Poesía Digital

Tan dedicados

Mi historia con las dedicatorias, como tantas mías, es la de una palinodia. Mantuve que eran una intromisión de la vida privada del poeta muy pocas veces justificada por la poesía. Si se quería ofrecer un poema a alguien, habría que escribírselo, como se les hace a las amadas. ¿Recuerdan, entre miles, el poema de Carlos Edmundo de Ory en Soneto vivo?

A mi esposa

Sin ti soy triste cosa y triste cosa
Sin ti me lleno de humo y me extravío
Sin ti me armo un lío y me armo un lío
Sin ti mi esposa busco en ti mi esposa

Contigo la hosca vida es cosa hermosa
Contigo sin dinero compro un río
Contigo nunca lloro y siempre río
Contigo viajo al cielo en mariposa

Yo no te he dado nada y sin embargo
Sin darte nada tú me has dado una
Una mejilla donde puse un beso

Y tú me has dado eso y me hago cargo
Y tú me has dado el queso de la luna
Y tú me has dado eso eso eso

Así, sí. Los poemas dedicatoria, como éste, forman un género fecundo y, pensaba, suficiente. Además de los amorosos, los hay dedicados a los amigos, a los ex amigos, a los enemigos, a los países, a las ciudades, a los padres, a los hijos, a las hermanas, a una desconocida, al lector, etc.

Contra las dedicatorias puramente formales tenía yo ese carácter suyo de addenda. El mismo formato de la dedicatoria, casi siempre en cursiva o en versalitas y con una letra de cuerpo menor, ya avisa de que estamos ante algo distinto del poema. Y lo peligroso es que esa otredad puede perturbarlo. Especialmente incómodo resulta cuando el texto utiliza el “tú testaferro” o va dirigido a una persona que no es el homenajeado. Se produce una vacilación en el lector acerca de a quién hablan los versos. Se me dirá que suelen ser muy leves vacilaciones, pero en el mecanismo de precisión verbal que todo poema es, resultan molestas.

Además, lo natural es que el lector del poema se pregunté el por qué de cada dedicatoria. Se lee entonces con el zumbido de preguntas revoleteando alrededor. A veces, la causa está bastante clara, como cuando Aquilino Duque dedica “De re rustica” a José Antonio Muñoz Rojas, autor de Las cosas del campo o el joven Alberti su “Triduo a la Virgen del Carmen” a su devota madre. En otras ocasiones hay más espacio para la especulación y, por tanto, si el poeta no ha contado con ella, para la distracción.

A pesar de mis reticencias, me daba cuenta de que mis prejuicios nadaban a contracorriente de la tradición literaria. Por otra parte, el agradecimiento es la generosidad de los pobres y los poetas dan lo que tienen: poemas. Para no dejar de ser generoso y evitar a la vez los riesgos que con tanta susceptibilidad percibía, opté por dedicar en mi tercer libro pocos poemas y sólo a nombres de la literatura fácilmente identificables por el lector avisado.

Pero aún he tenido que rendirme más. Una nueva buena amiga me habló con contenida emoción de su padre, que había sido tocayo mío. Yo, tan sensible a los sentimientos filiales, la oí con gusto. A las pocas semanas, me senté a releer Europa, como acostumbro, y saltó a mi vista, de pronto, la dedicatoria del poema “Exaltación del rito”: “A Heinrich Brackelmanns”. No sé cuántas veces habría yo pasado por esa página ni sabía entonces cuál era el nexo entre el padre de mi amiga y Julio Martínez Mesanza, pero sentí una emoción especial, que no venía estrictamente de los versos, pero que gravitaba sobre ellos.

Las dedicatorias, hechas con cuidado y con la misma honestidad que el poema mismo, contribuyen, ahora lo reconozco, a elevar la temperatura emocional de la página. Y yo, que creía que me sabía mi Dante, había pasado por alto la Epístola X a Can Grande, donde el poeta explica:

"Considerando pues vuestra amistad como un magnífico tesoro, deseo emplearme en conservarla con diligentes y precisos cuidados. Y como en los dogmas morales se enseña que la amistad se estabiliza y se conserva con dones proporcionados, muchas veces quise hallar algo que pudiera equipararse proporcionalmente con los beneficios recibidos, y por ello más de una vez me puse a considerar cuidadosamente mis minúsculas cosas y algunas elegí, y separé unas de otras y las consideré por separado, inquiriendo cuál sería la más digna y agradable para Vos. Y no hallé nada más afín con vuestra excelencia que el cántico sublime de la Comedia que lleva el título de El Paraíso; y en la presente epístola, como a Vos consagrado con epígrafe propio, a Vos lo dedico, lo adjunto, os lo ofrezco y finalmente lo dejo en vuestras manos".

Y Jorge Luis Borges, que también pensaba que me sabía, puso el dedo en la llaga. Fue en la “Inscripción” con la que ofrece Historia de la Noche a María Kodama:

"Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre".

La redondeó con otra “Inscripción”, la de su último poemario, Los Conjurados:

"De usted es este libro, María Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que está sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos, los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas?

Sólo podemos dar lo que ya hemos dado. Sólo podemos dar lo que ya es del otro. En este libro están las cosas que siempre fueron suyas. ¡Qué misterio es una dedicatoria, una entrega de símbolos!"

Completamente rendido empecé a fijarme en ellas. Y en su misterio, que crece a medida que se le atiende. Mi primera idea fue dedicar aquí a las dedicatorias una divagación de vago estío, pero he de entonar una nueva palinodia: el tema demanda un desarrollo que excede los límites de un artículo. Me limitaré, pues, a levantar una provisoria taxonomía.

Las dedicatorias pueden clasificarse:

I.-Según el motivo, lo que daría:

• Las clásicas; con ocasión de natalicios, bodas, defunciones, etc. Entre éstas, las de poemas in memoriam son las que gozan de mejor salud. Los poemas dedicados a Víctor Botas han dado lugar a una recopilación espléndida.

• Las alimenticias. Otro clásico: a lo largo de la historia, abundan los ofrecimientos a poderosos mecenas. Quizá un débil (o vergonzante) eco de esa práctica sean las dedicatorias a editores o a gestores culturales. Y otro eco (más fuerte o vergonzoso) cuando son a líderes políticos, como Neruda al padrecito Stalin.

• Las de celebración de una amistad. Este el motivo que Dante en la citada Epístola X considera fundamental, porque lo es y en parte quizá porque es el opuesto a las dedicatorias alimenticias.

• Las de amor, desde luego.

• Los ajustes de cuentas. Como la hirsuta y preciosa dedicatoria —Miguel Hernández en estado puro— de El rayo que no cesa: “A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya”.

II.-Según la forma, pueden hacerse mediante:

• Iniciales. Lo cual aboca al lector a detective o, con menos novelerías, a revolvedor, digamos, de crucigramas. Sin duda tiene un halo de misterio muy anglosajón. Y aún podría diferenciarse, a riesgo de partir un pelo en dos, entre las iniciales identificables y las irremediablemente privadas.

• Pronombres. El otro sueño de Luis Alberto de Cuenca está dedicado “Para ti”, aunque el primer poema, “Julia”, concreta más. Similar a los pronombres, pero más sugerentes, son los nombres fingidos, o los apelativos privados. Juan Antonio González Iglesias ofrece “Nosotros no dormimos en el lecho paterno” de esta manera: “Caballito, este poema tiene tantos versos como tú tienes años. Buena señal. Por ti”.

• El nombre de pila. Generalmente da un tono íntimo, muy apropiado para las dedicatorias a amigos y a familiares (Véase “Palabras para Julia” de José Agustín Goytisolo). Se puede usar incluso el diminutivo, Paco, Pepe, Manolo, aunque en principio parece exagerado. Sería la versión campechana de los nombres latinizados de los renacentistas o de los pastoriles de los ilustrados.

• Nombre y apellidos. Las cosas claras. Aunque no simples, pues nos avisa Álvaro García en su Poesía sin estatua que cada nombre propio es una imagen.

• Nombre y apellidos, acompañados de un título o de una leve caracterización. Juan Ramón Jiménez se especializó en las dedicatorias con retrato impresionista. Así la de Laberintos es "a Jacinto Benavente, príncipe de este renacimiento". Luego, cada sección se dirige a una mujer (sólo nombre propio) con unas notas, que bosquejan una historia o un cuadro: "A Graciela, la hermana mayor de Rosalina, que me quería tanto ¡o más! que ella" o "A María que cuando estrechaba mi mano, hacía como que se la llevaba al corazón" o "A Denise que miraba de lado, doblando la cabeza, como las palomas", entre otras.

• Con cónyuge incluido. Transmite la impresión de que el autor es muy amigo de la familia, que el trato trasciende lo propiamente literario.

• Poema-dedicatoria. Chesterton los escribió para dedicar dos de sus novelas, El hombre que fue Jueves y El Napoleón de Notting Hill. Y viceversa: dedicatorias-poema o dedicatorias que por su extensión, disposición tipográfica y voluntad de estilo acaban convirtiéndose en un poema, como la de Miguel d’Ors en Curso Superior de Ignorancia:

A Juan Manuel Orge,
que oyó, niño, los tambores franceses;
a don Manuel Vidal Boullosa, “Ferro Velho”,
el rey de la chatarra,
y su señora, doña Marina Valente, portuguesa;
que lloró mucho con la revolución de Septiembre;
a don José Estévez, el buen médico de barba bíblica,
que una noche, regresando de un parto en su yegua,
se encontró con el lobo por la parte de Antas
y engendró doce hijos famosos
en las ferias de todo Pontevedra;
a doña Cecilia Rovira, cubana, que murió
leve como una violeta
en 1895;
a Álvaro Pérez González, vendedor de paños, de Valladolid,
formal en los negocios;
a don Luciano Lois Barros, natural de Paraños, abogado,
que sabía tratar con los aldeanos y fue muy cazador;
a todas las vidas que desembocaron en mi vida
trayendo cada una su poco de poeta.

• Texto explicativo o nota de autor. Una de las páginas más perfectas de Borges, que ya es decir, es de este tipo: la dedicatoria a Leopoldo Lugones que abre El Hacedor.

III.-Según el lugar que ocupe en el libro:

• Bajo el título del poema. Esto es, lo de toda la vida.

• En el título del poema. Muy apropiado para un poema dedicatoria. Por ejemplo, Francisco Bejarano, en Las tardes, titula “A José Mateos, tan delicado”.

• En los versos. Aún sigue siendo la que yo prefiero. “Abel, hermano, yo caí” —si me permiten tropezar en la autocita— es el primer verso de mi “Elogio de la indeferencia”, dedicado a Feu.

• Al comienzo del libro. Usada cuando se dedica todo el libro. Incluso puede hacerse en el título del libro: Pablo García Baena escribió Gozos para la Navidad de Vicente Núñez.

• Al final, en un listado de dedicatorias. Sistema muy útil para evitar las interferencias con los poemas. Si las dedicatorias se acompañan de explicaciones, funciona mejor y se mitiga la sensación de listín telefónico. Estas prosas dan muchas posibilidades, bien exprimidas por Javier Rodríguez Marcos, que llega a dedicar un poema inexistente en Mientras arden:

 “Para J. Alcaíns era un poema que se quedó en la travesía del desierto. Él sigue ahí, buena demostración de que el arte es largo”.

IV.- Según los propósitos. Delicado criterio porque exige hacer juicios de intenciones, que están, por otra parte, en la mente de todos. Pueden servir, entre otras cosas,  para:

• Demostrar cuántos escritores conoce uno —o aristócratas, recordemos a Rilke—. O sea, tanto en un caso como en otro, lo que los snobs llaman dropping names.

• Corresponder a una previa dedicatoria o a la invitación a un congreso o a las críticas favorables… Juan Ramón lo reconoció sin ambages y manifiesta en las primeras páginas de Jardines lejanos (1904):

"Aquí deja mi alma su agradecimiento para los poetas que tan cariñosamente escribieron sobre su libro ARIAS TRISTES: Manuel Abril, Bernardo G. de Candamo, R. Cansinos Asséns, Rubén Darío, Viriato Díaz-Perez, Pedro González-Blanco, Rafael Leyda, Antonio Machado, J. Martínez Ruiz, G. Martínez Sierra, F. Navarro Ledesma, José Ortega y Gasset, J. Ortiz de Pinedo, Julio Pellicer, Miguel A. Ródenas, J. Ruiz-Castillo, José Sánchez Rodríguez, Manuel Ugarte".

• Mostrar un grupo literario. Uniendo los puntos de las diversas dedicatorias se podrían ir dibujando las distintas constelaciones poéticas. Pasa con todas, pero una especialmente rutilante resalta del cruce de las dedicatorias de La plata de los días (1996) [A Paco Díaz de Castro y Almudena del Olmo, a Luis García Montero, a Francisco Brines, a José María Álvarez y Carmen Marí, a Pere Rovira y Celina Alegre, a Carlos Marzal y Felipe Benítez Reyes, a Silvia Pratdesaba, Manolo Borrás y Manolo Ramírez y a César Simón, entre otros] con las de Los países nocturnos (1996) de Carlos Marzal [a Luis García Montero, a Carmen Marí y José María Álvarez, a Celina, Emilia y Pere Rovira, a César Simón, a Vicente Gallego, a Felipe Benítez Reyes y a Manuel A. Benítez Reyes, entre otros].

• Reconocer influencias. El recuento de dedicatorias podría ser un indicador, entre otros más cualitativos, para ponderar el peso real de los maestros en las nuevas promociones de poetas. Estoy seguro de que nos llevaríamos más de una sorpresa, en los dos sentidos.

• Rendir homenajes. Javier Almuzara dedica “Breve historia de un soldado” a Julio Martínez Mesanza. Interesa mucho avisar que en otros casos las dedicatorias pueden servir para hacer trampas, como confiesa Jaime Gil de Biedma en la “Nota a la primera edición” de Las personas del verbo: “He suprimido un poema, "Desde lejos”, en el que deliberadamente conspiré para enmascarar la influencia de Jorge Guillén con imitaciones y collages de Antonio Machado. Su deshonestidad hace ya muchos años que me causa rubor. He suprimido también "A un maestro vivo", poemilla dedicatorio que le precedía y que, por sí solo, no se tiene”.

V.- Según su función retórica, la dedicatoria puede:

• Agotar su función en sí misma, en su misterio y en su intercambio de símbolos, nada menos. En esta línea, es muy perspicaz y pertinente lo que apunta, aunque hablando de dedicatorias manuscritas, Ernest Jünger en Radiaciones el día  22 de mayo de 1942, en París:

"Poupet ha dicho que la dedicatoria más bella leída por él en un libro es ésta: ‘A Víctor Hugo, Charles Baudelaire’. Es cierto, pues ninguna invención alcanza la profundidad de la sustancia. Hacerse un nombre significa, en este sentido, otorgar sustancia a ese nombre dando el máximo peso a cada una de sus letras".

• Enriquecer el texto ofreciendo claves de lecturas, aprovechando la curiosidad que una dedicatoria despierta en el lector atento. Cuando en Escrito a cada instante, Leopoldo Panero dedica su poema sobre Federico García Lorca, “España hasta los huesos", a Dámaso Alonso, está sugiriendo que la poesía y sus lazos estéticos y generacionales están por encima de cualquier división ideológica.

• Dar el tono al poema o al libro. Luis Cernuda dedica el conjunto de su obra poética “A mon seul Désir”.

• Aumentar el interés del poema, como si se dejase entreoír una conversación ajena, recurso típico de la literatura epistolar al que no es ajena, en absoluto, la poesía. O intensificar el efecto del poema dialogado. Recuerden a Machado y su poema “A José María Palacio” cuyo primer verso es: “Palacio, buen amigo”. El diálogo puede ser discusión: “En torno al casticismo” de Jon Juaristi se dedica “A Fanny Rubio que me desaconsejó escribir en la lengua del imperio”.

• Apelar al lector: "—Hypocrite lecteur, —mon semblable, —mon frère!". Si tenemos en cuenta que todo poema se le dirige, estas dedicatorias tienen el valor de subrayar una relación esencial de la poesía.

Esta clasificación abunda en arbitrariedades y habría que precisarla, hacer una introducción histórica, manejar bibliografía, fijar mejor los límites de concepto, analizar más casos particulares y abordar el complejo asunto de las relaciones entre biografía y literatura. Pero podemos esperar tranquilos otra ocasión si en ésta quedó claro que las dedicatorias tienen un efecto sobre el estricto hecho poético, con independencia del juego que den a nuestra curiosidad. Por un lado son una fuente de información sobre las influencias y las relaciones literarias. Por otro concurren más o menos sutilmente a la experiencia lectora. El lector, el crítico y desde luego el poeta han de ser muy conscientes de ello.

Enrique García-Máiquez