Poesía Digital

Una nueva cima

Tomás Segovia, Llegar (Poemas 2005-2006), Pre-Textos, Valencia, 2007.

Cuando se cumplen cincuenta y siete años desde la aparición, en México, de su primer libro, La luz provisional (1950), Tomás Segovia (Valencia, 1927) ha publicado un nuevo volumen de poemas, Llegar, escrito en el umbral de su ochenta cumpleaños. Una vez más, como lo hiciera en tantas ocasiones, algunas ya muy lejanas en el tiempo (por ejemplo, los hitos de Anagnórisis, en 1967, o de Terceto, en 1972), el poeta valenciano-mexicano alcanza una nueva cima en su escritura, llegando otra vez, como sugiere el título de esta obra, a una plenitud poética y sapiencial desde la que parece difícil poder seguir escalando. Algo verdaderamente admirable si consideramos el conjunto de su extensa y exigente obra poética, antologada recientemente, en 2003, con el título de En los ojos del día (Galaxia Gutenberg).

En esta nueva entrega Tomás Segovia continúa la exploración existencial y metafísica, que lo es también verbal, de los libros alumbrados a partir de los años 90. No es que se produzca desde entonces un corte en su obra, que siempre ha sido muy variada (conjugando sus inquietudes personales de signo existencial, moral, erótico y metafísico, con su preocupación por la situación social de nuestro mundo; empleando también una versificación muy diversa y una dicción poética que va desde la fluencia coloquial, ansiosa e irrefrenable, hasta el poema ceñido y muy equilibrado en su estructura). No es que se haya producido tal ruptura, no, pues en sus últimos libros aparecen muchos de estos rasgos que he mencionado y se debate el mismo drama humano del destierro de un origen tan bello como ignoto, el cual provoca la urgencia por conocerlo y regresar hasta ese lugar de plenitud. Lo que sí se advierte en las dos últimas décadas es una búsqueda de ese lugar de llegada con una disposición espiritual más serenamente contemplativa, volcada en la celebración de la felicidad del instante, aun a sabiendas de que el curso irreparable del Tiempo nos siga llevando por parajes imprevistos. Su estilo también propende desde entonces hacia un cuerpo textual más escueto y armónico, incluso en medio de los dramas cotidianos, que se expresan ahora con una contención más notable y más volcada hacia la celebración del hallazgo que hacia el lamento por las pérdidas. 

En Llegar también advertimos los caracteres de estos libros recientes, pero intensificados y dedicados en exclusiva a la búsqueda del lugar más propicio, que comporta también un deseo por instalarse en un tiempo, en una duración más consciente y gozosa. De ahí que los poemas de este libro se centren en la breve pero sugeridora representación del paisaje cotidiano, concebido como el reflejo más puro del Universo y el punto de partida para cualquier búsqueda de sentido. Esa actitud contemplativa y celebradora del "lugar de llegada" se refleja, por ejemplo, en la significativa frecuencia del adjetivo fresco y del sustantivo silencio, con todas sus variantes léxicas, los cuales insisten en esa disposición para la escucha, para la apertura hacia un mundo tan misterioso como amable ("A la escucha" se titula precisamente el primer poema).

Cada poema de este volumen nace de una mirada asombrada -a la vez que serena- hacia los elementos esenciales del paisaje, hacia aquellos seres naturales más universales en el espacio y en el tiempo, más elocuentes sobre el continuo dinamismo y permanencia del Mundo: los árboles, la luz, el cielo, las nubes, los pájaros, las olas... Se trata de paisajes concretos, hondamente vividos en toda su singularidad, pero que, a la vez, se han despojado de todo elemento puramente anecdótico o pintoresco, para que así hablen mejor de la belleza esencial de este mundo. De esta manera, tales paisajes, sin dejar de ser y de aparecer como reales, son también simbólicos, porque trascienden la experiencia biográfica y conducen al lector hacia la purificación que ese paisaje ha propiciado en el alma del yo-poético. Tal purificación es una vuelta al comienzo, a la inocencia del principio, pero haciendo un uso muy realista y sensato de la memoria propia del hombre maduro, que recomienza cada día su existencia con la lucidez que le ha dado el tiempo vivido. La suya es, pues, una inocencia sabia. Asimismo, en estos paisajes el Tiempo parece detenerse y, sin que salgamos de este mundo, instalarnos en otro tiempo (¿tal vez la eternidad?) desde el que puede mirarse todo el Universo con una lucidez y un amor insospechados. En efecto, el gozo del yo-poético no proviene sólo de su sabiduría intelectual, sino del inmenso amor que ese saber suscita hacia los otros y hacia el Universo entero. Y es esa lucidez amorosa la que lleva al poeta a intuir la trascendencia de este mundo sin dejar de contemplar nunca la inmediatez del paisaje, el cual nos hace presentir que hay algo más de lo que vemos:

(...) y los árboles hacen
Con la luz esa danza cadenciosa y sin cuerpo
Tiene que ser que todo el tiempo hay otro tiempo
Y todo el tiempo otro modo de habitar el espacio
Y tener gravidez
Tiene que ser que la verdad no cabe toda
En nuestro terco empuje hacia adelante.

 (“Más verdad”, pág. 72)


Resulta admirable la amplitud de niveles temáticos dentro del libro y aun de cada poema, aunque muchas veces no sea posible deslindarlos de una frase a otra. Aquí comparece la satisfacción sensorial (Este es el viento bueno / Derramado ahora mismo / De un fresco manantial de exhalaciones, pág. 81) y la intelectual (Sigue siendo verdad si bien lo vemos / Que la vida no avanza pero sí se mueve, p. 65); la moral (En este sitio donde ahora he entrado / Inmortalmente protegido / Por la oscura enramada / No ha entrado nunca el Mal, p. 70), la existencial (Los ojos del muchacho que fui un día [...] / Y que me mira ahora mudamente asombrado / De que lo haya traído yo hasta aquí, p. 45), la estética (aunque fundida con la moral: Porque no hay que ir allá buscando nada / Hay que esperar aquí / Haciendo la morada los unos a los otros / Para que venga sola y libre la belleza / A vivir con nosotros, p. 84) y la metafísica (Y que la vida entera es un tejido / Flotando por la luz / Tramado de secretos sentimientos, p. 69).

Los pocos versos transcritos pueden dar alguna idea de la natural fusión entre una simbología sencilla, vívidamente sensorial, y una reposada reflexión que se alumbra al tiempo que se goza; nunca una reflexión descarnada, sino un pensar cordial y emocionado que jamás se despega de la íntima experiencia vital. Con esta sobriedad de recursos tan bien (y secretamente) aprovechados, Tomás Segovia ha obtenido un amplio conjunto de poemas fuertemente ligados entre sí y que, por su honda y misteriosa sencillez, hablan de la trascendencia del más allá al lector creyente, aunque en ningún momento se mencione a Dios. Pero también al lector agnóstico le invitan a disfrutar de la consistencia de ese mundo, a hacerlo más habitable y humano, y a intuir que, pese a todo, sigue habiendo un misterio que nos sobrepasa. En fin, todo lector, sea cual sea su situación intelectual y espiritual, sentirá haber llegado a un punto avanzado del camino, aunque el centro del Misterio siga interpelándonos serenamente.

Carlos Javier Morales