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La inquietud de las antologías: sobre muestras, recuentos, etc.

Pablo Luque Pinilla (ed.), Avanti. Poetas españoles de entresiglos XX-XXI, Olifante, Zaragoza, 250 pp., 2009

Cal y arena. No son pocos los méritos que presenta una obra como la que hoy nos ocupa, empezando, externamente, por el mero objeto; por la bella —y clásica— factura editorial a que acostumbra el zaragozano sello Olifante: papel, maquetación, encuadernación, tapas, tipografía… Buena presentación en un bonito envoltorio, sin duda, lo que debería ser imprescindible, sobre todo cuando de la edición de poemas se trata.

Estos méritos pasan, asimismo, ya en cuanto al contenido propiamente dicho, por las completas y acertadas notas introductorias (semblanza, bibliografía) de los autores que integran esta breve acotación de cierta poesía española de entresiglos (XX y XXI); por el acompañamiento final, a manera de apéndice, de algunas variadas consideraciones histórico-literarias de la época; por evitar el tan abusado uso del término "generación", prefiriendo establecerse dos grandes bloques tan sólo, poetas de los setenta y poetas de los ochenta; por la diversidad de poéticas representadas, en suma, obra alejada de las tan temibles "escuelas".

El problema viene a la hora de encarar, de un lado, los motivos y fundamentos que sustentan sus páginas, y, de otro, a los catorce autores que se nos presentan allí, tan desiguales en calidad, desde luego (aunque ello no importe al compilador, quien incluso viene a justificarlo): Gimferrer, Talens, Colinas, Miguel d’Ors, Ángel Guinda, Enrique Gracia Trinidad, Abelardo Linares, Chantal Maillard, Martínez Mesanza, Ángel Campos Pámpano, Álvaro Valverde, Aurora Luque (quizá la mejor representada), Amalia Iglesias y José Mateos.

Parece plenamente legítimo intentar dar cuerpo de libro a trabajos dispersos, verdadero embrión de la obra; en este caso, a los que Luque Pinilla ha ido publicando en dos revistas italianas para dar a conocer algo de la poesía española de esa etapa aludida. En el apartado "Este libro", se refleja la siguiente observación —muy de sentido común, por otra parte:

He escuchado a menudo expresar a diversos editores que los libros formados con materiales dispersos deben difuminar, en lo posible, los textos de partida, formando un conjunto nuevo y unitario, a partir del material de origen, que justifique su vida en forma de libro.

Pues bien, por utilizar un pequeño juego de palabras, digamos que el consejo, si escuchado, desoído. O no plasmado del todo, vamos, ya que no parece que se haya seguido, ni mucho menos, al pie de la letra, resultando una muestra algo forzada, hecha un poco con calzador, por muchos e insuficientes motivos —antimotivos, diríamos— que se argumenten a posteriori para fundamentar la existencia del volumen, más allá de su bienvenida, si es que consigue acercar la poesía a alguien o despertar el interés por alguno de sus poetas —lo que no es poco—. ¿Verdaderamente el comprador que se aproxima a una obra de estas características —casi siempre asiduo lector de poesía, salvo honrosísimas excepciones— no espera encontrarse una selección lo más objetiva posible, y busca más bien una declaración de subjetividad a ultranza en el verdadero cuerpo de la obra (poetas y poemas)?

Inquietud es. Son numerosas —y esenciales— las cuestiones que nos asaltan, ya vemos. ¿Parece acertado huir de la pretensión de escoger a los mejores, o es tarea propia del buen olfateador literario que acomete recuentos, muestras, antologías, etc. —llámense como se llamen—, de una época concreta, saber ver a los mejores, antes de que el tiempo (como siempre, el as de los antólogos) ponga, con su paso, finalmente las cosas en su sitio?

No hay poeta menor que no tenga algún verso acertado, memorable incluso —Borges, por ejemplo, parafraseando a Cervantes, insistió en ello bastante, antes de ayer mismo—, pero ¿resulta inapropiado intentar ir estableciendo, de alguna manera, no ya un pretencioso canon (imposible con tanta cercanía: volvamos al paso del tiempo), sino un adecuado perfil, siquiera, del acotamiento de un espacio, de ese par de décadas de poesía? ¿Debe el fino seleccionador ir acompañándonos a la hora de pretender ir fijando un período, ayudando al lector a perfilar ese paisaje y a ir desbrozando una época, aun por cercana que se halle todavía, lo que hace la empresa más arriesgada aún —y en ese riesgo está el reto? ¿Son seis, siete poemas (¡cinco!) muestra suficiente para acercarse realmente algo a un poeta o es pasar más bien de refilón —a uno de obra tan dilatada como, por ejemplo, Antonio Colinas? ¿No sería más propio, si es que el problema es de espacio, reducir autores y aumentar la muestra, haciéndola más contundente y compacta, más rotunda…?

Son varias —y de raíz, repetimos— las cuestiones que asaltan al recorrer una selección como la presente. Dejémoslo ahí. Que cada uno busque sus propias conclusiones. Nosotros, desde luego, tenemos las nuestras, ya que, aunque no quiera hacerse una "antología", y pretenda dársele particularmente la vuelta al libro, la realidad es que se ha hecho; y hasta la rehuida palabra —es curioso— aparece en algunas ocasiones, la más destacada de ellas en la portadilla de p. 25, que antecede a la muestra en sí.

Aunque el volumen se halle lejos obras de referencia, como la inevitable de Gerardo Diego o la Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea: 1914-1987, de José Olivio Jiménez, por mencionar dos excelentes trabajos, qué duda cabe de que encontramos en estas páginas un buen puñado de versos y autores, lo cual no es poco —y mucho ya, insistamos, si consigue atraer lectores para tal o cual poeta incluido, lo que hará a buen seguro.

Cosa distinta sería que una compilación antojadiza (por tan sumamente subjetiva), fundamentada tan sólo en el gusto personal del antólogo, y aun caprichosa en la selección de muchos de sus poemas; que una selección de lector, en fin, como viene a decírsenos (¿no sería de autor más acertado?), fuese firmada por un tal Pound, un tal Paz o un tal Rosales, a quien, desde aquí, aprovechamos para dedicar un admirado recuerdo en estos cien años de su nacimiento (31-5-1910), no vaya a ser todo Hernández en un país siempre tan polarizado (tan dosespañolizado).


Adolfo Cueto









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