Poesía Digital

Al otro lado

Antonio Moreno, Nombres del árbol, Tusquets, Barcelona, 96 pp., 2010

Las reseñas al último poemario de Antonio Moreno (Alicante, 1964) coinciden en destacar la trayectoria de este poeta discreto, que sin alharacas, poco a poco, libro a libro, ha ido consolidando una obra poética muy estimable. Publicar en Tusquets, en la colección llamada paradójicamente "Marginales", dedicada a los poetas consagrados, parece una ocasión propicia para esas consideraciones. En realidad, el verdadero reconocimiento fue en el año 2007, cuando, bajo el título de Intervalo, Antonio Moreno recogió en "La Veleta", la colección que dirige Andrés Trapiello en la editorial granadina Comares, toda su poesía hasta la fecha. Poetas de las generaciones anteriores (el propio Trapiello, Miguel dOrs, Fernando Ortiz, Eloy Sánchez Rosillo, José Luis García Martín, Jon Juaristi) marcaron un punto de inflexión en sus carreras al publicar allí sus poesías completas. Moreno ha sido el segundo de su generación, sólo después de José Mateos, en ingresar en el selecto CAV (Catálogo de Autores de La Veleta).

Aunque pueda parecer impertinente empezar hablando del autor, en el caso de Antonio Moreno no lo es. Él mismo dice en Partes de un todo (Huerga y Fierro, 1999): "Para afinar el instrumento es preciso afinar antes el espíritu", dejando claras sus prioridades y su método. Y en el primer poema de Nombres del árbol, titulado "Castaño", concluye: Me pongo en un rincón […] / y en su verdor iluminado aprendo/ a ser mejor y más el ser que quiero. Sigue, pues, afinando el espíritu antes de afinar el instrumento.

Y cómo lo afina. Consigue una voz personal, propia y reconocible a pesar de su extrema desnudez y sobriedad. De lo único que presume Moreno es, precisamente, de la humildad de su voz. Pocas son las palabras del humilde, avisa en la p. 47, que nos trae un eco de las pocas palabras verdaderas de don Antonio Machado. E insiste, satisfecho: Bien está que tengamos una voz / tan oscura, tan poco frecuentada: / para los hechos únicos a veces / sirven más las palabras escondidas [p. 55, "Conticinio o la quietud nocturna"]. Tanto le interesa la humildad que celebra el fracaso: Qué divino fracaso, qué ventura, / haber pasado más de media vida / tratando de nombrarte y no lograrlo [p. 17, "A punto de romper"].

Pero es el fracaso de quien aspira a nombrar lo imposible, o sea, que apenas si lo es. Así lo ha percibido la crítica, que, tras celebrar, como decíamos, la trayectoria de Moreno, ha continuado afirmando que éste es el mejor de sus libros. Yo soy un profundo admirador de su prosa, tan poética como su verso, con el que se acompasa, y no entraría en comparaciones. En cambio, sí considero que con Nombres del árbol estamos ante el libro mejor sopesado y construido de lo que ha venido llamándose en España, en los últimos años, "poesía metafísica". El poemario nos explica muy bien lo que esta corriente es, y a lo que aspira.

"Nombres del árbol", el poema que da título al libro, y que ocupa el lugar central, resume el proyecto. De los diversos nombres que en las distintas lenguas tiene el árbol, o sea, del lenguaje y la etimología, que es tanto como decir de la poesía en su aspecto más tangible, pasa el poeta a hablar de la realidad, para terminar recalando en la divinidad. El tiempo ha sido mi Pentecostés, se dice allí, en el verso central, cenital, del libro, uniendo nuevamente el eco literario ("El tiempo ha sido mi Demócrito", de Borges) con la preocupación lingüística (el don de lenguas) y con la aspiración trascendente (el descendimiento del Espíritu). En la perfecta sincronización y desarrollo de estos pasos reside el gran valor del libro. Y todo ello con la misma naturalidad con que el árbol arranca de las raíces, sigue por el tronco y las ramas, y pasa a las hojas, a la copa y, más allá, al vuelo de sus pájaros.

Para no construir su discurso en el aire de la abstracción, Antonio Moreno deja muy claro, con una emoción muy elemental y eficaz, que antes de la metafísica está la física: Sencillamente anoto lo que ocurre / en este cuerpo, que es lo más cercano, / el punto de partida de mi asombro [p. 71, "Cafetería de Aviñón"].

De la realidad observada con asombro se pasa a sentir la necesidad de las palabras que la analicen y describan, siempre con amor de artesano a la materia de su oficio:

     que aún debemos aprender a hablar
     el lenguaje tan claro y misterioso
     con el que cantan todos,
     los muertos y los vivos,
     su verdad más callada y verdadera.
               [p. 82. "Vereda del Rontonar"]

Esas palabras, que sostienen la realidad, adoptan a veces un tono hímnico porque "Un bien nos acompaña y nos excede" [p. 72]. Nos viene entonces a la memoria un nuevo eco: el de Claudio Rodríguez.

     Sí, voz, acaso vengas con la lluvia,
     pero tú ya eras lluvia en mi interior,
     lluvia que ve a su hermana en esta lluvia,
     agua feraz que da conocimiento
     y tanta fe que es clarividencia.
               [p. 35, "Azaleas"]

No cae Antonio Moreno en el peligro de la poesía metafísica, que es la grandilocuencia esdrújula. Incluso en "Inexistencia", el único poema donde bordea la solemnidad abstracta —En el ardor feraz / de donde todo viene, / en la matriz sin límites, / en el útero ardiente de la inexistencia [p. 59]—, incluso allí, hay un fondo de nostalgia y un afán de salvación que alcanza hasta el no existir, y que salva al poema por su emoción concreta y palpable. Decíamos que no era impertinente hablar de la humildad y la discreción del autor. Ambas tienen una función estrictamente literaria: hacen de sabio contrapeso al himno y a la abstracción, creando una tensión poética particular que abre un hueco para lo sagrado. Él es muy consciente: Bajaré más la voz. / Como quien entra a un templo / para rezar [p. 69].

Se parte del cuerpo, pero se aspira a más, al vuelo, como el jilguero del poema que empieza siendo un canto subjetivista: Mi gloria está en poder decir que soy / […] / el creador de todo cuanto existe, y que acaba queriendo saltar por encima de uno mismo:

      […]
     y he de sentir por dentro, no sé dónde,
     quizá en mi vida entera, a otro ser
     cuyo afán es salir y alzarse en vuelo.
                [p. 45, "Cerca de unos pinos"]

Esa vocación de vuelo queda encarnada con particular dramatismo en el poema "Los funerales celestes (Rito en el Tíbet)" [p. 83]. Un documental televisivo muestra cómo en el Tíbet se ofrece el cadáver, despedazado, a los buitres, para que el cuerpo vuele en otros seres. El poeta ve un símbolo de la terrible insuficiencia de la carne y de sus ansias de elevación última.

Antonio Moreno ha hecho el camino completo desde lo físico y el lenguaje hasta la trascendencia, de la que reconoce —y esto es muy importante— más aún que su necesidad. En el poema final del libro, a modo de conclusión, afirma:

      […]
     y empiezo a no saber qué digo ahora,
     o qué decía cuando te decía,
     sol, con la brevedad de esas tres letras
     por cuyas tapias he saltado al otro
     lado, en donde ambos somos mucho más,
     más que las letras que creíamos ser.

¡Qué gran encabalgamiento: he saltado al otro / lado!, y ¡cómo se produce, gracias al no saber y a través de la brevedad de las letras! No podía ser de otro modo en poesía. Pero se llega al ser. No podía ser de otro modo en metafísica. Y a ser, como se aspiraba desde el principio, más de lo que se creía. Una trayectoria ejemplar.


Enrique García-Máiquez