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Pertenecer al futuro

Mahmud Darwix, Poesía escogida (1966-2005), Pre-Textos, Valencia, 2008.

Si en 2007, la colección La cruz del Sur obsequiaba a los lectores de poesía con la antología El miedo, del portugués Al-Berto, o con la Obra entera de Rafael Cadenas, en 2008 lo hace con Poesía escogida de Mahmud Darwix, un autor que, aunque ya tenía varios títulos traducidos al castellano, quizá hasta ahora no había gozado del eco que su obra merece. Si quisiéramos encontrar un magisterio en lengua castellana comparable al de Darwix en la poesía árabe contemporánea, deberíamos remitirnos al que encarnaron en su día figuras como Octavio Paz o Pablo Neruda. Aunque, si es cierto lo que dicen de él, que sus recitales llenan estadios, cualquier comparación resulta cuando menos inexacta.  

Nacido en 1941 en el pueblo palestino de Birwa, muy cerca de Acre, enclave borrado del mapa por las milicias judías siete años después, Mahmud Darwix ha llevado desde niño una existencia errante: Palestina, Moscú, El Cairo, Beirut, París. Este hecho, más que una acotación biográfica, supone en Darwix una suerte de síntesis de su poética. En una entrevista reciente para El País con motivo de la publicación de Poesía escogida, el poeta afirmaba: "El exilio es parte de mí. Cuando vivo en el exilio llevo mi tierra conmigo. Cuando vivo en mi tierra, siento el exilio conmigo. La ocupación es el exilio. La ausencia de justicia es el exilio. Permanecer horas en un control militar es el exilio. Saber que el futuro no será mejor que el presente es el exilio. El porvenir es siempre peor para nosotros. Eso es el exilio." De algún modo, la condición de exiliado supone una distancia desde la que hablar, un fondo de perspectiva sobre el que se desarrolla toda su obra poética. La gama de registros en los que el sentimiento de expatriado se configura en sus poemas es inagotable. En relación al hogar, por ejemplo, escribe: Nosotros, que amamos diez / minutos, no podemos volver a ninguna casa en la que / hayamos estado. Ni podemos atravesar el eco dos veces. En el poema "La unidad de cuidados intensivos", el destierro es llevado al plano afectivo: Te quiero antes de morir y después de / muerto, pero en el ínterin sólo he visto el rostro de mi madre. Y del mismo signo es la relación con el tiempo: Ya no sueño nada. / Deseo desear. / Tan sólo sueño con armonía. Desear / o / acabar. No. No es éste mi tiempo. Más explícito resulta, si cabe, el poema "Las enseñanzas de Huriya", no incluido en Poesía escogida: El exilio ha creado nuestras lenguas: / una coloquial… para que la entiendan las palomas y guar- /den memoria; / la otra literaria… para que yo explique a las tinieblas las / tinieblas.

El exilio, en suma, se presenta como una categoría del pensamiento que nos permite acceder a lo que de universal hay en su poesía. Sea del origen y condición que sea, el poeta siempre está limitado por su visión del mundo, y sólo los más grandes consiguen trascender la miopía biográfica para erigirse en catalizadores de la problemática de una época: (…) pon tu nombre en mi mano y escribe / para que sepas quién soy, y luego parte como una nube / por el horizonte… / Y escribí: Quien escriba su historia heredará / la tierra del verbo, suyo será el significado total.

La condición de referencia obligada de las letras árabes desde hace más de cuatro décadas, el paso por la cárcel y la orfandad geográfica le han llevado a adoptar una independencia sin fisuras, lo que ha revertido en su obra en la forma de una experimentación y una renovación constantes. Esa trayectoria, sin embargo, no ha desviado el norte de lo que para él supone la esencia del arte poético. Su postura al respecto es clara (al-Shu`arâ´, abril, 1999): "Hay algo conservador en el arte que es imprescindible para que sobreviva; por ejemplo, la libertad, la emancipación, la identidad y la especificidad, conceptos todos ellos considerados caducos hoy en día, en la era del cientifismo. ¿Vamos a aceptarlo sólo para ser modernos?"

Carezco de elementos de juicio para valorar la fidelidad o la exactitud de la traducción, pero sí se me hace evidente que tanto la edición como la versión castellana han sido objeto de una atención y un cuidado extremos. Luz Gómez, que ya tradujo El fénix mortal (Madrid, Cátedra, 2000) y Estado de sitio (Madrid, Cátedra, 2002), ambos del mismo autor, ha escrito además un prólogo nítido, revelador. En él pueden hallarse algunas claves para acometer con buen pie la lectura a menudo compleja de Darwix: "Darwix ha aportado a la poesía árabe moderna su sentido de la cadencia, que conjuga las raíces melódicas de la tradición árabe, basada en el pie métrico, con los logros compositivos de la poesía occidental tras la aparición del verso libre." Trascendiendo el ámbito formal, el nombre de Mahmud Darwix suele vincularse a algunos de los mayores exponentes del realismo metafísico contemporáneo: Czeslaw Milosz, Seamus Heaney, Derek Walcott o Joseph Brodsky. Si en 1977, éste último escribía: Se alza inmóvil el mañana tras el día de hoy, / como tras el sujeto el predicado; en 1992, en su poemario Once astros, Darwix escribe: …¿me marcho de nuevo / mientras me queden uvas y memoria, aunque las / estaciones me fallen / como el estilo a la idea? Algún sustrato hay de esos autores en la obra del palestino, aunque es quizá en la concepción de la estructura del poema donde mejor reconocemos el cruce de tradiciones. Siguiendo la máxima de Alexander Blok de que el poeta crea armonía a partir del caos, Darwix ha tratado desde sus primeros libros de ordenar su caos de exilios y continuas reinvenciones experimentando con distintas soluciones estructurales. En ese sentido, resulta ejemplar la maestría con que maneja la estructura dramática en los poemas de verso libre, la precisa dosificación de intensidad y silencios, es decir, la relación de cada una de las partes con la intención emocional del poema.

Una observación final. Mahmud Darwix suele inocular a sus poemas la semilla para representar un conflicto de ideas, un conflicto que no siempre se resuelve en el texto, sino que crece en la lectura, que se interpreta en el lector. El poema rara vez abandona el propósito de enfrentar al hombre con el motivo de su existencia, pero sí la óptica y la sinceridad con que esas cuestiones son formuladas. El propio autor lo planteaba en una entrevista para la revista Nación Árabe, (nº 40, invierno 2000): " (...) la poesía expresa un único significado, pues crea una realidad, sea equivalente, opuesta o contraria; al final, crea una realidad lingüística que el hombre necesita para soportar el trauma de su condición real de ser humano, de su dilema, y le plantea renovadas las preguntas que se hace de lo que no sabe". La poesía aparece, por tanto, como generadora de una realidad que se resiste a aceptar tal cual la otra realidad, la que existe fuera del poema, poniéndola en cuestión, desenmascarándola o, como sucede en el magnífico poema "Contrapunto", desafiando su pesimismo: Una pregunta así llama la atención del novelista / en un despacho de cristal que da a / los lirios de un jardín… donde la mano / de la hipótesis es blanca como la conciencia / del novelista cuando ajusta cuentas / con la naturaleza humana: No hay mañana / en el ayer, ¡avancemos pues!

Andrés Navarro










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