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Roulottes de la noche de Lisboa

Al Berto, El miedo (Poemas escogidos, 1976-1997), Pre-Textos, Valencia, 2007.

De Lisboa a Barcelona, de Sines a Bruselas, Al Berto tuvo una vida salvaje, brutal y maravillosa. Al Berto habla de su vida sin trampas, sin intentar hacerla mejor ni peor de lo que es, porque el dolor y la soledad abolen en él cualquier máscara posible. Buscó siempre una belleza distinta, en el suburbio, en el margen, y en los chicos con los que pasó tantas noches, el amor debe ser esta persecución de sombras. Al Berto sabe que la poesía es ir al encuentro, existe en él un amor por todas las cosas, por todas las vidas, persigue lo humano con desesperación, sabe que lo que se consigue en la calle es mucho más grande que lo que se consigue esperando, encerrados. Al Berto nos obliga a mirar lo que vive junto a nosotros. Sabe que el viaje más importante está a nuestro lado, en nuestra propia ciudad. Hector Tizón escribió: “La vida de un hombre es un largo rodeo alrededor de su casa”. El amor es, para él, la búsqueda permanente de la belleza y la verdad en los cuerpos de los jóvenes. El poeta debe saber tratar con todos, debe saber hablar para todos. Son imprescindibles en el poema esos seres, ese amor que es de otra forma, el fuego, las roulottes, los campamentos de los suburbios, porque esos seres son la poesía. Cuando la poesía se convierte en una lucha de clases, la poesía es realmente interesante e importante. Mientras no lo sea, a nadie le importará de verdad.

Al Berto pinta paisajes en los que el amor no puede, no debe durar. El amor y la belleza tienen siempre que volvernos activos; no cree en la contemplación, sino en la acción. En ese amor que no dura, en esa belleza que pasa, encuentra la verdad del tiempo. Ese es su dolor, el dolor del que se resiste a conformarse, del que siempre quiere más y no puede dejar de quererlo. Pinta paisajes y amores incómodos para que no podamos vivir en ellos, que no duran más allá del poema. Y mira con tanta esperanza que parece que los suburbios, la pobreza, se hubiera inventado para él.

Como de Pasolini, como de Ginsberg, como de Genet, como de Koltés, de Al Berto es necesario escribir con palabras dignas, pero peligrosas, con palabras usadas, pero nuevas, con nuestra propia vida. Porque hay poemas, hay textos, a los que sólo se puede responder con tu propia vida, con un gesto. Porque hay textos que están tan cerca de la vida que hay que callar. Alguien consumió por error / las distancias olvidadas, dejó escrito Alejandra Pizarnik. Los grandes poetas nos revelan que la vida es siempre de otra forma, es mucho más grande de lo que nos habían dicho, que la historia es otra, que el nuevo mundo ha empezado y es imparable, que tenemos que defenderlo con nuestra vida. Que no hay que mantener la calma, que hay que acercarse a alguien en la ciudad, una noche, y explotar, explotar con ellos, en medio de la calle, en medio del poema, porque que el otro sea más grande que nosotros es una decisión nuestra.

Hablemos de O medo, la poesía completa de Al Berto, publicada por Assirio e Alvim, una de las mejores editoriales de Europa. O medo es el libro de una vida, un libro que pesa más de un kilo. Quien haya visto ese libro enorme, negro y morado, puede entender un poco mejor la vida de Al Berto, un poeta que se resiste a ser antologado. Esta traducción es una antología de esa vida, pero no es su vida entera. Podemos intuirla pero no comprenderla, no cogerla entre las manos y sentir su peso. Los libros hablan por sí mismos, y esto lo sabía Al Berto, y por eso es necesario que este libro sea un complemento a O medo. Estas selecciones convierten a algunos poetas en algo que no son. Al Berto, como todos los grandes, es exceso, imperfección, confusión, contradicción, y nadie debiera, lo siento, prepararlo. Esta es la prueba de que vivir era para él imprescindible, más que para muchos otros. Hay vidas de las que no se puede, o no se debe coger lo mejor. Creo que sería tan interesante una antología de sus peores poemas, como sus poemas escogidos. Que alguien tome nota.   

Esta escritura es un ritmo, una respiración, un modo de relacionarse con la vida. Como en otros poetas en los que se da esta relación enferma con las palabras, parece un milagro que haya poemas limpios y perfectos en su obra. Al Berto se preocupa por no engañar y sabe que no todos los caminos son lícitos para conseguir un buen poema. Escribir hasta que los dedos le dolieran y los tendones de la muñeca se paralizaran fue su entrenamiento durante años. La escritura es para él un acto físico, algo que entra directamente al cuerpo. Escribir, y vivir, y amar, y seguir viviendo, y seguir amando, es algo serio, sobre lo que no se puede dejar de pensar, hay vidas y escrituras que no admiten descanso, y hay descansos que destrozan a personas, y que llevan a la muerte. La tensión, el miedo, el peligro, es para muchos la única forma de seguir vivo. Soy el centro sísmico del mundo.

Al Berto es un decadente, y vive acompañado de sus héroes, Rimbaud, Lowry, William Burroughs, que nos enseñan a pasear mientras el mundo se derrumba a nuestro alrededor. Esos que nos han prometido que si estamos quietos, callados, no tendremos la culpa, los que nos han prometido que no vamos a morir. Porque Al Berto es acción pero también es espera, se demora en los espejos, en los cuadernos, antes de explotar. El mundo para él se está acabando, y cada noche tiene que acabar mejor que nunca. Es una decandencia que busca la confrontación, la lucha de ideas, de palabras, la última noche sin dormir.

La obra de Al Berto no surge por azar, la poesía portuguesa del Siglo Veinte es inagotable. Eugenio de Andrade, Sophia de Mello Breyner, Carlos de Oliveira, Mario Cesariny, Jorge de Sena son los equivalentes de nuestra generación del 50. Estos poetas, con voces muy poderosas y muy distintas, abren un camino absolutamente moderno, y constituyen el origen de los que, en mi opinión, son, junto a Fernando Pessoa, los tres grandes poetas del Siglo Veinte en Portugal: Herberto Helder, Al Berto y Daniel Faria, los tres completamente ajenos a grupos y modas. Al Berto es un poco más joven que los poetas de Poesía 61 -como Fiama Hasse Pais Brandao, o Luiza Neto Jorge-, un movimiento que también tendrá una gran importancia para la poesía portuguesa.

Al Berto ha escrito algunos de los mayores poemas de amor, del amor que dura una noche. ¿No daremos más en el amor si sabemos que sólo dura una noche que si dura toda una vida?, parece preguntarse. Al Berto rompe los principios morales y éticos. Para esto sirve la poesía, para explicar las cosas que no se pueden explicar, con ritmos, con imágenes, con vida pura. La poesía, la vida del poeta, debe llegar allí donde el pensamiento no llega. Fuerza, energía, naturaleza, son palabras necesarias, porque eso es lo que hace falta para levantar y defender una vida y una obra de esta envergadura. Porque la poesía de Al Berto es una lucha para que cada uno viva como quiera, y es necesario dar gracias a todos los poetas que hicieron que lo normal fuera normal, sin volverse vulgares. Somos parte de esa historia, de ese poema tan largo. 

En sus poemas hay una búsqueda del otro, una gran cantidad de sentencias, y también de preguntas. No divaga, busca los caminos más cortos para sentir la vida. Parece decir, si el amor no está en el poema, ¿dónde puede estar? Y si está en el poema, ¿cómo va a estar en otro sitio? Al Berto, desde lo más íntimo, está con los demás, con los excluidos, y eso lo convierte en poeta plural, que cuenta la historia de todos, que da sentido a una época, de algún modo, es un poeta nacional. El paisaje de Portugal recorre toda su obra. Su pasión viene del deseo, pero el deseo no le impide ver nada; al contrario, el deseo solamente lo ilumina, porque no se asusta ante él sino que se crece.

Por supuesto, se trata de ver la belleza en otros sitios, pero esa belleza no hay nadie que pueda señalarla o mostrarla, es demasiado especial, demasiado distinta. Esa belleza del suburbio, de la noche, de las roulottes, es una belleza para elegidos, un mundo propio con su propia ley, en el que todo tiene, para el poeta, mucho más sentido. Así, da sentido a la vida de los demás, al paisaje, a la ciudad. ¿Cómo se puede leer a un poeta así, y no salir a buscar la belleza de la que habla? ¿Cómo se puede vivir o ser de otro modo? Al Berto es un ejemplo de cómo ir al encuentro, de cómo vivir en la belleza sin perder la realidad, de cómo amar y desear sin engañar ni engañarse, una buena forma para empezar a construirlo todo. Radiografía de una época que parece controlada, segura, pero no lo está, ni lo estará nunca. Así, en un poema de Vigilias leemos, sobre el Sida, tal vez no sea sólo fiebre esto que me destruye / puede ser un síntoma de peste / cualquier mal que se extiende por la mansa noche / y contamina los días cerrados en la desolación. Esta inseguridad es en la que él vive, en el borde del precipicio, con ese extrañamiento infantil sobre cada cosa que sucede en el mundo. Todo le extraña, el amor, la vida, la muerte, el mismo. El mismo poema acaba: no consigo imaginar que se muere sólo / sin sombra sin enfermedades sin sangre / me aterra saber que no podré llevar / el jersey tejido por mi madre / en la interminable luminosidad del mar.

Este es un libro para los que están agotados de nihilistas, de postmodernos, de experimentales, de poetas lúdicos, de funcionarios, de profesores, para los que aún creen que un poema debe defenderse con la propia vida. Y si no es Al Berto, y si no fue Pasolini, y si no fue Genet, ¿quién vendrá detrás? ¿Quién tendrá aún fuerza para vivir y escribir así, contra la vida y por la vida? Al Berto nos invita al margen, al suburbio, como algo prohibido, como quien te ofrece algo prohibido por primera vez, con la seguridad de que no es posible volver atrás. Lo que diferencia a Al Berto es ese deseo incontrolado, inagotable, por amar al otro, por conseguir la belleza de cada día. Al Berto ha hecho el mundo mejor con su vida. 

Al Berto fue un esclavo de las palabras, de la poesía, pero fue el mejor, el más bello, el más importante. Cada esclavo conoce su precio. Al Berto consiguió lo que se propuso, dejó de ser poeta y consiguió ser poema. ¿Alguien necesita más pruebas, más palabras?

fueron breves y espantosas las noches de amor
y regresar de aquella intimidad le deshilachaba el cuerpo
habitado aún por titubeantes manos

estaba desnudo
sin agua y sin luz que le enseñase cómo era
o cómo podría construir la perfección

los días se fueron consumiendo color de plomo
en la búsqueda incesante de otra amistad
que le prolongase la vida

y una vez despertó
caminó lentamente por encima de la edad
tan lejos como pudo
a donde fuera posible inventar otra infancia
que no le dañara el corazón

Pablo Fidalgo Lareo










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