Poesía Digital

Un testamento feliz

Jesús Jiménez Domínguez, Fundido en negro, DVD, Barcelona, 2007.

Fundido en negro es un libro sobre la vida. Sobre la vida, y sobre el tiempo; sobre el paso del tiempo, y sobre la muerte; sobre la muerte, y sobre su presencia constante en nuestra vida, bien como realidad ajena, bien como augurio propio. Un círculo; porque Fundido en negro es, también, un poemario construido como un círculo. Que se abre con un poema, “La canción que el viento silba de noche”, cuyos versos finales —llegar para marcharse en el aire / es siempre un fracaso— enlazan con el cierre de la obra, “El que alimenta a los muertos”, que a su vez comienza de forma —He subrayado un adjetivo en un poema de Celan / que habla del tiempo y de la muerte y ha sido / como si contorneara con tiza la forma de un cadáver (…)— que la derrota inevitable nos acompaña en los últimos versos. Que se divide en siete bloques, igual que son siete las resurrecciones de los gatos —en “Deslumbramiento de las sombras”, el autor nos recuerda que ha gastado varias de mis siete vidas—, y que pese a su título y su constante semántica —la muerte, los fantasmas, la oscuridad, la noche, el agua casi hija de Manrique—, juega a eludir el pesimismo.

Los poemas de Jesús Jiménez Domínguez nos hablan de la vida; de las vidas. Porque Fundido en negro es un poemario trufado de heterónimos o, mejor dicho, de caracteres de otros que el poeta adopta: los dos ángeles de El cielo sobre Berlín, Alejandra Pizarnik, Keats y Shelley en Roma, Gainsbourg y los muertos célebres de Père Lachaise, Bela Lugosi, Mazinger Z y las aventuras pergeñadas por Enid Blyton, la Velvet Underground… Fundido en negro reúne voces, y al mismo tiempo se lee como la enumeración de los momentos cruciales de una vida, como el recuento de nuestro bagaje, como un me acuerdo —Perec bendito— de aquello que nos hizo felices o infelices. Visitamos Lisboa, contemplamos un cuadro de El Bosco, leemos y releemos a Celan, escuchamos a Os Mutantes. Referencias lícitas, y eternas; añaden al lector que las conozca, y para quien nada sepa de ellas ejercerá como acicate para descubrirlas —venturoso el que escuche Lucifer Sam por vez primera— o para interpretar de otra forma —¿cómo sonarán los dos “Ave, Lucifer” a los no iniciados en psicodelia y tropicalismo?.

De Fundido en negro me quedo con un poema excepcional, “Testamento de Jeff Buckley”, y con otros dos que se le acercan en alto nivel e intensidad, “La soledad es una enfermedad de la piel” y “Última mirada a la isla de Kirrin”. Es curioso: son las excepciones más breves en una obra de largo —y bien resuelto— aliento. Son mis tres favoritos, aunque también me tientan todos los del bloque sexto, que da título al poemario y es la cumbre del mismo, o “Cuentan que nací cubierto de una escarcha cerrada”. Subrayado aparte, Fundido en negro es un poemario generoso en cuanto a imágenes que se graban en la retina —la vocación cinematográfica, el gusto por lo visual, se nos declara desde la portada—, escrito con un versículo de factura impecable, que en ocasiones se quiere narrativo, y resulta siempre arrollador. Es un placer encontrarse con libros así: trabajados, sin cabos sueltos, con la misma importancia en la forma que en el fondo y el motor.

Confesaba a un amigo, no hace demasiado, que me apetecía descubrir a un poeta del que nada supiera y que, sin embargo, con una sola lectura me convenciera de su presencia en mi biblioteca durante mucho tiempo, poemario a poemario. Por fortuna, en mi camino se ha cruzado Fundido en negro, de Jesús Jiménez Domínguez, cuya obra anterior —a excepción de algunos poemas en la antología Campo abierto, el excelente recuento del poema en prosa actual español a cargo de Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas— desconocía, y que en su tercer libro —el más divulgado hasta ahora— convence y atrapa al lector. Fundido en negro es una obra sobre la muerte escrita desde la alegría de estar vivo, un homenaje a todo aquello que completa nuestro día a día, un testamento feliz.

Elena Medel