Poesía Digital

Plus ultra

Jon Juaristi, Viento sobre las lóbregas colinas, Visor, Madrid, 2008.

Quizá no sea la manera más aséptica de comenzar una crítica, pero la verdad por delante: yo con Jon Juaristi pierdo pies [sic]. El plural está puesto con toda la intención porque se diría que cohabitan dos poetas en Juaristi, doctor Jeckill y Mr. Hyde, o, si nos ponemos griegos, Demócrito y Heráclito, y, en todo caso, uno elegíaco y otro satírico, y ambos extremosos.

Otros poetas de su generación, como Víctor Botas o Javier Salvago, mantienen abiertos los vasos comunicantes entre el humor y la melancolía. En él parecen compartimentos estancos. De hecho, podrían hacerse sendas antologías con cada una de esas vetas. En un poema burlón, titulado “Adiós muchachos”, hace un paralelismo entre su generación y la del 27, y asume: Compañeros de mi vida, / solidarios compañeros, / Me ha tocado entre vosotros / hacer de Gerardo Diego (p. 29). Lo dice por su sobrevenida significación política, pero sería más interesante reconducir la comparación a terrenos estrictamente literarios y comprobar si Juaristi reproduce a su manera el dualismo estilístico de Diego. Dualismo que da cierto sesgo a la famosa broma (“¿Gerardo o Diego, en qué quedamos?”) de Jorge o Luis Borges. Igual que el santanderino dividía su obra en creacionista y humana, en Juaristi encontramos poemas devastados y poemas devastadores. Entre los primeros, el primero del libro:

Póntica

Al otro pertenecen
Las escenas que guarda tu memoria:
Imágenes confusas
Que el óxido del tiempo deteriora.

Otro es el que las sueña
Desde un ayer de rabia silenciosa.

Muere con ellas una lengua exangüe
Y una causa llamada a la derrota.

Y tú envejeces lejos,
En el destierro de la tierra toda,
Entre voces ajenas
Y soledades próximas,
Perdiendo cada día y rescatando
Los colores, las líneas y las formas
De un mundo ajeno que creíste tuyo
Y alzando en torno de su ausencia torva
Gastados laberintos de palabras,
Una mansión decrépita y angosta,
Una torre, un brocal, quizá una vida.

Del otro son los sueños que custodias. (p. 7)

Y entre los segundos:

Apellidos vascos

Los más puros, según Sabino Arana,
Terminan siempre en
rana.

Ejemplos:

Errasti, Lakagasti, Anasagasti. (p. 51)

A mí, como digo, me gustan los dos tonos: el primero me conmueve y me desternillo con el segundo. En general, mientras que al primero es muy complicado negarle una contundencia poética de enorme magnitud, para gustar del segundo hace falta compartir con el autor un sentido del humor ácido y negro, y una concepción gamberra de la poesía. Les chirriará a los más líricos, lógicamente. Y hay casos, como “Las décimas de fiebre (y duermevela)”, en los que ni alguien tan prosaico y entusiasta como yo puede seguirle del todo.

Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas, quiero decir, tan dobles, y conviene dilucidarlas con más atención. El mismo Juaristi nos anima en el poema “Bab al Zakka”: Plus Ultra. Hay que partir con alegría: / Queda mucha derrota todavía” (p. 15). O sea, que la alegría y la derrota se unen más allá. En “Arcadia forever”, cumple con el mandamiento de Auden de que todo poeta debe explicitar su visión del Paraíso. El final resulta, a primera vista, sorprendente:

Me basta la presencia en derredor
De romero, tomillo, jara, espliego…
Vivir quiero conmigo
Y con mi colección de armas de fuego.
(p. 35)

No están tan distantes, por tanto, el humor de la derrota, ni la Arcadia de las armas de fuego, y habrá que dejar la comparación con Gerardo Diego en sus autoirónicos límites políticos. Como en el relato de los ciegos que tienen que adivinar qué es un elefante y según qué parte tocan piensan que es una columna, o una brocha, o una serpiente, nosotros no debemos juzgar los poemas de Jon Juaristi por separado. La clave nos las da un aforismo de JRJ: “Donde quiera que la jente se esté riendo, tened la seguridad de que allí hay algo que llorar”.

Con una visión de conjunto, todos sus textos responden a un anhelo desengañado de cultura e inteligencia, incluso los más jocosos y combativos. Lo demuestran especialmente bien los poemas conmemorativos de antiguos guerreros derrotados, a lo Borges, como “Un cruzado húngaro de 1456” o “Páginas de Runciman”. En la misma línea debe leerse el soneto “Luis Alberto de Cuenca”:

Hoy, que de los mastines
Del Tiempo nos abruman los aullidos,
Deja que les hagamos frente unidos,
Espejo de tintines,
Y ya que no Milú —que más quisiera—,
Seré un capitán Haddock a tu vera.
(p. 39)

La música verbal (y no sólo verbal: la Marcha Real se escucha perfectamente detrás de los versos de “Nana nacional”) se adapta a las distintas dimensiones de su libro. Desde los delicados sones tradicionales de la “Canción” dedicada a José Jiménez Lozano al retorcimiento breakbeat o rap del “Cantar de amigo a la manera de García Martín”, cabe de todo. Claro que aquí también la diversidad se encuentra en la superficie. En el fondo, Juaristi es un maestro en estro, il miglior fabbro lo llamó Andrés Trapiello en el prólogo de Mediodía (La Veleta, 1994), y sabe que la única poesía, para salvarse, ha de cambiar de forma según lo requieran las circunstancias del poema, como Proteo.

O mejor —ya metidos en mitologías— como Jano. Juaristi mira al pasado con un rostro y al presente con otro, en un caso llora y en otro se ríe. Pero ya sabemos que los motivos no varían: el cerril nacionalismo, el complejo de superioridad moral de la izquierda, el antisemitismo feroz, la lejana juventud… Cuando llora es porque se le acabó la risa y cuando se ríe es por no llorar. Nosotros lo hacemos (lo que toque) con él.

Enrique García-Máiquez