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Autorretrato

Ernest Farrés, Edward Hopper, Viena, Barcelona, 2006.

El menguado y menguante grupo humano de los lectores puede dividirse en dos subgrupos atendiendo al origen de su compulsión, esto es, según padezcan ansiedad formal o ansiedad espiritual. Estetas y anacoretas. Unos, con la escuadra paradigmático-sintagmática -con perdón- en la mano, buscan la elección y la combinación perfectas; los otros, sin instrumentos de precisión, con el impreciso corazón en la mano, buscan seres que miren o que hallan mirado el mundo como ellos, la media naranja que corresponda simétricamente a su extraña conformación espiritual. Claro que la división es artificial, pues ambas ansiedades se confunden en muchos de los individuos de este grupo humano, ya que forma y fondo, etc., etc.

“No hago sino pintarme a mí mismo”, constató Edward Hopper. El hecho es que Farrés, al plantarse ante los cuadros del pintor, se encuentra como ante una galería de espejos, de modo que al glosarlos, en el fondo, no hace sino escribirse a sí mismo. En este sentido, el primero de los cincuenta poemas, el que glosa el Self-portrait de Hopper, es quizá ingenuamente explícito: Hopper i jo formem una sola persona; Si Goethe es reencarnà en Kafka, / Hopper en una transmigració / plena d’encert ho féu en mi... Es, en mi opinión, un pórtico poco afortunado: no está a la altura de lo que viene después.

Los cuarenta y nueve poemas que siguen, uno por estampa hopperiana, vienen a demostrar las declaraciones iniciales. La identificación de Farrés con Hopper es sorprendentemente perfecta, y va más allá de la mera sintonía espiritual entre ambos. Acaso Kafka miró como Goethe, pero no representó como Goethe. Farrés, salvando el vacío entre lo plástico y lo verbal, representa como Hopper. Eso es, quizá, lo más interesante de este poemario, cuya originalidad, paradójicamente, radica en el calco exacto de un peculiar modus faciendi.

La lectura de estos poemas, que se hace de un tirón sin atragantos, se parece a un pase de diapositivas, y no precisamente de los cuadros de Hopper, sino del mundo de Hopper, al modo de Hopper: poemas sin tema, poemas sin discurso, poemas sin contexto, poemas en que sólo existe el motivo, un motivo siempre tan preciso como ambiguo, poemas contemplativos -sóc l’home «contemplativus», escribe el poeta en The Circle Theatre, 1936-. En conjunto, a lo largo del pase, una encantadora atonía, una evidente renuncia al relumbre formal, al verso memorable; en este sentido, parece meritorio el hecho de haber sorteado la trampa de recrearse en la glosa de los cuadros más famosos (Hotel Room, por ejemplo, en cuyo caso Farrés, por cierto, interpreta que lo que lee la mujer es un horario de trenes, más que una novela de, digamos, Jane Austen, como a más de uno muy poco hopperianamente le gustaría pensar).

Edward Hopper logra ser, en definitiva, un buen autorretrato poético de Farrés-Hopper, del homo contemplativus -hecho de amor, de soledad, de tiempo-, y de paso, sólo de paso, como la obra del pintor, un retrato de los Estados Unidos en los años de la Depresión.

Gonzalo Salvador
Fotografía de Kim Manresa










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