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Poesía de línea discontinua

Luis Antonio de Villena (Ed.), La inteligencia y el hacha (Un panorama de la Generación poética de 2000), Visor, Madrid, 530 pp., 2010

En ciertos momentos de esta antología, uno se atrevería a proponer que a la de 2000 se la llame Generación Ni-Ni (ni comunicación ni conocimiento), aunque luego encuentra versos mejores, que son por los que habrá que juzgar a esta generación, y se corta. Esos momentos de desaliento, por otra parte, no son únicamente míos. El mismo Luis Antonio de Villena, que a priori diríamos incombustible, desfallece de vez en cuando: Al enfocar estas poéticas […] parece siempre necesario recordar aquel "dictum" de Derrida que aseveraba que "carecer de sentido es uno de los riesgos necesarios del poema" (p. 30); aunque, como adelanté, la teoría de los grandes nombres filosóficos no está siempre al nivel de la práctica poética (p. 31); poemas que no dejan de ser bosquejos de ensayos con elementos líricos (p. 32); poemas no siempre redondos, pero con versos-sentencia como fúlguras (p. 33) o cuando recuerda el contundente juicio de Francisco Brines, que habló de "poesía-crucigrama", como si siempre se le hurtase una pieza al lector para entender el conjunto. Juicio al que el antólogo aún duda si atribuir un leve asomo de crítica.

Pero no todo es Ni-Ni, ni mucho menos. Simplemente ocurre que Villena no ha enfocado su selección por criterios de calidad. Obsérvese que sus dudas siempre caen del lado de la inteligencia, mientras que por la parte del hacha lo tiene mucho más claro. Le interesa, como en sus anteriores antologías, señalar el tajo que la nueva poesía pega con respecto a la que llama "Generación del 80".

Siendo éste el criterio, hay que reconocer que al final acierta al detectar un amplio grupo de poetas que se diferencian definitivamente de la poesía figurativa. El afán de evolucionar ya se había visto en los más significativos autores de los 80 (por ejemplo, en Los países nocturnos (1996) de Carlos Marzal), que ya entonces apostaron por la "inteligencia", por el pensamiento metafísico. Con todo, la metáfora tajante del hacha, blandida a diestro y a siniestro por Villena, se comprende, pues él insiste en que ahora y en su antología encontraremos otra cosa: un corte radical.

Y en líneas generales, tiene razón; aunque también haya hachazos que dar dentro de La inteligencia y el hacha. Para empezar, cuesta encontrar la ruptura con la Generación de los 80 en Juan Antonio González Iglesias, con el que se abre la antología, y en la que destaca. Otro caso un poco forzado de ruptura es el de José Luis Piquero, cuyo realismo descarnado y discursivo, de monólogos muy dramáticos, recuerda a la poesía de Juan Luis Panero, entre otros maestros de la poesía de los 80. La evolución de Lorenzo Oliván es evidente, pero paralela al giro metafísico del citado Marzal, de Vicente Gallego o de Miguel Ángel Velasco. Álvaro García aportó un sesgo novedoso: lo hizo con un poema-libro de hondo aliento existencial y endecasílabos blancos (Caída, 2002), que coincidió con José Mateos (La niebla, 2003) y Antonio Moreno (Tabla rasa, 2007). Obras de gran interés, pero que, desde el particular punto de vista de las tendencias, que es el que nos propone Villena, no se impusieron. Como tampoco, la poesía denuncia-social, por un lado, ni la prosa poético-narrativa de Pablo García Casado, por otro.

El hachazo exitoso (en términos de escuela) lo dan Luis Muñoz y, con más prudencia, Javier Rodríguez Marcos. Acierta el antólogo al señalar a estos poetas menos estelares (que él llama "segundones") de la poesía de los 80 como los "jefes de fila" de la Generación de 2000.

A partir de ahí, dentro de la propia antología, entramos en el pelotón de los más jóvenes, con una poética más homogénea. Excepciones aparte, se acaba imponiendo por mayoría un minimalismo extremo, una voluntad de ocultamiento de la anécdota y de los modos narrativos y un ostentoso abandono del verso clásico a favor de un discurso interrumpido, que parece a ratos un código morse de la imagen. "Es así, la belleza" de Rodríguez Marcos, serviría a la vez de hermosa poética general y de severo aviso a caminantes:

Es así, la belleza
se mide por milímetros.
Igual que el hielo quiere
ser sólo agua corriente,
la belleza se mide por milésimas
de segundo, por micras.
No por eternidades.
No en toneladas, grandes
cumbres, espacios
que sobrecogen. Siempre
se resuelve en la foto
finish, no en lo sublime. Nunca.
Al final la hermosura
se decide por poca diferencia.
Cero a cero. No hay mucho
que añadir. ¿Quién no ha visto
la luna, despistada,
sobre los edificios,
sobre la niebla tóxica,
rompiendo el cielo sucio
un lunes a las diez
de la mañana?


Efectivamente, la belleza se juega en los milímetros y más, si cabe, en los poemas más breves, y hay que ir, si no cero a cero, uno a uno, viendo los que valen, si valen. Aunque cueste dar con ellos, aquellos "versos-sentencias como fúlguras" de los que hablaba el antólogo que se podían encontrar (no siempre) en poemas no del todo redondos, haberlos, haylos. Entre otros, en Andrés Navarro (Entiéndeme: digo que me superas en número / si hablas de nosotros, amor), a menudo en Josep M. Rodríguez (y el hermetismo, a veces, es sólo timidez o La emoción necesita de un proceso. / No olvides los anillos de los árboles), en Andrés Neuman (un poema redondo: "Mujer leyendo", p. 432), en Javier Vela (me encuentro con su ausencia donde quiera que vaya), en Fruela Fernández (Ahora que tus manos no están entre las cuerdas del tendal, / ahora que no me arropas / ni me destapas), etc.

No cuesta trabajo encontrar declaraciones de principios. Un poema es un frankenstein, apunta Carlos Pardo, que goza de gran ascendiente sobre sus compañeros, y que nos da una clave crítica. David Leo García, por su parte, aporta:

y quién explicará
cómo se inicia una conversación,
ni si es posible comunicarse, sé
que no, ¿pe-
ro y si
sí?


Estamos ante un número suficiente de poetas con influencias comunes y mutuas y ya bastantes títulos como para tomarse en serio la ruptura. Al resultado, en vista de sus características formales, podríamos llamarlo "Poesía de línea discontinua". Se subrayaría, además, el contraste con la poesía de línea clara, el continuo referente de rivalidad del antólogo y de algunos de los antologados.

Quizá esto sea su mayor limitación. ¿No se estará desgajando el árbol de la poesía a base de hachazos? Un buen descorche siempre viene bien, pero sin arrasar el bosque. La poesía de los 80 estuvo muy atenta a la tradición (y no sólo a la española), de modo que se corre el peligro de que, por desmarcarse de ella a toda costa, alguno se quede de golpe sin raíces.

También se echa de menos una visión más global del fenómeno, menos circunscrita a los zig-zag de la poesía última. Estos poetas bien podrían ponerse en contexto con lo que René Girard ha llamado "la cultura de la anorexia", que tiene precedentes en el ensayo del poeta francés Claude Vigée, titulado Les artistes de la faim. El proceso lo explica Girard: En poesía se abandonó la rima y después cualquier aspecto de la métrica. La palabra "minimalismo" sólo designa una escuela particular, pero se adecua perfectamente a la dinámica general de la modernidad. El proceso se repite en la poesía, en la novela, en el teatro y en todos los demás géneros de escritura. Primero se elimina cualquier contexto realista, luego la trama, luego los personajes; por último las frases pierden coherencia. (Véase el desarrollo completo de la argumentación en La anorexia y el deseo mimético, Marbot Ediciones, 2009, pp. 55-6).

Ese enfoque nos llevaría demasiado lejos; pero mencionarlo nos permite entender por qué se impone una tendencia poética de estas características: está muy ceñida al espíritu de los tiempos. No se trata de un juicio necesariamente negativo. Con la poética de la línea discontinua se pueden escribir poemas preciosos, que aprovechen su fragilidad para convertirse en temblor lírico, que permitan que la sensibilidad del lector rellene los huecos, que sugieran mucho y que, desde su transparencia, vislumbren más allá. Por eso, echo en falta en esta selección de Villena a Juan Marqués, uno de los más sabios poetas de esta corriente, o a Pilar Pardo. Ojo, no son las únicas ausencias que yo destacaría en un panorama que recoge a poetas nacidos desde 1964 en adelante. Uno hubiese hecho otra antología, titulada, ya puestos, La poda y el injerto. Si los echo de menos a ellos es porque son dos ejemplos de poetas muy valiosos dentro de la poesía que, legítimamente, Villena prefiere, por ahora.


Enrique García-Máiquez