Poesía Digital

Poesía a través del tiempo

Ernestina de Champourcin, Poesía esencial, Fundación Banco Santander, Madrid, 2008.

Desde 1991, fecha en que apareció el volumen Poesía a través del tiempo (Barcelona, Ed. Anthropos), en cuidada edición de José Ángel Ascunce, que recogía toda la poesía publicada hasta el momento por Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid, 1999), no había salido otro libro antológico o recopilatorio de esta grandiosa obra poética. Gracias a la presente edición, preparada por Jaime Siles y precedida de un documentado y penetrante estudio, el lector actual puede encontrar en el mercado lo esencial de su poesía, aunque entendiendo que es mucho lo que no se ha incluido aquí, sin que por ello pueda considerarse accidental o prescindible. De manera que parece preferible otro título más indicativo del carácter de selección o de muestra significativa, no excluyente (por ejemplo, antología poética, poesía escogida, selección de sus versos...).

En cualquier caso, hay que agradecer a Jaime Siles y a la Fundación Banco Santander el habernos puesto tan a mano un poesía de tamaña envergadura, todavía poco leída y apreciada como merece. Porque Ernestina de Champourcin, además de ser la mujer, o una de las pocas mujeres poetas de la generación del 27 (rótulo que algunos utilizan perezosamente para compendiar en él todos sus méritos), es una de las voces más originales e intensas de la poesía española del siglo XX. Ernestina ha tenido la suerte de haber vivido noventa y cuatro años y el mérito de haber mantenido siempre viva una capacidad  creciente de lucidez creadora. Su sola trayectoria poética es un recuento –y un recuento honorable— de toda la poesía española del siglo XX: desde los últimos destellos del Modernismo hasta las indagaciones metafísicas o cercanas a la mística que cultivan muchos de los poetas actuales, pasando por la poesía pura, las influencias del surrealismo, la poesía religiosa de tono conversacional en la posguerra, la exploración existencial de los años 60, el neosurrealismo de los 70 y primeros 80, así como esta poesía de aspiración metafísica que encontramos en poetas de hoy como Miguel Florián, Lorenzo Oliván, Vicente Valero, José Luis Rey, la nueva etapa de Vicente Gallego o de Carlos Marzal, etc.

Ernestina de Champourcin, además, cultiva desde los años 20 una poesía religiosa cuya tradición prácticamente se había interrumpido en España desde el siglo XVII, al menos si hablamos de una poesía religiosa ortodoxa con la fe católica que conforma nuestra cultura, y que esta poeta ha encarnado en consonancia con su tiempo –con sus diferentes tiempos- y con su más auténticas inquietudes vitales, sin caer nunca, o casi nunca, en una mera transposición al verso de su vida de piedad cristiana (que de esto ha habido bastante, y alguna vez también en la propia Ernestina). De manera que en ella la fe ilumina su visión del mundo, pero sin encandilar nunca la intuición netamente poética en la que ha de originarse toda auténtica poesía. Por último, y dentro de este rápido recuento de los grandes méritos de su obra, debe advertirse que Ernestina trató desde sus primeros libros el tema amoroso, y lo hizo, obviamente, desde su natural condición femenina (que en aquellos años 20 fue de tal valentía como para ser calificada de feminista), con toda la audaz novedad que esto implicaba para la poesía erótica española contemporánea. Por ejemplo, en su libro La voz en el viento (1931), escrito después de conocer al también poeta Juan José Domenchina, su futuro esposo, nuestra autora nos presenta el amor erótico como un camino de purificación complementario al de la purificación religiosa: (...) Me socavaste toda. / Yo abría sin recelo ademanes oscuros, / palabras sin semilla(...) // Nunca me presté a ser la caricia sombría / que enturbia el horizonte y detiene los pasos. / Yo borraré la opaca firmeza de mi cuerpo. / ¡Que nada mío ciegue tu lúcido fervor! (del poema “La voz transfigurada”, 3, pág. 59).

El tema central de su poesía, el drama del que arranca toda su escritura, es la tensión continua entre la creencia en Dios y en su felicidad infinita, de un parte, y, de otra, la limitación de nuestra existencia terrena. Dos fuerzas que actúan en su obra con una intensidad verdaderamente dramática, generando un vacío, un desierto entre lo Uno y lo otro, que en esta poeta no es absurdo, sino un paso necesario –doloroso o gustoso— para acceder al Paraíso donde todo el drama habrá de resolverse. De manera que el drama arraiga en una posición espiritual radicalmente optimista, aunque sin fáciles entusiasmos. De ahí que el amor erótico pueda ser un camino y un reflejo del amor místico; y que el mundo presente sea un conjunto de signos (muy simbolista siempre, de principio a fin) para poder intuir la grandeza de la otra tierra prometida por Dios. De ahí también que sus prójimos, sus compañeros de viaje, no sean nunca un obstáculo, sino un puente para su encuentro con Dios; y que la memoria de todo lo vivido no sea un recuerdo inútil, sino el recuerdo de lo que ha hecho Dios y lo que ha hecho ella, lleno de un agradecido amor por la vida, también en los momentos de más turbador aislamiento social o psicológico.

En su larga carrera poética yo distinguiría tres etapas fundamentales, cada una con unas evoluciones propias que podrían dar lugar a más precisas divisiones y subdivisiones. Primero estarían sus libros publicados en España antes de la guerra civil, que arrancan con la estética modernista, acusan el poderoso influjo de la poesía pura y se enriquecen finalmente con las visiones surrealistas, sin someterse nunca a esta escuela de vanguardia. En todos estos libros el Yo-poético aparece como un ser llamado a la eternidad, que empieza a eternizarse precisamente a través de su escritura poética. A esta etapa pertenecen los libros En silencio (1926), Ahora (1928), La voz en el viento (1931) y Cántico inútil (1936). La etapa siguiente comienza en México y se halla marcada por una definitiva conversión religiosa vivida en su exilio. Ahora el Yo-poético se nos presenta como un ser arrojado en el tiempo, con todos los avatares de la existencia, aunque siga recordando su perenne llamada a la eternidad, a la unión con Dios. Esto provoca una conflictividad diaria, resuelta en una profunda paz de espíritu, pero después de haber sufrido muchas experiencias contradictorias. El lenguaje poético se convierte ahora en oración, y ya no es el absoluto que confiere por sí mismo eternidad a la poeta, sino un medio de comunicación luminosa con Dios, único garante de toda eternidad. A ello corresponde un lenguaje aparentemente más llano y lindante con lo conversacional. Sus libros serían Presencia a oscuras (1952), El nombre que me diste (1960), Cárcel de los sentidos (1964), Hai-kais espirituales (1967), Cartas cerradas (1968) y Poemas del ser y del estar (1972).

Su última gran etapa comienza con su regreso a España, en ese mismo año de 1972, y se caracteriza por una escritura poética de mayor creatividad irracional en el lenguaje (muy acorde también con la poesía que se escribe en España durante esos primeros setenta, aunque sin plegarse a ninguna moda), que trata ahora de indagar en las relaciones del Yo-poético con su prójimo, con todos sus prójimos (incluido su ya difunto esposo, el poeta Juan José Domenchina), partiendo de la desazonante experiencia de un reencuentro con la patria que le resulta extraña y difícil de reconocer como suya. Sin perder nunca el horizonte divino y la dimensión religiosa de su mirada, esta poesía se halla más centrada en la conflictividad de este mundo, planteada siempre desde su experiencia personal y como un reto para cumplir un destino en la tierra que, sin embargo, trasciende su existencia terrena. Los libros de esta gran etapa, que aún siguen creciendo en número y en intensidad poética, son Primer exilio (1978), La pared transparente (1984), Huyeron todas las islas (1988), Del vacío y sus dones (1993) y el cuaderno Presencia del pasado (1996). Por ejemplo, Huyeron todas las islas me sigue sorprendiendo como uno de los grandes hitos de la poesía española de las últimas décadas, por oculto que haya pasado para muchos. El libro viene a ser una personal reescritura del Apocalipsis y toma el título de uno de sus versículos: en él la historia humana queda representada en su dramática tribulación y en su salvación final, a través de un lenguaje visionario de tono profético, donde el hombre, aislado en su soledad, tiende a la comunicación casi imposible con los otros; mientras que, en medio de su lucha por salir de sí, el destino universal lo obliga a huir hacia un más allá oscuro. Vale la pena reproducir el escueto poema “Otro final”:
  
Serás isla algún día aunque tú no lo quieras:
te arrancarán el istmo que te une al continente
dejándote a merced de brújulas hostiles.

¡Van huyendo las islas a un mundo sin fronteras! (p. 236).

En el aspecto expresivo, y a pesar de la incesante evolución de su lenguaje poético, hay dos constantes que me gustaría destacar: de un lado, la gran capacidad visionaria de esta poeta para encarnar en imágenes conmovedoras las intuiciones espirituales que no tienen nombre y son prácticamente indecibles. Y esta capacidad sigue en pie hasta en sus últimos libros, como acabamos de comprobar. De otro lado, Ernestina hace un uso muy eficaz de la adjetivación sorprendente, que contribuye a especificar el sustantivo añadiéndole una cualidad inesperada, acorde con la índole misteriosa de su intuición.

Hay en su obra algunas zonas más inconsistentes: comprensiblemente, en su libro inicial, En silencio, publicado con veintiún años; y luego, en otro libro muy irregular, Presencia a oscuras (1952), donde encontramos un buen número de poemas que se justifican más por su directo testimonio religioso, fruto de una decisiva conversión acaecida en México, que por su vibración propiamente poética. Pero los demás libros, incluidos los ultimísimos, están repletos de poemas imprescindibles. Por eso creo que Jaime Siles tal vez se ha excedido en la inclusión de poemas de esos pocos libros más endebles y no ha dedicado el espacio a mi gusto deseable para sus libros postreros. Incluso ha dejado al margen un volumen tan impresionante como Del vacío y sus dones, de 1993.

Con todo, creo que este recorrido por la poesía de Ernestina de Champourcin nos hará descubrir la grandeza de una obra poética tan abundante como honda en emoción y lucidez.

Carlos Javier Morales