Poesía Digital

Se acerca lo lejano

Kenneth Rexroth, El amor y el tiempo y su mudanza, Gadir, Traducción de Carlos Manzano, Madrid, 2006.

En la poesía clásica china, a grandes rasgos, junto con la influencia de las tradiciones populares, cortesanas y religiosas, se alternan los periodos de predominio de ideas confucianistas –con primacía de la preocupación ética en la vida tanto privada como pública, no exenta de referencias más o menos explícitas a la situación política del momento–, con las épocas de mayor influencia taoísta, de tendencias más intimistas y esteticistas. La edad de oro de la poesía china es el periodo de las dinastías de los Suei y de los Tang (589-907), en que la diversidad formal, la variedad de temas y el refinamiento son mayores que en épocas precedentes. También en esa etapa las tendencias  basculan de una poesía humana y social a otra más artificiosa. La influencia de este periodo será muy grande en las dinastías posteriores.

Kenneth Rexroth (1905–1982), poeta y ensayista norteamericano de amplia cultura, destacó por sus traducciones de la poesía oriental, que influyó notablemente en su propia obra poética. Se edita ahora en castellano la antología de sus versiones de poesía clásica china –“hechas a lo largo de los años exclusivamente para mi propia complacencia”–, publicada en inglés en 1970, para la que eligió poemas en torno al amor y a la contemplación de la naturaleza. El resultado es que el lector de estos poemas, en su mayoría breves, disfrutará como disfrutó Rexroth al traducirlos. Se trata en bastantes casos de imitación de poesías populares, escritas para ser cantadas, que no requieren comentarios, puesto que son escasas las referencias a la historia de China y a sus protagonistas, y por la universalidad de sus contenidos: el amor, el tiempo, la naturaleza, la muerte... Al final, se añaden unas notas biográficas sobre los autores seleccionados, más de cincuenta, además de algunos poemas anónimos. Entre otros destacan, Chu Chen Po (s. IX), Hsieh Ling Yuen (385-433), la poetisa Li Ch’ing Chao (1084-1142), Li Shang Yin (813-859), al que se ha comparado con Mallarmé, Lu Yu (1125-1209); los cuatro grandes poetas de la dinastía Tang: Po Chu, Li Po, Wang Wei y Tu Fu, al que se asemeja con Baudelaire; Su Tung Po (1036-1101), Yuan Mei (1716-1797), etc.   

El resultado es un libro de un lirismo claro y sereno de gran belleza, que deja en el lector una huella difícil de borrar, de paz, de sosiego, que contrasta con los ajetreos a que suele someternos el diario quehacer en las grandes ciudades, incompatibles a menudo con el cultivo del espíritu. Colores, aromas, paisajes que configuran las estaciones y los estados anímicos de los poetas, en un tono evocador de gran intensidad. Las manifestaciones culturales pueden ser muy diversas, pero el sustrato es común, como se aprecia en esta antología lejana y a la vez tan cercana. Hay que elogiar también la excelente traducción de Carlos Manzano.

Pero mejor que hablen los protagonistas, sirvan como muestra los poemas "Viento otoñal del emperador Wu de Han (156–187)" y "Para la melodia Primavera en Wu Ling" de la poetisa Li Ch’ing Chao (1084–1142), escrito a la muerte de su esposo:

 El viento otoñal arrastra nubes blancas
 por el cielo. La hierba se vuelve
 marrón. Caen las hojas. Gansos salvajes
 vuelven hacia el Sur. Las últimas
 flores, orquídeas y crisantemos, relucen
 y exhalan su amargo perfume.
 Sueño con aquel hermoso rostro que nunca
 podré olvidar. Voy a dar un paseo por
 el río. La barcaza surca la corriente
 y corta las olas coronadas con
 crestas de plata. Suenan flautas y tambores
 y cantan los remeros. Me siento
 feliz un instante y después me embarga
 la antigua pena. Fui joven poco
 tiempo y ahora ya estoy envejeciendo.

  
 Ya ha amainado la suave brisa.
 El polvo perfumado se
 ha posado. Es el final de la época
 de las flores. Cae la tarde
 y la pereza no ha dejado peinarme
 en todo el día. Ahí están
 los artículos de tocador, pero mi
 esposo se ha ido para no
 volver. Cualquier esfuerzo sería
 en vano, cuando intento
 cantar, las lágrimas me ahogan.
 He soñado que mi barca
 de flores me llevaba hasta él, pero sé
 que un navío tan frágil no
 podrá cargar con tal peso de pena.

Luis Ramoneda