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Big bang

María Eloy-García, Cuánto dura cuanto, El Gaviero, Almería, 2007.

Una sopera, una termomix, el homo sapiens, la vecina del Tercero B, la peluquera y la teoría propugnada por el Botánico-Conservador del Museo Británico Robert Brown: todo esto, y más, cabe en los poemas de María Eloy-García (Málaga, 1972). Cristina Llorente, autora de la ilustración de portada de Cuánto dura cuanto, ha acertado de pleno: en ella alguien —hombre o mujer, sin definir: María ha abogado siempre por una poesía neutra, libre de marcas de género, en una firme posición ante la igualdad— casi perece bajo un carrito de la compra. La silla, la batidora, la nevera y la lavadora cobran vida, y luchan por abandonar su encierro —la casa— y abalanzarse sobre quien las portaba.

Cuánto dura cuanto retoma el objetivo de Metafísica del trapo (Premio Carmen Conde; Madrid, Torremozas, 2001), un poemario que explicaba el mundo desde presupuestos científicos, incluyendo disciplinas como la historia en este cajón de sastre, y deslumbrándonos con textos como “polvo austrohúngaro”, algo así como un estandarte de la poética de María: temas mundanos, humor en el fondo, imágenes inusuales en la expresión. En Cuánto dura cuanto la temática parece más compacta, más cohesionada: los cambios vitales, las distintas etapas de nuestra existencia, las paradojas de nuestros estados. ¿Todo fluye y nada permanece? ¿Todo es eterno, y somos nosotros quienes pasamos por ahí? No me considero apta para reseñar Cuánto dura cuanto, pues desconozco o no ubico correctamente la mayoría de sus referencias. El conocimiento de María apabulla: filosofía y teoría del arte, sobre todo, pero también otras disciplinas de la ciencia aparentemente alejadas de la literatura. Sé, por eso, que muchas de sus intenciones, y muchos de sus significados, se me escaparán: disculpen.

Sin embargo, justo aquí reside el mayor atractivo de Cuánto dura cuanto: en su multiplicidad de lecturas. Es un poemario que puede ser disfrutado y comprendido por una neófita como yo, y al mismo tiempo por expertos y conocedores. El caso es que la poesía, y aquí imagino a María parafraseando a Mulder y Scully, está ahí fuera. En una sociedad que reacciona con estereotipos y prejuicios ante este género literario, que se enseña mal en las escuelas y se condena a los rincones en las librerías, es necesario buscar no sólo otras formas de contar, sino también otros asuntos para cantar. Y esto es algo que María Eloy-García hace más que mejor: arroja al fango la poesía, la recoge sucia, y nos la presenta limpia y renovada. Todo gracias a una base teórica solidísima, como he dicho, acompañada por una aspiración estética clara —construir un lenguaje nuevo merced a coordenadas inusuales, transformando en metáforas elementos de nuestro mundo que difícilmente habrían sido considerados poéticos en otras épocas— y, sobre todo, por un talento muy particular.

Cuánto dura cuanto es una bomba de relojería. Irónico, diferente, chamánico. “El ciclo de Hipermuriel”, bloque inicial del libro, es una brillante —el adjetivo es justo y necesario— colección de poemas sobre una empleada de supermercado que pasa de cajera a carnicera, de encargada a panadera, y gira en su universo laboral igual que nosotros pasamos por la vida, y es pasiva —ese primer verso, estoy pensando en la cajera sedente— pero al mismo tiempo ejerce de motor de acción de ese mundo de estanterías, almacenes y productos que se reponen. “Transverberación de la vecina”, poema visual incluido, recorre nuestra historia y nos abofetea: no hemos cambiado tanto; “La puerta Magritte”, la tercera parte, se eleva y otorga una pátina casi mística a nuestro día a día; y el “Epílogo”, constituido por un único poema, nos advierte: tras la ranura no hay nada verdadero / porque lo completo es un engaño. Poesía como un big bang, explosiva y esencial.

Elena Medel










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