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Don Jos Jimnez Lozano (y 2)

[En la primera parte de este artículo, Javier Moreno avisaba de que no se atrevería a manipular los textos de Jiménez Lozano. Que su trabajo iba a ser contextualizarlos, ponerlos en relación con su estética y con su vida. Desde su posición privilegiada de amigo y "alumno" de Jiménez Lozano, el autor del artículo nos hablaba de un escritor que, en silencio y en el margen, es capaz de ver (perdón: vislumbrar) lo otro. "Jiménez Lozano, al mirar lo que le rodea, sabe ver, escuchar, dejar decir a las cosas y a las personas, estar a solas con ellas".

LA COTIDIANEIDAD

Por otro lado, es característico de Jiménez Lozano la importancia que cobra la vida misma en sus obras. Y no es raro descubrir en muchas ocasiones que, lo que bulle detrás de muchos de sus textos, son historias y escenas que realmente ha presenciado, y por ello aletean frescas, vivas, ágiles. Porque está siempre atento a recoger el brillo de cuanto sucede a su alrededor.

Hablando de uno de sus personajes, se dice que “llevaba un cuaderno con sus conversaciones en el que apuntaba todas las historias, pero también las palabras de cada cual y cada uno, que no son las de todos, y en ellas se retratan mejor de lo que con pincel haría un pintor de Corte” (El ajuar de mamá, pág. 213). Y es que, en el caso de Jiménez Lozano, es posiblemente así.

Con cierta frecuencia escribe en sus cuadernos, a mano y con tinta negra (y desde luego que con letra pequeña, como reza el título de uno de sus diarios), los episodios más luminosos o desconcertantes de sus días, para dar pie después a un pensamiento profundo o a una historia que narrar en sus cuentos.

Por ello él se afana en recoger (otra vez con mirada y escucha atentas) esos destellos que la vida, la verdad, la belleza van repartiendo en las gentes que no se creen importantes, en los paisajes, en las cosas, etc.

Esto lo explica muy claramente en sus diarios: “de nuevo me convenzo que los archivos personales más humildes tienen la clave de la historia, y estos archivos son siempre destruidos. La gente no quiere dejar rastros de su vida detrás de sí, esto es cosa de los que piensan que son importantes o buscan esta ‘supervivencia’” (Segundo abecedario, pág. 133). Por ello él se afana en recoger (otra vez con mirada y escucha atentas) esos destellos que la vida, la verdad, la belleza van repartiendo en las gentes que no se creen importantes, en los paisajes, en las cosas, etc. Y es que la Belleza o la Verdad no son visibles sino en las cosas más cotidianas y normales. Y ahí está el escritor para ponerlas delante de los ojos del lector.

Y por eso también a Jiménez Lozano le gustan las conversaciones, las charletas con sus amigos y con la gente sencilla de su entorno. Y de ahí surgen también las intuiciones y los brillos de sus escritos. Es como lo que sucede en la tienda de don Ambrosio: “cada día iban ellos a sentarse allí, en la tienda del señor Ambrosio, de ordinario por la tarde, pero también a cualquier hora, cuando el ansión de hablar y los malos pensamientos se agolpaban en ellos, y decía cada uno que no había nada mejor que una charleta” (El ajuar de mamá, pág. 50).

Así son sus cuentos: una amable charleta de tarde, donde, sin complicaciones estilísticas o pastiches decorativos, se suceden delante de nuestros ojos los ánimos y sentires de los hombres. Y, quizás por esta sencillez o cotidianeidad de sus cuentos, muchos lectores han intentado ver en ellos moralejas, o explicaciones racionales, como si buscaran un “algo” detrás del cuento; en vez de, sencillamente, dejarse iluminar por esas escenas, mirar y mirar, en vez de “pensar” o “racionalizar” un posible mensaje o un discurso.

Jiménez Lozano muestra en sus cuentos la sólida y sobria realidad de las cosas, proponiendo una lectura del silencio y lo misterioso. Nada más… y nada menos.

Decía recientemente que “un texto literario dice lo que dice y lo que no dice, o lo contrario de lo que dice, es ambiguo como es la vida, y no puede ser apresado en la racionalidad. Lo que ocurre es que el lector que no está avezado a leer literatura, no comprende el lenguaje simbólico; y la crítica literaria moderna, que, dado el prestigio de lo científico, quiere ser científica, se permite enjuiciar la escritura literaria, narrativa o poética con categorías especulativas, confeccionadas al efecto. Y obviamente, entonces, esas personas sin posibilidad de entender el lenguaje simbólico, que siempre es inevitablemente el lenguaje literario, lo perciben como una perturbación y una extrañeza” (Un encuentro tardío con el enemigo, pág. 14).

Como ejemplificaba en otra ocasión, un cuadro de una estancia holandesa no hay que explicarlo, sino tan sólo mirarlo, y dejarse estar allí dentro, en el claroscuro de la estancia. Nada más. Como en sus cuentos: escuchar a los personajes, mirar los jarrones de loza o la candela débil. Nada más.

LA ESPERA

José Jiménez Lozano es sin duda uno de los pensadores más lucidos de nuestra literatura actual, y es un testigo de la barbarie cultural que padece Occidente, mostrada en tantos signos que recoge en sus versos, cuentos y reflexiones. Buen conocedor de la cultura europea, es un humanista que, sin pretenderlo o quererlo abiertamente, da consuelo y esperanza a sus lectores, pues ofrece las vías para una vida más profunda y enriquecedora.

Y es que nuestro autor aboga por el “mundo de los adentros”. Sí, y digámoslo alto: habla del espíritu y al espíritu habla. Contempla al hombre como un ser capaz de lo otro, y con más posibilidades que las meramente técnicas y utilitarias. Por eso cree en el Bien, en la Verdad, en la Belleza, y de ellas bebe porque ellas busca.

Eso es lo que encontramos en sus palabras: ánimo, aliento, compañía, consuelo.

Cuando uno lee a Jiménez Lozano (o habla amistosamente con él), siempre he pensado que se le pueden aplicar las palabras que él mismo emplea con Baruc, un personaje de uno de sus últimos cuentos que viaja con el resto de deportados en un tren al exilio: “y él, cuando llegaba allí, o cuando tenía delante de sí a quien habían llevado hasta él, miraba, y sonreía, o le hacía un repelús en el pelo, si eran un niño o una niña asustados. Y, entonces, a todo el mundo le parecía todo diferente, y la primera mirada que echaban, después de estar con él, hacia el paisaje, a través de los tablones cruzados que había en las pequeñas ventanas de los vagones de ganado en los que iban, les parecía un encuentro, como el anuncio de la llegada a casa, o que peregrinaban a Jerusalén” (El ajuar de mamá, pág. 15). Eso es lo que encontramos en sus palabras: ánimo, aliento, compañía, consuelo. Como si retomáramos un camino de redención olvidado en la vida moderna, como un nuevo viaje a la Jerusalén deseada o un nuevo Encuentro con lo Trascendente.

Jiménez Lozano (como tantos humanistas de nuestro tiempo) no se desanima ante la locura y necedad de la vida social moderna, o ante el vacío espiritual de la gente. Antes al contrario, rescata las intuiciones de tantos pensadores de la Historia que esperan lo otro, ese algo superior y profundo, Dios mismo. Y no: a pesar de los pesares no desespera.

Aunque sea un poco largo, transcribo un texto suyo a este propósito, que considero uno de los más consoladores para un alma contemplativa: “escribe con toda crudeza Jean Marie Couturier: ‘ante la increíble subida de esta marea de mediocridad, de vulgaridad y fealdad que invade universalmente el mundo, no hay otro refugio que la muerte. No se diga que hay que mantenerse treinta o cuarenta años y, en este tiempo, tratar de hacer alguna obra propia. No: hay que cerrar los ojos, todo ha muerto de la civilización que amamos’.

Es cierto, y es terrible. Pero, ¿qué podemos hacer sino seguir siendo fieles a esa civilización? No estoy seguro, además, de que en la historia no haya habido niveles tan altos de mediocridad, vulgaridad y fealdad como los de hoy, en bastantes momentos; y sin embargo, la inteligencia, la belleza y la bondad dejaron ahí su huella.

El Renacimiento es una de las épocas de mayor prestigio cultural y que mayor cantidad de cosas hermosas nos ha legado, y sin embargo, fue una época bárbara y brutal, de costumbres zafias y algo más que vulgares, en las que se violaba y se mataba -entre las clases cultivadas- como quien bebe agua; época llena de supersticiones y guerras, de persecuciones y espanto.

En el pesimismo de los últimos años de Miguel Ángel entran muchos componentes, pero uno de ellos es el de que se le hace intolerable la bruticie y la fealdad del mundo en que vive. Le parecía que tardaba la muerte, y se refugiaba, mientras tanto, en su trabajo.

¿Y no se nos ofrece el espectáculo de la naturaleza y el de la noche estrellada, en todo caso, como refugio? ¿se puede desesperar de que, incluso en esta horrible civilización de lo feo en la que el arte mismo no se hace, ni se mira como expresión de la belleza, no se siga dando éste en alguna parte?

Yo soy tan pesimista como Couturier respecto al porvenir de la cultura, pero la belleza del mundo me subyuga cada vez más y, mientras haya hombres, me niego a desesperar. Se me hiela la sangre, por otra parte, oyendo que la muerte puede ser un refugio. No, prefiero a los bárbaros, por supuesto; y, como en el poema de Kavafis, puedo esperarlos tranquilamente. ¿Es pura ilusión romántica la seguridad de que, al fin, podrán ser amansados, como las fieras por Orfeo, con la misma música, la misma poesía y los relatos de los muertos que vienen a destruir?” (Segundo abecedario, págs. 92-93).

Jiménez Lozano no se desanima. Espera, y ayuda a esperar con sus escritos.

Por eso, insisto en esta característica de sus obras: el inmenso optimismo (bien fundamentado) que rezuma muy por encima de las críticas (verdaderas y continuas) que escribe sobre la Modernidad.

Y por ello, a modo de conclusión, firmo con respecto a su persona y a su obra lo que se dice de otro personaje en otro de sus cuentos: “para él, haberle conocido y haber echado aquellas parrafadas con él, era como si le hubiera venido Dios a ver con su palabra, y le hubiera acompañado tantos días, en los que, antes de conocerle, estaba totalmente solo, dando vueltas en la cabeza a las cosas de la vida, y de la vejez y el abandono” (El ajuar de mamá, pág. 97).

Sí: esas parrafadas que echamos con él (hablando o leyéndole) son eso: compañía, luz, ánimo.

Exactamente por eso le estamos (yo y muchos) muy agradecidos.

Gracias, don José.

Javier Moreno Pedrosa

[A partir de marzo, uniremos a la primera parte del artículo ésta, quedando como un sólo documento].










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