Poesía Digital

Entre Oriente y Occidente

Endre Ady, Versos nuevos. Los últimos barcos, La Poesía, señor hidalgo, Trad. Jesús Pardo, Barcelona, 385 pp., 2010

Eva Tóth, en una conferencia sobre traducción literaria de lenguas minoritarias, apunta que en francés el poeta húngaro Endre Ady "suena como si fuera un simbolista de segundo orden y no lo es", a pesar de haber sido un asiduo frecuentador de la literatura francesa. Añade que en inglés el resultado no es mucho mejor. En cambio, en alemán y en los idiomas de los pueblos vecinos es donde se puede apreciar parte de la grandeza de su poesía. "La vecindad, las experiencias comunes, una historia común" facilitan una comprensión coherente de la obra, aclara. A estos aspectos —coyunturales al fin y al cabo—, hay que añadir el determinante de la naturaleza de la lengua húngara. Este idioma asiático tiene unas bases sintácticas, fonéticas, e incluso lógicas diametralmente opuestas al castellano. Por ejemplo, además de anteponer lo abstracto a lo concreto, hay una gran libertad para organizar las palabras según los contenidos y presentarse natural en todos los casos. De modo que lo que en nuestra lengua resultaría una alteración del orden lógico de las palabras como recurso estilístico (hipérbaton), en húngaro no lo es. Son muchas las dificultades que, a nuestro parecer, entraña la tarea de traducir al español a un poeta como Ady, y ni siquiera la demostrada solvencia del saber hacer de Jesús Pardo ha conseguido, en este caso, superar el escollo con satisfacción. Y se nos escapa una mueca, porque el proyecto es, a la vez que ambicioso, necesario. La literatura húngara tiene mucho que decir, la oleada de traducciones respondiendo a la demanda lectora lo demuestra, y Endre Ady es "el gran poeta húngaro del siglo XX", en el decir de Claudio Magris.

Si hacemos caso a la crítica, Ady irrumpe en la literatura húngara, literatura en la que ha predominado durante siglos la lírica a la narrativa, "mostrando las posibilidades de este idioma asiático, destruyendo y creando simultáneamente". Establece su proyecto de escritura y lectura en lo  que se ha venido llamando "efectos bárbaros" de origen ungrofínico. A esto hay que añadir la búsqueda de sonoridad, ritmo y movimiento de ascendencia verleniana que encontramos en su poesía. Un cúmulo de cualidades, a las que hay que añadir la ambigüedad y autorreflexibilidad del lenguaje. Endre Ady fue un hombre que construyó su obra en una encrucijada estético-literaria, en el cruce de caminos que atraviesa la modernidad en las primeras décadas del siglo XX. Además es un escritor en el que se puede leer los avatares tanto de su vida personal amorosa como del contexto sociopolítico. De él nos dirá Magris que fue “desgarrado intérprete —y desenmascarador— de la crisis y de la decadencia burguesa”. Su poesía sirve de altavoz de los problemas que acuciaban al pueblo húngaro. Otra cuestión aparte es si consigue sobrevolarlos. Si nos dejamos llevar por la admiración que manifestó ante él Lukács y sus amigos, todo parece indicar que su obra trajo al malestar general una bocanada de aire fresco: "veían en él la fusión de poesía y filosofía, la grandeza moral frente a la maldita realidad magiar, la religiosidad irreligiosa, el Dostoievski húngaro, algo así como un acercamiento entre la belleza y el proletariado". Ahora bien, tal como indica Magris en su crónica del paso del Danubio por tierras húngaras, la poesía de Ady está oscuramente oprimida por el peso secular que lleva a los magiares a la necesaria e imposible elección entre Oriente y Occidente. Intuimos, más que vemos, ya que cualquier traducción necesariamente ha de nublar la vista en esta clase de asuntos, que la renovación lingüística realizada por este poeta, además de responder al principio de originalidad característico de la Modernidad, y que desemboca programáticamente en la Vanguardia, es eco de la pasión nacional húngara, una nación estratificada, mezcla de estirpes diversas, pasión que no es más que la imperiosa exigencia no sólo de ser sino de convertirse en ardientes patriotas húngaros. Siempre ha estado ahí una herida que les ha sido propia, la del separatismo húngaro, que ha generado a lo largo de los siglos las lágrimas que constituye la literatura magiar y de la que forma parte Endre Ady por méritos propios.

Versos nuevos. Los últimos barcos
recoge el primer libro (1906) y la obra póstuma (1923) de un autor que moriría joven de pulmonía, sífilis, alcoholismo, nicotina y tedium vitae. Ya hemos dicho que su obra se sitúa en una encrucijada estético-literaria que él mismo ayuda a desarrollar, razón por la que será admirado por generaciones posteriores. La lectura de sus obras, especialmente de la primera de ellas, Versos nuevos, evidencia lo deudoras que son del Decadentismo. Encontramos aquí y allá ecos de la tópica decadentista: el hastío o spleen (Les Fleuers du Mal), que responde a una pérdida de la realidad en tanto que objetiva —sólo se considera el mundo desde lo que el sujeto siente o piensa de él—, que desemboca en unas omnipresentes tristeza y melancolía. A la vez, esto no impide que detectemos un cierto determinismo social cuestionando la autonomía de la persona. Por otra parte, las consideraciones sobre la ciudad, y particularmente la multitud, proceden sin duda de Edgar Allan Poe y Baudelaire. París, Viena, Budapest y tantos otros espacios de las regiones húngaras, pueblan los versos de esta obra. Junto a un concepto vital de lo efímero, la poesía de Ady presenta, de forma coherente, un cierto misticismo que es el que celebrarían Lukács y amigos. Finalmente, se evidencia la adopción de una actitud de "poeta maldito", decididamente acorde con la capital cuestión romántica de la artistización de la vida del poeta. No dejamos de señalar la búsqueda de sonoridad del lenguaje según los presupuestos de Paul Verlaine, la cual, como avisa el traductor en el prólogo, tiene que ser sacrificada al no poder reproducir las aliteraciones propias del idioma magiar.

Estamos ante una obra necesaria e importante para el mundo literario español pero que no ha  sido resuelta con solvencia. La grandeza de Endre Ady no le llega al lector español y, tal vez, se deba a la conjunción de dos factores contrarios: la dificultad del idioma y algunas decisiones traductológicas poco afortunadas. Exceso en el uso del hipérbaton (ya hemos hablado de la libertad en el orden de las palabras del húngaro), acumulación de palabras esdrújulas en contraposición a la predominancia de llanas en nuestro idioma y, lo que a mi entender es absolutamente determinante para la comprensión del texto, no haber evitado, recurriendo a sinónimos por ejemplo, palabras que aunque puedan ser de curso normal en la otra lengua no lo tienen en la nuestra ("Estridulan cálidos vientos / en el lueñe, lejano sur, / esperándonos, esperándonos / doquier en alguna ribera."). Quizá una edición crítica de la primera de las obras hubiera resultado un proyecto más asequible. Otras iniciativas que se pueden encontrar en la red nos indican que es viable traducir al español, sin perder mucho de su grandeza, a Endre Ady.


José Manuel Pons