Poesía Digital

Ser música o ser muerte

Álvaro García, El río de agua, Pre-Textos, Valencia, 2005.

Nada distorsiona tanto el desenvolvimiento de la poesía de hoy como la imperiosa demanda de innovaciones por buena parte de la crítica. Mientras que pareció un "–ismo" más, el tradicionalismo (Las tradiciones se tituló la recopilación de la poesía de Andrés Trapiello y “Todo lo que no es tradición es plagio” afirmó, siguiendo la costumbre familiar, Miguel d’Ors) fue más o menos aceptado. Pero cuando los críticos cayeron en la cuenta de que aquello implicaba el desmantelamiento del tiovivo de las modas, y que los poetas estaban por hacer una evolución hacia dentro, sin apedrear al padre ni abuchear a los abuelos, cundió el pánico. ¡Es tan fácil reseñar y clasificar a los escritores cuando se ordenan ellos mismos en manifiestos! A partir de entonces, ciertas constantes de la poesía de siempre, como la presencia del yo lírico o el valor referencial del lenguaje, han empezado a tacharse de epigonales. Se está poniendo tanto empeño en que surja una nueva estética entre los más jóvenes, que si la cosa termina de cuajar, habría que llamar al resultado “la generación pedida”.

Pocos poetas de la quinta de los noventa podrían haber reclamado con más derechos que Álvaro García su condición de precursores de estos nuevos aires. Ya en su primer libro, La noche junto al álbum, se vislumbraban una evaporación de la anécdota y del yo y una querencia a la abstracción filosófica. Sin embargo, él no ha entrado en esos juegos y ha preferido seguir construyendo por libre su exigente obra poética, cada vez más unitaria. En este sentido, resulta ejemplar el ensayo Poesía sin estatua (Pre-Textos, 2005), donde se acerca al hecho poético con sensatez fuera de lo común. Defiende que el poeta ha de saber interpretarse a sí mismo como parte de una esencia universal. Nada de esto es posible sin la potencia de percepción y de acción lingüística que nace de la vivencia concreta, pero tampoco será posible si solamente hay vivencia.

Difícilmente se podrá discrepar. Claro que luego, en la práctica poética, es donde cada poeta tiene que dilucidar qué y cuánto de vivencia transparentará su poesía, asumiendo que en esa elección se juega el estilo e, incluso, el existir de su obra, porque como señala el lúcido Álvaro García: La poesía puede fracasar por exceso o por defecto de arranque auténtico en lo vivencial.

Él ya venía decidido de sus anteriores libros, donde nos había indicado que su poesía alumbra gracias a el leve filamento / de un verso, luz de fiebre y que para que se haga la luz, la noche es requisito. Apostó, pues, por la levedad del verso, que resplandece en medio de cierta oscuridad. O, dicho de otro modo, por un adelgazamiento de la materia poética, que como una fina lámina de mármol / deja pasar la luz. En El río de agua, a pesar de que la longitud de su poema único podría inducirnos a pensar otra cosa, se mantiene la depuración extrema.

Quizá lo más sorprendente sea el título, ese aparente pleonasmo. Cuando Álvaro García tituló su primer libro La noche junto al álbum rindió un homenaje a T. S. Eliot y a sus Cuatro cuartetos, pero a la vez recogía resonancias del “junto al agua” de nuestros clásicos y nos apuntaba que su tema era el tiempo, que se remansa de noche y en las fotografías. Ahora, al subrayar que estamos junto a El río de agua, sigue siendo fiel a ese tema central de su obra, pero desarticula lo tópico de la vieja metáfora de Heráclito (y de Jorge Manrique) y nos sitúa ante nuestro ser tiempo con una referencia casi originaria a una recobrada realidad natural. Flotamos en el agua, no en el tiempo, recalca en el poema. Pero ya avisaba en Intemperie que no es tan sencillo: (…) lo más simple: / un puente sobre un río —suponiendo / que sea simple un puente, y más un río.

Para hablarnos de la fluencia, escoge casi siempre la forma dúctil y continuada de los endecasílabos blancos, atendiendo a la enseñanza de Gross según la cual la métrica crea ilusión de tiempo. Busca que el ritmo del poema recree el de la vida —esto es, la flexibilidad del tiempo mismo— y le salve: ser música o ser muerte. A partir de eso, confiado en que todo lo entiende esta salud que es música, Álvaro García deja a que la reflexión se produzca mediante un aluvión de imágenes, retórica elemental de su poesía.

Desde mi punto de vista, el fluir de imágenes no siempre funciona con la misma eficacia. El lector tiene la sensación, a veces, de estar ante un video-clip en el que se superponen interesantes o impactantes fotogramas a los que sólo el hilo musical mantiene unidos. Otras veces, las imágenes sí convocan misterio y emoción. Entonces El río de agua alcanza sus mayores cotas de calidad.

Y su mayor hondura metafísica. De un tiempo a esta parte, lo que se entiende como “poesía metafísica” consiste en variaciones y desarrollos del carpe diem. Con mayor ambición, Álvaro García se plantea qué somos cuando más desnudos: En el centro psiquiátrico hay un piano / y el joven teclea en él su identidad, / … / Sólo se acuerda de él una sonata. Y como esa música es memoria, que es ritmo, que es tiempo, concluye el poeta enlazando su muy metapoética meditación sobre el devenir con una indagación sobre nosotros mismos. No simplifica; pues lejos de ser lineal, el tiempo tiene meandros, corrientes secretas, permanencias y confluencias, como se explica en el fragmento en que unos niños arrojan naranjas a las ruedas de los coches que pasan o con este verso: Mirar un rato un pino de cien años. Finalmente, bajo el agua, que también es algo amniótico, hay un atisbo de eternidad, en el fondo del tiempo.

Enrique García-Máiquez
egmaiquez.blogspot.com