Poesía Digital

Cercano

Víctor Giménez, Taberna irlandesa, Casa de Galicia en Córdoba, Córdoba, 2006.

Víctor Jiménez (Sevilla, 1957), ha obtenido con este poemario el premio Rosalía de Castro que concede y publica la casa de Galicia en Córdoba. El autor, galardonado ya anteriormente por la academia sevillana de Buenas Letras con el Florentino Pérez Embid, se nos muestra cercano e intimista ya desde el título de su libro. He de reconocer que siento debilidad por las tabernas inglesas e irlandesas, y en ese ambiente de penumbra y fuego encendido me dispuse a leer estas páginas, siguiendo con facilidad el hilo de una historia tan antigua como la de cualquier otro poeta.

Porque, si nos atuviéramos a un biografismo ciertamente trasnochado, sólo veríamos en ellas, quizás, la historia de un amor imposible, una ruptura casi anunciada desde el comienzo  y un olvido que, como todos los olvidos, no llega, y no llega, y no llega...  Para mi gusto es este ansiado olvido el que más juego poético da al autor, con su vertiente desencantada o tierna, incluso filosófica, como en "Soliloquio" o en "Era un hombre que soñaba...".

¿Y tus sueños y mis sueños?
Los sueños de aquellos años...,
caballitos de cartón
que la lluvia fue mojando.

Las palabras invocan poderosamente imágenes decrépitas e invernales, y ésa es la magia que debe desprender un buen poema. El sueño como elemento que sustenta un amor y todo un mundo lírico está muy presente en Víctor Jiménez. Un sueño unido al paso del tiempo, que en los poemas cortos cobra carácter de aforismo, con todo el sabor reconcentrado de la sabiduría popular.

Nos va separando el tiempo:
tú siempre los mismos años
y yo los que voy cumpliendo.

Son piezas cortas teñidas de nostalgia, de la madurez que da el tiempo transcurrido, donde resurge el amor que se piensa, se sueña y se recuerda, con el remordimiento tal vez de lo que no se ha dicho. El silencio a veces juega a favor de los amantes y a veces lo hace en contra: en ocasiones pesa como una losa, como en algunos poemas del libro. Una tensión que no se resuelve, porque no puede resolverse; tampoco sería una buena solución poética. Hay que dejarlo todo en manos del recuerdo, en puntos suspensivos.

Porque aquí estamos juntos para todo el olvido,
desde aquél primer verso, desde no sabes cuándo.

Todo esto  planea en la segunda mitad del libro: una mitad que se introduce con un leve toque de ironía, de autorretrato burlesco: "nunca las ciencias se me dieron bien".

Los versos de la primera parte son versos clandestinos, o al menos predomina en ellos el adjetivo clandestino. El sabor clandestino del beso de tu boca, nos dice en el poema introductorio, delatando su gusto por el alejandrino. Una vez me dijeron que los poemas de amor son los más difíciles, y es cierto. Porque el ambiente que recrea en los poemas breves corre el peligro de diluirse en los largos, que se precipitan a veces por un coloquialismo algo prosaico:

Cuando te vas porque te da la gana

O:

Si un día alguien se acerca y va y te dice
así como quien no quiere la cosa

Sí está muy bien captado ese ambiente de complicidad (no encuentro otra manera de llamarlo), en poemas encantadores que describen miradas, otra vez, clandestinas:

¿Apostamos miradas
o apostamos la vida?

Pero la vida es justo lo que se niega en algunos momentos de escepticismo y desencanto. A los diálogos a media voz le suceden, afortunadamente para el lector, los soliloquios plenos de verdad poética condensada. Y es que a veces cantar en tres versos es mucho más verdadero, funciona mucho mejor, que toda una amalgama de elucubraciones que no dicen, que no consiguen decir lo indecible.

Rocío Arana