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Soy lo que miro

Guillermo López Gallego, El faro, Pre-Textos, Valencia, 2008.

En su ensayo La palabra y la cultura, Osip Mandelstam escribía: "El poema vive a través de una imagen interna, ese resonante molde formal que anticipa el poema escrito. No hay todavía ni una sola palabra, pero el poema se puede oír ya. Es el sonido de la imagen interna, es el oído del poeta que la toca." Hay una poesía que emana de los propios hechos, que no se aviene a interpretaciones previas, o más bien a su manipulación por el pensamiento por medio de ideas o metáforas. En ella, la percepción apenas sufre filtrado por parte del poeta salvando el inevitable tránsito a través de los propios sentidos y, más tarde, el que afecta al lenguaje. Referente y texto se identifican. La analogía que transforma la experiencia en poesía se produce más en la mente del lector que en la del escritor, que se limita a seleccionar, siguiendo métodos más propios de disciplinas visuales como la fotografía, el elemento o la situación que beben ser plasmados. A mayor valor intrínseco del tema, más eficaz resulta la literalidad en términos de efectividad poética. En el caso de El faro, primer poemario de Guillermo López Gallego (Madrid, 1978), lo que leemos son los contornos del poema, su periferia de sentido que señala un centro no explícito; o la imagen interna, como señala Mandelstam. Con desarmante sencillez, las escenas se superponen sin consejo, sin interpretación por parte del autor. Y sin embargo resulta imposible sacudirse la sensación de que el poema está ahí, formulando las preguntas exactas.

El faro es una figura cargada de connotaciones simbólicas: el faro como atalaya, como vigilia, como luminosidad que salva. Además, por su estrecha escalera ascendente sólo cabe una persona… Sin embargo, como lector, y siempre que no entre en contradicción directa con la intención del texto, prefiero prescindir de la interpretación de símbolos en los textos, es decir, de realizar el ejercicio por el cual, por ejemplo, el brote verde en un huerto quemado significa que su dueño ha recuperado la fe. Sin duda habrá otras lecturas y otros lectores, pero yo he preferido leer El faro literalmente, no como el mapa de un tesoro, sino como un pequeño tesoro que consiste en un mapa, un mapa de sí mismo. El propio autor nos previene con cierta ironía: (…) y a lo lejos el faro; / el gran cliché marítimo
 
El hecho de que los poemas no lleven título, y de que en todos ellos se describan los matices de una escena más o menos cotidiana, confiere al libro una suerte de cohesión que casi desaconseja la lectura de los textos aislados. La brevedad del libro evita que el formato homogéneo de los poemas constituya un molde o una fórmula, riesgo al que el autor deberá enfrentarse en próximos trabajos. En este caso, la continuidad, el registro equilibrado y la relativa similitud formal de los fragmentos define un factor de aumento, una óptica y un ángulo concretos. Ésa es, a mi juicio, una de las claves de libro: a través de la forma en que el autor se acerca a las escenas que describe nos está sugiriendo un modo de acercarnos a los poemas. Guillermo López Gallego sabe que toda observación altera su objeto y se reconoce, en suma, parte de ese engranaje, por lo que no duda en entrar puntualmente en escena cuando así lo cree necesario. Pero esas breves incursiones —y esto, creo, es importante— no son aprovechadas para su propia afirmación, sino que le sirven más bien para señalar el lugar desde el que está mirando. Así, bajo la naturalidad de las imágenes, no podemos evitar intuir una subtrama intelectual que a un tiempo desmitifica y homenajea lo que toca: (…) la belleza / no es más que la forma / que el tiempo tiene / de pasar obviamente (…)

Algunos poemas, o fragmentos, hacen pensar en el haiku, observaciones breves, sugerentes, fruto de una depuración exhaustiva, pero lejos de quedarse en la mera ocurrencia que caracteriza la mayoría de las versiones occidentales del género, sorprende la determinación con que las imágenes establecen vínculos de sentido entre sí. (...) las polillas roen sin prisa / el terciopelo rojo, / la nieve continúa cayendo. Si algo relaciona la textura de El faro con la concepción oriental de la poesía, es precisamente la despersonificación de la voz que habla, la capacidad del autor para salir de cuadro. Y hacerlo, además, sin imposturas ni adoctrinamientos. En algún momento de la lectura de El faro he buscado esta frase de Valéry que recordaba vagamente: “La imposibilidad de definir la relación, junto con la imposibilidad de negarla, constituyen la esencia del verso poético.” Creo que esa afirmación puede explicar no sólo la rara unidad del libro, sino la sensación de lectura activa, el protagonismo que uno experimenta al leerlo: todo está ahí, pero exige por parte del lector atento un ejercicio de intelección no racional, sino poético. 
 
¿Quieres que este instante
retorne infinitas veces?,
se dice el pasajero,
cuyo astigmatismo
podría hacer de las luces,
si se le ocurriera,
un estilo;
y añade: ¿Así que ésta
es toda la felicidad
que puedes soportar?

Andrés Navarro










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