Poesía Digital

Tan poca cosa

Isabel Escudero, Fiat umbra, Pre-Textos, Valencia, 2008.

Este libro es una fiesta, y entre sus muchas canciones, unas cuantas alcanzan una expresión poética superior. Las otras van de acompañamiento. Serían las que tocan las palmas y dicen “ole”, que también hacen falta, como dejó dicho Manuel Machado:

Una fiesta se hace
con tres personas:
uno baila, otro canta
y el otro toca.
Ya me olvidaba
de los que dicen «¡Ole!»,
y tocan palmas.

Pero esas coplas de compañía no tienen sólo la función de hacer ambiente, ojo. Consiguen algo fundamental: sueltan la mano o, mejor dicho, la garganta de la autora, hasta permitir que, de pronto, aquí y allá, aparezcan unos versos deslumbrantes. “A todos nos han cantao / en una noche de juerga / coplas que nos han matao”, se podría decir de esos otros inesperados versos afiladísimos, por no salirnos del repertorio manuelmachadiano. Las virtudes y sorpresas que Fiat umbra nos depara no se hubiesen dado en un libro menos despreocupado que éste. En él tenemos la impresión de que todo se ha hecho a la buena de Dios o, si se prefiere, que salió solo. En cualquier caso, la impresión de asistir a un milagro:

Monigote de mi infancia:
al pintarle los ojos,
¡ya tiene alma!
(p. 21)

Aquel aro de mi niñez
me va llevando
tras él
(p. 22)

Enredo de venas
cruzan el cuerpo:
lirios azules
entre mis huesos.
(p. 68)

Adiós, mundo,
que ya me muero:
ahí te quedas
conmigo dentro.
(p. 80)

Se escapó el pájaro
por el roto
que abrió su canto
(p. 80)

Culpa,
ni mucha ni poca:
la que a mí me toca.
(p. 92)

Herido
el pájaro,
el cielo
intacto.
(p. 142)

Aunque los milagros son inexplicables, el oficio melancólico de crítico consiste en dar cuenta y razón. Para empezar a desgranar explicaciones insuficientes, fijémonos en el descarado desdén por la originalidad del que hace gala Isabel Escudero. Algunos poemas son variaciones más o menos simples de lugares comunes: En la peluquería / dos desconocidas, / como si se conocieran / de toda la vida (p. 97). Otros, variaciones de versos de grandes poetas como Bécquer: ¿Esas golondrinas / sabrán si son otras / o acaso las mismas? (p. 53), o Antonio Machado: ¡Qué fácil es / cuando todo cae, / caer también! (pág. 17). Por supuesto, Machado no se va a molestar por esto. En parte porque él tampoco era manco y se marcó su Todo necio / confunde valor y precio traduciendo a Oscar Wilde. Y en parte, porque don Antonio leía los versos al sesgo, y habría visto en el aparente batacazo de esa copla de Escudero una buena dosis de ironía. Ella poetiza también a los presocráticos, nada menos. Vean a Zenón de Elea pasado por Fiat umbra: Quieta, quieta está / la flecha en el aire, / quieta está / y no lo sabe (p. 33) o Despacio va la tortuga: / que la alcance Aquiles / no le preocupa (p. 47). O al mismo Heráclito el Oscuro: ¿Soy otro / o soy el mismo / el que se baña / en otro / o el mismo río? (p. 53).

Una vez suelta la mano, se suelta la melena. Qué acierto crítico de Agustín García Calvo en el prólogo del primer poemario de la autora, Coser y cantar (Editora Nacional, 1984), describir estas composiciones como “modestas y atrevidas”. Pocas poéticas más humildes y a la vez más desinhibidas. Su libertad no es la del verso libre, sino la del corpus lírico tradicional español, sin hacer pastiche ni arqueología, yendo a lo esencial. No en vano se propone en la página 91: Sobra, sobra: / lo que no hace falta / estorba. Muchos de los poemas de Isabel Escudero parecen, incluso, el estribillo de un villancico al que se le ha podado con descaro la glosa innecesaria. Juan Timoneda tendría que haber visto que nada de lo que añadiese estaría jamás a la altura de: Hermosura no la he. / La gracia Dios me la dé. Isabel Escudero lo ve, y algunas de sus composiciones son estribillos exentos, que brillan, como la estrella, de desnudos que están:

Consuelo, consuelo,
el azul del cielo.
(p. 88)

Un alma sana
casi no es alma.
(p. 113)

Del cancionero conserva intactos el aire suelto, la frescura, el misterio, el encanto de la rima y, sobre todo, el predominio de la voz sobre la letra. A partir de ahí, a Escudero le cabe todo entre los pequeños y muy flexibles límites de sus versos, que cimbrean. Acarrea, pues, greguerías, pensamientos, adivinanzas, suspiros, homenajes, graves reflexiones, apuntes, sentencias, canciones, coplas aflamencadas, juegos de palabras, etc.

Hay que destacar el acierto con el que incorpora el espíritu del haiku japonés. Con una sensibilidad muy cercana a Issa, Escudero da con la gracia y la delicadeza requeridas, sin perder aquí tampoco lo que Mateo Díaz calificó como “su fidelidad extrema a la herencia de lo popular”, esto es, su arraigo en la tradición lírica española:

Último aliento:
riega la enferma
sus crisantemos.
(p. 28)

Bajo el almendro,
aquel desconocido
no me era ajeno
(p. 29)

Dos mariposas
apareadas, quietas,
como si nada.
(p. 39)

Al melón maduro
en el melonar
ladrón o amo,
lo mismo le da.
(p. 52)

Sobre mi losa
posada, ¡cómo pesas!,
mariposa.
(p. 61)

Tan poca cosa
y cómo llena la tarde
la mariposa.
(p. 85)

Esa poca cosa que, sin dejar de serlo, nos deja una sensación de plenitud es el signo distintivo de los poemas mejores de Isabel Escudero. Víctor Erice ha visto como nadie en su epílogo a Cifra y aroma (Hiperión, 2002) la dualidad latente en esta obra: “Hay momentos donde el lenguaje es, a la vez, flecha y herida. […] gracia y pena […] Esencialmente haciendo brotar lo extraordinario de lo ordinario […] la fórmula justa entre rigor y ligereza […] la invitación que en estos versos se nos hace: no separar la vida de la poesía”. Hasta donde uno puede adivinar, quizá el secreto de la musicalidad de estos versos estribe precisamente en esos imprevisibles requiebros entre lo breve y lo pleno, entre lo popular y lo personal, entre lo cotidiano y lo deslumbrante, entre lo obvio y lo sapiencial. Poesía y vida, desde luego, dándose la mano, jugando al corro.

Enrique García-Máiquez