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Un animal a solas

Yolanda Castaño, Libro de la egoísta, Visor, Madrid, 2006.

La crítica literaria es el género de la subjetividad: aquello que uno considera digno de aplauso parece a otro un ejercicio mediocre, y viceversa. El crítico es un lector más, pero con la posibilidad de difundir sus opiniones. Y cito, de nuevo, a Perogrullo: la crítica literaria debe moverse en el campo de la honestidad, una cualidad presupuesta y, sin embargo, no tan habitual como la lógica dicta. Aplaudir si un libro arriesga e innova, ignorar el inmovilismo... Libro de la egoísta, cuarto poemario de Yolanda Castaño (Santiago de Compostela, 1977) y segundo traducido al castellano, responde a esta primera categoría: frente al éxito garantizado con sólo estirar su atmósfera, ya propia, la autora renueva su propuesta, escoge otros temas y otra voz.

Descubrí la poesía de Yolanda Castaño con la publicación en 2000 de Vivimos en el ciclo de las erofanías (Huerga y Fierro), edición bilingüe del poemario por el que, dos años antes, había conseguido los premios Johan Carballeira y de la Crítica para poemarios en gallego. Ambos galardones confirmaron la posición de Castaño en la llamada xeración dos 90, grupo de autores que renovaron dos aspectos de esta lírica: la incorporación casi masiva de autoras, y la difusión en formatos alternativos. Lo primero no sorprende en un idioma cuyo máximo referente es una mujer, Rosalía de Castro; así, nombres como los de Olga Novo, Estíbaliz Espinosa, Emma Couceiro, María do Cebreiro, Emma Pedreira, Lupe Gómez, María Lado, Lucía Aldao o Ana Cibeira, nacidas en las décadas de los setenta y ochenta, o de autoras como Chus Pato, más mayores pero coincidentes en poética, resultan fundamentales para comprender qué se escribe en Galicia, y en gallego, desde la década pasada. Una generación que no abandonó el formato clásico del libro —representado por la incombustible Espiral Maior, y por la fenecida ablativo absoluto, de Xerais, amén de un aluvión de premios—, pero sí otorgó importancia al recital —en pubs, bares y tabernas—, la plaquette —y el fanzine, y los boletines, y las hojas volanderas—, la autoedición —sinónimo no de necesidad, sino de libertad— o las colecciones independientes e impulsadas por los propios escritores, bajo sellos como Positivas, Edicións do Dragón o la cooperativa Letras de Cal.

Es el contexto en que Yolanda Castaño publica Vivimos no ciclo das Erofanías, cuya traducción al castellano, dos años más tarde, difundió su obra en el ámbito estatal. De él llaman la atención su reinterpretación de la poesía erótica, situando a la mujer como sujeto y no como objeto —visión ensayada en castellano por las poetas de Las diosas blancas—, en un trueque de papeles con el hombre —leeremos en Libro de la egoísta: Recibe el sueño de la que te contempla, oh contemplado—; y, en consecuencia, una marca de género que desemboca un rol femenino, feminista —casi programático—, activo y "fuertemente político", según Castaño. Unas intenciones esbozadas en su ópera prima, Elevar as pálpebras (III Premio Fermín Bouza Brey; Espiral Maior, 1995), y desarrolladas en su segundo poemario, Delicia (Espiral Maior, 1998).

O libro da egoísta (Galaxia, 2003) rompió cinco años de silencio, aunque sus poemas más antiguos eran anteriores, incluso, a Delicia. Libro de la egoísta se distancia de Vivimos no ciclo das Erofanías desde el planteamiento: de nuevo habla una mujer, pero ya no existe el interlocutor, sino que esa mujer ejerce, al mismo tiempo, de objeto y de sujeto del poema. Por otra parte, la reivindicación de género se diluye —salvo excepciones como "La VerbA" hecha "carne", otorgando a la palabra una vida femenina—, pues es otra la obsesión que vertebra el poemario: la búsqueda en los dos planos principales, el del fondo y el formal. Libro de la egoísta ahonda, de este modo, en la búsqueda de la identidad: de la propia identidad, y del lugar en el mundo. Tiene mucho de exorcismo, y sin embargo se aleja de la autobiografía: no nos habla Yolanda —pese a la insistencia del yo, no sólo en la primera sílaba de su nombre, según la cita de Estíbaliz Espinosa, sino en el propio título del poemario, Libro de la egoísta—, sino "el personaje literario de Yolanda", en palabras de Teresa Seara. Muchas mujeres que comparten su nombre habitan Libro de la egoísta: esta yolanda mezquina, una mujer común contrapuesta a esta Yolanda mezquina, ahora con nombre propio; una yolanda emigrante de mí. (…) la única de la estirpe de Adnaloy, la Yolanda que entra en escena —donde el calificativo personaje cobra fuerza— o las Yolandas de la página 57, desde la dedicatoria "A Yolanda", a las estampas de yolandas muertas, blanquísimas, a una Yolanda-objeto interpretada como redención, como posibilidad única y última. Esta "Yolanda" se pregunta ¿Dónde están los órganos de nuestro olvido?, como respuesta al mandato anterior de TASAR LA DOSIS EXACTA / DE MEMORIA Y OLVIDO. Pero también habla de sí misma con sus otras voces —contiene multitudes, evocando a Whitman—, recorre su pasado, pregunta cuánto le falta para ser sagrada. Es la conciencia de la usura, de la normalidad, de la pertenencia a una masa que disuelve su propia identidad, y contra la que esa "Yolanda", un animal a solas, intenta rebelarse.

El poemario se divide en siete bloques, señalados en la edición de Visor, aunque sin numerar en la de Galaxia: un poema compuesto por veinticuatro fragmentos breves —veintitrés en prosa, uno en verso—, recorriendo desde una significativa primera persona del plural a la primera persona de un singular compuesto por muchas voces; el segundo consta de nueve mitad preguntas, mitad aforismos; el tercero es un largo poema en prosa, más bien monólogo, cuyo tono rebaja la oscuridad del bloque primero; el cuarto, un diálogo que culmina en seis versos que actúan como claves para el sentido del poemario —(…) SOY LA EGOÍSTA PORQUE ESTÁ SOLA. / LA QUE FUE SU PROPIA MEDIDA. / DE LA ÚNICA DINASTÍA DE ADNALOY—; el quinto, una relectura teatral —y probablemente el único acercamiento al verso en su medida más clásica y tradicional— de El amante, de Marguerite Duras; el sexto, fragmentos de un diario, encabezado por fechas y comentando las citas; y el séptimo, una carta en la que afirma que "(…) la belleza es demasiado trágica, y yo no quiero compartir mi vida con la tragedia".

Vivimos no ciclo das Erofanías se distinguía por el juego entre lo concreto y lo abstracto, tensión presente en todos los poemas, aligerada por el potencial imaginístico; una dicotomía que, sin embargo, jamás topa en Libro de la egoísta, sino que se alterna, diferenciando tres partes en la obra: una primera mucho más críptica y oscura, en la que Yolanda Castaño sigue a Celan —Da sentido a tu decir: dale sombra—, impregnada por un barroquismo que gana en decadencia al de Vivimos no ciclo das Erofanías, y que comprendería los tres primeros bloques; una segunda, de transición, en la que aún imperan las metáforas, pero de corte más claro, y que abarca los bloques cuarto y quinto; y una tercera, la formada por los fragmentos del diario y la carta —bloques, por tanto, sexto y séptimo—, desnuda, sin apenas interferencias, luminosa y plena de dolor al mismo tiempo, no sé si coloquial, pero sí confesional, y cuyos referentes más cercanos serían poetas como Alejandra Pizarnik, o artistas como Tracey Emin, pues Libro de la egoísta guarda relación con su ideario y, sobre todo, con acciones de la inglesa como Everyone I have ever slept with o, muy especialmente, My bed, salvando las distancias —el sustrato kitsch y autoparódico que posee Emin no casa con esta obra de Castaño—. ¿Por qué la oscuridad, nos preguntamos? Responde a la necesidad de una máscara, de un maquillaje que impida desvelar todas las caras de esta Yolanda emigrante de mí, y refuerce el tono sagrado, casi religioso, de muchos de sus particulares salmos.

Llama la atención, también, la experimentación con distintos géneros dentro del propio género, abarcador, de la poesía: prosa, aforismo, teatro, diario y carta, pero nunca —el verso de la quinta parte se integra dentro de la pequeña escena— poesía según el dictado de los manuales. No es de extrañar en una autora profundamente ligada al medio audiovisual, tanto en su oficio —es presentadora de televisión— como en su creación, pues algunos de los versos de O libro da egoísta fructificaron en un vídeopoema. De igual forma, es destacable la traducción, realizada por la propia autora, limpia y, dentro de lo posible, literal, sorteando las dificultades planteadas por algunas expresiones típicas del idioma gallego.

Me refería al carácter subjetivo de toda crítica, pero también a lo necesario de su honestidad. Libro de la egoísta es un muy buen poemario: por la dosis de riesgo que su autora asume —las tuvo todas para el triunfo de continuar con la línea de Vivimos no ciclo das Erofanías, y sin embargo optó por ser fiel a sí misma—, y por la brillantez de una ejecución generosa en interpretaciones, rica en hermosísimas alegorías. Es de justicia, por tanto, reconocer el valor de un poemario que marcó camino en la poesía en gallego, y cuya traducción aporta mucho a la poesía estatal.

Elena Medel

Fotografía de Antón Sobral










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