunque no exclusivamente— en la poesía escrita por las mujeres, así como los de Teresa Seara y María Xesús Nogueira, ambas de criterios más amplios. El lector interesado puede, también, rastrear el testimonio en primera persona de Yolanda Castaño, cuyas comunicaciones para congresos (Zaragoza 2000, Verines 2004) suponen una valiosa aproximación desde dentro a la poesía de entonces. Es jugar sobre seguro rastrear la revista Madrigal, de la Universidad Complutense de Madrid, además de las publicaciones impulsadas —es lógico— desde Galicia: Boletín Galego de Literatura, Grial, Dorna…

En el campo de las traducciones al castellano, los poetas de la xeración dos 90 han disfrutado de una suerte irregular, e injusta por su insuficiencia. Las antologías mencionadas cuentan con una distribución mínima, y por ello debemos recurrir a las antologías estatales —Castaño, Novo y Espinosa son las más representadas, en libros como Milenio (Sial, 1999), Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía (DVD, 2001), Mujeres de carne y verso (La Esfera de los Libros, 2002)— para leerles en nuestra lengua. De todo este grupo, sólo han visto sus poemas traducidos y editados como libro exento Pato (Heloísa, La Palma, 1997; y la antología Un puente de palabras, Puerta del Mar, 2004) y Castaño (Vivimos en el ciclo de las Erofanías, Huerga & Fierro, 2000; Libro de la egoísta, Visor, 2006).

Olvido nombres, títulos, fechas y acontecimientos. Pese a todo, creo que en la validez de estas pistas como punto de partida para el acercamiento a una poesía plena de vida, diversa y muy nueva. Un detalle: si caen en la cuenta, jamás he mencionado estéticas, nunca he apuntado a un tema general. La característica más potente de la poesía gallega de los 90 es su diversidad. Ningún autor se parece a otro; ninguno habla de lo mismo de lo que otro ha hablado. Abran buscadores. Copien y peguen nombres. Disfruten. Me lo agradecerán.

Elena Medel










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