Poesía Digital

Serena sombra

Pablo Anadón, Estudios de la luz (2005-2007), Pre-Textos, Valencia, 71 pp., 2010

En uno de los mejores poemas de sus excelentes Estudios de la luz, el argentino Pablo Anadón presenta una escena apacible y familiar. Al principio parece la evocación de un hogar armónico dentro del cual el protagonista se siente hondamente arraigado (Yo he tenido una casa, / una mujer amada y unos hijos, / el patio con su cielo, con los pájaros…). Sin embargo, la leve alusión a unos conocidos versos de Martín Fierro hace presagiar que el final se cortará trágicamente, como así sucede:

Yo sé que en esa casa
Fui feliz, como puede serlo un hombre,
Que ha vivido asomado siempre al vidrio

De su desasosiego. Miro ahora
De afuera las ventanas, y esa puerta
Que dividió mi vida en dos mitades.



Anadón ha incluido aquí algunos elementos recurrentes de poemarios anteriores: el personaje contemplativo, la realidad inmediata y una serena revelación que se impone en la conclusión del poema. También están el gusto exquisito, la naturalidad impecable del verso clásico, paradigmas a contracorriente dentro de los esquemas dominantes en la poesía argentina actual. Sin embargo, creo que lo más importante es el efecto de claroscuro, luz y sombra convocados dentro del poema: alguien mira desde fuera las ventanas de la casa y su tristeza sugiere la oscuridad, la misteriosa expulsión de un espacio feliz.

En efecto, estos Estudios de la luz juegan con la luminosidad y la penumbra, oscilan entre la percepción satisfactoria y la dolorosa incertidumbre. O si preferimos el símil musical, se diría que el libro consta de tres partes ajustadas a la forma tradicional de la sonata: allegro-adagio-allegro. En la primera sección el poeta celebra el valor de las pequeñas cosas de cada día. Se hacen presentes algunos motivos recurrentes del personaje poético del libro (la pipa, el tabaco, el café) y la experiencia descubre la cara más familiar y amable del transcurrir diario: el pequeño regalo de una hija, el trajinar de una segadora cortacésped o la labor gratificante de una buena traducción. Anadón pone en práctica una poesía arraigada en lo cotidiano, en la que la palabra no suele trascender a lo metafísico o religioso, sino que deriva en certidumbre ética o consideración vivencial.

Sin embargo, al pasar a la segunda parte, la vida se cuenta desde otro lado sin perder pie en la vivencia de lo inmediato. De pronto, se deshace el enraizamiento en un lugar y un tiempo armónicos y el pesimismo domina el escenario. El ruido imprevisto del camión nocturno de la basura sustituye al murmullo conocido de la cafetera o de la segadora. "Igual que la luz, la verdad no siempre cae en un lugar agradable", escribió Jünger. La luz, antes tan prometedora, sigue apareciendo como presencia fundante del poema, pero ahora revela sólo desorientación y el lenguaje se colma de expresiones que insisten en el brusco sinsentido de lo que acontece: Qué se ha hecho de todo lo que he amado, / Por qué su luz ya no es la que estoy viendo. / Se extingue un tordo entre el cielo y la sierra. / Oscurece también sobre la tierra.

Frente a las dos anteriores, la última parte desemboca en una recuperación del origen dichoso a través del recuerdo o la presencia física de los seres amados. La confianza en la memoria se recompone: Un prodigio que el mundo hable de nuevo / A través de tus labios, en tu voz. Pero, atención, estamos escuchando un allegro ma non troppo, pues se trata de una memoria herida. Como se dice en otro lugar, al amanecer, cuando los amantes yacen dormidos, la angustia, arrodillada, / vela sobre las frentes silenciosas. Con un valor de síntesis tras el movimiento dialéctico de las dos secciones anteriores, los poemas desnudan la fragilidad de las cosas al mismo tiempo que afirman la verdad serena de un presente bello y feliz. Sobre la mano de la amada puede temblar la flor efímera de la glicina, y ambas cosas son ciertas en ese instante: la caducidad y el amor.

Nada de lo que aquí se expone valdría demasiado si no acabáramos insistiendo en la admirable fluidez con que Anadón maneja el idioma y su sonido poético. Sin estridencias ni amaneramientos, su poesía muestra una realidad contemplada con la misma naturalidad con que ésta se mostraría ante nuestros ojos. No es otra la impresión que transmite este magnífico libro, hermoso y verdadero.

Javier de Navascués